sábado 11 de julio de 2009

El Palacio del Segundo Cabo. Una filigrana apócrifa para Libélula.


Ha venido, Libélula, tu emisario al palacio tardo barroco, dicen que herreriano, y se ha topado en el pórtico con el indecente Fernando, alias “El Deseado”, séptimo de su nombre. De frente, es el mismo reyezuelo; de perfil, aplatanado como parece hallarse, amenaza con aligerar la vejiga delante de los viandantes; o exhibir sus reales atributos ante las risueñas habaneras que tanto nubio han contemplado ya. ¡Ridículo destino! Fijaos, Libélula mía, como sostiene este infeliz el cetro de su entrepierna bajo el mediodía insular. ¡Cuánto bochorno!

He cumplido la misión encomendada; traspuse la portada ceñida por el escudo de las Españas; me introduje en el patio, que había creído más ancho; fui a escudriñar las librerías y los almacenes. Por bagatelas venden todo, en comparación con los ducados que me exigen los libreros de la plaza. ¡Quién lo diría: vale más ahora hacerse a la costumbre áulica!

¿Raudal decíais? No he podido hallarlo. Una nariz como griega que bajaba, parsimoniosa, ¿sería la princesa Basilisa Papastamatía? Jaque mate para mí: no era la Papastamota, pero da igual, una prima que hace una sangría en su biblioteca me ha obsequiado con “Paisaje habitual”. Bebamos una copa por ella.

En el patio, a la derecha, hay algo como una lápida cuadriculada o piedra de Roseta; está borrada, nada dice. ¿Qué hacer con un texto tan reticente?

Libélula querida, de una hoja revoltosa que bajaba del cielo he hecho una lengua, digo, un barco de fuego, y lo he puesto en las aguas de la bahía. Confío en que ha de llegarte el mensaje allende el Atlántico: las piedras verdes del palacio soplan donde La Habana quiere…


jueves 9 de julio de 2009

Por qué no me gusta el capitolio de La Habana


Tenemos capitolio. La Estatua de la República, de facciones masculinas, cuerpo griego y pose de Atenea, preside la primera estancia. A sus pies, empotrado en el mármol, se guarda el diamante que indica el principio de los caminos de la Isla. Empero, yo entré por la puerta trasera, circunstancia que siempre invierte los cristales de mirar y permite percibir cómo lo grande se torna superfluo. Por detrás, el capitolio tiene algo de monasterio en las nervaduras de la bóveda, algo de estancia sórdida que refuerzan tantos emblemas de la nación –los escudos- custodiados por el grifo, animal de uña y pico rapaz. Al centro, en una habitación ocre de estuco desvaído, hay un busto blanco, un Martí sin expresión; este es el sitio donde he experimentado la más tangible ausencia de Martí y toda la tristeza de la República.

-

Una vez más he viajado para disentir. Entre tanto guajiro seducido por la majestad “reputicana” –el calificativo pertenece, creo, a la simpática Renée Méndez Capote- quise permanecer inadvertido. Ni una foto consentí, nada que parezca un souvenir costumbrista. Un amigo me llevó hasta el Ángel Rebelde de uno de los patios, pero el ángel me pareció demasiado oscuro y próximo a la cúpula.

-

Tenemos un capitolio inhumano. Nótese que no he dicho sobrehumano. Sobrehumana es la acrópolis ateniense porque se sabe exacta. La reflexión me la sugiere, por supuesto, algún texto de Animal de Fondo. El capitolio de La Habana es el palacio hipertrófico del país del terrón de azúcar -la islita del corcho-, el benjamín de otra mole legislativa de Washington que según el medidor de la fatuidad es un par de metros más bajo que el nuestro. Dice el amigo que me acompaña que este Salón de los Pasos Perdidos es mucho más hermoso que el vestíbulo del capitolio norteamericano. Ha visitado ambos y me confía su preferencia por el habanero. A mí me domina el hastío de la República, el ala de los senadores y el ala de los representantes, los salones neoclasicistas para honrar a las visitas ilustres. Nunca me ha gustado el mobiliario de estilo Imperio.

-

¿Acaso fue la nuestra una república como griega, capaz de encarnarse en una mujer áurea, una república de la Razón? ¿Y el grifo? ¿Por qué custodia al escudo en todos los dinteles?

-

Tenemos capitolio, ¿pero tuvimos una república? A la salida, una escalinata que da vértigo me devuelve a La Habana de los pedestres.

-

miércoles 1 de julio de 2009

La aurora en la nieve

-

A Ron Silver, por la certidumbre de
esta aurora entrevista hace dos siglos
-
Difícilmente podrían imaginarse los tejados sagüeros cubiertos de nieve. Las nieves tropicales, como apuntaba con lucidez el escritor Roberto Fernández, son las cenizas de caña que despiden los centrales azucareros. De esa nieve negra sí pueden hablar los sagüeros de todos los tiempos. Como buenos insulares, sin embargo, en corcondancia con la obsesión por el blanco que se manifestó en nuestros poetas desde el romanticismo, la gente del Undoso hizo nevar sobre la villa, y para mayor asombro de la posteridad, consignaron la aparición de una aurora boreal.
-
A mediados del siglo XIX se vendía nieve en Sagua como artículo de lujo. Sólo podían adquirirla los adinerados, pues era transportada con las consabidas pérdidas ocasionadas por el sol tropical. Cinco pesos de oro costaba la arroba de nieve. Se pagaba en oro, por blanca y por fría, para mitigar el abrasamiento de la canícula.
-
Los poetas de la época hablaban del Bóreas, el viento gélido del norte, y entre tanta añoranza de nevadas y ventiscas ocurrió lo que hasta hace poco consideraba una especie de alucinación colectiva: la aurora boreal del verano de 1859. Cuentan que fue avistada por la madrugada y era un hermoso resplandor que se extendía de este a oeste sobre el cielo de la ciudad. Muchos se alarmaron, encomendaron sus almas a Dios y pensaron en el fin del mundo.
-
Hace poco un astrónomo me aseguró que, si bien el fenómeno es raro en estas latitudes, no deliraban nuestros antepasados al hablar de una aurora boreal. Ya se ve cómo el deseo de paliar el calor puede producir hasta una aurora mágica, que si se sazona con la nieve de la época, pagada en oro, alcanza para crear una ilusión de frescor que dura siglo y medio .
-
Se lo digo a mi astrónomo con esta fe de hombre del pasado, casi parafraseando la divisa de los marqueses de La Habana, y él me echa de menos, renuncia a los pronósticos de tormentas solares, y asiente: una buena aurora vale para toda la vida.
-

sábado 27 de junio de 2009

M y R. Año 1917.

-
Leed bien ahí. ¿Acaso fue escrito para nosotros?

La costumbre común de juntar nombres en una pared, ese atavismo de los amantes, no respeta los mármoles ni la sangre blanca de los árboles. Todos aspiran a eternizarse, siquiera en unas torcidas iniciales de rara caligrafía. ¿Cómo calar la piel del tiempo? He ahí una buena materia de eternidad: los nombres en el hierro.

¡Cuánto he repasado esas iniciales durante estos años!

M y R, 1917.

No simplificaban tanto las sociedades anónimas y comanditarias de la época. Aquí mismo, en la otra acera, perdura la casa “Carlos F. Iglesias”, con los gatos en sus capiteles, guiño felino de aquel burgués asido a sus mostachos; Beguiristaín, en la esquina, es un nombre de letras blancas sobre el frontón de un edificio verde; el Armas, de balcones muy horizontales, se ve menos palaciego, casi bastardo en el corazón de la ciudad señorial. Nombres completos para vanidad de dinastías muertas.

¿Quiénes fueron M. y R.? ¿Socios, parientes, esposos? ¿Sutiles amantes? ¿Eran tan conocidos que no hizo falta completar los nombres? ¿O prefirieron dejar una señal para los entendidos del tiempo por advenir? ¿Una cifra, un indicio que para otros M. y R. tendría sentido?

Aquella noche de la botella de ron, fue entonces que nos encontramos. Era una botella elusiva; no bebimos. La juerga empezaba a caldearse con la pasión de los mosquitos. R. y yo decidimos bajar, irnos a la entraña para estar juntos. Quiero persuadirme, creer que así comenzó todo. Quiero negar toda la causalidad torpe que nos trajo aquí y creer en “una extraña lógica”. No soy un hombre tan crédulo. Sin embargo, sigo buscando a R.
-

jueves 11 de junio de 2009

Otra vez el viajero


Para ser un viajero poco dado a llevar equipajes, en las últimas semanas se me ha visto en andanzas que, a fuer de prolongarse en la emoción del conocimiento previo, son viaje infuso para mí, tan reales o irreales como cualquier partida o arribada que haya sugerido alguna vez mi lejanía.

No hablo del elemental “dejà vu”, sensación de torpe reminiscencia; hablo más bien de la naturalidad perfecta de todo, y de la incapacidad de hallar lo ignoto en un país tan largo, y especialmente de mi tenaz afecto por los objetos que el viaje va develando, siempre (re)conocidos desde la lejanía aludida; afecto por lo que reconozco como propio en este viaje de equipaje intrascendente.

Ojalá se entiendan estos apuntes, claridad mía tan oscura.

El verdadero viaje magallánico es el que emprendí hace años hacia una expresión que no accede a dárseme; un decir meridiano que anda buscándome con halo de palabra oída al azar, porque ya sé que no hay decires definitivos…

Verbigracia: me vieron frente a la estación sin trenes, ojo en ristre, haciéndole un retrato a la mujer de bronce que no sé si sea una alegoría majestuosa de Matanzas; llovía, y yo hubiese querido que la lluvia borrase el letrero del pedestal que cifraba la escena en 1883; cuando cruzábamos el San Juan recordé a Milanés –lugar común- y mi vanidad me hizo pensar que sólo yo entre los transeúntes recordaba ahora a Milanés de codos en el puente.

A La Habana se llega como a ningún lado: tanto sitio preliminar y común enrarecen el efecto de llegar: La Habana no tiene principio, de lo que se deduce que tampoco tiene final ni puedas decir jamás que alguna sea “la última casa”.

En La Habana se me vio concentrado en el empeño de fragmentar los espacios para poder entender adónde van todos, qué cuerpos difuminados ven cuando vuelven la cabeza… Sentí que yo venía de otro tiempo, igualmente frívolo pero calmo, más dado a los asentamientos y la perennidad.

Se me vio tras la estatua del Generalísimo, cerca de la capilla remanente de la antigua cárcel de Tacón. ¿Por qué -como bien observaba mi coterráneo Esteban Montejo, único cimarrón biografiado con éxito-, Máximo Gómez mira al norte y ofrece la grupa a los viandantes?

La ciudad proteica es un bosque de caducifolias; yo soy muy provinciano y mal viajero, incapaz de imaginar un destino para otra ciudad de calles circulares.

(De vuelta en la hidalga Sagua la Grande, a 11 de junio de 2009)

miércoles 20 de mayo de 2009

El andén

-

También quedo atrapado en los sitios para irse. Aferrado al borde de los fierros aguardo los trenes que no volverán. Recién acabo de descubrir esta pasión. Demasiadas miradas sobre el andén. No son los andenes del mundo, sino éste. ¿Por qué vuelvo como si esperase el tren de la medianoche? ¿A quién espero en el andén vacío? ¿Qué fragores vislumbro con la oreja pegada a la tierra? ¿Aguardo por alguien que debe llegar? ¿O son engañosos los pasos que me inducen a marcharme a cualquier parte? Hurgo en mí y en el pasado. Sólo recuerdo llegadas, multitud anónima que viene, jornaleros, dignatarios, gente respetable, vagabundos, poetas…

Jacinto Amar, el pícaro; el pequeño Lamoglia, pintor escenógrafo; Antoñica Otero, la bruja; Gertrudis, la desdichada Tula; monseñor Bernardo Piñol, arzobispo exiliado de Guatemala; White, el músico; Galli-Curci, la soprano; Gómez, el general; Federico y Gabriela… Todos vienen, descienden entre vapores, sonríen, desempacan; pero este es un sitio para irse.

martes 5 de mayo de 2009

El fantasma Nikolis

-
Pienso en el Nikolis cuando sueño con barcos. Una silueta gris que parece moverse hacia al puerto o lejos del puerto, el rumbo depende de los deseos del que mira. Para mí siempre viene; vuelve a la Isabela desde alguna tierra en las antípodas. Alguna vez llegó para despedazarse en este cementerio de naves olvidadas. La bahía de Sagua la Grande retiene más cuerpos sepultados que vivientes. Cuando hice la lista preliminar de los buques perdidos en siglo y medio de travesías, un amigo observó: “es otro triángulo de las Bermudas”. Quizás. Yo creo que nos tocó un puerto difícil, odiseico, plagado de escollos y bancos de arena, insondable por los secretos. La entrada principal, significativamente, es la Boca de Maravillas. La maravilla del llegar a algún lado después de rebasar el Mar de los Sargazos, tantos estrechos de islas y el Atlántico de los monstruos de Colón; la maravilla del cumplimiento, la confirmación de que salimos destinados a llegar.

El Nikolis llegó una tarde de temporal, solicitó entrada, la capitanía respondió que no podía auxiliarlo. El Nikolis se empeñó en entrar; casi era fantasma. Se rumora que detrás de la maniobra hubo una estratagema de los griegos, ávidos por cobrar las primas y los seguros. Fue abandonado a los pocos meses en el puerto. Venía desde Europa a cargar azúcar de Cuba. Era un mercante de buen porte construido durante la II Guerra Mundial en astilleros norteamericanos por encargo británico. Entonces se llamó “Rusell Sage”, como el banquero neoyorkino. Un “Liberty” botado al agua con prisa para sustituir los buques que perdía el Almirantazgo a causa de los submarinos alemanes, navegó durante años bajo diversos pabellones, y a la hora de su destino fantasmal llevaba nombre griego. Iba de un Pireo a otro para morirse, hubiese dicho Jorge Mañach (“Como Atenas tuvo su Pireo, Sagua la Máxima tiene su Isabela, que es su puerto todo el año, su balneario en la canícula.” -Glosario, 1925-).

He revisado el diccionario de mitos y símbolos de la Escuela de Tartu, a ver si hallo razones para mi obsesión por los barcos… El artículo de N. Erofeeva es enjundioso: habla de barcas y de muertos, barcos como representación del vientre materno, barcos para ir y venir de los infiernos, barcos condenados a moverse tripulados por la Muerte. Existe también la creencia del viaje como expiación: Lady Pvensey prometió enviar un exvoto a Tierra Santa en una galera náufraga que no ha dejado de navegar desde entonces; un capitán blasfemo fue condenado al perenne viaje hasta la redención: el Holandés Errante. Ningún puerto que se respete debe carecer de sus propios barcos fantasmas, sierpes marinas y leviatanes. “Conviene darle cuerpo al misterio para conjurar el miedo a lo vago”, se me ocurre inferir.

Muchas veces he ido a la costa a henchirme de aire. El Nikolis es una silueta fantasmagórica que navega hacia mí. Sueño con barcos que navegan hacia adentro.
-