miércoles, 21 de diciembre de 2011

El único alfabetizado

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Cuando comenzó la campaña mi papá no pudo irse a alfabetizar. Su madre no se lo permitió. Las lomas quedaban lejos y estaban asoladas por los bandidos; él era apenas un niño. Hubo un primo que sí consiguió el permiso. Mi papá lo imaginaba en algún bohío remoto, corrigiendo los trazos de un guajiro y enderezando las líneas torcidas de la historia de la nación. Las palabras parecían más sagradas que nunca, el acto de aprender a trazarlas obsedía a los cubanos. Querían reescribirlo todo.

La Campaña de Alfabetización es el episodio de la épica revolucionaria que me conmociona más. Quizás me abate la evidencia de casi un millón de analfabetos porque he estado muy apegado a los libros. Una de las peores miserias que puedo conjeturar es la del hombre incapaz de consignar su propio nombre.

Mi padre tenía trece años y había leído pocos libros; los remanentes de la Cuba pretérita seguían gobernando a gente como mis abuelos, que apenas habían estudiado hasta el tercer grado de la primaria. Mi papá, sin embargo, perseveró. Una de sus tías intercedió ante unas maestras de la familia. Es tarde para inscribirlo, dijeron, pero algo puede hacerse todavía. Le entregaron entonces el manual y la cartilla con la encomienda de alfabetizar en un barrio de la ciudad. No era como la aventura del primo, pero él supo que las sagradas palabras ejercen su ministerio con la misma dignidad en cualquier sitio.

Mi papá alfabetizó en Pueblo Nuevo. Iba todos los días hasta los límites del barrio con sus cartillas bajo el brazo. Algunos alumnos se arrepintieron de la empresa, ¡los trazos eran arduos! Sólo uno pudo alfabetizarse a término.

Cuando mis hermanos y yo supimos que nuestro padre fue un alfabetizador quisimos saber cuántos se beneficiaron de su trabajo. Enterarnos de que había conseguido enseñar las primeras letras a un solo hombre -lo confieso- nos decepcionó. Estábamos demasiado influidos por las imágenes épicas de la campaña, deseábamos una estampa más gloriosa, acaso una familia completa de guajiros curtidos. Mi papá no podía mostrarnos más saldo que un alfabetizado.

Hace algunos años Cuba instituyó un reconocimiento para el esfuerzo de aquellos jóvenes. Jamás inscrito, sin expediente oficial, maestro tardío y parco de un solo hombre, mi padre tardó en solicitar la medalla. Pruébenos que usted alfabetizó, le pidieron cuando hizo la solicitud. Apórtenos al menos el manual que usó, cualquier testimonio sirve, insistieron. Pero mi papá no conservaba los manuales. Después de pensar un poco halló el gran recurso inapelable: recorrió el viejo camino hasta Pueblo Nuevo y trajo a su alfabetizado, al único. El antiguo analfabeto confirmó que mi padre es el adolescente que lo enseñó a escribir y a leer en 1961. Así obtuvo la medalla, que es la retribución menor.

El único alfabetizado, que ha escrito y leído durante los últimos cincuenta años, debió bastarnos; hoy nos basta.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Mariela Castro bajo sospecha

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Mariela Castro bajo sospecha otra vez. Ella sigue manifestando que el matrimonio entre personas del mismo sexo no es necesario en Cuba; parece creer que la aspiración de alcanzar los mismos derechos de cualquier pareja debe refrendarse fundamentalmente en el ámbito del patrimonio. Concede, sopesa las gracias que otorga, legisla desde su otredad. Pese a su profesión de fe contraria a la homofobia y al talante pugnaz que ha mostrado en estos años sigue pareciéndome demasiado prudente. ¿Quién puede liderar tales batallas por oficio o por designio, sin sentirse parte decidida, beneficiario del propósito que se quiere conseguir?

Mariela hizo sus últimas declaraciones a un periódico comunista francés. A la prensa cubana, igualmente comunista, debería interesarle el tema, que sólo atañe a Cuba. ¿La política editorial de los medios nacionales evade el asunto o es que la directora del CENESEX prefiere debatirlo en Europa para provecho intelectual de los franceses?

Siempre que analizo el liderazgo de Mariela Castro en la lucha de mi país por los derechos de las minorías sexuales planteo más preguntas que respuestas. La mediación de las iglesias quizás sea el punto más polémico. Pienso en los primeros años de la revolución cubana, cuando los progresistas de la nación se pronunciaron con vehemencia contra el racismo y a favor de la igualdad de la mujer. La norma de aquella sociedad era el racismo; la mujer ocupada en “las labores de su sexo”, como puede leerse en tantos documentos legales de la época, era lo corriente; el otro gran prejuicio, de índole política, iba contra los comunistas. Todo fue trascendido a pesar de las resistencias, los remanentes de la discriminación quedaron relegados al ámbito doméstico.

¿Por qué ahora se nos pide paciencia, tránsito gradual, persuasión inútil de instituciones intransigentes cuyos criterios en ningún caso deben influir sobre el Estado? ¿La lucha contra la homofobia se realiza por convicciones sociales y científicas o por cálculo político? ¿Accedería Mariela Castro a darme una entrevista para este blog?

Cuba está urgida de proscribir las actitudes homofóbicas que lesionan la dignidad de los agredidos y la integridad ética de los agresores. No existe, por ejemplo, ninguna estrategia efectiva para combatir la homofobia en las escuelas. ¿Hasta cuándo los niños y adolescentes cubanos seguirán desprotegidos ante los ataques verbales y no descarto que algunas veces físicos de otros condiscípulos?

Recientemente se actualizaron las disposiciones para la admisión de convivientes en las viviendas habaneras. Se exige parentesco. ¿Cómo probarlo en el caso de las parejas del mismo sexo? ¿Ya se instruyó a las instituciones responsables sobre esta posibilidad?

Es imposible evitar en estas circunstancias que las personas LGTB se sientan desprotegidas, menospreciadas, ciudadanos de segunda, y la sociedad no debe tolerarlo más. La proscripción legal de la homofobia y sus conexiones más lejanas es tan urgente como cualquiera de las actualizaciones socioeconómicas que se han promovido en estos meses. La colectividad completa, sin fisuras, sería la gran beneficiaria. El español Paco Vidarte (1970-2008) lo explicaba con argumentos irrebatibles:

[…] la homofobia, como forma sistémica de opresión, forma un entramado muy tupido con el resto de formas de opresión, está imbricado con ellas, articulado con ellas de tal modo que, si tiras de un extremo, el nudo se aprieta por el otro, y si aflojas un cabo, tensas otro. Si una mujer es maltratada, ello repercute en la homofobia de la sociedad. Si una marica es apedreada, ello repercute en el racismo de la sociedad. Si un obrero es explotado por su patrón, ello repercute en la misoginia de la sociedad. Si un negro es agredido por unos nazis, ello repercute en la transfobia de la sociedad. Si un niño es bautizado, ello repercute en la lesbofobia de la sociedad.

Cuando Mariela Castro declara, desde su rol de líder, que el matrimonio de personas del mismo sexo no es necesario y que la igualdad entre las parejas homosexuales y el resto de las parejas será efectivo sobre todo “desde el punto de vista del patrimonio”, sus palabras, que sugieren un avance, repercuten sutilmente en la pervivencia de la misoginia y del racismo. Porque los derechos deben otorgarse sin concesiones, sin atenuantes; porque no están sujetos a negociación.

Mientras en Europa leen las últimas declaraciones de Mariela he planteado –confieso que sin notarlo- las preguntas que le haré cuando ella acceda a darme una entrevista para este blog. Sus últimas manifestaciones públicas, de provecho para los franceses, me alientan: La libertad está en asumir sus responsabilidades, jugárselo el todo por el todo […]

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¿Y qué piensas tú, Harvey Milk?

Rezaré por Jesucristo. Lo que sucedió en la reunión de los católicos de Sagua la Grande con un grupo de seropositivos al VIH.

La tribuna vacía: ¿unión civil o matrimonio igualitario en Cuba?

Con alma de mujer varon formado

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Con alma de mujer varon formado

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Toda la mañana he buscado el Diario perdido de Carlos Manuel de Céspedes. Parece haberse perdido ahora también para mí.

El cuaderno fue una especie de trofeo de guerra. Céspedes lo llevaba consigo al momento de morir. Propietarios sucesivos lo mantuvieron a la sombra hasta que Eusebio Leal obtuvo los folios y los dio a conocer.

La tragedia política de la primera guerra de independencia está consignada ahí. La amargura del presidente asediado y depuesto se descarga sobre Salvador Cisneros Betancourt, que aparece vulgar y libidinoso, aunque marqués. Un insulto peor dedica a Juan Bautista Spottorno. Después de observar que se trata un sujeto de maneras algo raras, dueño de un timbre demasiado agudo, Céspedes, refiriéndose a algún agravio recibido, ironiza: ¡Dios te lo pague, maricón!

Sé muy poco de Spottorno. Era de Trinidad y fue uno de los miembros más influyentes de la Cámara. ¿Ocupó alguno de los ministerios llamados entonces secretarías? En Lagunas de Varona lo nombraron Presidente de la República en Armas, acaso por dúctil. Regía Vicente García, que no vacilaba en rebelarse contra cualquier gobierno decidido a gobernar.

Del incidente deduzco que es bastante antigua entre nosotros la costumbre de disimular la homofobia –callarla para que su causa parezca también inexistente- y luego, ante un disgusto de cualquier índole, echarla de súbito a la cara del otro.

En vano he rastreado algún desliz homofóbico en la obra de José Martí. Solo echo de menos que no dejara margen, en el obituario dedicado a Julián del Casal, para que al menos algunos hombres también lloraran al poeta ostensiblemente homosexual. Cuando dice las mujeres lo lloran parece que nadie más tiene derecho a llorarlo. Admito que es una interpretación sutil. Muchos años antes Martí se definió a sí mismo en un poema como desventurado con alma de mujer varón formado. Esta dualidad, que alude a su delicadeza, quizás le permitió entender.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Sagua la Grande: Monumento Nacional por votación unánime

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Sagua la Grande fue declarada Monumento Nacional este lunes por votación unánime de la Comisión Nacional de Monumentos reunida en el antiguo ayuntamiento de Matanzas. La declaratoria se hizo esperar varios años. Los límites del centro histórico urbano fueron reajustados, algunos pasajes del expediente debieron reescribirse; antier se dudaba todavía de la veracidad de la noticia.

Además del valor arquitectónico de la villa, exponente valioso de las urbanizaciones del siglo XIX, importó el renombre de algunos notables que Cuba y el mundo acunaron en esta ciudad. En el reducido ámbito de las 34 manzanas del centro histórico nacieron Ramón Solís, llamado un día “el mejor flautista del mundo”; Joaquín Albarrán, uno de los padres de la urología moderna; Rodrigo Prats, gran artífice del teatro lírico cubano; Jorge Mañach, el escudero de Martí; Enrique González Mántici, compositor cerebral, innovador y cubanísimo. En las inmediaciones de la zona declarada nacieron Wifredo Lam y Antonio Machín. En algún sitio que nadie recuerda nació también Enrique Labrador Ruiz, reinventor de la narrativa cubana en el siglo XX. Sagua es la patria accidental de Peter Henry Emerson, uno de los pioneros mundiales de la fotografía artística. Y la ciudad no solo tuvo la fortuna de auspiciar nacimientos: fue el postrer paisaje de Juan Jorge Peoli, el pintor romántico, y acoge todavía en alguna parcela ignota a Francisco Pobeda y Armenteros, vate humilde que consignó el primer cielo de la poesía cubana.

Desde la zona reconocida ahora en su trascendencia, que abarca 32,07 hectáreas y posee 567 inmuebles, se extenderá la protección a otras 13 manzanas que circundan al nuevo Monumento Nacional.

Arelys Fernández, la arquitecta que dirigió el proyecto, estuvo en Matanzas y defendió la aspiración de la Villa del Undoso ante la Comisión Nacional de Monumentos. Dice Arelys que la intervención de Felicia Chateloín, profesora de la Universidad de La Habana, fue rotunda. Los comisionados votaron unánimes. Entre ellos se hallaban arquitectos tan acreditados como Daniel Taboada, Gina Reyes e Isabel Rigol.

Sagua la Grande es Monumento Nacional desde este 5 de diciembre de 2011 y yo he pensado en Joaquín Fernández Casariego (1814-1867), a quien llamaron una vez “genio protector de Sagua la Grande” y fue el visionario que nos dotó del primer alcantarillado de Cuba, y en Antonio Miguel Alcover y Beltrán (1875-1915), el tenaz cronista de la villa, sagüero trasnochado que pretendió celebrar aquí una exposición universal. He pensado en Juan Caballero, el misterioso fundador. Que este reconocimiento sea también un homenaje a ellos y a todos los que creyeron en el carácter trascendental del acto de fundar una ciudad.

Los amigos que me han frecuentado durante estos años saben del apego que siento por Sagua, conocen cómo he hurgado en su misterioso devenir y cuánto he pugnado por persuadir de que -en su aparente medianía- es un sitio de resonancias universales. Por eso entenderán que yo esté tan contento.

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Foto: Iglesia de la Inmaculada Concepción, Sagua la Grande.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Como el Nipón lejano

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Abundan las analogías temporales; la más frecuente se refiere al año de 1959. Cómo éramos antes y qué hubo después; el examen –unas veces lúcido, otras mistificador- es un tópico. Por vocación de inmanencia, yo prefiero descubrir qué permanece intocado a pesar del tiempo, qué sitios y qué gentes profesan una misteriosa actitud de eternidad.

Estuve en Isabela ayer. Entre las ruinas del puerto, al atardecer, advertí la sobrevida de una exótica semejanza. Isabela, con sus rústicas glorietas sobre el mar, se parece al Japón de las novelas de Pierre Loti.

Jorge Mañach razonaba en 1923 que una singular sensación de juguetona audacia suscitan esas estructuras a flor de agua. Sin demasiado esfuerzo imaginativo se piensa en el Nipón lejano, con sus arrozales, sus bambúes, y sus tabiques de papel. Loti, Lafcadio Hearn, Carrillo, reviven íntimamente en el recuerdo.

La gente compara para entender: países, ciudades, épocas, todo es susceptible de ser examinado a partir de semejanzas. Pienso que la analogía, sin embargo, estropea la mirada prístina. Un isabelino en Japón de seguro evocaría a Isabela de Sagua, tan desprovista de arrozales, y no se le podría tachar de inexacto.

Isabela aguarda por su Pierre Loti. Un antiguo ejemplar de Madama Crisantemo me espera en el anaquel. Solo el hombre que alza la red en la costa de Sagua no espera nada; se ignora a sí mismo. Cocinará el pescado de esta noche y descansará entre sedas.
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Fotos: Isabela de Sagua, 27 de noviembre de 2011.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

La revolución de Arturo

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Debí ser Arturo III. Mi abuelo se llamó Arturo, mi papá también. Conmigo abandonaron el patronímico para hacer honor a cierta moda pop. El abuelo nunca pronunció bien el nombre que me dieron: faltaba quizás la ele, acaso una vocal confundía su naturaleza abierta… No me gustaba besar a mi abuelo; su rostro me pinchaba. Me quedan pocos recuerdos de él. Vivíamos en otra ciudad cuando nos despertaron en la madrugada. El abuelo de ustedes murió –dijo Arturo II-, nos vamos a Sagua. Mi hermana, muy pequeña, vestía una saya plisada. Es lo único que recuerdo de la partida. Fue la primera vez que entramos en la funeraria.

Mi abuelo tenía fama de hombre simple. De viejo disfrutaba observar el garbo de las mujeres desde el portal para consolarse quizás de la amargura de mi abuela. Parecía desprovisto de criterios, no tenía nada que decir. Se quedaba dormido en el sillón con la charla familiar de fondo como un grato rumor; las veladas siempre acababan temprano para él.

La vida de mi abuelo fue apacible y acabó como un adagio: enrojeció de pronto, en la noche, y antes de que pidieran socorro había muerto. Hasta aquí parece una existencia demasiado anodina para merecer una reseña, pero hace un año supe algo que me ha conmocionado: sencillo como era, obediente en la vida doméstica, mi abuelo fue héroe de su pequeña revolución.

Sucedió en la década de 1950. La familia estaba arruinada. El último lienzo de tierra lo vendieron para irse a la ciudad; la zafra se portaba onerosa. Les alcanzó el dinero para construir un par de casas en unos antiguos jardines de Carmen Ribalta, la encomiada viuda de Oña. No se hallaban en los jardines de Kensington: la familia era numerosa; las casas, pequeñas. Mi abuelo, que antes trabajaba para sí mismo, se empleó en el central Santa Teresa. Pasaba el tiempo muerto en el portal, aguardando por alguna labor de ocasión. Quizás ya escrutaba a las mujeres que iban deliciosamente calladas mientras mi abuela le reñía.

El abuelo, unido a otros peones azucareros, asaltó el Sagua Yacht Club un buen día, cuando todos creían que seguía en el portal. No sé con exactitud qué reclamaban ni por qué fueron a tomar una sociedad burguesa en lugar de incinerar un cañaveral o, en el colmo de la audacia, secuestrar el penacho del ingenio y apagar una fogata que los asfixiaba. Tal vez solo tenían ganas de rendir algo. Mi abuela aseguraba que se incorporó a los revoltosos con gran ingenuidad, sin saber a dónde iba, embriagado por la humareda de aquella ínfima revolución y acuciado por una inoportuna vocación de justicia.

Los socios del Yacht Club se burlaron de los asaltantes y la ciudad se encogió de hombros. Mi abuelo estuvo preso apenas un día. Un muchacho que presenció la incursión de los guajiros, cantando su Marsellesa desafinada, lo reconoció entre las huestes y dijo para sí: ¿este qué hace aquí?

Así fue la revolución de Arturo –me contó aquel testigo, que luego se casó con mi tía-.

Mi abuelo era tan simple que se descubrió ante unas damas al entrar.

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Foto: Sagua Yacht Club.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Un libro intonso

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Intacto sigue -impedido de palparse-,
con la acritud de un libro intonso.

Se arropa con los paños de un muro
-va de púrpura, tremola una túnica-
y sale a pregonarse numen,
a mentir
con su verdad inaudita,
mientras los animales esquivan el rastro de su hedor.

De cuando agitaba la pernera
para aligerarse quedó un puñado de calderilla.
También dejó caer unas tijeras
con la trompeta del Juicio
grabada junto al tornillo que articula ambos filos.

Por la cisura se fue la noción de cualquier dictamen diáfano.

El clamor de la trompeta
–su verdad inaudita- me ensordeció.

Él seguía a salvo, malogrado para el mundo,
como un libro intonso.

martes, 1 de noviembre de 2011

Quasimodo ama a los hombres

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La araña desciende sobre Patsy Ruth Miller,
consigue el señuelo de su hombro.
El crimen que le cumplo me devuelve
a las calles como un vengador suyo,
pagado con su gesto de huida.

Desciendo sobre el señuelo
que me impongo
para merecer la gracia de su perdón.

Gusto de las mañanas verticales.
Cualquier albura me devuelve el placer de la sangre
vertida por mi mano
y el hervor de mi falta se despeña
y aturde.

Quasimodo ama a los hombres,
los ama y se somete a ellos.
Lo mismo que Patsy, gusta de las mañanas verticales
y danza a recaudo
-ensordecido por los badajos de su ardor-
cuando los soles de su sangre
alumbran mi crimen de no amarlo,
a él,
hermoso y asimétrico.

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Ilustración: Quasimodo, óleo de Antoine Wiertz (1806-1865)

lunes, 31 de octubre de 2011

Tanglewood

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He viajado de espaldas al camino;
las parábolas valen un ardite,
como el astro menguado
que se oscurece a la voz mía sobre las landas.
Como la hierba de los calveros
es un ardite lo que digo
para alcanzar el cenador
y oír los cuentos de Tanglewood.

Las espaldas del camino me cargan
cuesta arriba
y he dudado si pueda transitar
con fehaciente angustia,
sin temer que caiga de la bolsa
y ruede
y se pierda para mí
un secreto de las landas,
el último sentido ganado por el calvero inmarcesible.

Vacilo ante sus espaldas frágiles
y le azuzo luego a mordidas
rumbo a Tanglewood.

Es moreno y se ateza a mi voz,
ennegrece como el astro menguado sobre las landas,
como el ardite de un calvero
que desaparece en la fronda.

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Foto: Ruinas del palacio de Alfert, Sagua la Grande, 21 de febrero de 2008.

sábado, 10 de septiembre de 2011

Tres estancias

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Recién advierto que los hombres se dejan reposar en el alud.
Sus pechos, apenas combados, deforman el muro,
se fruncen bajo la guirnalda.
Les miro con avidez. A los hombres caedizos he llevado
la petición de acogernos; el sueño de que nos hagan sitio
no consiguen cumplir.

La ruta larguísima acaba frente un portón abierto,
el preámbulo anónimo de otro sitio
que pretendemos visitar y nos recibirá forzosamente
en sus asientos de mimbre.

Porque en todos mis sueños hay caminos prolongadísimos
me extiendo sobre el camino torpe, consiento el tránsito.

…………………


Fauré es un viejecillo anticuado.
Le oigo al borde del pretil, con acentos que incitan a caer.
Y el viento, que se considera afligido,
contiene su propia refutación de alas.

Fauré, ahora vertiginoso, impugna su noción con una imagen despejada.
Sobre las pilastras, un cielo antiguo.

El cielo enmohecido por la borrasca
me lo enajena el cuerpo debajo de mí.
Y la música que le oigo, incitándome.

……….

Atiendo a la casa que nos aguarda y a sus escrituras.
Un siglo le debemos.

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Foto: Padre Varela y Luz Caballero, Sagua la Grande

martes, 23 de agosto de 2011

Cuba: un algoritmo para quedarse

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Hay una claustrofobia cubana, una especie de neurosis insular. Juan Ramón Jiménez le dijo a Lezama en el famoso coloquio que los insulares, en lugar contemplar desde la costa el paso de los barcos, deben volverse al interior. Y no se trata de renunciar al universo, la Isla también lo contiene en sus extensiones invisibles. Pero queda la fobia al aislamiento y a veces manda. Se piensa en soluciones ultramarinas, en paraísos continentales...

He hallado a muchos que no se explican mi apego a Cuba. Tampoco entienden qué hago en esta ciudad. Esperan que sea claustrofóbico y desee trascender el mar físico. Esperan que marche y yo me resisto a ausentarme.

Mi primera razón me parece trascendental: este es mi sitio especial. Asumo que es una razón afectiva y excuso a quienes no se rigen por estos afectos. Estoy arraigado como otro cuerpo del paisaje. Encima -y esto tampoco lo entienden- me apasiona la paradójica grandeza de Cuba y su infrecuente dignidad. Lo que decía Loynaz: “hay en ti la ternura de las cosas pequeñas y el señorío de las grandes cosas”.

Nada de lo que he aprendido en estos años de búsqueda de mí mismo tiene sentido en otro lado. La educación que he recibido, cuya máxima es compartir, no sirve en el capitalismo. Sería un desterrado, y yo soy un hombre incapaz de sobrevivir en un estado de ausencia de sentido. Hay lecturas que comprometen para siempre, y ya las hice.

Hasta ahora voy resultando sentencioso. El tono molestará a algunos; mi convicción parecerá otra vez ininteligible.

Un amigo muy querido recuerda una expresión campesina que le molestaba en su infancia. Era un remanente de otra Cuba. Cuando un niño tenía buen apetito comentaban: “merece vivir”. Una frase de raíz cruel, dureza de los tiempos de mis abuelos, cuando era afortunado el que hacía sobrevivir a la mitad de sus hijos. Algunos merecen la vida. ¿Y los otros? No apruebo las analogías a ultranza que hacen emular al país de hoy con el precedente. Han pasado muchos años. Sin embargo, ante el drama del mundo, ¿qué decir? Que todos puedan vivir hoy, y que eso parezca ahora mismo un don universal e inexorable, es una de las consecuencias más elementales de la Revolución. Otras revoluciones hay que ir haciendo sin extraviar los grandes hallazgos, pero solo pueden hacerse desde adentro. Quiero asistir, por eso me quedo.

Falta hablar de mi ciudad. Mi patria, en el sentido griego. Los hombres de la antigüedad usaban el nombre de la polis como apellido y signo de singularidad; como ellos, la llevo conmigo. Otra fortuna mía fue nacer en un sitio con espíritu propio. He idealizado a mi ciudad a causa de su gradual pobreza, y este servicio que le hago de reconstruirla como un enclave mágico nadie más quiere prestárselo. Complace quedarse en el sitio que otros abandonan: lo que fue consustancial a tantos va extraviándose y se torna secreto propio. Una vez dije a mi mamá: ¡todos se están yendo! Me respondió memorablemente: “cuando todos se hayan ido quedaremos nosotros: tu papá, tú y yo”.

Hay una canción de Marta Valdés que contiene la antítesis de la claustrofobia cubana. Dice: “voy a morir sin ver la nieve, pero te miro cuando llueve”. Si un día veo a Marta tendré que pagarle esa canción con un abrazo. Todos los días llueve para mí. Solo necesito hallar a alguien que me secunde y yo pueda mirar con ese estilo definitivo, como suelo enamorarme.

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Foto: Neptuno 878, La Habana. Enero de 2011.

sábado, 20 de agosto de 2011

Qué atiende, dónde sestea…

-Ocupan las aceras. Traen sillones e improvisan una tertulia al atardecer. Sucede en verano. Cuando regrese el frío las calles permanecerán desiertas.

He visto filas de sillas en las aceras en estos días; el centro de la ciudad no se salva de estas salidas. Las casas se vuelcan al camino y a la contemplación del caminante. El calor parece la causa eficiente -Aristóteles no lo desdeñaría-, la humedad de la isla obliga a orear la piel.


Vuelvo a espiar a la vecina. Venerable, ha traído un sillón pequeño. Otros se aproximan a pequeñas reuniones; ella está sola. Atiende a los transeúntes, ensimismada, como si la prisa que llevan fuera ilusoria, otra brisa que viene del sur. Alguien se preguntará qué atiende, en qué praderas sestea su demencia…

Se cree que ocupan las aceras para aliviar la canícula. A mí me parece un disculpa tácita para conciliar. El hábito de ir aprisa se fragmenta. La familia hurga en sí y en el pasado con más vocación que en otras estaciones. La anticuada teoría del trópico que enerva se torna en benéfico reconocimiento familiar.


Multiplicadlos

Compré una cesta de pescado. Hay un animal dorado. La muerte del pez es espléndida, vigilante como una vida remanente y dedicada al reposo escrutador.

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miércoles, 10 de agosto de 2011

Romeo Dionesi, niño prodigio


La luz encandilaba, el público gruñía encadenado a las butacas, pero Romeo era un gallito. No retrocedía. Tenía cinco años y ya había hecho carrera en el teatro. Pronto aprendió que una muerte resuelta y bien articulada hace las delicias de los espectadores simples. La única resurrección ocurre en la escena y puede ser gloriosa si se sabe morir.

Cuando Romeo cantaba el aria de la calumnia de Rossini parecía increpar a cierto enemigo despreciable. La gente se reía de la figura que hacía vestido con sotana y sombrero de teja. Él no entendía que pudieran reír ante palabras tan graves.

En Nueva York se criticó a Mademoiselle Aimée por incluir al pequeño Romeo en los entreactos de sus operetas: ¡no es circo, señorita! La Habana, condescendiente, le obsequió un reloj de oro y un juego de botones de perlas. En México se le compadeció por su trabajo de fantoche. Parecía un títere operático cuando repartía bendiciones en la sotana de don Basilio. Las damas se apiadaron. A todas pareció cruel que un niño tuviese que servir de diversión a los ociosos que frecuentan los teatros para ganarse la vida y mantener a su familia. Los padres de Romeo advirtieron esta compasión y le hicieron actuar en beneficio de los niños pobres, con el pretexto de conseguir que leyesen gratis un periódico para párvulos. El público no les favoreció.

Al llegar a Sagua los Dionesi habían vendido sus perlas habaneras. El signore solo conservaba su violín tramposo. La signora arrastraba un baulito con los trajes operísticos de Romeo. Antes de la función concertaron los versos de siempre. Donde antes dijo granadinas, limeñas, cariocas y porteñas, el gallito insertaría otro apelativo:

Dice el mundo, sagüeras,
que á los hombres volvéis locos;
niño soy y ya me gustan
las niñas de vuestros ojos.
Para cantaros ¡oh bellas!
mis años son poca cosa,
mas si llego á veinticinco
ya les cantaré otras coplas.

Aquella noche todos acudieron al teatro para averiguar si de veras cantaba óperas el niño que había desembarcado con sus padres, un par de bohemios italianos. El signore Pietro Dionesi aburría con su violín mediocre al principio del concierto. Florentina Morini, su mujer, pellizcaba las cuerdas de una guitarra robusta. Romeo, con traje de aldeano, cantó luego la famosa romanza de Martha, de von Flotow. Los concurrentes advirtieron que se trataba de un gallito.

Al principio de uno de aquellos desvaídos espectáculos se presentó un adolescente ante el matrimonio Dionesi. Se confesó flautista, como si revelara un pecado; era tímido. Vino empujado por su maestro, un severo catalán. Una vez, de niño, había ejecutado en público unas variaciones sobre una pieza de Donizetti. Pietro reparó en su juventud y apenas sin interrogarlo le hizo salir a la escena. Su interpretación fue portentosa. A Romeo lo recibían con risas, era una atracción menor, propia de auditorios pueblerinos, pero este joven parecía capaz de conmocionar a los diletantes más exquisitos de Europa. El signore calculó. He aquí un diamante malogrado. A la salida del teatro se hizo conducir a la casa del joven y adoptó una estudiada bonhomía, un candor de desinteresado bienhechor. Ofreció costearle estudios en Europa. Aseguró que se portaría como un padre y ante aquella gente de maneras sencillas enfatizó que semejante talento no debería malograrse. Pietro los subestimó. El progenitor del genio desconfió de la cortesía del italiano. También era músico y jamás expuso a su vástago –niño prodigio en su hora- al cruel examen de los públicos. Ninguna maña lo persuadió. Ramón Solís fue enviado al Real Conservatorio de Madrid gracias a los donativos de sus parientes y admiradores y se convirtió en uno de los flautistas más celebrados del mundo. Fue una presa arrancada a los insaciables Dionesi, que se marcharon a mostrar a Romeo ante los ingenuos de otras comarcas. El encanto del niño se agotaba; lo efímero de su éxito obligaba a trashumar.

Antonino Fabre, el gran pedagogo sagüero, creyó que Romeo Dionesi creció hasta convertirse en “uno de los primeros divos de Italia”. El antiguo prodigio jamás alcanzó tal notoriedad. Su voz se estropeó, como sucede con tanto genio precoz. De regreso a su patria se inscribió en el conservatorio de Nápoles y allí le instruyeron como compositor. Gustaba de urdir partituras de complejidad matemática: fugas y contrapuntos, que no emocionaban. También compuso una opereta de capa y espada titulada D’Artagnan. Era la reminiscencia de su niñez malograda.

Algunos años después se le vio por la antigua ruta de sus padres, acompañando a su hermana, la virtuosa violinista Giulietta Dionesi. La niña tenía diez años y se le destinó el mismo oficio de prodigio diminuto. Entonces se decía que Romeo, mentor de la pequeña, era un compositor promisorio. Casi nadie recordaba al infante que cantaba arias de ópera y esgrimía una espada de atrezzo. Los padres vivían en Livorno, desde allí gobernaban la voluntad de sus vástagos y les hacían fatigarse para pagar el alquiler de una villa frente al mar de Liguria.

Un periódico francés se refería, en las postrimerías del siglo, al intento de suicidio de un músico que se apellidaba Dionesi en un pueblo intrincado de Brasil, cerca de la frontera uruguaya. Si era Romeo y sobrevivió, no hay más noticias. No se ha confirmado que repitiese la tentativa. Acaso ahí acabó su carrera de gallito amargo que articuló con resolución las últimas palabras, para que enmudeciera la muchedumbre de simples que esa noche no acudió a presenciar su resurrección.

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Viñetas: Las cruzadas, Gustavo Doré.

domingo, 31 de julio de 2011

Narración de domingo

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El joven Eliseo Diego escribía una novela que jamás concluyó. Era noviembre y 1944. Años después murió dormido como Cayetano, uno que se adentra en un escenario provinciano y advierte la minuciosa perennidad de un pueblo. Narración de domingo escribió el poeta a la cabeza de su manuscrito. Y este domingo, contingente y providencial, supe de la muerte de Lichi –Eliseo, el hijo-, que heredó todos los pueblos extraños y quiso además concluir la saga de Cayetano adentrándose en aquellos huertos misteriosos:

Yo volví avanzada la tarde a este pueblo. Caminé de la estación a mi casa entre los sembrados geométricos de los chinos, cuyas inflexibles líneas eran las mismas de cuando me marché. (1)

La novela empieza de tarde y no acaba con el advenimiento de la noche, ni el alba le concede un desenlace luminoso. Hay sueños sin aurora y cuentos inacabados. Eliseo trashumante iba escribiendo fragmentos de su novela entre La Habana y Santiago de Cuba. En la página catorce del manuscrito aparece otro escenario: Sagua la Grande. Eliseo iba por los pueblos. El descenso de Cayetano en una estación ignota, el paisaje inamovible, la azada de los chinos que remueve los canteros de coliflores semejantes a un jardín de Le Nôtre; lo que él vio esta vez no fue la penumbra de la enorme Calzada de Jesús del Monte: Cayetano llegaba a Sagua. Está en la página catorce, pero también se declara al principio de la novela trunca y sólo puede tratarse de este pueblo.

Acudí a Lichi para saber a qué vino Cayetano, qué abuela le esperaba más allá de las líneas inalteradas de esta ciudad. Fue por marzo que pude hablarle. En esos años –dijo- papá estaba muy neurótico y se refugiaba mucho en casas de amigos o familiares, en provincia. Yo recordé “los mares de una melancolía relojera” que el propio Eliseo Alberto menciona en el prólogo destinado a esa novela maldita de los que mueren dormidos y van llegando a mi pueblo.

Sagua, “una ciudad señorial, de las más bellas” –añadió Lichi-. También prometió indagar con su hermana Fefé acerca de la estancia del poeta en la comarca del Undoso. Perdona mi silencio –se excusó-, he estado muy enfermo.

Hoy, domingo, supe que ha muerto. En un triple salto mortal -me dijo Eliseo Alberto-, decidí un juego literario: terminar esa novela de papá... Ahora la narración dominical no terminará. Por eso Cayetano sigue atravesando los huertos de chinos y su alter ego, el poeta, vuelve. Como yo vuelvo a indagar en vano sobre el secreto de su paso.

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(1) Eliseo Diego: Narración de domingo (1944-1945). Eliseo Alberto: La novela de mi padre. Prólogo. En La Isla Infinita, Revista de Poesía, Año III, Número 8, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2004, p. 12.

viernes, 29 de julio de 2011

Marx

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Un cubano residente en Alemania me comentaba ayer la paradójica conducta de aquel país, que se pronuncia y legisla contra el marxismo con energía y parece tolerar los brotes fascistas. Mi amigo no entiende, pero yo sí: el fascismo, minoritario y envilecido, jamás emergerá; Marx, el vetusto, todavía habla con una lógica influyente, capaz de poner en peligro el orden de estos mundos… Mi amigo, un poco germanizado, sostiene que ambas tendencias –fascismo y marxismo- son peligrosas y me invita a no descuidarme. Se olvida de que Marx es alemán, pero de otra familia; se olvida un poco de que somos cubanos.

Mi relación con Marx, como la de mis coetáneos, es menos íntima en comparación con las generaciones precedentes. Hubo un fervor por los hallazgos económicos y filosóficos de Marx en la época de mis abuelos y mis padres. Parecía la fórmula para entender el devenir del mundo. Por Marx llegaron a Hegel y siguieron hasta Heráclito. Por él llegaron hasta la raíz de las utopías. A mi generación correspondió otro orden, más abstruso. La plusvalía, pese a su vigencia, solo es uno de tantos mecanismos. Ya no estamos en el siglo XIX. Se ha visto que las revoluciones pueden malograrse o derrumbarse, la línea dialéctica acaso no exista. Asumida esta relativa caducidad, ¿por qué entonces los alemanes reservan su vade retro para Marx?

La conversación de ayer me recuerda la fobia marxista de hace tantos años. En Auschwitz, junto a los judíos y los homosexuales, también estuvieron los comunistas. Breivik, el que disparó sobre los jóvenes en la isla de Utoya, dijo detestar a Mahoma y a Marx, a los gays y a Fidel Castro.

Algunos que me leen invocarán a Stalin, a Ceaucescu y a Pol Pot como marxistas ejemplares. Yo prefiero a Rosa Luxemburgo. Toda teoría se expone a la distorsión, el ejemplo mayor ni siquiera es el marxismo, sino el cristianismo.

No sé si quiero ser marxista -me gustaría ser poeta- pero sé que el proyecto de Marx para este mundo es más noble que cualquier plan capitalista de hacer oro a costa de nuestra sangre. La Alemania que acoge a mi amigo, la Alemania próspera del momento, ha dicho que los países socorridos durante la crisis actual deben ceder parte de su soberanía. El origen de tal pretensión no le viene de Marx. Eso me sugiere la epojé que a veces intento cuando me acuerdo de Husserl; cuando mencionan a Marx, recuerdo a Martí, que no era marxista pero le hizo justicia:

Ved esta gran sala. Karl Marx ha muerto. Como se puso del lado de los débiles, merece honor. […] Ved esta sala: la preside, rodeado de hojas verdes, el retrato de aquel reformador ardiente, reunidor de hombres de diversos pueblos, y organizador incansable y pujante. La Internacional fue su obra: vienen a honrarlo hombres de todas las naciones. La multitud, que es de bravos braceros, cuya vista enternece y conforta, enseña más músculos que alhajas, y más caras honradas que paños sedosos. El trabajo embellece. Remoza ver a un labriego, a un herrador, o a un marinero. De manejar las fuerzas de la naturaleza, les viene ser hermosos como ellas.

Este es el lugar común donde me encuentro con el Prometeo de Tréveris.

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Ilustración: El marxismo dará salud a los enfermos. Frida Kahlo.

miércoles, 27 de julio de 2011

Libro del mes

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A la constitución cubana le faltan lectores.

Sorprendí este letrero hace unos meses en una biblioteca. Su proposición me perturbó porque alude a una afición mía. Con preámbulos más o menos poéticos, con invocaciones a Dios o sin ellas, monárquicas y republicanas, conservadoras y revolucionarias, he leído constituciones. En todos los casos fungen como declaración de principios, pocas veces son ley acatada en su totalidad. Por ese carácter de pura expresión puede considerárseles literatura. Que sean buena o mala literatura depende de los contenidos, no del estilo ni de su efectividad jurídica.

La constitución de Cuba -lo que se respeta y lo que aún permanece como proyecto bienintencionado- es una lectura recomendable para cualquier tarde, cuando arrecia el calor y uno sofocado por la sobrevida quiere leer el poema de un país.

lunes, 25 de julio de 2011

El castillo que nunca se erigió en Sagua la Grande

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Eran tiempos belicosos y todavía navegaban algunos rufianes. El viajero Ildefonso Vivanco, por los rumbos de Sagua en un pequeño velero, juzgaba “tan natural recordar entre los cayos á los piratas ó musulmanes y á los raqueros como en Roma al Papa, como en Italia á Miguel Ángel y a Rosini [sic]”(1). Pocos años después John Wurdemann, médico de Charleston, consignó la creencia de que la población “fue al principio sustentada por piratas y contrabandistas”(2). Aquellos salteadores del mar que ejercieron durante el crepúsculo del oficio pervivieron en la memoria de los habitantes de la naciente villa, y lo que fue suposición trascendió como hecho indiscutible más entrado el siglo XIX.

Después también se llamó filibusteros a los enemigos de España. Cualquier escaramuza política que involucrara al decaído imperio hispánico exponía a otra oleada de corsarios sobre las costas de la isla. Sagua la Grande, expuesta a tantos peligros, proyectó entonces un castillo. Las noticias sobre la fortaleza que nunca se alzó en las márgenes del Undoso -quizás por escasas y escuetas- no han interesado a los historiadores.

El acceso al Undoso ocupó a los ingenieros militares desde finales del siglo XVIII. En 1784, Francisco de Paula Gelabert cartografió la boca de Sagua la Grande. (3) ¿Demasiada preocupación por una ruta poco frecuentada, exclusiva del comercio maderero? Veintidós años antes de los trabajos del ingeniero Gelabert se produjo en esas aguas el primer encuentro de buques españoles con la armada inglesa antes del asedio británico a la capital cubana. Tres barcas que iban por madera fueron apresadas junto a la fragata Tetis y la urca Fénix, sus escoltas, luego de una persecución. La captura de la pequeña flota que se dirigía a Sagua hizo perder trescientos potenciales defensores a La Habana. (4) Quizás los superiores de Gelabert ya pensaran en la erección de un baluarte.

Por 1840, cuando Wurdemann se internaba en el Undoso a bordo del vapor Jején, solo se advirtía “una casita en la playa que tenía un alto mástil de bandera, lo que indicaba que era un puesto militar; pero tan insignificante, que una canoa pesquera no lo respetaría”. (5) A la partida, el buen doctor fue benévolo: “pequeño cuartel” llamó al enclave.(6) Un viajero desconocido que vino por la misma época sí supo de la intención de erigir una fortaleza e incluso aludió a la existencia de los planos:

En la punta estrema de barlovento de la boca del río está el lugar escogido la construccion del fuerte para la defensa de la entrada de él y seguridad de la bahía, cuyo plano levantó dicho agrimensor Estrada. [sic](7)

A Rodrigo de Bernardo y Estrada se le recuerda por sus proyectos urbanísticos –solo parcialmente respetados- para la Villa del Undoso. Su prolongada ejecutoria como urbanista le convirtió en perito inapelable ante litigios como el que sostuvieron los sagüeros con una compañía capitalista a causa de la reapertura de la calzada de Jumagua. Se discutía el derecho público a transitar por aquella vía y ahí terció el agrimensor con el argumento de haber trazado él mismo la ruta clausurada. En Sagua la Grande publicó un manual de agrimensura que fue consultado y citado a menudo por Esteban Pichardo, la mayor autoridad geográfica del siglo XIX cubano. Entre tantas obras emprendidas por Estrada sorprende sin embargo esta faceta de arquitecto militar.

Precisamente de Pichardo procede la última alusión a la fortificación que debió proteger a una de las ciudades más pujantes de su tiempo. Según se infiere de este comentario, que alude al proyecto en un pretérito rotundo, la idea de erigir un bastión estaba abandonada en 1857:

La punta de la lengüeta de barlovento es conocida con el título de Cementerio de los Ingleses, donde se han sepultado personas de ambos secsos y de diversas edades: su piso es más firme y allí se proyectó una fortaleza. [sic](8)

El llamado “Cementerio de los Ingleses” aparece en el mapa de la jurisdicción sagüera que dibujó Pichardo unas décadas más tarde. Frente a esas restingas debió erigirse el castillo que nunca poseyó Sagua la Grande.

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Notas.
(1) Ildefonso Vivanco: Sagua la Grande, en La Siempreviva, Tomo 3º., Imprenta del Gobierno y Capitanía general por S. M., Habana, 1839, p. 47
(2) John G. Wurdemann: Notas sobre Cuba, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1989, p. 340.
(3) Horacio Capel Saez, Lourdes García Lanceta, José Omar Moncada Maya et al: Los ingenieros militares en España. Siglo XVIII., Universidad de Barcelona, Barcelona, p. 206.
(4) Jacobo de la Pezuela: Sitio y rendición de La Habana en 1762, Imprenta y estereotipia de M. Rivadeneyra, Madrid, 1859, p. 17.
(5) John G. Wurdemann: Ibídem, p. 338.
(6) Little barracks. Notes on Cuba, containing an account of its discovery and early history... by a Physician, James Munroe and Company, Boston, 1844, p. 290.
(7) J. M. J.: Apuntaciones históricas y geográficas del partido de Sagua la Grande en 1844, en las Memorias de la Real Sociedad Económica de La Habana, Segunda Serie-Tomo II, Imprenta del Gobierno y de la Real Sociedad Económica por S. M., Habana, 1846, p. 286
(8) Esteban Pichardo: Ligero paseo por Sagua la Grande, abril de 1857, publicado en “La Alborada” de Santa Clara. Antonio Miguel Alcover y Beltrán: Historia de la Villa de Sagua la Grande y su jurisdicción, Imprentas Unidas de La Historia y El Correo Español, Sagua la Grande, 1905, p. 589.


Ilustraciones.
Fragmento del mapa de Esteban Pichardo donde aparece el Cementerio de los Ingleses, sitio destinado a la fortaleza.
Retrato de Rodrigo de Bernardo y Estrada, proyectista de la fortificación.


viernes, 22 de julio de 2011

La tribuna vacía: ¿unión civil o matrimonio igualitario en Cuba?

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Mariela habló este mes para los españoles. En Cuba, donde muchos aguardan cada palabra suya como si fuera un oráculo, pocas veces trascienden sus declaraciones a la prensa. El tema no figura en la agenda de nuestros medios. ¿Hay algo que los españoles deban conocer antes que los cubanos?

De lo que Mariela dijo en España se infiere que hay un debate en nuestro país sobre la posibilidad de aprobar una unión civil. Si lo hay, debe estar efectuándose a puertas cerradas en algún sitio que ignoro. La mayoría de la gente desconoce qué es la unión civil y qué la diferencia del matrimonio. Me preocupa que una cuestión tan importante sea discutida sin la participación de los interesados. Este país se ha ejercitado a menudo en toda clase de debates. Recientes discusiones públicas confirman nuestra experiencia en el intercambio, la sugerencia y la reescritura.

La legitimación jurídica de las relaciones homosexuales quizás parezca un recurso trasnochado cuando el matrimonio convencional está en crisis, pero se trata de un desagravio, un gesto de justicia histórica. También puede aplicarse aquí la lógica del llamado pecado de omisión: omitir un derecho, pasarlo por alto, fingir que no hay tal, equivale a formar bando con la injusticia.

Otra cosa: siempre me ha sorprendido que Mariela sea partidaria de la unión civil en lugar del matrimonio en igualdad de condiciones. En estas declaraciones invoca a la iglesia católica y menciona “cuestiones en las que podemos ceder”. No entiendo. ¿Acaso el catolicismo no es mucho más influyente en Argentina que en Cuba? Los argentinos tienen matrimonio “igualitario”, ¿por qué nosotros, los más laicos de América Latina, debemos complacer en este punto a la Iglesia? Parece una incoherencia de Mariela. ¿Cómo negociar con una institución que hasta desaprueba el uso del condón? ¿Por qué ceder? ¿Ante quién? ¿Cuáles derecho han cedido los cubanos cuando importa hacer justicia? A estas alturas ya se lucha en los países que poseen uniones civiles para trascender este concepto. La unión civil, que parece una victoria, va siendo considerada discriminación. Por leve y sutil que parezca la distinción, cualquier discriminación es inaceptable.

Los medios internacionales han otorgado alguna promoción a la próxima boda de la cubana Wendy Iriepa, transexual. Wendy no podría casarse de haber permanecido en su condición original. La Iglesia, aunque Wendy fuese mujer y católica, tampoco procedería jamás a efectuar el matrimonio eclesiástico. Supongo que los dignatarios católicos pueden reservarse su propia versión de matrimonio, pero no tienen que influir sobre un acto civil ni Mariela debe consentirles ninguna ascendencia.

Y cuando hablo de consentimiento acaso alguien crea que delego en Mariela toda la conducción del debate. Por supuesto que no. Reconozco la influencia favorable que ha ejercido al frente del CENESEX y la paciencia con los oponentes de su proyecto. La tribuna que ocupa, de cualquier modo, está vacía sin nosotros.

Más en este blog:

¿Y qué piensas tú, Harvey Milk?

Rezaré por Jesucristo. Lo que sucedió en la reunión de los católicos de Sagua la Grande con un grupo de seropositivos al VIH.

martes, 19 de julio de 2011

La voz sale del plexo

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Me ronda todavía la advertencia que Rilke hizo a Kappus: creer que se podría vivir sin escribir basta para abandonar la escritura. Nunca transcurre un año sin que vuelva a preocuparme: ¿he de escribir?

Los textos surgen erráticos y el estilo -en pugna consigo- unas veces viene escueto y otras profuso, en aluviones contrarios. Esa colisión debería engendrar un hijo de las aguas, pero a menudo se resuelve en una quietud oscura.

La posesión de una pequeña verdad no es suficiente. Expresarla requiere un algoritmo desconocido. ¿Quién puede asistirme? ¿Quién que haya encontrado su propia lógica y desee revelarla? ¿Hay tales mistagogos? Rilke descreyó, en materia de poesía, de cualquier didascalia que no fuese personal. Según esta tesis la poesía propia siempre debe bastar. ¿Pero qué hacer si, por sed de expresar, no me basta? ¿Insistir? ¿Rehacer el puzzle del poema? ¿Hasta dónde sería saludable? ¿Por qué Rimbaud dejó de escribir? ¿Hay una frontera que no se debe traspasar? Acaso hay un sitio de tal clarividencia donde la conciencia creativa se conforma con haber imaginado su hijo de aguas enfrentadas.

Encima, cada oración filtra lecturas, textos fragmentarios. Sería bueno no haber leído nunca y decir lo mío al oído de un árbol, sin confiarme al papel.

Releo estos parráfos, enfermo como estoy de sentidos tácitos, y se me antojan ingenuos y algo simples.

La bailarina Isadora aseguraba que aprendió a bailar con Nietzsche y Wagner. Quizás ella, y la señora que repasa las hojas caídas en el parque, y el viejo que habla con alguien cuando todos creen que habla solo, puedan enseñarme a escribir. Quizás el origen de la imagen inconciliable con la palabra que la designa esté en el plexo solar.
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Foto: Isadora Duncan.
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domingo, 17 de julio de 2011

Circus

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Llegaba el circo y plantaba sus toldos en una manzana yerma. Los yanquis vestían atuendos de safari. Las mujeres con pantalones cortos escandalizaban a la ciudad, acostumbrada a las faldas. Se comentaba que estos maromeros comían papas crudas en la bodega de la esquina. Las pelaban en dos cuchillazos y daban mordiscos sin más aderezo. Eran muy diestros con los cuchillos. Uno de ellos, siempre ebrio, nunca falló en el clásico número de lanzar puñales sobre una mujer aterrada. El beodo ni siquiera apuntaba, pero la hoja iba a clavarse con precisión al borde de la carne. El auditorio suspiraba.

Mi vecina menciona a algunos que esperaban la llegada del circo para conseguir trabajo. Alguien que mantuvo su contrato y siguió de gira por los pueblos de la isla -y acaso más lejos, a Tampa, Mobila y Pensacola- dijo saber ciertos secretos. La vecina, entonces pequeña, iba a las carpas con su ropa dominguera y, ávida de descubrir aquellos misterios, se adentraba en el cuarto de horrores por unos centavos. Ahí distinguió, en lo oscuro, unos esqueletos que no asustaban a nadie. Más interesante era un espectáculo que daban para hombres solos, bien entrada la. noche: un hermafrodita, a la voz de ¡masculino! o ¡femenino!, mostraba los secretos de su entrepierna. Eso lo escuchó a hurtadillas, espiando la charla de sus tíos.

En el circo se jugaba a echar monedas sobre un abigarrado repertorio de vajilla. Si acertabas, el plato era tuyo. Mucha calderilla cayó fuera o saltó de los cuencos y no hubo premio. Los más hábiles mojaban sus reales con saliva.

Mi papá también recuerda aquellos circos. Una vez que aceptaban –de excepción- unos tubos vacíos de cierta pasta dental como pago de la entrada, en prueba de lealtad a lejanos patrocinadores, otro niño pasó corriendo y le arrebató aquellos maltrechos pasaportes. Siempre vendían boletos de distinto color –dice mi vecina- para que nadie se sirviera del mismo dos veces. ¡Eran tan hábiles para el negocio!

En su último viaje los yanquis comieron el mismo tubérculo crudo que les apetecía. Nadie imaginó que no volverían. Aquel mismo año –continúa la vecina- unos chiquillos descubrieron un helicóptero volando sobre el solar que solía acoger al circo. Saludaron con pañuelos. Alguien creyó que eran los artistas, decididos a hacer una aparición más espectacular. El aparato aterrizó y un barbudo echó a andar. Todos le siguieron y se fueron incorporando otros hasta constituir una muchedumbre cuando llegaron al centro de la ciudad.

Camilo Cienfuegos – la señora concluye este cuento- era un hombre delgado y blanco. Como tú.
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Fotos: Sparks Circus, 1923.
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jueves, 14 de julio de 2011

La fleur que tu m’avais jetée…

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Carmen me sedujo. Su libertad le bastaba y debía servir de aviso a los que aspiraban a poseerla. Solo se le puede tener si ella consiente; jamás se ofrece por complacer. Exige que otros sacrifiquen lo suyo pero no se asume deudora de nadie.

Admiré a Carmen por este celo de sí misma. A Carmen, cuyo amor resulta tan amargo, la preferí hasta que mi naturaleza se ha revelado obsedida y castigada, tan semejante al carácter de don José.

Mimí

Mimí es mínima. Sus maneras revelan turbación y encogimiento. El poeta, decidido a seducirla, se coloca por encima. Parece que se chancea. Cuando se pregunta –retórico- “¿quién soy?”, declara su superioridad.

En ella no hay doblez. Le gustan “esas cosas que llaman poesía”. Su criterio es vacilante. Rodolfo sonríe: será suya sin esfuerzo, está ganada. Borda lirios y rosas. ¿Me comprende? –dice Mimí. Él asiente.

Luego viene el deshielo, en el relato y en la buhardilla. Ella, la mínima bordadora, aguarda por la primavera y siente que el primer sol le pertenece. Lo repite: “es mío”. Ella, la balbuceante, lo posee. Ella, que nada pretende, ha espiado el crecimiento de las rosas y lamenta que las flores que inventa no tengan olor. Es la imposibilidad del arte, que no sabe erigirse en naturaleza y naufraga en el artificio. Ella posee una genuina poética. El poeta no es él. No soy yo.

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Ilustración: The opera season. Madame Calvé as Carmen. Covent Garden.
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lunes, 11 de julio de 2011

Abur a las chinelas: palabras extraviadas

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Mientras Marcel Proust describe los giros arcaicos en la conversación de la duquesa de Guermantes, he recordado a mis tías abuelas, que no eran mujeres ilustradas pero usaban un vocabulario extraño y elegante. Aquellas palabras se me presentan asociadas a objetos extraviados de la belle époque. Algunos entendidos pretenden que el siglo XIX acabó con la I Guerra Mundial y yo también lo creo. La más joven de mis tías nació en 1912. Ellas recibieron una educación decimonónica.

Recuerdo que decían “chinelas”. Mi idea de la chinela es una chancleta de tela gruesa, cerrada por los dedos; había algunas en un armario de zapatos viejos. Para mis tías cualquier par de chancletas plásticas eran chinelas. Solían enfatizar la “ch” al decirlo: sshinelas… No he visto caminar a nadie más con la anticuada intimidad de esa palabra.

Cuando mis hermanos y yo íbamos a clases, no salíamos hacia la escuela, sino al colegio. Siempre dijeron “colegio”. Sé que el término se usa frecuentemente en otros países hispánicos. Viene del latín. Solo me parece raro que jamás dijeran “escuela”. ¿Les parecía vulgar?

Por último, tengo nítida memoria de que acostumbraban a decir “esencia” por “perfume”. ¿”Perfume” es una palabra muy francesa? Una fragancia casi diluida de una antigua “esencia” conservo en un frasco de vidrio azul que les perteneció. Un verdadero “frasco de esencia” se me presenta con un prestigio alquímico que no tiene ningún “pomo de perfume” al uso.

Hace poco conocí a una anciana que se despide diciendo “abur”. En pocos años habrá cumplido un siglo y recuerda, entre tantas estampas de la primera mitad del siglo XX, el estrepitoso paso de los tranvías. Como Marcel, yo “[…] la escuchaba casi con la tranquila despreocupación que tenemos cuando estamos solos, con los pies sobre los morillos de la chimenea, como si estuviera leyendo un libro escrito en lenguaje de otro tiempo.” Al despedirme: ¡abur!

Hay palabras que se despiden de la gente y no retornan.

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Foto: Angélica González -de blanco, a la izquierda- y unas amigas que nadie reconoce, a principios de la década de 1920.

martes, 24 de mayo de 2011

Al que sueña que le he matado

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El campo desciende hacia el flujo desnudo,
culmina la bajada con una línea abrupta;
un puente cubre esa articulación
de sendos mundos inconciliables.
La música hiela sobre el campo.

El muerto y yo -reconciliados
y ciertos camaradas-, luego
de advertir que acude una tremolina
de horas y la enemistad
se resuelve con una oración
por nuestras almas,
deliramos juntos con el postrer asentimiento.

El asesino que soñabas te ha visitado
y ya se despide.
Has tenido una muerte
de soplos apacibles y tu ánima
sigue lejos de mí, lo mismo que vivía.

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Foto: Escalinata en el río Sagua la Grande.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Moebius

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Frente a un mar interior,
y deseándole que haga reflotar
los pecios hundidos en mí
durante el retroceso –el atrás involuntario-
hacia la calma del mar de Moebius,
adonde quise fijarme tenaz
como un risco; pero es paisaje suave
–no hay rocas- y quien declina
la única planicie de una cinta
sigue el hilo de su caída infinita.

Quien crea exiguo el reino de Moebius
no decaerá –será confundido por sus filigranas-
delante de este mar que le acompaña
como la sinfonía más apacible de Mahler.

Recuerdo la falsa piedra
-una senda para nadie- y las habitaciones
que agita el terral.
Era sombrío nuestro retrato.
Aparecemos impresos sobre la humedad
que nos caló como la marea
inversa de un mar interior.

miércoles, 13 de abril de 2011

Su oreja es la mía

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Nadie sonríe en las fotos de la viuda de Rom. Los clientes vienen persuadidos de que posan para un ojo eterno. La fotógrafa se permite alguna coquetería cuando enfoca a un hombre apuesto. Abroche solo el primer botón –recomienda sin sostener la mirada del retratado y esconde su fingido rubor detrás de la ingeniosa máquina. La suya era una viudez juvenil y forzosa; su oficio, infrecuente en una dama finisecular, la hizo independiente y segura de sí. Muchos la tenían por extravagante.

La foto apareció en un cajón olvidado. Nadie puede decirme de quién se trata; los que supieron de él también han muerto. ¿Tatarabuelo o tío remoto? ¿Acaso novio de alguien? ¿Y a dónde mira con esa certeza afín a algunos muertos rotundos? ¿Cómo podía mirar con tal firmeza a un punto ignoto –a una extraña mancha de humedad premonitoria- si todavía respiraba cuando se hizo retratar por Clara García de Bravo? ¿Previó esta frágil eternidad garantizada por un cartón al fondo y la gran viñeta de la Fotografía Eléctrica?

Él es mi antepasado. Me inquieta no conocer su nombre y haber hallado, contra toda previsión, su imagen ensimismada. Su oreja es la mía. Oigo -tan nítido como él oía- el rumor de los transeúntes por la calle de Colón. Asisto, con él, a una suerte de siglo XIX perviviente.

Voy siendo cada vez más interrogativo. Mis indagaciones se pueblan de preguntas hirsutas como árboles. El vacío lo salvo con intuiciones; otros las considerarán invenciones. No discuto. Sé que luego la viuda se yergue:

-El retrato está listo –comunica, impertubable, y camina hacia él. Ahora, desnúdese.

domingo, 10 de abril de 2011

He aquí vuestro príncipe

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Se ciñe a la ropa cándida
un polvo abusivo que no escardaré;
soporto esos fragmentos
que impiden alzarse de la cama para tornar
contigo al abrevadero.
Algunos convidados cobraron terror
a la noche que irrogaba gran mortandad
entre los compañeros;
sólo tú no temías a mi mala sangre.

Bajo admoniciones procelosas
me esperas como una enfermedad
que aqueja con los años,
como se aguarda a un príncipe augurado
y tardo que elude desfiladeros y trasgos
para hacerse desear.
He sido Iván:
perfil de una medalla y héroe mínimo
que esgrime una aguja contra la
muerte de ustedes.

La nariz gusta a los héroes
prestos a mutilarme,
los emboscados en la bruma que decanto
con mi caída perseverante
y devuelvo en la respiración.

Soy un príncipe gravoso
filtrado por un vidrio puesto
entre dos oscuridades, separado de sí
en mitades repetidas y opuestas,
como una baraja;
un Iván que se deja completar por la saeta
que le rompe.

...

En el campo deportivo
, la noche
de bruces contra el muro se experimenta
como un cuerpo obtenido pese a la timidez;
el ramo de jacintos que desgajó la lluvia
y otros objetos mustios como balcones
condenados que merodean sobre la ciudad vacía.

Y sólo he venido a guarecerme de peligros invisibles.

Ella se hirió la mano.
A sí misma se ha dado cuchilladas
que resuenan en las cornisas
como el eco mordaz de un aguacero;
un aviso de la razón que sostiene
este dolor impregnado.

La destrucción me abraza desde el conciso dominio de la mano.

Se ha herido.
Bajo las lámparas apagadas
se ha herido a perpetuidad
a sí misma
con el hierro de los actos tácitos
-la ira del muérdago
encajada en la sien- para que la muerte
se manifieste en lo íntimo.

viernes, 8 de abril de 2011

Un buhonero

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Un buhonero desde lejos
avisa que sobrevienen
los humores y lastiman
las espaldas doblándose sobre el broquel.

Podría guarecerse bajo los arcos
si no viniese guarnecido
de su propio ingenio, porque
a los transeúntes replica
con galimatías que imponen
el signo protector de un manto
cuando se repliega
y parece una piel inmarcesible.

Consideré qué anunciaba
y fui incitado por la avidez de
la posesión.
Como sucede cuando
me convidan a poseer y acudo
a ejercitarme
fui menguado
por tales mercaderías.


...

El viaje

Descarté dos centavos en la estación
penúltima del víacrucis
para que mi abuelo reclamase
la ofrenda de agonía que se abona
en el tren que sigue
hasta el pueblo vecino
y permite regresar con el mismo boleto.
El camino -como una misa larga-
transcurre según el esquema responsorial.

Digo –puedo describir con insólita videncia-
lo que ignoro:
fue muerto en la sabana y no volvió
a retribuirme aquella ofrenda
que exigían en la cancela para consentirnos a bordo.


...


Este hilo

Que hable soez como un buhonero
castigado por un niño inclemente
se deja apedrar y devuelve sus rocas
aturdidas con el puño roto
no me dota de coraje para confesarte
cómo subo a la casa,
qué piernas delicadas me alzan
frente al parteluz
y qué voz no alcanza a llamarte
como debiera y desprende
de mis ropas al suelo este hilo de voz.

...
Foto: La mercancía del buhonero de esta mañana.

martes, 5 de abril de 2011

Un Juan Prim

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Aparece un advenedizo. Un nadie. ¿Quién es? Un Juan Prim. La frase era común en Cuba hace unas décadas. Se usó todavía cuando nadie recordaba al hombre que puso rey en España y quiso que los cubanos decidieran su suerte en un referendo. A los que preferían vender la isla al mejor postor respondió: Cuba no se vende, porque su venta sería la deshonra de España, y a España se la vence, pero no se la deshonra.

A Juan Prim, si advenedizo lo consideraron, fue a causa de su origen burgués. Su padre era notario. Se incorporó al ejército sin ninguna prebenda, como soldado raso. A los veintiséis años exhibía una heroica reputación y el grado de coronel. Por sus primeras victorias en Marruecos sería general.

La leyenda de Prim lo muestra condecorado por el sultán otomano en pago a su desempeño en la Guerra de Crimea, a caballo contra los beréberes en Tetuán y los Castillejos, yéndose de México para no hacerse cómplice del nacimiento de un nuevo imperio. En La Habana estuvo dos veces: al momento de conducir la expedición española a Veracruz y al regreso de aquella aventura. Por sus hazañas fue agraciado con los títulos de conde de Reus y marqués de los Castillejos, aunque tales honores no impidieron que después fuera el alma del levantamiento que derrocó a Isabel II. Esto que parece un radicalismo suyo no impidió que el general afirmara que solo habría república en España sobre su cadáver. Y así fue: Amadeo de Saboya, el rey electo por designio de Prim, llegó a Madrid para el funeral de su bienhechor. Al hombre más poderoso de España lo sorprendieron los asesinos en un callejón madrileño. No lo salvó su cota de malla. Salpicado de metralla pudo subir la escalera de su casa, pero a los pocos días se moría.

¿Cuba lloró a Prim? No hay noticias de ningún duelo ostensible, pero la muerte de un español razonable, dispuesto a conceder la independencia a la Isla, debió suscitar algún luto en los cubanos que pugnaban por la libertad. La villa de Sagua la Grande, entusiasmada con el nombramiento de Amadeo I, organizó “fiestas de carácter militaresco”(1); no se registra qué aconteció cuando se supo, un mes después, que habían matado a Prim. Los viejos planos, sin embargo, consignan que el actual barrio de Pueblo Nuevo se llamó oficialmente Tetuán en honor de la campaña africana del conde de Reus. Una de las calles llevaba el nombre de Prim. Cuando acabó la dominación española el ayuntamiento adjudicó la vía a la memoria de Ignacio Agramonte.

Muchos años después de la muerte de Prim, en la comarca del Undoso aún se recitaban los versos de un romance anónimo que lamenta el atentado y corrobora la simpatía de los cubanos por el carismático general:

Al bajar del palacio
le dijeron a Prim:
Baje usted con cuidado
que lo quieren herir.
Si me quieren herir
que me dejen hablar,
para entregar la espada
al cuartel general.
Por la calle del Turco,
allí mataron a Prim,
sentadito en su coche
con la guardia civil.
Cuatro tiros le dieron
a boca de cañón.
¿Quién sería el infame,
quién sería el traidor?
¿Quién sería el rebelde
que a mi padre mató?
Y aunque soy chiquitico
y no tengo la edad,
la muerte de mi padre,
madre, la he de vengar.(2)

Los culpables no fueron identificados. Cuando el rey prometió hacer justicia, la viuda le pidió que mirase en torno.

De Prim solo quedó en Cuba el romance y la frase que alude a cualquier sujeto desdeñable. Bizarro e inolvidable se le recordaba en Marruecos, donde los padres asustaban a sus críos avisándoles que venía Prim. Siempre bizarro aparece en las páginas de una parca biografía decimonónica(3) que refiere las hazañas del más ilustre de los advenedizos.

...

Notas:

(1) Antonio Miguel Alcover y Beltrán: Historia de la villa de Sagua la Grande y su Jurisdicción, Imprentas Unidas de La Historia y El Correo Español, Sagua la Grande, 1905, p. 240.
(2) Ana María Arissó: Estudio del folklore Sagüero, Instituto de Sagua la Grande. 1940, pág. 59.
(3) Biografía del general don Juan Prim, conde de Reus y marqués de los Castillejos, Imprenta de Marés y Compañía, Madrid, 1866.

Ilustración: General Prim, óleo de Serrano.


miércoles, 30 de marzo de 2011

La casa de Cernuda

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Iba reconociéndome en la imperfecta noción de
amar por el pasillo tangente.
La escalera de servicio va huyendo
hacia adentro y no alcanzo
a recorrerla como esperabas; lento ha de ser
el silbo que tus piernas ahuecan
en el peldaño anterior
para reducirme a seguirte.

¡Cuántos cuerpos bajo el mío se han mostrado al espejo!

Un desgarro hay en el rostro zaherido por la plata,
acaso la mácula de un mal ilusorio.

Tenía la casa de Cernuda una recámara para amar y seguir.

...


A Eric

El camino de terebintos conduce a su jardín;
un crepúsculo segó
las curvas aterradoras y la rectitud ausente.

He vuelto a dormir de espaldas
con la voz rondándome y
su petición tácita de hacerme caminar
a gatas bajo los arbustos.

En algún aposento
pedalea la máquina de descoserme
los abrigos y las frazadas,
hila su abigarrado deseo de asirme para siempre
a sus vestiduras frívolas.

Foto: Casa que habitó Cernuda en El Vedado. Enero de 2011.

martes, 29 de marzo de 2011

Luz de carburo



El carburo es un terrón blanco que humea. Bastan unas gotas de agua para que hierva y se deshaga en volutas. ¿Dónde lo vi? ¿Dónde me quemó?

El carburo también alumbra.

Lo recordé, pasado el pueblo de Rancho Veloz, donde una curva revela de pronto el mar. Ella me describió la encrucijada: un camino va hacia la playa, otro viene del caserío, el tercero sigue hasta la próxima población, el último, el que remonta la loma, conduce a la casa.

Cuando los varones empezaban a crecer el padre les regalaba un caballo enjaezado y unas espuelas. Ella quería hacerse maestra y asimismo aprendió a cabalgar. Pensó que le destinarían para alguna escuela olvidada y que sería útil aprender a gobernar la cabalgadura.

La Normal desbordaba aspirantes cuando acudió al examen. Para asegurar la entrada se precisaba influencia política y su familia, respetadísima en su propio lar, jamás había participado del juego tenebroso. Cierto es que trataban a Clemente Vázquez Bello –el gran senador veraneaba por aquella sierra- pero no se atrevieron a hacerle tal petición. –Ya serás maestra por tu propio esfuerzo –dijo la madre. Fue en La Habana que consiguió matricular, lejos de su provincia.

Pasé un mediodía conversando con ella y me refirió estos episodios que se presentaban con la misma pátina de las fotos donde se le veía con el uniforme de maestra normalista.

–En mi casa de la loma –se iluminaba al evocarla- encendían una luz de carburo, una luz maravillosa. Desde el portal aquel fulgor se desprendía hacia abajo, desnudaba de tropiezos cualquier descendimiento. ¡Aquella luz guiaba a los marinos que dejaban atrás el faro de cayo Bahía de Cádiz!

martes, 22 de marzo de 2011

Una patria

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Es mi tristeza viejísima que ahora tampoco me deja escribir. He recapitulado según los ciclos míos con un poco de amor fati que alterna con el horror y se resuelven en este mutismo de los últimos meses.

Mi abuela murió el once de enero. Tuvo una neumonía súbita. Era vieja –nació en 1929- y creo que nunca fue feliz. Decidí mi primera fuga para reunirme con ella, hace más de veinte años; no lo conseguí. Atravesé una ciudad extraña, a hurtadillas, disimulando que iba solo. Estaba decidido a regresar. En el pasillo para tomar el ómnibus me detuvieron. Abuela lo refería con admiración, dejaba ostentar su orgullo al referirlo. Desde entonces siempre he sentido que me fugo de algún lado para volver a mi patria. Es lo que he denominado con dramática altisonancia mi propia metafísica del no. No sigo, regreso. No. La ejercí otra vez cuando tomé la carretera oscura para salir de la escuela aislada en un descampado infinito. Regreso. Siempre estoy regresando.

¿Qué es la patria? ¿Y por qué –pensará alguno- me tocaría a mí definirla? La patria solo es el sitio que nos pertenece. No pienso en un sitio de escueta materialidad. Incluye también a la gente que nos pertenece y al pasado que nos explica. Si Abuela es mi patria, ¿entonces qué sería Cuba? Cuba es el sueño de una patria para todos los que hemos argüido su nombre a la hora de adjudicarnos un sitio, una legítima pertenencia. Cuba también es la patria de Abuela, que acabaría confundiéndose con la tierra lloviznada de su niñez.

He hilvanado genealogías persuadido de mi humilde abolengo. Para mis antepasados la única patria fueron los escasos terrones que cultivaban en las riberas del Undoso. Para mí, esa tierra que los ha reunido a todos se magnifica, se torna sagrada y me exige extraños pactos; el primero, permanecer.

Conozco gente que asume la patria como un lastre insoportable. ¿Cómo entendernos? La lógica impone sus trampas, empieza por borrar los rezagos afectivos. Luego nada importa. ¿Cómo renegar de la pobreza que ha sido nuestro galardón? Desde Europa un emigrado me dijo: “me dan lástima los cubanos”. Habló de los cubanos como si él mismo no lo fuese. A mí, por el contrario, me enorgullece haber sobrevivido sin envilecerme. Sentiría lástima de mí si esta pobreza me hubiese empobrecido en otros ámbitos, si de pronto mi patria consustancial pudiese trocarse por un poco de ¿confort? ¿Y qué plena comodidad puede haber cuando se nos desconoce y discrimina solo por venir de Cuba, un sitio tan exótico y a la vez tan solemne?

De niño quise parecerme a los hombres que tuvieron una patria: Heredia, cuyo país fueron las palmas; Luz, que enseñaba a tener patria y acabó teniéndola; Martí, que tuvo dos, Cuba y la noche, y después de declarar esta dualidad se preguntaba ¿o son una?; también Casal, que hizo de la poesía un país.

miércoles, 2 de marzo de 2011

A los sombríos muchachos

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A los sombríos muchachos,
los ingenuos que renuncian a ir bajo los aleros
por la margen breve,
la tempestad no vacila en decantarles
las graciosas figuras de toda malicia.
Se encuentran en el sitio donde cada presencia,
aun los fantasmas de la lluvia
en el cuerpo de los edificios,
son cuerpos homogéneos
-carne de mi carne-
como aguafuertes de la humedad.

Del suelo nacen silvestres
arabescos a la verja
hundida al centro del salón
sobre la cola de un animal -el piano-,
las calabazas en el zaguán
fulgen como una insinuación fabulosa
para el sexo.

Hicimos fuego.

De las ruinas
-la torre vacía entre los riscos
de aquel sueño-
al paraje donde voy a meditar
en el reglamento perpetuo que no borran
las siluetas de la lluvia con agua de Javel.

Él también transitaba los suburbios, asido a la paz
mustia de los espejos con el talante de ir a ferias.
Ni el gesto de las barbas halagüeñas le hizo volverse,
ni la mirada soez.
Venía con tacones de madera,
encajándose en los charcos
con la risa de un pájaro calado por las aguas.

13 de noviembre de 2008.

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Foto: Inmaculada de la catedral de Santa Clara (detalle).