jueves, 27 de diciembre de 2012

Robert de Montesquiou: Bajo la lana violeta




Bajo la lana violeta es mi versión de un soneto de Robert de Montesquiou (1855-1921). Acometí la empresa para ejercitar el francés que voy olvidando; acaso lo hice porque no conozco otra traducción española; quizás –y esta razón me parece más decisiva- porque los sutiles modales del conde de Montesquiou-Fésenzac me incitaron conocerle, a causa de su alter ego proustiano, el barón de Charlus. Dicen que Montesquiou, esteta, amante desolado de Gabriel Yturri, es a un tiempo el Des Esseintes de la célebre novela de Huysmans y el conde de Muzaret que urdió Jean Lorrain en la también famosa Monsieur de Phocas. No he leído -a mi pesar- a Huysmans ni a Lorrain, pero sí he tratado al barón de Charlus y no me sorprendió hallar su poesía: desde la primera lectura se me antojaron versos conocidos.

A menudo, sin proponérmelo, parezco un sobreviviente del simbolismo. Lo mismo que Robert de Montesquiou soy un poeta menor. No vacilé entonces en desmenuzar el soneto, como el conde no dudó en ir con sus poemas al salón de Mallarmé y al lecho de enfermo de mi querido Marcel Schwob.   

Sous les villosités violettes

Sous les villosités violettes des tartres
Les blancs Olympiens ont pris des tons caducs.
Et, des arbres sans sève, et des plantes sans sucs
L'automne qui descend les vêt comme de martres.

L'ombre et la vétusté les rouillent de leurs dartres,
Ces dieux à qui les rois voulaient des airs de ducs ;
Et le soleil mourant qui fuse sur les stucs
Y verse les joyaux des verrières de Chartres.

Le Ciel est tout en fleurs, l'occident tout en fruits ;
On dirait des éclairs forgés avec des bruits,
Des bouches de clairons et des rayons d'épées.

L'horizon est vraiment historique ce soir...
Car dans le panier d'or du couchant on croit voir
Tomber des grains saignants faits de têtes coupées!

Bajo la lana violeta

Bajo la lana violeta de los tártaros
Los blancos de Olympia han adquirido un tono caduco.
Y de los árboles sin savia y las plantas sin jugo
Desciende el otoño para vestirles como martas.

La sombra y la vetustez enmohecen los empeines
De esos dioses a quienes los reyes presumían aires ducales;
Y el sol agonizante que arde sobre los estucos
Les dibuja las joyas de los vitrales de Chartres.

El cielo ha florecido, el occidente fruteció;
Diríanse relámpagos forjados con bramidos,
Bocas de clarines y destellos de espadas.

El horizonte parece de veras histórico esta tarde… 
¡Pues del cesto de oro del poniente se derraman
granos sangrientos como cabezas cortadas!

domingo, 23 de diciembre de 2012

Invención de la tuba wagneriana




Invento un sonido porque no sé
cómo decir, con música nueva,
que la trompa de las antiguas orquestas no sirve
para ir de caza
ni los árboles recién germinados
serán talados nunca por mí.

Y entonces inventé la tuba wagneriana,
cuyo timbre cinegético
hará germinar un sonido nuevo
que habrá de talarme. 

De aquella música subsiste una trompa estentórea;
sus crescendos rematan a los ciervos del jardín.
A ellos, que jamás huyeron de los venablos
por simpatía de mis invenciones.

Aprehendidos en un consabido terror,
aquellos ciervos contemplan la calle desde su verja,
se internan en un campo de árboles recién germinados,
ocultos entre los brotes,
con fingida fe en la impericia de los cazadores,
gente mundana y distraída.

Un pasaje – pues esto es música programática-
recuerda las lluvias sanguinolentas, la horchata de mis aguas.

...


Absenta

A los pobres que beben una sopa de hojas
y se sacian de mi árbol más raído
obsequio con las vegetales alas del hada verde 
en un bar arcaico,
junto al río que devasta a menudo la ciudad.

Es común que me porte afectado si he bebido absenta:
me arrastran las volutas perifrásticas,
me asola el río
y semejo un árbol mendicante.

jueves, 25 de octubre de 2012

El nombre de las tierras



Lo último que se ve desde el aire es una pequeña ciudad. Cerca adiviné la chimenea de un ingenio, luego empieza el mar rotundo. Ahí acaba Cuba. Durante el resto del viaje, tras sucesivos arcoíris que hacían más patético el trayecto, regresaban a mí  las cuadrículas de esa ciudad anónima. Cuadrículas casi infinitesimales. No supe el nombre y eso me enajenó la posesión. 

Con mi querido Marcel pienso que el nombre contiene a la tierra misma, decantada de sus contingencias;  el nombre permite la propiedad y es el recurso más prístino de la poesía. Unamuno hilaba ciudades castellanas en un rosario nominal que es Castilla. La promesa de las urbes desconocidas reside en el trato previo con su nombre: cuando bajé en El Callao, antes que en el asedio, pensé en la vieja maestra sagüera célebre por su manera tácita de solicitar silencio: “recuerden que El Callao es un puerto del Perú”. Vi el puerto, parecía que el avión se precipitaba al mar, callé obediente. 

A Quito, mi destino, no le va su nombre: demasiado abrupta y prolongada para llamarse de modo tan ceñido. Merecía un sintagma extenso, agudo y acaso ampuloso, enhiesto como sus cumbres. Por eso sospecho de Quito, por causa del nombre.  Suena a despojo imperativo. 

Como estaba anunciado, las autoridades migratorias me sacudieron. Interrogaron con inquina y molestia. El resto de los extranjeros no demoraba mucho en la ventana, a mí me retenían. Cada declaración fue recibida con un rictus de desconfianza. La fórmula “Bienvenido a Ecuador” se tardó y sonó hipócrita. 

Cuando salí al aeropuerto me golpeó el vértigo. Creo que fue el soroche de los soldados de Bolívar. Me sostuve y empuñé la espada contra el soroche: aquí no aprecian el nombre de Cuba.  

Foto: Avión hacia Lima. 

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Los fragmentos del reloj




Hubo que golpear con cuidado la rueda magullada. Su análoga del mecanismo de sonería tampoco está incólume: hay que soldarla, quizás con estaño. Para que la campana del tejado confirme las horas habrá que rehacer el muelle. El resto de los fragmentos, van ajustándose solos, con un poco de aceite. Al rompecabezas del reloj faltaba la pesa de la sonería; apareció donde contábamos con ella: calzando una puerta de oficina. El cordel que sostendrá las pesas –acero trenzado- lo trajeron de los talleres ferroviarios. Es un regalo. ¿Habrá reloj? –preguntaron unos obreros que aguardaban su turno para lavarse. Julio, con las manos sucias, sacó el trozo de cordón que hallamos suelto: “necesitamos catorce metros”. ¿Y de dónde es el reloj? –se interesaron-. Americano. Pues están de suerte –sonrieron-, los “americanos” les mandaron la cuerda: tenemos bastante en los almacenes.

Quiere echar a andar –decía Julio César cuando ultimábamos ajustes-. Él presionaba una de las ruedas y la máquina movía, sin esfuerzo, un péndulo inexistente.


A péndulo corto, ritmo vertiginoso

Del péndulo sólo apareció el extremo: un plato de hierro. El brazo hubo que reconstruirlo. Julio César –desde ahora el Relojero- inventó un regulador sencillo para graduar la oscilación. Suponemos que el original era bronce, pues la pátina del bronce es naturalmente la del tiempo. Brazo de madera y llave de aluminio, sin embargo, bastarán.

El reloj reanudó su marcha este sábado. Ya cargué dos veces el serrucho hasta el ático. El transcurrir, según fórmula física o poética que acaba de ocurrírseme y hubiera gustado a Lezama, equivale a la extensión del brazo. El reloj se atrasa en su fase de prueba, como si quisiera devolvernos el pasado. Entonces un par de veces le hemos serruchado el brazo. A péndulo corto, tiempo vertiginoso –mi último axioma-. 

Todavía no lo acoplamos a la esfera de la fachada, hay que destrabar las agujas.




¿El tiempo recobrado?  

El reloj, como ciertas cosmovisiones, es binario. Posee dos estructuras complementarias: el tiempo y su expresión, fondo y forma, agujas y sonido. Se unen en el frondoso centro de ruedas superpuestas, como un mandala o un árbol del mundo.

Cada vez que el Relojero cruza el andén alguien pregunta por el reloj. Todos insisten en que la campana ha de sonar. Haremos que suene, aunque yo, el Relojerito, tenga que tirar de una cuerda. Sin la campana tendríamos un tiempo mudo, inexpresivo. Faltaría la forma del tiempo que se une a su mecanismo al centro del mandala. Me fui a una terraza para examinar la campana: ¿cómo sonará? ¿con qué ruido de árbol frondoso?


miércoles, 19 de septiembre de 2012

Dos marinas crueles





I.
Bug chaser

Antier aún no me hostigaban  los pájaros del mar. 
Reclutados en la leva de las aguas,
los pájaros azuzan al temporal
y me fastidian:
cubren  mi faz con polvo húmedo. 

En la noche la costa fue horadada:
al fondo se advierten las vísceras del litoral,
los cuerpos desarticulados por la leva de las aguas.
Mi faz, alzada y deshecha,
ha conocido la erosión del fastidio.

Ahora los hostigaré.


II.
Noctilucas

He tomado rencor a las noctilucas.
Tras imaginar cómo las destruyo
he compuesto dos crueles marinas:
la primera muestra a la tripulación enloquecida del ballenero Ann Alexander,
la segunda es una pesadilla de Melville.
En ambas aparecen las noctilucas,
luces de cariz criminoso.

martes, 18 de septiembre de 2012

Prensa cubana sale del clóset a propósito del censo homofóbico




Felicito a mis colegas de la CMHW. Esta web de la radio villaclareña es el primer órgano de la prensa cubana que se incorpora a la reciente batalla contra la homofobia del Censo de Población y Viviendas Cuba 2012.

Es cierto que se trata de un apoyo casi tácito: la noticia, firmada por el periodista Ramón Ávalos Rodríguez, sólo adjunta la modificación del emblema del censo publicada originalmente por Paquito el de Cuba. Esta suerte de protesta gráfica incorpora la bandera del arcoiris. La imagen del censo multicolor que no tuvimos recibió gran difusión en Internet y aunque la información apenas aluda a los progresos del censo en Villa Clara, se agradece que un sitio de la radio cubana apueste por los derechos de las minorías sexuales.

No pensaba publicar nada más acerca del tema, lo di por concluido con el último artículo. Esta buena noticia, sin embargo, me obliga a reincidir: la CMHW ha salido del clóset –es un decir-. Complace que la excelente decisión venga de una web de la radio villaclareña. Me permití hacer una copia de la interfaz para que quede memoria.

Convido a los que desconfían de la libertad de expresión que ejercemos a visitar algunos sitios cubanos. La CMHW, con su foto de hoy mismo, corrobora mi vaticinio: no tendremos otro censo homofóbico.  

 Emblema diseñado por la ONEI. 

Modificación que incorpora la bandera del arcoiris.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Censo Cuba 2012: lo raro de la discriminación




Evito aparecer en las fotos de familia. Hago de fotógrafo para los demás. Junto a mi hermano y su esposa, mi hermana y su esposo, no quiero aparecer solo. Lo mismo decidí a propósito del Censo de Población y Viviendas Cuba 2012 y la inconmensurable foto de la familia nacional. No apareceré solo nunca más. Aquí mi padre decide quiénes son parejas y quiénes somos "no parientes", categoría destinada en Cuba para las parejas del mismo sexo; la Organización Nacional de Estadísticas e Información (ONEI) toma semejante decisión para las estadísticas de la nación.  

Ha pasado más de una semana desde que denuncié la flagrante homofobia del censo. La revelación fue difundida y comentada en numerosos sitios de Internet. Sentí vértigo cuando colecté los informes: creí que me delataría el ceño fruncido, la visible molestia. Una de las funcionarias del Departamento Municipal del Censo dijo “a ti te gusta lo raro”. A muchos parecen raras las uniones entre personas del mismo sexo. En cambio a mí me parece raro que Cuba se contradiga. Que se declare contra la homofobia y corrija el censo con tinta discriminatoria. Que revelen una chapucería tan evidente y que la ONEI, subordinada al Consejo de Ministros, no se disculpe con las parejas suprimidas de la familia nacional. También es raro que el CENESEX, institución que asume el impropio rol de único líder legítimo en la pugna del colectivo LGTB por sus derechos, no se pronuncie. Y no es un silencio inocente; es el “no” intencional que dio a los activistas interesados en obtener apoyo para propiciar una rectificación pública de la ONEI. Este silencio deliberado condena al CENESEX. 

Pese a los recientes desatinos sé que este será el último censo homófobo de Cuba. En la década que nos separa del próximo recuento nos decantaremos al menos de la discriminación institucional. Queda probado otra vez que la paciente espera –el “no estamos listos”- es una sugerencia falaz.  Como decía Martin Luther King, “una justicia demorada durante mucho tiempo, es una justicia rechazada”.

Algunos ortodoxos más o menos bienintencionados me advirtieron, a raíz de la denuncia, que ciertos innombrables podrían malinterpretar mi labor y me regalarían con el sambenito de disidente. Disentir, a mi juicio, es una actitud más natural que consentir. Disidencia, disidentes, son términos lamentablemente resemantizados con una connotación peyorativa. En la Revolución, menos audaz a estas alturas que durante la juventud de mis padres, confluyen rezagos, circunstancias que la Revolución ha aupado contra su propia naturaleza ideológica. La homofobia es contrarrevolucionaria; disentir es legítimo.

No colgué la bandera del arcoiris en la ventana porque no tengo bandera. Si me ciño al tratamiento homofóbico que me obsequian cuando desconocen mi sexualidad y mis proyectos de constituir familia, tampoco tengo casa. Por suerte no me compadezco de mí mismo, prefiero provocar. Por suerte tengo un blog.

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Imagen: Foto que reveló carácter homófobo del censo, 5 de septiembre de 2012, Sagua la Grande. Fotomontaje aparecido en la web Radio Nederland. 


lunes, 10 de septiembre de 2012

Maestros relojeros



Julio César y yo decidimos reparar el reloj público de la estación del ferrocarril. Julio es ingeniero civil, sabe de relojes y tiene vocación de artífice. Yo no sé nada. Hasta ignoro desde dónde fluye el tiempo. Unamuno decía que viene del mañana y deja una estela y ese fluir es la eternidad. Por eso angustian las cuentas regresivas, los relojes que restan. Sagua la Grande subsiste en una disminución de cifras, quizás todavía podamos devolverle el tiempo.

El reloj se detuvo hace más de veinte años. Me lo confirma el Jefe de Estación. Antaño estos funcionarios eran verdaderas autoridades, ahora se aburren en los andenes desiertos; nuestro jefe a menudo escudriña el frontón en busca de la campana. Los cazadores de bronce son capaces de escalar hasta allí –señala el borde de la fachada-. Julio me muestra una pieza hueca que alguien intentó quebrar. Los cazadores estuvieron aquí. 



Para llegar al reloj hay que tomar la escalera que da al andén. Arriba están desiertos los salones. Una escalera de caracol permite alcanzar el ático, la cámara del reloj. La estación posee los muros más compactos que he visto, indestructibles. Los agujeros en el suelo del ático no me dejan mirar abajo.

The Cincinnati Time Recorder Co., de Ohio, fue la relojería que fabricó el segundo reloj público de la villa. Sagua la Grande también posee un Seth Thomas –se hacía llamar “el fabricante de relojes más antiguo de América”- en la iglesia parroquial mayor.  Desconozco si otra ciudad de la región tuvo dos relojes públicos. Santa Clara, Cienfuegos, Remedios, antiguas cabeceras regionales de Las Villas, tuvieron un reloj cada una. La célebre fábrica Seth Thomas confeccionó el reloj de la estación central del ferrocarril de Nueva York. El casi centenario Thomas sagüero hace sonar las campanas de la torre en memoria de una joven de la belle époque. El esposo quiso hacerlas tañer eternamente por ambos, para probar que el tiempo no erosiona al amor. Menos novelesca es la historia del otro reloj. Adquirido acaso por la Cuban Central Railways, compañía inglesa que instaló su capital ferroviaria en Sagua la Grande, sustituyó a un mecanismo obsoleto del siglo XIX.


El pasado jueves bajamos el reloj para examinarlo a la luz. Las ruedas dentadas son un rompecabezas. Julio César lo desarmó sin tomar nota, dio garantías de su buena memoria para los mecanismos enrevesados; le tengo confianza. Mañana iremos a Isabela para conseguir el cordón de acero que sostendrá el contrapeso de la cuerda. Julio ya corrigió la deformación de la pieza dañada. Queda la limpieza de la maquinaria –mi tarea de relojero lego-, construir un péndulo de plomo y rectificar algunos ejes. En un archivo de Internet conseguí varios planos antiguos de la Cincinnati…; ojalá sean útiles.

Los relojes, meras máquinas para algunos, son metáforas del tiempo, tropos de la fugacidad; gozan de un carácter simbólico que trasciende sus cuerpos mecánicos. Julio César y yo ahora somos maestros relojeros medievales. Este reloj es un rompecabezas tropológico para mí. Estoy ceñido a la caja de sus piezas, ajustado a su condición de piedra filosofal por mis manos dentadas.


miércoles, 5 de septiembre de 2012

Censo 2012: Cuba en una foto desenfocada




Será una foto de Cuba, una foto de familia, aseguran los manuales del censo, con vocación metafórica. A la medianoche del 14 de septiembre oprimirán el botón y veremos el flashazo. Ya sabemos, sin embargo, que nos harán una foto desenfocada: las uniones entre personas del mismo sexo fueron omitidas de los cuestionarios. Algunas familias no rezarán como tales, serán convivientes sin parentesco. Las pautas sancionadas por la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI) obligan a desenfocar la imagen de Cuba que necesitamos.

Hoy aparecieron pruebas de que la ONEI se traiciona a sí misma en una pugna a puertas cerradas.  Un supervisor del censo, estudiante universitario, me reveló el contenido de unas líneas borradas en el manual denominado Instrucciones Enumerador. Aunque tachadas con saña, en el párrafo que define quiénes serán considerados cónyuges él pudo leer: En este caso se admiten parejas del mismo sexo, siempre que sean convivientes del mismo hogar censal. Las parejas homosexuales no figurarán en la indagación, dijo un funcionario de la ONEI al periodista Francisco Rodríguez Cruz hace pocos meses. Las líneas tachadas obligan a suponer que originalmente se les contempló. El diseño fue cambiado luego por razones que sólo justifican la homofobia y una flagrante mala fe. 

Empeñado en conocer el origen de la tachadura homofóbica pedaleé hasta el sitio donde capacitan para el censo en Sagua la Grande. El director, Ovidio Bermúdez Acosta, me facilitó las Instrucciones… y pude fotografiar el fragmento censurado. Bermúdez me mostró además una información oficial de la ONEI titulada Precisiones metodológicas y fe de erratas; en la penúltima página se ordena tachar la oración que reproduje arriba y sustituir por Las parejas deben ser de sexo diferente.


¿Por qué se abandonó el proyecto original? ¿Quién ordenó –persona o grupo- que se eliminara una pauta incluida por los propios especialistas de la ONEI? Lo que parecía una omisión ahora es discriminación. Afirmar que las parejas homosexuales no serían admitidas era anticuado; incluirlas, luego tacharlas, es discriminatorio. ¿Los responsables sabrán que obran contra la política del Estado?

Seguí hasta el Departamento Municipal del Censo, en la sede sagüera de la ONEI. Conversé con la máxima responsable. Dulce Suárez Rojo, otra funcionaria, me facilitó numerosos ejemplares de las Intrucciones… En todos aparecía la misma tachadura azul, rotunda. Maritza, la directora, me aseguró que los manuales llegaron tachados probablemente de La Habana. Ella desconocía la Instructiva No. 14 del 21 de junio de 2012, la fe de erratas de tanta mala fe… Dulce explicó que a pesar de la fecha el documento les llegó el pasado viernes. Y no tuvieron que “corregir” nada, lo que indicaban censurar ya estaba en azul.

Las funcionarias de la ONEI –todas son mujeres- se interesaron por el caso. Conocían el término “homofobia”. Mencionaron dos películas: Milk y Brokeback Mountain. Dulce admitió que la disposición obliga a instruir expresamente a los enumeradores para que desconozcan cualquier declaración de unión entre personas del mismo sexo. Si dos hombres se declaran unidos, los enumeradores excepcionalmente lo desconocerán, pese a que el censo consignará lo declarado aunque sea evidente alguna falsedad. Por una vez el censo mentirá. La foto quedará desenfocada. 

lunes, 3 de septiembre de 2012

Un poema de Paul Verlaine


Es un juego arriesgado, un salto mortal: no me satisfizo ninguna versión española de Clair de lune, de Paul Verlaine, y yo mismo traduje el poema. Traduje obsedido más por la belleza de la canción de Gabriel Fauré que por los sintagmas desbordados del poeta, que no vaciló en añadir adjetivos al claro de luna, sin el prejuicio de nuestra época por los calificativos profusos. A los traductores hubiera recordado Verlaine el carácter sinuoso y prolijo del rococó, les recordaría que asistimos a una enigmática comparsa de los tiempos de Antoine Watteau (1684-1721). No debe admitirse entonces la regulación a ultranza de los adjetivos ni la tendencia descontextualizadora que condujo a suprimir la mención de los bergamascos, referente que nos sitúa en un carnaval italiano del siglo XVIII. También respeté el polisíndeton, inexplicablemente suprimido por otras versiones.  La novedad más evidente que introduje quizá sea la conjunción adversativa de la segunda estrofa; creo que hará más evidente la contradicción de los primeros versos con el resto. En la tercera, anticlímax donde la fiesta galante se fija otra vez al lienzo, parece intacta la extraña luz del claro de luna; intocada quedó también por mí.

Clair de lune

Votre âme est un paysage choisi
Que vont charmant masques et bergamasques
Jouant du luth et dansant et quasi
Tristes sous leurs déguisements fantasques.

Tout en chantant sur le mode mineur
L’amour vainqueur et la vie opportune,
Ils n’ont pas l’air de croire à leur bonheur
Et leur chanson se mêle au clair de lune,

Au calme clair de lune triste et beau,
Qui fait rêver les oiseaux dans les arbres
Et sangloter d’extase les jets d’eau,
Les grands jets d’eau sveltes parmi les marbres.


Claro de luna

Vuestra alma es un escogido paisaje
que tornan encantador máscaras y bergamascos
tañendo el laúd y danzando y casi
tristes bajo sus disfraces fantásticos.

Todo canta en tono menor
al amor vencedor y la vida oportuna,
pero ellos no parecen creer en la felicidad
y su canción se confunde en el claro de luna,

en el sereno claro de luna hermoso y triste,
que hace soñar a los pájaros en los árboles
y sollozar de éxtasis a los surtidores,
los altos surtidores esbeltos entre los mármoles.

________
Ilustración: El amor en el teatro italiano, Jean Antoine Watteau, 1716.

viernes, 31 de agosto de 2012

La lectora


Hay una tácita tradición de la poesía cubana que se esfuerza en aprehender el misterio del pordiosero y el loco, el hombre o la mujer desprovistos y absurdos. Sin hurgar –confiándome a la memoria- asoman, desde el siglo XIX, El mendigo, de José Jacinto Milanés; La demente en la puerta de la iglesia, de Fina García Marruz;  El mendigo en la noche vienesa, de Gastón Baquero; Poema para la mujer que habla sola en el parque de Calzada, de Lina de Feria.  A primera vista parece dominarlos una obsesión ética, pero el rumbo de los poemas, desde Milanés, conduce al arcano de la “cordura distinta” que menciona el poema de Fina García  Marruz. Y si mientes –dice a su turno Lina de Feria-, mientes con tu verdad. Es la verdad dislocada, la desnudez material y también espiritual de la pobreza. Lezama lo señalaba al exponer su poética del potens: “La vigilia, la agudeza, la pesadumbre del pobre, lo llevan a una posibilidad infinita.”



Estos textos asomaron de golpe cuando di con ella. Descansaba en una acera villaclareña, enajenada del turbulento paso de los transeúntes. Invisible parecía, mendicante corriente, todos ignoraban su sueño, más pesado que la bolsa de sus posesiones flanqueada por las piernas y el poste del alumbrado. Ahí todavía no era La Lectora, lo fue cuando se incorporó, quebrado el sueño, y reanudó la lectura. Leía, edificada por su misterioso aislamiento; lo que leyó no importa. Su cordura, suficiente para establecer la distancia necesaria en pos de una certera interpretación del mundo, bastó para articular los sentidos de aquella página monótona. Y así fue cómo empezó a leer cualquier línea, consciente de que cada parte es el todo. Seguía leyendo cuando abandoné la calle, unas cuadras abajo. 


domingo, 29 de julio de 2012

Cementerio de Guaracabuya




Oí a Henryk Górecki en el cementerio de Guaracabuya.
Era el mío un silencio crispado por la tramontana. 
No me infligía esta vez la Muerte su leve trato;
las tumbas a flor de tierra, los montículos
como la piel del Cristo de Isenheim, me reparaban con su sencillez,
poseían una ingenua mortandad que no destroza. 

Una música verdinegra que se gloría de su pátina
advierto en los cementerios del campo.

De muertos todos adquieren un tono atroz,
como el Cristo que pintó Grünewald para el asilo de Isenheim. 
El suelo de Guaracabuya está sembrado de cruces
y exhibe tal santidad.

viernes, 27 de julio de 2012

Invenciones de Cuba




Un país es una invención. Pocas veces, sin embargo, la poesía y la historia comparten un cuerpo. Alguna vez me han llamado origenista. ¿Qué parece más real: el polvo material de la calzada de Jesús del Monte o las paredes de polvo que construye la luz en el poema de Eliseo Diego? ¿Cómo calar el cuerpo “real” de las cosas? La filosofía no responde, el vaivén de los episodios –la Historia- sólo sugiere respuestas, a menudo sesgadas. Creo que sólo de la poesía hay respuesta atendible para la invención de un país.

¿Y qué ha sido Cuba? Todavía es un sitio donde todo surge. Así la veía María Zambrano a mediados del siglo XX. El atisbo de decadencia y conclusión, tan frecuente en los europeos, no procede aquí: ni las ruinas nos fueron consentidas, la maleza pronto las destruye y todo regresa a su primer estado. Para Cintio Vitier lo arcádico es una categoría primigenia de la poesía cubana. Siento que en la historia y hasta en la política conservamos esa predisposición al arcadismo. El epígrafe de la tumba en el cuadro del francés Poussin se nos aplicará siempre: In Arcadia ego. Muriendo en la aurora de Arcadia, donde la historia comienza.

Otras veces he concebido genealogías que justifican mi invención de Cuba. Hoy argüiré con dos sitios invencionados y reales.

Me reconcilié con el art déco a causa del parque de Camajuaní. No he creído en la sinceridad de ningún estado vertical, salvo el de las palmas, pero me complació la glorieta art déco y aquel cuerpo alargado de la plaza flanqueada de portales. A un extremo del parque hay un pequeño obelisco que exalta la victoria en la última guerra mundial. Es el único pueblo art déco donde puedo comprar un boleto de ferrocarril para Sagua.

La otra invención es mi lado feijoseano. En el cementerio de Guaracabuya corroboré que lo poseo: nunca vi tantas tumbas a flor de tierra y me conmocionaron; las cruces sembradas en los montículos eran las más desnudas que he visto. En algún poema de Feijóo aparece un cementerio con palmas. Los guajiros muertos vigilan entre palmas. Mi vigilia también la hago por una extraña flor.

Ayer se lo explicaba a un amigo, y a menudo necesito explicarlo otra vez a mí mismo. Nadie puede huir de un sitio imaginario. Si ya fue imaginado es probable que obsesione a quien lo imagina. Y Cuba es mi invención.  

martes, 24 de julio de 2012

El Dorado



Es un sitio casi abandonado en el camino de Isabela. Por carretera no lo anuncian, en el camino de hierro subsiste un letrero: El Dorado. Aquí hubo un ingenio. No recuerdo quién era el dueño, aunque creo que el mapa de Francisco Lavallé (1840) atribuye estas tierras a Howland, un norteamericano.

Cuando se viaja en tren y aparece El Dorado, ya quedaron muy atrás los muros sobrevivientes de Júcaro, antigua posesión de los condes de Vegamar. El poema de Francisco Pobeda (1796-1881) que describe la visita de un conde a su plantación azucarera se me figura una estampa acaecida en Júcaro: llega uno de los Drake a bordo del vapor Jején, desembarca y sigue hasta su ingenio para asistir al drama narrado en el romance de Pobeda.  El ingenio Vegamar, como tantos, poseía su propio cementerio. Me prometo volver a esas ruinas.

La última vez que fui en bicicleta por la carretera de Isabela no llegué a Júcaro porque me apuraba hallar San Jorge. En algún sitio de San Jorge está la momia de Augustus Hemenway, el dueño, o de su asociado Bartlett. Hemenway solo se basta para una novela: fue marino, comerciante, hacendado y filántropo; alguna vez lo secuestraron cuando regresaba a San Jorge y pagó un rescate por su liberación; se sugiere que acabó lunático en Boston, pero consiguió salir de la casa de orates  y volvió a Sagua la Grande para morir. Reconstruir la vida de Hemenway me ha costado años. También me debo un pequeño reportaje acerca de San Jorge. Fotografié, con los dedos enfangados, la laguna donde John Russell Bartlett (1805-1886) consiguió un caracol desconocido.

Decía Ramón Roa, el secretario de Sarmiento, que la Sagua del siglo XIX era como El Dorado o California. De este El Dorado, trasunto del célebre mito de la Conquista, quedan unas letras oxidadas.

sábado, 30 de junio de 2012

Uno más




No seas uno más es el nuevo lema. No 1+, escriben. La campaña contra el SIDA en los medios de comunicación sufre un retroceso.  Hasta hace unos meses la actitud era distinta: abundaban los mensajes  destinados a combatir el estigma contra las personas seropositivas como una legítima forma de lucha contra la epidemia. Hasta se proponía el uso del condón con sugerencias lúdicas. Ahora –¿el mensaje de anoche en la televisión será una excepción?- se promueve otra vez la fobia. Ocho de cada diez infectados en Cuba son hombres, comenzaba. Se refería después a los rechazos y límites que impone una enfermedad mortal y terminaba con un imperativo protégete, no seas uno más. No 1+. Esta apelación basada en el miedo a la enfermedad y a los enfermos no ayuda. El no seas uno más, antecedido por la noticia de que la mayoría de los infectados son hombres también me parece sutilmente homofóbico. Para lo seropositivos queda, a saber, una otredad vergonzosa: No 1+.

He rastreado ciertas pervivencias de la discriminación por VIH. Me interesan especialmente las manifestaciones de discriminación institucional. A la sociedad, por abigarrada, se le toleran los cambios graduales, pero la discriminación que ejercen las instituciones es intolerable.

Antes de emprender la pesquisa manejaba algunas pistas. Había escuchado, por ejemplo, que el VIH invalida a los aspirantes al ingreso en las universidades de ciencias médicas. Los jóvenes seropositivos con vocación por la medicina o la enfermería no son admitidos. Para corroborarlo llamé dos veces a la Comisión de Ingreso del Instituto Superior de Ciencias Médicas de Villa Clara. El funcionario no poseía el dato, no pudo confirmarlo ni desmentirlo en ninguna de las dos ocasiones. Intenté averiguarlo en la Universidad Médica de Sagua la Grande, ahí jamás respondieron al teléfono. El resto de las universidades no distingue las condiciones serológicas, al menos en lo que atañe a los becarios nacionales; algunos informes plantean que Cuba no admite a becarios extranjero cuyo diagnóstico de VIH se conozca de antemano. La web de la embajada cubana en Colombia lo confirma. Los extranjeros que estudian aquí casi siempre proceden de etnias o clases desfavorecidas. Nuestro país descabeza muchos estigmas sociales cuando ofrece estas becas; el programa, tan celebrado, se empaña sin embargo cuando niega la opción a otros jóvenes que se debaten por su vocación en esas etnias y clases.

He leído acerca de las dificultades que enfrentan los seropositivos en el capitalismo, ante la imposibilidad de adquirir seguros, requisito imprescindible para obtener ciertos empleos. En Cuba los seguros son menos importantes, nadie los requiere para recibir atención médica, por ejemplo. Pero sí existen seguros de vida. Según un talonario de la ESEN –la aseguradora cubana-, un anciano de setenta años puede contratar un seguro; un miope con más de diez dioptrías, aunque sea joven, no podría. Un seropositivo joven y saludable tampoco podría asegurarse, infiero. Hablé con una especialista de la ESEN y me aclaró que el SIDA es invalidante, pero las normas de elegibilidad nada dicen sobre los portadores asintomáticos del VIH. Yo mismo, seropositivo, asintomático, con un estado inmunológico excelente según revela mi último conteo de células CD4, ¿soy elegible? ¿Me someto a la prueba e intento contratar un seguro de la ESEN? Por suerte soy un miope moderado y me faltan décadas para cumplir setenta años… 

Numerosos patrones –centros de trabajo se les llama en Cuba- imponen a sus trabajadores la prueba del VIH como parte de chequeos periódicos. Existen principios, convenciones internacionales, que prohíben tales imposiciones. El test sólo puede indicarse con el consentimiento del investigado, después de explicar todos los inconvenientes clínicos y sociales del probable diagnóstico. A un conocido mío, seropositivo desde hace años, también le indicaron la prueba. 

Hasta aquí, por ahora. Soy uno más; seguiré  indagando.  

Agreste




Los viajes por el campo
conducen a sitios de apariencia sagrada o monstruosa.
Heme frente a un sentido agreste del viaje,
en pos de un antiguo crimen jamás premiado.

Éramos los pequeños convidados
que no consiguen un sitio en las estacas,
entre los pájaros.

Antes,
cuando el viaje acaecía sobre las aguas,
quizás hubo un trigal, un campo
que nos daba de comer.

Y ahora, donde lo agreste me parece
un halago, cultivaré un trigal semejante,
para que los viandantes que siguen
al norte enhiesto
puedan comer durante el viaje.

De pequeño, con intuición agreste,
subí la colina que aparece en un cuadro de Caspar David Friedrich.
Pero la cruz era terrible
y a su pie florecía la cizaña.

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Foto: Isabela, 28 de abril de 2012.

martes, 15 de mayo de 2012

El perrito de la RCA Victor


Pocas estampas publicitarias conozco tan ingeniosas como aquella de la RCA Victor. El perrito que se asoma al gramófono a la vez parece cándido y sagaz. Es el perrito filarmónico, el animal ávido que hemos sido ante cierta música.

Recuerdo la enigmática casa de madera que habitaban unos viejos desvaídos. He olvidado a la señora, el señor casi era traslúcido. Por las tardes ponían sus discos: Wagner y Chaikovski, creo, se escuchaban; el perrito giraba entonces hasta el vértigo. Quise a Wagner con el tiempo; Chaikovski me parece predecible. Supe por una vecina que los viejos desvaídos no gozaban de gran respeto en el barrio porque nadie comprendía la espesa sopa de Chaikovski que el perrito bebía de la bocina. La casa de madera tenía un muro al fondo y una puerta trasera. No estoy seguro, pero acaso la anciana me dijo una vez algo cariñoso.

El año pasado, a finales del año, Lester y yo encontramos al perrito de la RCA Victor en esa misma calle. Se nos aparecía junto a la tapia de la casa de madera y en la cuadra contigua. Imploraba sus mendrugos de música pero sólo obtenía pan, a causa de su vejez; ninguna música le daban por su mala estrella. Era el mismo perrito de la RCA Victor que, extraviado el gramófono, mendigaba las migas de Wagner y buscaba la bocina que le permitía saciar su hambre de música. 

Freund, le dije, con la obertura de Tannhauser en la mente y la calle cubierta por las nieblas del castillo de Wurtburg.


domingo, 13 de mayo de 2012

El vuelo sobre el camino




Para Alejandro.

Conozco el camino de Santa Clara mejor que ninguno. Poseo las señas de cada árbol. Y el portón de una vieja hacienda con leones en los pilares es una de mis obsesiones de viajero. El caserío colindante se llama Tajadora; yo imaginaba de pequeño que tras las casas se escondía una máquina terrible para tajar carnes, las cuchillas como fauces de león.

El camino que me mantiene atento, sin embargo, es el que los antiguos llamaban “de la Costa”: va desde Sagua hasta el antiguo pueblo de Quemado de Güines, luego pasa el ingenio que perteneció a la familia paterna de Lezama y sigue paralelo al mar hasta Rancho Veloz y Corralillo.


La foto de arriba la hice en el camino de Isabela, frente al cementerio. ¿Alguien se descalzó para visitar las tumbas? Las auras parecían monjes en las estacas de una cerca. La lluvia les empapaba los hábitos y me parecieron respetables. Asustaba la llanura, la indefensión del paisaje contaminaba a los transeúntes. Algo paralizante tenía la estepa desnuda que no conseguía conjurarme porque yo no estaba solo. Sobreviví al campo raso porque no estaba solo y sobre el asfalto, de la mano suya, remontábamos el camino con el coraje de los que pueden volar. Recordé, en el segmento más desolado, que una vez el vuelo sobre el camino fue posible.

El marido de mi tía llevaba un apellido de reminiscencias medievales. Ballestero se apellidaba; lo imaginábamos muy bizarro, el arma en ristre, custodiando unas almenas. Aquel señor, además, era teniente. La tía lo dejó por lúbrico, condición habitual de los hombres de armas de cualquier época.

Una vez el teniente nos hizo volar. Sucedió en el camino de La Rosita, de excursión. No recuerdo a qué íbamos hasta aquel pueblo. La vía era antigua y accidentada; Ballestero manejaba un jeep. Varias cruces evocaban a los muertos cobrados por el camino. Ballestero conocía bien la ruta y nos convidó a volar: una leve altura en el camino sirvió de rampa. Agárrense bien, pidió.  Entonces remontó el montículo y nos hizo volar.

martes, 1 de mayo de 2012

La torre tras la maleza



Algo inquietante hay en la torre tras la maleza. Tampoco es una torre legítima: el edificio sostiene un depósito de agua; el enigmático soto que la hace inaccesible es un cañaveral, tan corriente en la llanura como las torres deshabitadas. Lo que tiene de inquietante lo atribuyo también al desamparo del paisaje: una sabana indistinta, semejante a sí misma en todos los fragmentos de la maleza. Yo, transeúnte casual, he de articular los sentidos que trascienden la materialidad de estas circunstancias. Pero, ¿debo intentarlo? Me resigno a no interpretar. Sí consigno, sin explicarme juiciosamente el porqué, que di con una torre inquietante.

Un amigo, antier, disertaba sobre poética. Todo arte, le dije, aspira a establecer pautas lógicas para lo caótico, quiere organizar el caos. El mundo carece de cualquier dramaturgia comprensible. Unos de manera consciente, otros sin determinar qué intentan, aspiran a una teleología. Revelé a mi amigo otra verdad sabida que a menudo perdemos de vista. Se lo debo a la torre cuya extrañeza no podré explicar.


miércoles, 18 de abril de 2012

El disfraz del General

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Aseguran que vino de cura, mascullando un nebuloso latín, y así descendió del tren, tras los soldados. Parecía un digno capellán, reconoció alguno de los burlados. Otros creyeron que el General –entonces coronel- asomó con el aspecto y los modales de un pastor protestante: biblia en ristre, mohín puritano en los labios. Era julio y 1895. José Lacret Morlot se iba a la guerra. Le faltaban pocos meses para cumplir cuarenta y cinco años y se enorgullecía de la condición de ayudante de Antonio Maceo, de la aprobación a las palabras de su jefe en Baraguá y del año sobrevivido en los presidios españoles.

El norteamericano Trumbull White fue uno de los primeros que narró el lance:

Cuando la actual revolución comenzaba en Cuba, el general José Lacret Morlot, que por este título es popularmente conocido, aseguró un pasaje en el vapor Mascotte para Jamaica, en su camino hacia Cuba. El gobierno inglés tuvo información con respecto a sus intenciones e impidió la salida para Cuba desde Jamaica. Lacret entonces viajó a México y más tarde a Nueva York. En esa última ciudad consultó a la junta y regresó a Tampa. Ahí embarcó en el vapor Olivette hacia La Habana, ataviado como sacerdote.

Todavía de esta guisa abordó el tren para Sagua la Grande. Iba acompañado por un gran número de soldados españoles. Sus modales educadísimos, hombre de buena presencia y padre(1), fueron suficientes para franquearle el trato de la mejor sociedad española de Sagua la Grande. Lacret se alojó en el mejor hotel, y departió en el café con allegados del alcalde.

Después de comunicarse con los insurrectos el padre súbitamente desapareció del hotel. Se unió a los insurgentes y tiró su disfraz sacerdotal […](2)

De la mambisada se refieren otras versiones; ninguna es menos novelesca. Según Miró Argenter, Lacret se disfrazó de pastor bautista para burlar a los agentes españoles y tomó pasaje en un tren, en el que iba Martínez Campos con su estado mayor(3). Esta última noticia parece inverosímil: se admite que el General esquivara espías y compartiera asiento con soldados, sin embargo viajar en semejante compañía parece temerario. Creo que la narración fue magnificada con el tiempo.

Una escueta biografía declara que el mambí se alzó el 15 de julio de 1895, en Sagua la Grande, con grado de coronel. Al no encontrar fuerzas constituidas –explica- las organizó y se subordinó al Mayor General Manuel Suárez, jefe de la segunda división del cuarto cuerpo.(4) Esto parece otra inexactitud. Lacret no era un improvisador, vino porque le garantizaron que podría unirse a las fuerzas que ya peleaban en la campiña del Undoso. Alcover, cuando se refiere a los conspiradores y laborantes de entonces, asegura que […] redoblaron sus esfuerzos para auxiliar á los revolucionarios con armas y municiones, vestidos, medicinas y en recibir y encaminar individuos que venían de La Habana y otros puntos á orientarse. El General Lacret, el Comandante Badosa, el hoy Capitán de artillería Sr. Pujol y muchos otros vinieron á esta Villa para dirijirse al campo insurrecto, como entonces se decía.[sic](5) Varias partidas se levantaron en armas pocas semanas antes de la llegada de Lacret; los que permanecieron en la ciudad asistieron al simulado religioso y le indicaron cómo trascender las líneas militares. En la manigua halló al sagüero Francisco Peraza, futuro general:

[Peraza] recibe la felicitación y el abrazo de un viejo amigo de las guerras pasadas que acaba de incorporarse, escapando a las autoridades de Sagua, vestido de cura, el brigadier José Lacret Morlot.(6)

Es probable que Lacret haya tratado también al joven José Luis Robau, pues cuando el sagüero se incorporó a la columna invasora lo hizo en la extrema vanguardia(7) , a las órdenes del falso sacerdote que irrumpió en la villa de Sagua la Grande en el verano de 1895.

Las peripecias del general Lacret, rumbo a Sagua, decidido a incorporarse a la guerra, se convirtieron en otra leyenda mambisa, y la exactitud está reñida con las leyendas. La naturaleza del disfraz usado, por ejemplo, seguirá sujeta a dudas: ¿cura o pastor? ¿sotana o biblia? Los hábitos de cura parecen más apropiados para burlar el espionaje español. En el senado, años después de su muerte, insistían sin embargo en el atuendo severo de pastor. La antigua heroicidad consiguió de los escuetos legisladores una pensión para Ana Lacret y Figueredo, la primogénita del general:

Nadie desconoce el rasgo heroico que, con exposición de su vida, hubo de realizar en plena guerra, llegando á esta ciudad, y embarcándose por ferrocarril hasta Sagua, guardando la incógnita con el disfraz de Ministro protestante.(8)

José Lacret Morlot volvió a la Villa del Undoso al final de la guerra. Las crónicas no explican las razones de su viaje: vino primero y solo(9). Los generales Monteagudo y Núñez, que llegaron a la ciudad por los mismos días, se ocupaban de gestionar ocupaciones para los libertadores. Lacret, viajero sin objeto declarado, acaso visitó a los bienhechores del furtivo cura.

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Foto: Expedición al mando del general José Lacret Morlot. Archivo Nacional de la República De Cuba, Fototeca, Caja No. 16 / Sobre No.145 / Registro: 150

Notas:

(1) En español en el original.

(2)
When the present revolution in Cuba began General Jose Lacret Morlot, by which title he is popularly known, secured passage on the steamer Mascotte for Jamaica on his way to Cuba. The English government had information regarding Lacret's movements and prevented his sailing for Cuba from Jamaica. He then went to Mexico and later to New York. At the latter place he consulted with the junta and returned to Tampa. Here he embarked on the steamer Olivette for Havana in the garb of a priest.

Still in this disguise he boarded a train for Sagua la Grande. Accompanying him were a large number of Spanish soldiers. His being highly educated, a man of good presence and a "padre" were sufficient to give him entrance into the best Spanish society of Sagua la Grande. Lacret stopped at the finest hotel, and when in the cafe sat at the alcalde's right hand.

After communicating with the insurgents the "padre" suddenly disappeared from the hotel. He joined theinsurgents, and, throwing off his priestly disguise […].Trumbull White: Our war with Spain for Cuba’s freedom, 1898, p. 83.

(3) José Miro Argenter: Cuba: crónicas de la guerra, Editorial Lex, La Habana, 1945, p.115.

(4) Centro de Estudios Militares: Diccionario Enciclopédico de Historia Militar de Cuba, Tomo I, Ediciones Verde Olivo, 2001, p. 204.

(5) Antonio Miguel Alcover y Beltrán: Historia de la Villa de Sagua la Grande y su Jurisdicción, Imprentas Unidas de La Historia y El Correo Español, Sagua la Grande, 1905, p. 478.

(6) Fermín Peraza Sarausa: Un hombre del 95: el general Peraza, Imprenta El Siglo XX, La Habana, 1950, p. 52.

(7) Centro de Estudios Militares: Ibídem, p. 314.

(8) Diario de sesiones del Congreso de la República, Vol. XIII, Num. 56, Habana, 24 de junio de 1910, p. 3.

(9) Alcover: Ibídem, p. 530.

viernes, 23 de marzo de 2012

Viernes espantoso

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Soñé con mi abuela. Había regresado, la casa estaba intacta. No me extrañó que mi abuela viviera, sólo el orden de la casa me espantó. Han pasado semanas desde que ayudé a desmantelarla. En el sueño no cesaba de preguntarme cómo volvió todo a su sitio. El apartamento –esto es inexplicable- estaba más alto. La familia, afuera, soportaba la lluvia.



Amaneció enfermo el gato pequeño. Tumbado junto a unas barras olvidadas en el patio, no quiso moverse. Preparé un poco de leche con azúcar; no la bebió. Estaba maltrecho el gato. He visto a la madre hurgándole la piel, limpiarlo acaso con demasiado esmero, con sospechosa dedicación. El gato se cubrió de heridas. Ayer andaba con dificultad, todavía andaba.

He tenido un viernes espantoso. Vi cómo los otros gatos –la madre y el hermano- empezaban a devorar al moribundo. Lo sorbían, lo desangraban, le arrancaban la piel. Aún vivía. Y me desesperé, me espanté, lo defendí y custodié hasta que murió. Alzó la cola antes de morir; los animales mueren siempre después de una última señal de fuerza.

¿Y la gente? ¿Cómo muere la gente?



Con mucha fatiga emocional terminé de leer una narración que da vértigo. Varios capítulos de El viaje, de Sergio Pitol, aluden al espantoso destino de la poetisa Marina Tsvietáieva. Ella cantó a los blancos, enemigos de los rojos, y escribió una elegía para la familia del zar. A los blancos pareció roja, por el aprecio que profesó a Pasternak y Maiakovski; los rojos le ocasionaron muchas amarguras, por blanca. Se suicidó en 1941.

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Foto: En el Puente del Triunfo, Sagua la Grande, marzo de 2012.
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lunes, 12 de marzo de 2012

Benedicto XVI, ¿bienvenido a Cuba?

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En los últimos días la prensa cubana ha celebrado el privilegio –el honor, se ha dicho- de recibir al papa. Un inconexo artículo de Armando Hart Dávalos, por ejemplo, invoca los conceptos martianos sobre la educación, menciona de pasada a Félix Varela y califica la visita papal como un acontecimiento extraordinario, donde ciencia y conciencia van de la mano. Granma, esta mañana, publicó un editorial que da la bienvenida a Benedicto XVI en nombre del pueblo de Cuba; Granma debería saber, al menos, que papa es un sustantivo común. Otros artículos, menos enfáticos, explican qué es El Vaticano, qué es la Santa Sede, y no escatiman títulos nobiliarios y religiosos a Joseph Ratzinger. Echo de menos un análisis crítico, un juicio más preciso sobre el papa y la significación de su visita; he decidido escribirlo yo mismo.

¿Quién es Joseph Ratzinger? Es un muchacho alemán que vistió uniforme hitleriano; cierto que entonces no era pecado. ¿Pero quién es Benedicto XVI? Un gobernante teocrático, el exprefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, un antiguo inquisidor. Sorprende tanta coherencia: desde su juventud el papa ha sido un pensador arcaizante, antiliberal y antimarxista; conservador incluso frente a los movimientos más nobles del catolicismo contemporáneo. Desde hace años atrae la atención del público a causa de sus obsesivas manifestaciones contra los derechos de los homosexuales y transexuales. Casi no transcurre un mes sin que el pontífice, de súbito, arremeta contra las familias homoparentales y el matrimonio igualitario. Como paradoja, parece haber sido tardo y reticente ante los casos de abuso infantil por parte de sacerdotes.

¿Los cubanos seremos honrados por la visita del papa? Al menos las personas LGTB, que ahora mismo pugnamos por la igualdad de derechos civiles, debemos protestar la visita de Joseph Ratzinger. No espero, claro, ninguna manifestación pública de parte de los acríticos, impedidos para la protesta, ni de los oficialistas, que aplaudirán la visita porque la consideran un tácito apoyo político, ni de los llamados disidentes que ven en la Iglesia una aliada en el empeño de socavar a la Revolución. Cuba, antes atea, ahora es simplemente laica; me parece una ganancia para las libertades. Esperemos que Benedicto XVI respete a Cuba y a los cubanos con la misma rotundidad que usan los que nos piden respeto para él.

Viene Joseph Ratzinger, acompañado por un cocodrilo; supongo que viene a Cuba en excelente compañía. Últimamente ha estado en África, donde desaprobó otra vez el uso del condón y dijo, con el tono grave que asegura haber heredado de San Pedro, que el SIDA es un problema ético. ¿Qué discurso nos reservará a los cubanos?

sábado, 3 de marzo de 2012

Bonifacio y otros boticarios

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Mi abuela me obligaba a tomar el elixir que preparaba un viejo boticario para curarme el asma. Murió creyendo que sané gracias a la virtud de aquella misteriosa bebida. He respirado después las estelas más enrarecidas y es cierto que no me ha faltado el aire durante la última década.

Abuela confiaba en los boticarios. De niña jamás fue examinada por un médico. Era Bonifacio, el boticario del pueblo de Sitiecito, quien le recetaba remedios. Bonifacio me parece un nombre excelente para un boticario; es un nombre respetable, casi doctoral. Su gabinete olía a alcanfor, Bonifacio mismo llevaba encima el olor del alcanfor; no hay boticario añejo que no huela a alcanfor. Las antiguas boticas son las catedrales del alcanfor y de las extintas sales que resucitan a los desvanecidos. La gente ha perdido desde entonces la refinada costumbre de desvanecerse.

Algo monumental y enigmático conservaban para mí aquellas boticas añejas. Yo quería saber qué escondían tras la portezuela más alta. En mi infancia ya no se decía “botica”, pero los viejos insistían en la palabra desusada, que conservaba su prestigio.

Fui a la botica francesa del doctor Triolet, el Museo Farmacéutico de Matanzas, como un cliente tardío. Revisé las etiquetas de los frascos como quien busca un elixir presentado con caracteres art nouveau. Confieso ahora que quise poner en un aprieto a la guía: ¿usted sabía que Triolet tuvo otra farmacia? Claro -me respondió-, la primera estuvo en Sagua la Grande.

Dice Alcover y Beltrán que en 1867 se fundó la farmacia Triolet en la esquina de Padre Varela y Solís con el nombre de botica francesa […] . No se sabe nada más de aquel establecimiento. A un amigo que me pidió las señas de la vieja farmacia sólo pude decirle que Triolet preparaba sus fórmulas en algún local cercano al palacio de Arenas Armiñán.

De las boticas elegantes se conserva la de Esparza. Ahí trabaja mi tía Giselda, que tiene nombre de heroína de ópera. Ahí prepararon hace más de un siglo unos polvos para envenenar al general Robau. ¿Sería arsénico? El supuesto envenenador, Antonio Duque, fue ahorcado por los insurrectos. Sus descendientes lo reivindican y afirman todavía que fue un complot de Esparza, el boticario, empeñado en perder a Duque. La disputa entre ambas facciones –los que condenan a Duque y los defensores de su inocencia- está vigente. Me gustaría indagar más, quizás en el escenario de los hechos, el caserío de Malpaís, donde el envenenador también regenteaba su botica.

Para el final he dejado a mi botica preferida, la del doctor Canut. Es un edificio neoclásico que sigue en la esquina de Colón y Maceo. Alguna vez, cansado el dueño de aquella sobriedad ejemplar y de los anticuados portafaroles, colocó en la fachada un par de dragones art nouveau. El letrero que dice “farmacia” arde entre sus llamas.



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Fotos: Botica francesa de Triolet, Matanzas, 2010.
Farmacia de Canut, detalle de la fachada, Sagua la Grande, 2011.

sábado, 25 de febrero de 2012

Un poeta uranista

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El sillón ha sido asolado.
Recién me había levantado a causa del viento
que entra a la casa rumbo a un país blando,
toma la puerta principal
y sigue lejos, hacia los confines de la época.

La estación encubre su pésimo carácter
en los portillos:
los fragmentos mejor guardados son asolados
por un torbellino de cendales.

Admito lo que decía un uranista:
la Muerte procede del país del poeta,
le persigue desde la tierra que abandonó.

Van asolándome, pero no padezco;
la heredad sí sufre,
pues el viento hace girar sus arenas blandas.

El sillón, vacío.

Recién me había levantado a causa del paso de la Muerte.

...

El cofre musical

Me figuro un lago olvidado.
Ahí se oye la música de Bruckner,
sorda como una sonata tocada en la caverna
de Ludwig, el rey.

La marea sube como la música del mar.
Nada calma las aguas del lago
ni Anton Bruckner pasa
ahora con la suavidad del organista apacible
que remonta una barquilla en las tardes de Viena.

He creído que cierta música ha de aquietarse
amortiguada por su propio duelo inconfesado,
separada de las aguas,
como un poco de almizcle sobre un lago extraño.

La caverna que digo era un cofre de música,
un sitio diminuto y ensordecedor.

...

A Richard Wagner

Extravié un poema dedicado a Richard Wagner
que empezaba con un estertor.
Contenía apenas una línea de miedo cerval.

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Foto: Balcón del antiguo cuartel de caballería. Padre Varela y Luz Caballero, Sagua la Grande.

sábado, 11 de febrero de 2012

Noticias de la guerra

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Mi tía abuela, Silvia Valentina González Toledo, aseguraba descender de un mambí que fue muerto durante la última guerra contra España. La referencia me llega muy desvaída. Mi padre asegura que se trata de Severino Toledo Jorges [sic] y añade que, en parte por su ascendencia mambisa, recibía Silvia una pensión –"una botella”- de los gobiernos republicanos. Severino está enterrado en el mausoleo de la brigada de Sagua la Grande; la gran tumba, al centro de una plaza, contiene más de un centenar de muertos. Camino por ahí para abreviar las rutas; mi antepasado mambí no se percata de mi paso.

Severino fue apenas un confidente, según reza en la placa de bronce. Fue muerto en los campos de Cuba por las revelaciones que hizo a los independentistas; se me ocurre, sin embargo, que era un hombre parco, tan escueto para hablar de sí que lo desconocemos todo de él. De Severino, el confidente, no me ha llegado ninguna confidencia.

Mi bisabuelo -se llamaba Benigno y era un buen hombre- le dijo a mi padre que los mambises pasaban por su finca y solían comer y beber un poco. Lo contó más de treinta años antes de mi nacimiento; recibí muy tarde las noticias de la guerra. Sé, aunque no lo haya precisado nadie, que los mambises siguieron frecuentando las tierras de la familia hasta el advenimiento de la reconcentración. Mi bisabuelo nunca explicó cómo sobrevivió a la hambruna.

Demasiado tarde me llegan las noticias de la guerra. Algunos remanentes sí llegué a ver, como el candelabro de bronce que guardaba Fidelina Hernández Morilla, casi prima de mi abuela. Sirvió para alumbrar las tertulias de la casa cuando la ciudad quedó a oscuras. Fidelina dijo: “este candelabro nos alumbraba en los últimos años del siglo”, y qué luz turbia advertí en la pátina de bronce… Eran los días en que Francisco de Paula Machado, alcalde autonomista de Sagua, respondió a la amenaza de la empresa del alumbrado público con estas palabras: “no puedo entregarle el dinero de los hospitales, apague usted cuando quiera”. Nadie apagó, sin embargo, aquel candelabro.

Mi último recuerdo de la guerra es muy reciente. Lo consignaré para despecho de los que suponen que la beligerancia ha terminado y que no han de llegarnos nuevas noticias. En la antigua calle de la Amistad –hoy Carmen Ribalta- me encontré a Aguedita Martín Landa, nonagenaria, gran amiga de mi abuela, nieta del alférez Landa, mambí de la brigada de Sagua la Grande. Ella puede hablarme de Robau, el general más joven y apuesto de la guerra, como si lo hubiera tratado personalmente. Esta vez íbamos por aceras distintas y Aguedita se contentó con apoyarse sobre las piernas y alzar el bastón. Entendí lo cifrado en su gesto; nos hacemos estas confidencias desde hace años. Había dicho, otra vez, ¡viva Cuba libre!

Foto: Placa de bronce en la puerta del mausoleo. La mano señala el nombre de Severino.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Cerros lejanos

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Se tiene la certeza de los cerros imposibles,
la lejanía supone una incontinencia.

Un calar de aguas suspende la noción de lontananza,
sugiere que un crimen mío no ha sido confesado.

No podré alcanzar los cerros porque he sido incontinente.

La lejanía como una neblina
enfría los rostros de los viandantes que suben.
La lontananza los alude a ellos;
no me secundan y los cerros suponen que debo confesar.

La lluvia soplaba de un lado con una apelación desigual.
Advino la calma y alguien preguntó por un árbol,
quizás abatido por la tormenta,
que señalaba una ruta equívoca a los distraídos.

Hemos pasado junto a un árbol maligno, dije,
y lo registraron como una confesión.



Una libélula

Antes de emprender el último vuelo
aseguraba comprender
que viesen al Diablo a bordo suyo,
cabalgando sobre una laguna de bambúes
en cuyas aguas verdes silbaban sus sentencias
las ánimas perseverantes
y los corrillos del sabbat.

Y dijo antes de morirse
que atribuía a un ardite el mentado don de hablar
a las bestias que ostentaba San Francisco de Asís.

"Cierto que nos hablaba, pero nadie pudo responder
a su galimatías, más confuso que el fragor de la cabalgata luciferina."

domingo, 5 de febrero de 2012

La compañera de Sara

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Un grupo de artistas cubanos abordó un barco militar para despedir a la trovadora que quiso permanecer inmersa en la entrada de la bahía de La Habana. Nadie habló de reposo; se dijo que Sara, en todo caso, será una centinela. La televisión cubana procuró declaraciones de los asistentes. Hablaron Amaury Pérez, Liuba María Hevia, Frank Fernández, Marta Campos; todos fueron definidos como amigos de Sara. Más tarde, una señora lanzó un jarrón de cenizas sobre la estela que dejaba la embarcación. Esperé que también la llamaran “amiga de Sara”, y admito que la televisión me sorprendió: era la “compañera de Sara González”. El periódico Granma –lo leí después- narraba cómo Diana Balboa, la que echó el jarrón de cenizas lejos de sí, “compañera de Sara” otra vez, había recibido las condolencias de Fidel Castro.

Sara González y Diana Balboa vinieron juntas a Sagua la Grande antes de que arreciara la enfermedad de la cantante. Diana construyó unos peregrinos instrumentos musicales a partir de objetos domésticos y los expuso en la galería Wifredo Lam. Sara cantó luego en el patio del antiguo palacio de Moré. Ante la televisión sagüera, Diana comentó: “me ha gustado mucho la ciudad, deberíamos quedarnos, dando conciertos, hasta que la exposición sea sustituida”. Sara respondió, en broma: “¡qué dices, se van a aburrir y acabarán botándonos de aquí!” Los sagüeros, que advirtieron la intimidad sosegada de ambas, habrán confirmado ahora que Sara González y Diana Balboa eran compañeras en la acepción postrera del término según los diccionarios canónicos.

Supongo que la mayoría de los televidentes y muchos lectores de Granma pasaron por alto esa línea, ese epíteto que me parece el primer manifiesto de su índole en los medios cubanos. Un manifiesto contra la homofobia: “la compañera de Sara”, su viuda, la mujer que la secundó en sus proyectos, la asistió en sus dolencias y cedió sus cenizas al mar. No puedo mensurar el significado de esa línea. Es una señal contundente para los escépticos; es, sobre todo, un aviso para los fóbicos que sólo admiten, con esfuerzo, el carácter absolutamente privado de estos amores.

Haber propiciado este tácito reconocimiento para las parejas del mismo sexo es quizás el último gran servicio que Sara González prestó a Cuba.

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Foto: Sara González y Diana Balboa, después de la comparecencia de la trovadora en el programa Con dos que se quieran, de Amaury Pérez.

sábado, 28 de enero de 2012

Snuff movie

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Alguien apaga a voluntad la luz del parque;
en su juego separa y une
los cables que cuelgan del poste.
Y la vida, atenta al deshacerse de la luz,
qué miserable parece a los que asisten
a las violentas iluminaciones.

Por mí la ciudad prescinde
de los sitios nobles
y el erial que la acompaña
adelanta hasta introducirse en el páramo interior.

Por eso han concertado mi muerte.

domingo, 22 de enero de 2012

Jorgito el prerrecluta, la enferma, el ángel…

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Jorgito tras un árbol, con un vestido azul, ángel, mostraba sus piernas espléndidas. Así nos conocimos: medió el árbol. Yo había entrevisto a Jorgito, supe luego que éramos vecinos. Recuerdo que me observó desde la esquina una vez, sin árbol, sin ángel espléndido, con las piernas acalladas por su propio gesto azorado, y no me detuve.

Jorgito tiene ahora dieciocho años: casi es bachiller, y ya es prerrecluta, seropositivo al VIH y travesti ocasional. Su madre es amable: le permite que salga con sus vestidos en una mochila y organice espectáculos para pequeñas concurrencias en los arrabales de la ciudad. La hermana, una niña eufórica, le presta las hebillas. Vi actuar a Jorgito: "canta" perfectamente en inglés y si es menester, si los resortes dramáticos de la canción obligan, golpea el suelo.

Aquel golpear suyo se me presenta hoy como una apelación, una petición de auxilio: Jorgito, el prerrecluta, fue citado para pasar el examen que establecería su aptitud para ir al Servicio Militar Obligatorio. Está claro que el ejército jamás aceptaría a Jorgito, el seropositivo, aunque el porqué no sea explicado. Debieron molestarse también ante las maneras de Jorgito, el travesti ocasional.

Lo declararon inepto luego de la primera revisión; la burocracia militar, sin embargo, obliga a refrendar la dispensa a otras instancias: Jorgito tuvo que viajar en un ómnibus junto a otros muchachos, con un oficial al frente. Jorgito, el prerrecluta, iba avergonzado; todos insultaban a Jorgito, el travesti. A su compañero de asiento le dijeron “al fin encontraste novia”; a Jorgito, el seropositivo, también lo llamaron “enferma”. Él me asegura que el oficial no dijo nada; se toleró el acoso.

Al llegar al destino compareció ante un médico. ¿Y a ti qué te pasa?, preguntó el doctor. Mire usted mismo –el prerrecluta señaló su diagnóstico, consignado en una hoja-. ¡Cómo han pasado positivos por aquí! –comentó-. La enferma enrojeció.

Así me lo contó Jorgito, el ángel. He prescindido de la mayoría de las injurias. No entiendo por qué no hubo ninguna delicadeza para él, que esa noche no pudo dormir. Esta vez no voy a reclamar las disposiciones legales que no existen en nuestro país para proteger a los discriminados, aunque yo no comprenda cómo una sociedad que enarbola su vocación de justicia las omite hasta hoy. Estoy, por principio, contra los ejércitos; Cuba, sin embargo, necesita protegerse. Se habla del honor de servir ahí; para que sea de veras un honor, los cubanos y cubanas deben concurrir en plena igualdad.

A Jorgito, el ángel, le he dicho que la floresta lo ampara y que los árboles pugnan en las noches por custodiarle las piernas azoradas, los gestos espléndidos.

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Foto: Actuación de Jorgito en los arrabales de la ciudad.

jueves, 12 de enero de 2012

La abogada y el querellante: un diálogo inesperado sobre el matrimonio homosexual en Cuba

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No recuerdo por cuál laberinto de la charla llegamos al tema. Ella es abogada; yo soy un tenaz querellante. La fiesta agonizaba –el café donde empezamos a beber fue cerrado después de la medianoche- y alucinábamos sin concierto en la sala de una casa camagüeyana.

Yo era el intruso de la reunión; los demás eran antiguos condiscípulos que se reúnen una vez al año para hacer los correspondientes recuentos. Porque se consentían los compañeros de los convidados fui admitido.

En este grupo –dijo alguien- contamos con todas las profesiones, con todos los auxilios: un par de ingenieros, una doctora, una jurista que nos defienda, una monja que rece por nosotros… Ella explicó que era apenas una abogada civilista. No se ocupa de crímenes de ninguna índole. Soy un poco aniñada –explicó-, no cumplo con las expectativas que se tienen de un penalista exitoso.

La miré mejor. No sé cómo no recuerdo quién hizo la primera pregunta. ¿Alguno reveló, a mi lado, alzando un vaso de ron, que pensaba casarse en Buenos Aires? Ya se sabe lo que “boda en Buenos Aires” quiere decir en este lado del mundo. Pero a mí no me interesa casarme allí; si fuera a casarme lo haría en Cuba, a cualquier costo.

Así fue que llegamos al tema, después de transitar un laberinto de digresiones. La abogada se asumió conservadora. Reconoció que siempre se ha manifestado contraria al matrimonio entre personas del mismo sexo e incluso ha llegado a desestimar la pertinencia de la llamada unión civil. Explícame tu perspectiva –pidió-.

Mis argumentos fueron vehementes. Hablé de la urgencia de proscribir, para salud de la sociedad, cualquier forma de discriminación. Mencioné el parentesco –y hasta la dependencia mutua- de los discursos discriminatorios, que examinan las singularidades ajenas como una otredad. Ella escuchaba, asentía, y parecía conservadora a pesar suyo. Por último exhibió lo que consideraba el último valladar: ¿y la adopción? Instituir el matrimonio equivale a autorizar la adopción. En nuestro país –proseguí- la adopción es una posibilidad remota incluso para las parejas heterosexuales. En todo caso, si llegara a admitirse para las parejas del mismo sexo, sería una opción legítima. Hablé de estadísticas, usé criterios científicos. Sé que no la persuadí completamente. Los concurrentes casi nos prohibieron continuar hablando del tema y decidimos dejarlo para otro día; luego no volvimos a vernos. Me queda, sin embargo, una certeza que antes fue conjetura: podemos dialogar, solo falta la oportunidad. Hablo de un verdadero diálogo en la sociedad. Con los condiscípulos, los irrebatibles argumentos y un vaso de ron podemos entendernos y ajustar la cosmovisión colectiva.

La abogada hizo una solicitud imperiosa: ayúdame a entender. Después de escucharme reconoció que es injusto que no haya, al menos, leyes antidiscriminatorias en Cuba, y que es inaceptable para la colectividad que cualquier minoría sea desautorizada en sus derechos elementales. También hizo una observación sabia: no se legisla sólo para refrendar lo aceptado por mayoría, lo dado, sino para legitimar un proyecto, el “deber ser” de la sociedad. Ayer leía los diarios de Lezama y hallé un pasaje que sostiene semejante tesis: Descartes creía […] en la mayor calidad de aquellos países que han tenido un Licurgo, que a priori le dictase sus leyes, más que en aquellos otros pueblos que han encontrado su legislación social después de haber construido su experiencia sobre las agitaciones de su intimidad social. Mi amiga, entonces, es cartesiana; a mí no me importa que algunos sostengan que Licurgo sólo es una leyenda.