He decidido escribir sobre el último interregno de este blog. Algunos han supuesto un silencio voluntario; la lejanía insular, razón que vislumbraron otros, también justificó la ausencia. Se sabe que en esta urdimbre de mundo,
Sagua
Dos patrias tengo yo: Cuba y la Noche.
He decidido escribir sobre el último interregno de este blog. Algunos han supuesto un silencio voluntario; la lejanía insular, razón que vislumbraron otros, también justificó la ausencia. Se sabe que en esta urdimbre de mundo,
Sagua
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Yo fui un pequeño Capablanca. Lo mismo que el genio aparece retratado delante de un tablero antes de cumplir los cinco años, también me hicieron la foto correspondiente con mi padre, la mano sobre un alfil, intención de jaque, la mente fragmentada en el misterio de las casillas maniqueas.
-Capablanca siempre jugaba con las blancas.
Mi hermano y yo nos disputábamos el color de nuestros reyes. A veces aceptábamos someternos al sorteo de los peones en puños cerrados que regía el padre salomónico.
“Hay que ir a la ofensiva, ocupar el centro, dominar.” En el empeño de hacernos grandes maestros, como las hermanas Polgar, mi padre agotó su don pedagógico. Creo que entonces fue cuando empezó a decepcionarse de nosotros, cuando supo, pese los enroques de su carácter, que no seríamos nada de lo que había trazado.
En mi genealogía, el ajedrez es el centro de extrañas confluencias: mi madre, experta de los escaques, se casó en 1982 con el recio profesor para engendrar meditabundos ocupantes de tres tableros. Yo, Capablanca. Mi hermano, que decía conocer
En todas las ramas, la familia urdió uniones de índole ajedrecística y un imaginario que puede traducirse en notaciones algebraicas.
Ajedrez son palitos –decía mi abuela hace medio siglo.
Ajedrez es arte –proclamaba el judío Lasker.
Ajedrez eres tú, hubiera dicho el buen Bécquer de haberme conocido en los pañales de la princesa Aurora, el día que las hadas fueron a imponer dones, y se oyó la maldición de los alfiles, sacerdotes perversos, sobre las batallas que me sobrevendrían contra el Rey.
-Entregaron la carta en la mañana del miércoles veintiuno de octubre. El viaje tardó un trimestre, como antaño iban despacio las naves que cruzaban el Atlántico. Apareció el día que recordamos cómo fue sepultado por su propia risa Julián del Casal. Ya no se usan los manuscritos. Se sabe que murieron con el último siglo. ¿Cómo leer entonces una carta que además fue escrita sobre un papel amarillo y grueso, con una marca de agua que obliga a mirar a contraluz y una caligrafía leve, irregular, escrita en un temblor vespertino?
He recibido una carta modernista. Late ahí un amor antiguo, finisecular. La carta huele raro. ¿Qué amante prescinde, todavía hoy, de la costumbre de descifrar el olor de las cartas?
Y hay más, está el libro de Emiliano González, lo que viene a confirmar lo extemporáneo del hilo rojo que, a falta de lacre, cruza el sobre por la solapa con el fin de salvarlo de la profanación. Emiliano, neomodernista confluyente, enumera la pasión de Eleonora –su alter ego, supongo- por las ediciones raras de aquellos frágiles estetas del orientalismo y los oropeles verbales. Emiliano tiene el tino de mencionar a la vuelta de la primera página a Juana Borrero, célebre autora de cartas pintadas e ininteligibles en tinta roja de su sangre.
Noche, tres veces he leído “La habitación secreta”: la primera, por explorarle la novedad; la segunda para repasar cada brillo; la tercera, a causa del vicio de fumador de haschís que vengo padeciendo “cuando la noche sale del baño”…
Yo también guardo mis reliquias y tengo mis rarezas. Mi Omar Khayyam en pastas duras y arabescos islámicos; la única edición - Tipografía de Los Niños Huérfanos, 1893- de la traducción de una novela de George Sand que pergeñó la misteriosa Sol Doré. Ya sabes, Noche, cuánto me gustan las cubiertas art nouveau, las novelas exóticas de Pierre Loti, las sombras cayendo sobre los jardines de mármol. Y sabes que, aún ausente y olvidado en el sueño, aguardo el día de las epifanías, el momento de mirarte y sonreír porque finalmente hemos llegado…
Érase una Venecia sobre palafitos en el delta del Undoso, el río más sinuoso del Cuba. El gran río temido por sus honduras se la disputaba al mar, y no tuvo un dux que desposara al Atlántico, pero sí conoció las procesiones en bote de remos para su virgen marinera, y el rumor de los ahogados, y el temblor de los pecios, y el abrazo de los huracanes…
A
Hay gente que hurga en la costa. Qué buscan, le pregunto a Q. Ostras, responde, y no las hallan.
Pero nos queda la tarde –respiro cuando se encienden las luces de las boyas que señalan la ruta de los barcos- y ya nunca perderemos el mar.
¡Tierra! claman; ansiosos miramos
el confín del sereno horizonte,
y a lo lejos descúbrese un monte…
Le conozco… ¡Ojos tristes, llorad!
Heredia
(Himno del desterrado, 1825)
-
Los vivientes que algún día
triscaban en tu espesura,
hoy salen como las hadas
al resplandor de
Plácido
(Al Pan de Matanzas)
Selva, montaña, campesina sombra
cedieron a la hoz y al hacha dura,
dejando un pueblo donde muerte había.
Manzano
(A la ciudad de Matanzas
después de una larga ausencia)
¡oh, Matanzas! ciudad adorada
que en dobles corrientes el rostro te ves […]
Milanés
(De codos en el puente, 1842)
Llevad mi canto y los recuerdos míos
A la bella ciudad de los dos ríos.
Delmonte
(A Matanzas)
Te quiero porque eres triste,
triste como la tristeza
Carilda
(Canto a Matanzas)
Y el coche oscuro se ha ido!
Cintio
(De mi provincia, 1945)
Puedo escribir, al fin me dejan solo. El ventilador cruje su monótona ronda, avienta los pliegues de la sábana, en vano intento disimular el calor. Lo que se me ocurre para sobrevivir a la fatiga mental que también produce la canícula es una reflexión sobre el subdesarrollo que no sé si acabará en el sarcasmo o la apología. Me entrego al placer de discurrir; con el permiso de Titón voy componiendo mis propias memorias como transpiración del cerebro caliente sobre el tegumento de la hoja.
Antier llegaron los tíos de
La tía llegó tarde. La esperábamos a las once y apareció después de la una, en la madrugada. Comentó con satisfacción que “las calles están iluminadas”, y “han arreglado algunos parques”, y por último, que “hace calor, pero no hay apagones”. La tía es una mujer de elegancia natural, vive en Miami sin saber inglés; cuando su jefa, amodorrada, le dice “good job, María”, la tía sonríe y encoje los hombros.
El tío, por su parte, es un viejo lúcido. El fragor de los años ha sido ensordecedor y ahora disfruta la felicidad de escuchar sólo lo que interesa. Diserta sobre las paradojas del desarrollo: hay cerveza pero apenas se puede beber porque, dicen, “hace daño”; cualquier acto banal puede acarrearte una demanda; los impuestos de la gente común se usan para fines sórdidos. “El capitalismo es inhumano”, sentencia el tío, “el socialismo” –añade- “es la piedra trasnochada en el moropo de un visionario”. “Fidel es un genio” –ironiza-, “ha llenado Miami de cubanos productivos y talentosos para atenuar con la plata ganada en el Norte el subdesarrollo antiguo de
El subdesarrollo es una planta amarga, parásita, que a veces crece en el tallo de la nostalgia; el desarrollo, por su parte, no es tal más que de nombre: nunca equivale a un estado de plenitud espiritual.
Al día siguiente, el subdesarrollo todavía me duele más. Como una vena impenitente me late en la sien. En contraste, todos andan jubilosos: ha llegado el instante paroxístico de recibir los regalos, la tómbola miamense de la compasión neoburguesa hacia la parentela pobre.
Todos charlan, beben, sueñan.
El subdesarrollo es un éter costumbrista que calienta el moropo mío y me trastorna con “un toque” tan ambivalente que no sé si escribir una diatriba o un panegírico, pero lo escribo. Good job.
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Ha venido, Libélula, tu emisario al palacio tardo barroco, dicen que herreriano, y se ha topado en el pórtico con el indecente Fernando, alias “El Deseado”, séptimo de su nombre. De frente, es el mismo reyezuelo; de perfil, aplatanado como parece hallarse, amenaza con aligerar la vejiga delante de los viandantes; o exhibir sus reales atributos ante las risueñas habaneras que tanto nubio han contemplado ya. ¡Ridículo destino! Fijaos, Libélula mía, como sostiene este infeliz el cetro de su entrepierna bajo el mediodía insular. ¡Cuánto bochorno!
He cumplido la misión encomendada; traspuse la portada ceñida por el escudo de las Españas; me introduje en el patio, que había creído más ancho; fui a escudriñar las librerías y los almacenes. Por bagatelas venden todo, en comparación con los ducados que me exigen los libreros de la plaza. ¡Quién lo diría: vale más ahora hacerse a la costumbre áulica!
¿Raudal decíais? No he podido hallarlo. Una nariz como griega que bajaba, parsimoniosa, ¿sería la princesa Basilisa Papastamatía? Jaque mate para mí: no era
En el patio, a la derecha, hay algo como una lápida cuadriculada o piedra de Roseta; está borrada, nada dice. ¿Qué hacer con un texto tan reticente?
Libélula querida, de una hoja revoltosa que bajaba del cielo he hecho una lengua, digo, un barco de fuego, y lo he puesto en las aguas de la bahía. Confío en que ha de llegarte el mensaje allende el Atlántico: las piedras verdes del palacio soplan donde