lunes, 13 de mayo de 2013

Silvia



Silvia tenía una mano incompleta. ¿La izquierda? El antebrazo acababa en un muñón cónico rematado por un incipiente dedo. La mano de mi tía abuela era una verdadera pezuña.

Casi no recuerdo los modales de Silvia. Vivió con nosotros sólo hasta finales de la década de 1980, poco después mis padres se mudaron y llevaron consigo a América, la menor. El resto de las hermanas solteras de mi abuelo, todas octogenarias, pactaron recluirse en un asilo. Allá íbamos a verlas. Nos recibían en el jardín para impedir que los viejos nos besaran.

Se me ocurre que Silvia Valentina González Toledo nació en noviembre, pues el tres de ese mes la Iglesia festeja a Santa Silvia de Roma o acaso de Sicilia, la madre de San Gregorio Magno. Mi tía debió nacer en la primera década del siglo XX, en algún paraje rural. Fue madre de los sobrinos y escolta de los santos. La evocan con una alcancía y una imagen de altar a cuestas, ceñido el santo a su cuerpo maduro gracias al brazo del muñón, solicitando limosna para alguna cofradía. El catolicismo de Silvia tenía visos medievales: llegó a sugerir, por fe en los curas, que los adolescentes de la familia –mi padre y su hermana- huyeran de Cuba en la estampida de la Operación Peter Pan. Hasta un arresto le acarreó su devoción en los disturbios entre católicos y comunistas.

Durante la República mi tía abuela desempeñó un cargo menor en el ayuntamiento. Me cuentan, sin aclarar el porqué, que recibió durante algún tiempo una de aquellas botellas republicanas, una prebenda obsequiosa. No sé cómo se portó durante los episodios trágicos de la época. En su condición de transeúnte inveterada y escolta sacra no descarto que Silvia haya marchado contra los tiranos, compelida por las muchedumbres. Al menos dio fe de una épica familiar: se decía descendiente de un mambí muerto en los campos cuando la guerra de 1895.   

Guardo unas fotos que muestran a Silvia ocultando la pezuña en la palma de su única mano. El escamoteo del muñón, decidido a no revelarse a la posteridad, corrobora que ella vivió inconforme con la presunta imperfección, aunque siempre destacó por su eficiencia en las labores domésticas, incluso en las tareas que requerían el uso de la mano ausente. Nadie sugirió jamás que hubiera abrazado la suerte de la solterona por causa de aquella manquedad. Mis tías abuelas pactaron una soltería misteriosa, inexplicable para la lógica de mi siglo, que no fue el suyo; ellas se formaron según los moldes del siglo diecinueve. Ninguna protestó el celibato. América, la tardía casada, celebró sus nupcias cuando quiso, con más de setenta años.

Bien anciana, Silvia adquirió la manía de colectar objetos inservibles. Gran conmoción le ocasionó una limpieza forzosa de su habitación: sus tesoros quedaron expuestos, la despojaron de esas posesiones; yo, entonces pequeño, pude apropiarme de un par de maravillosas baratijas: una campanilla de hierro y unas tijeras con una trompeta grabada. Sendas piezas que me adjudiqué y he devuelto en algún poema.

De las facultades de Silvia recuerdo su pasión por las matemáticas, la extraordinaria precisión con que recitaba las tablas de multiplicar. Poníamos a prueba aquel don, solíamos examinarla en las cifras más dificultosas y nunca la vimos en apuros. Cuatro por seis, seis por ocho, ocho por nueve. No era muy locuaz al final de su vida, pero admitía que la probáramos, segura de atinar.  Cuatro por seis, la lozanía lejanísima. La nostalgia de una familia propia, la pezuña en el aire, fueron iguales a seis por ocho. El tesoro secreto: ocho por nueve, cifra fantástica, beso rechazado de los viejos.

lunes, 6 de mayo de 2013

Un tren hacia la plusvalía


Me fui a Camagüey en tren. La aventura casi duró nueve horas en un coche precario, tercermundista. Se acentuó la noción marginal del viaje cuando pasamos frente al Monumento del Tren Blindado, sitio de peregrinación en la Santa Clara guevariana: los turistas, de seguro europeos, perdieron interés en el histórico tren que descarriló el Che y empezaron a fotografiar, en frenesí de flashes, el perfil de mi tren desbordado de pasajeros. Era un tren de estudiantes, un transporte gratuito que la universidad dispone para devolver a sus becarios a las provincias cercanas. Los europeos, sorprendidos y regocijados, seguían al dinosaurio con miradas y lentes ávidos. Me molesté. Éramos las simpáticas bestias de un zoológico humano -así nos vieron-, y algunos saludaban en respuesta a los adioses que les obsequiaron los pasajeros.  Pronto abandoné el proyecto de escribir una crónica de viaje: más allá de Sancti Spiritus casi no había pueblos, los que cruzamos eran pequeños y miserables. Recuerdo apenas un hotel ecléctico bastante grande, en ruinas frente al parque de Majagua. En Guayacanes –una aldea que desconocía- subsisten unas casas norteamericanas. Piedrecitas posee la única estación de la Cuba Railroad que perdura en el itinerario. Y no tengo nada que referir de Gaspar. Los motivos cronicables de estos pueblos no rinden más de una línea por cada uno. 

A mi regreso conté algunos incidentes del viaje a Esteban, un amigo emigrado hace pocos años a Alemania. Pensé que él pasaría el tema por alto o deploraría el atraso de nuestros medios de transporte y se limitaría a preguntarme por la salud de mi familia en Camagüey. Esteban, sin embargó, se entusiasmó con el tema ferroviario: ¿quedan trenes  en Cuba? ¿cuánto cuestan los pasajes? ¿demora el viaje? Cada pregunta me desconcertaba más. Me describió luego, con amena precisión, el confort y la puntualidad de los trenes germanos, cuyas virtudes pude recrear evocando algo que leí una vez sobre el TGV francés. La pasión ferrocarrilera de Esteban arreciaba, y yo estaba tan desconcertado que lo encaré.  ¿Y por qué te interesan tanto los trenes? –pregunté-. Su respuesta podría figurar en una antología de la enajenación, sobre todo porque viene de un cubano de mi generación, viajero de trenes precarios toda su vida, endeble viajero por naturaleza, que ha tenido que pugnar con los inconvenientes de su otredad en Alemania, pragmática locomotora europea. 

El ferrocarril –razonó Esteban- podría convertirse en un sector muy rentable, un buen destino de inversiones cuando caiga el socialismo en Cuba.

No respondí, cambié de tema. ¿Cómo argüir con mi lógica antigua, ridícula a su juicio? Me reafirmé, eso sí, en mi vocación anticapitalista. Uno de los peores mitos del capital es, precisamente, que todos pueden acceder a la riqueza. La clave para conseguirlo la disimulan hasta dónde pueden: se trata de hallar algún expediente para esquilmar al prójimo, y no suelen confesarlo. Ese método lo asumen algunos ingenuos como razón natural y ética, una buena receta para medrar. Mi viaje tercermundista por pueblos exhaustos no suscitó siquiera una reflexión pesimista o poética, sino la urgencia de reformarlo todo para obtener ganancia. ¿Cuántos más hábiles y adinerados, experimentados ya en estos lances, no aguardan la oportunidad de reconstruir el país para su provecho?

Caramba, Esteban, que la plusvalía de Marx sí existe. Prefiero tener mis manos a salvo y continuar viaje hacia las desiertas planicies.


lunes, 29 de abril de 2013

De la noche del sábado...



De la noche del sábado sobreviven estas imágenes defectuosas. Encuadres incorrectos, desenfoques, escasa luz, composiciones previsibles las estropean; tienen la virtud de no haber sido  retocadas, si esa resignación a lo imperfecto poseyera un valor siquiera afectivo. Ninguno de los errores enumerados, creo, disminuye el misterio. Las debo al viento, y al parentesco de la sábana con el desprovisto paisaje.

Él estaba en la proa de este lado de la isla, como el mascarón de un barco fantasmagórico. La brisa de la costa isabelina le esculpía el carácter, no el cuerpo: se ensimismaba, dudaba, escondía las manos en el azul revuelto porque no le parecen hermosas.




sábado, 20 de abril de 2013

Beleño negro


Surgía como un brote venenoso
del desprecio anterior.
Su gesto hendía la disposición amena
que me inspiraba la perfección de la semilla
oculta en la caja de sus hallazgos.
Señaló el nacimiento
de nuestro trato con un ademán
menos gentil que una zancadilla,
y apuntó luego al norte de un país de bosques antiguos,
árido hoy, marisma.
Abierta quedó la caja cuando le maté,
expuestas sus posesiones
a los fisgones de la ruta solitaria.
Indemnes retoños
todavía germinan en mi afición al hedor del beleño. 
Pero los tallos sangran oscuros humores
y  acaso sanan del rencor
guardado entre los hallazgos de la caja.

...

Écfrasis

El chico de la copa Warren y yo
en otro lienzo o encima de férreos manteles
fuéramos rebeldes. 
De noche evadimos
a los espías lúbricos de esta calle
y nos tendemos sobre la mesa,
junto a la cena intocada,
a aguardar por la compasión de todos,
a denostar la rigidez de la escena que hemos habitado.
Al vulgo amante de las figuras griegas
y las escenas húmedas
importa que un bacín rebose pétalos;
a nosotros urge que la noria
gire naturalmente,
a favor o contra nuestra costumbre
de mostrarnos a quienes nos descubren tan gentiles y venturosos.
El de la copa Warren y yo,
chicos denostados por la gente compasiva.

miércoles, 10 de abril de 2013

Tan negro que no se me ve

(A propósito del caso Zurbano)


Para aparecer como una superlativa mierda sólo me faltó ser negro, y acaso mujer. Ya soy pobre, homosexual y seropositivo. He sobrevivido a numerosas discriminaciones y he resistido algunas; acaso el cariz más desalentador de esos combates sea enfrentarse a al menosprecio tácito, a la minusvalía simbólica que los dominadores históricos alientan incluso en mí mismo. El desmesurado poder de los imaginarios es una carga que me joroba. Mis padres, por ejemplo, se resisten a admitir la etiqueta de racistas, pero lo son. Yo, maricón, arremeto contra la homofobia y soy homofóbico.

Ayer supe de la última polémica en la palestra, generada por un artículo de Roberto Zurbano que examina la pervivencia del racismo en Cuba, y sobre todo la desventaja de los negros para situarse en un escenario político y económico que anuncia la desintegración del socialismo. ¿Qué replicar a Zurbano? La Revolución, por principio, se opuso al racismo, pero no fue suficiente.  Y esa verdad de Perogrullo y de Zurbano, lamentablemente, no gusta, porque la Revolución, para ciertos opinadores, es  perfecta. Ella misma se sabe incompleta, pero ciertos usufructuarios no admiten que se diga a bocajarro. Me molestó bastante el tono de las réplicas publicadas en Internet: las rectificaciones -¿será casual?-  resultaron racistas sin querer, racistas a pesar de ellas mismas…

Yo sí entiendo a Zurbano, quizás porque todas las marginaciones comparten una raíz. Y por eso me sobrecogió el artículo, un verdadero ensayo, que Víctor Fowler escribió para dilucidar el caso. Quien no se haya sentido en la carne de la mierda no puede comprender las razones del insomnio que Fowler describe. La situación de los homosexuales es peor. Al menos los negros contaron con apoyo oficial e institucional para socavar el racismo visible. Otras minorías han sido excluidas del canon con más empeño.

El año pasado denuncié la homofobia del censo, revelé que la actitud de la ONEI traicionaba la política del Partido y de la Revolución. No hubo respuesta. El censo fue homofóbico, la prensa internacional dijo que Cuba discriminaba sin pudor; a mí trataron de amordazarme unos funcionarios provincianos que no creen en la sinceridad del pronunciamiento antihomofóbico de la principal organización política de Cuba. Yo sí creí. Como creo que Zurbano tiene derecho a su análisis.

El drama histórico de los negros es desolador, no sólo por las circunstancias puntuales de explotación y subalternidad, sino por el sedimento que echó en nuestro imaginario nacional. Hace muy poco, por ejemplo, no sabíamos que hubo familias cohesionadas y redes de apoyo entre los esclavos decididos a la emancipación. Existía el prejuicio de que tales familias no existieron hasta que una indagación microhistórica de María del Carmen Barcia rescató la tragedia. Conozco a algunos que piensan, ahora mismo, que las familias homosexuales no existen. Que los negros cubanos tienen las mismas oportunidades de movilidad social que los blancos. Que las políticas gubernamentales, correctas o no, no pueden cuestionarse. El recurso para conjurar la invisibilidad, sin embargo, no atañe a la historiografía en estos asuntos, sino a la sociedad civil. Los negros, los homosexuales, deben organizarse para dialogar, de modo más contundente, con los poderes. Ese derecho no está reñido con el socialismo, por el contrario. Si los homosexuales, transexuales, etc., estuvieran organizados en una o varias instituciones propias y combativas, es probable que al menos la desvaída unión civil que nos auguran hubiera sido aprobada. 

En fin, basta. Sé que estoy hablando solo y que ningún cubano de la isla comentará esta reflexión. A menudo soy tan negro que no se me ve en la noche. No se me ve ni quieren verme.

lunes, 25 de marzo de 2013

Sillón de barbero

Recuerdo bien cómo, de pequeño, no gustaba de hacerme cortar el cabello y solía dilatar las visitas al barbero. Lo atribuyo al prejuicio, tan arraigado en cualquier hombre, de poner la cabeza en manos ajenas: el peligro de dar la espalda a quien sostiene tu cabeza, imaginar que las tijeras te estropean la piel. He recordado aquel miedo al hallar este sillón de barbero, que parece una máquina de tortura. Los sillones de mi infancia eran más elegantes. Las barberías decadentes conservaban entonces su mobiliario republicano, decorado con follajes gruesos.

Ante este sillón he sentido miedo de todo; han vuelto aquellos terrores antiquísimos, invencibles. Lo más trágico de este retorno acaso sea que ya no hay barbero: yo mismo me destrozo con unas tijeras negras.

En mis delirios de la duermevela soy un pequeño fracasado que se da muerte.

Confieso, lúcido ahora, que no temo darme muerte. Yo mismo quise cortarme el cabello una vez.

Hace poco hice un viaje que no he querido referir aquí. Fue un viaje a las montañas, peligrosísimo, a expensas de un cicerone perturbado que amenazaba con despeñarme. Lloviznaba y era la nube que nos envolvía; le debo gratitud por eso al infeliz guía.

La humedad de aquel viaje inhóspito todavía me cala; la disputa de ayer por causa de un intruso que no existe; el nonsense de estos días amordazados; no sé cómo articularlo todo para que yo pueda vivir sin amargura y dormir tranquilo. Por eso le dije un día a alguien que la última justificación del arte es ordenar las circunstancias e imágenes trastocadas, vertebrar relatos más o menos coherentes que alejen la certeza del galimatías, al menos por un tiempo. Por eso escucho esta noche a Gabriel Fauré y me siento a escribir en el sillón del barbero.


Cuánto necesito rematarla. A la muerte bellísima.

Para cuidar la cabeza tuya de la ciudad,
yo trazaba una orla
que era un laurel o un cardo -una corona honorable-
y no conseguía cerrar el círculo de la incompletez mía,
esa iracunda necesidad.

He roto la línea -¿porque no consigo disponer
el carácter de la orla, el adorno, la ciudad?-.

He roto el trazo
que esbozaba sobre tu cabeza destrozada
para recomponerte la buena voluntad y restituírmela.

lunes, 25 de febrero de 2013

Miguel Strogoff


Hace años que no leo a Julio Verne. Carlos Alejandro, que no lo ha leído nunca, me pregunta por qué tengo tanta nostalgia de aquellas ingenuas novelas, si las erráticas peripecias del siglo XX demuestran que la realización humana no depende de la ciencia ni de las máquinas.  ¿Volverías a leerlas? –preguntó-. Es cierto: el siglo XX fue el verdadero siglo nihilista. Por eso algunos, como yo mismo, frecuentan la melancolía de no haber compartido el espíritu decimonónico, cuando todo parecía posible y se confiaba en las inexistentes verdades apodícticas. Traté de explicar a Carlos Alejandro que el Verne amigo mío ni siquiera es el profético o el envidioso de los robinsones; de todos aquellos hombres –dicen que el novelista era misógino- perdidos en mundos exóticos, el único que quise de veras fue Miguel Strogoff. Cuando iba a hablar de Miguel Strogoff apareció un taxi para Sagua, y ante la urgencia de mi viaje no pude decir más. Mi propia Siberia me aguardaba: Hatillo, Sin Nombre, Cifuentes, Sitiecito y Sagua la Grande, en lugar de Nijni-Novgorod, Krasnoyark, Omsk e Irkustk.  Porque no me resigno a la pausa que abrió ese viaje en nuestra conversación, le contaré ahora lo que sé sobre Miguel Strogoff.

Miguel Strogoff era un correo del zar. Todo empieza durante un baile áulico, en la Rusia europea. Un inglés y un francés, corresponsales extranjeros, observan la escena. Ellos son apenas un par pintoresco que servirá de recurso para aligerar las graves peripecias. En la mayoría de las novelas vernianas hay, al menos, un francés, encarnación del buen humor y la originalidad.

Para abreviar: Rusia, invadida por los kirguises y traicionada por Iván Ogareff, requiere enviar una nota al hermano del zar. Miguel Strogoff, el correo designado, debe atravesar de incógnito miles de verstas. Por el camino aparece Nadia, una joven livonia que también viaja a Irkustk para encontrar a su padre, un desterrado. Strogoff y ella deciden hacerse pasar por hermanos. Recuerdo, vagamente, a una cíngara –una gitana-, espía del traidor Ogareff. Recuerdo, con más nitidez, cómo Miguel desconoce a su madre en una taberna siberiana para no traicionar la encomienda. Mientras se adentran en Siberia aparecen los estragos de la guerra, el viaje se torna oneroso. Hay un momento en que todo parece perdido: Miguel es descubierto; la misión resulta abortada; Ogareff asume la identidad del correo para vengarse del hermano del zar.  Yo leía y luego señalaba las escalas de Strogoff en un atlas impreso en Alemania Democrática. Después de tantas aventuras, impregnado del olor de la estepa arrasada, también llegué a Irkustsk. Nunca he olvidado el nombre de esa ciudad, en las costas del lago Baikal. Miguel Strogoff, el invencible, cumple la misión, a pesar de la carta perdida y de sus ojos chamuscados por una espada ardiente.

Es probable que la causa del zar no fuera justa. He pensado que los kirguises de Feofar Khan se rebelaron con razón. Estos juicios no importan, sin embargo. El gran tema de la novela es la voluntad de Miguel, la palabra empeñada, el coraje que se impone a la derrota ya consumada y consigue rebasarla. Por eso dije, antes de tomar el taxi, que estas novelas ingenuas contribuyeron a configurarme. Porque uno se edifica volitivamente, según surgen sus devociones, y esas lecturas antiquísimas me hicieron un hombre del siglo XIX, verniano nostálgico. Creo que  pude decir todo eso antes de irme a Siberia, en el taxi. La explicación se tardó, mas hela aquí.