domingo, 12 de octubre de 2014

Psicología de la calderilla



Ahora casi no ves los precios: la misma etiqueta, en el estante, contiene los importes en ambas monedas. La cifra en pesos convertibles se empequeñeció, para hacer sitio a la traducción, más prolija, de la moneda nacional.

La calderilla te desborda la mano: un peso con treinta centavos ahora se revela en su verdadera dimensión de treinta y dos pesos con cincuenta centavos. Pagas lo mismo, pero el efecto psicológico es otro.

A Carlos Alejandro no le gusta que salgamos juntos de compras. Él recuenta el monto para su fuero interno, calcula con eficiencia de contable miope, se satisface con el puñadito de productos que hunde el centro de la bolsa. Para mí todo es más arduo: nunca supe multiplicar bien. Mis panes y mis peces, desde el principio, solían dividirse en panes rituales y en peces de colores. El trigo de mis eras contiene menos granos que paja.

Cuando digo un-peso-con-treinta-centavos pienso, por pereza, en la monedita amarilla con la estrella o el rostro de Martí; si articulo treinta-y-dos-pesos-con-cincuenta-centavos se me presenta, inoportuna, la estampa de varios billetes y monedas que rebasan el monto de mi jornal.

Sólo compramos un paquete de detergente y una sopa instantánea. Pagamos lo mismo, pero algo ha cambiado. Más palabras –y agota desgranarlas-, cifras apretadas en los estantes.

Cuando regresé a casa me ejercité en el cálculo. Lidié mejor con la empresa, pues ahora la tienda calcula por mí, traduce el sentido real de la engañosa moneda y me devuelve, con una celada psicológica, al orbe de la calderilla cotidiana.

Un periodista exitoso en la radio de provincia, uno que consiga la estimulación suprema por su trabajo de un mes, ganará veinte-pesos-y-trece-centavos por jornada. Un pantalón le arrebatará los honorarios completos. Antes creía, ante la impronta de las imágenes, que pagaba una veintena de pesos algo pesados. Nada ha cambiado, pero el desaliento se experimenta mayor.

Todo se ha tornado más sincero en las TRD: ya compras el detergente con los billetes estrujados y te permites lavarlos con la ropa, sin peligro de que los hallen descoloridos en ningún establecimiento. Ya la sopa instantánea sabe a paja. 

domingo, 29 de junio de 2014

Sagua la Grande está en el mapa del activismo LGBTI


Sagua la Grande figura desde este sábado en el mapa del activismo LGBTI. Mientras en La Habana desfilaban por el Prado, y mis colegas de Proyecto Arcoíris convidaban a una besada en la Plaza Vieja, algunos sagüeros se reunieron en el parque principal de la Villa del Undoso. Se me ocurrió convocarlos porque esta vez no pude viajar. A la frustración sucedieron varias certezas: La Habana no es el único escenario urgido de activistas, la gente LGBTI tampoco tiene las mismas necesidades y demandas en la ciudad dominada por el Morro que junto a la ceiba de Guaracabuya. Esta fue la primera celebración del Orgullo gay en Sagua la Grande. Alguien prestó la bandera que no teníamos, un amigo trajo algunos plegables antihomofóbicos para repartirlos entre los transeúntes, Carlos Alejandro devolvió a la calle un cartel que ya usó en una marcha. Queremos matrimonio igualitario -dice imperativamente-.

En provincia no sirven las convocatorias publicadas en internet. La mayoría vive al margen de las redes sociales. La gente LGBTI posee una cotidianidad ruda, ajena a las delicadezas de lo virtual. Me refiero a las calles polvorientas de Laredo, el barrio por excelencia de las trans, un sitio desconectado, remoto. Los carteles colocados en la fantástica avenida Caralibro no se ven allá. Decidí, entonces, no emborronar páginas virtuales e ir a las esquinas donde se reúnen los que nunca han oído de Stonewall ni saben que podemos organizarnos, a despecho de las instituciones, para acceder al espacio público. Me fui a la escalinata del antiguo City Bank, que les sirve de asiento por las noches. Toqué alguna puerta en el barrio de La Gloria. Envié recados. Escribí algunos mensajes. Me confieso: también evité la promoción en internet, que hubiera informado a la gran red de activistas online, porque no sabía si este inesperado Orgullo gay sería bien acogido por las autoridades y no quise ponerlas sobre aviso. En Sagua la Grande no contaríamos con la cobertura protectora de la prensa internacional.

A las 4 p.m. del sábado, con la zozobra a cuestas, estábamos en el parque un par de amigos, mi novio y yo. Poco a poco, casi con fatiga, se reunieron cerca de quince personas: tres lesbianas, una trans, un par de bisexuales y una decena de homosexuales. Después de evocar a Stonewall e introducir la noción del activismo, hablamos espontáneamente. Me sorprendí: todos eran activistas potenciales. ¿Qué podemos hacer –preguntó alguien- para tener un espacio recreativo sin homofobia en la ciudad? La pregunta propició la evocación de un centro extinto, el Paradiso –un homenaje a la novela de Lezama- que fundaron y usaron las personas LGBTI sagüeras hasta que el gobierno lo destinó a una tienda.

Una periodista me preguntaba hace poco por el funcionamiento de las denominadas “fiestas gays” en provincia. Estos escenarios recreativos, que inconscientemente funcionan como espacios de resistencia, no existen en la mayoría de las ciudades del país. Que proliferen en La Habana, parezcan síntoma de los rumbos económicos de la época y tengan críticos entre los propios activistas, no implica que las periferias de la Isla demanden la constitución de sitios semejantes, acaso con una vocación más inclusiva. Hay un buen ejemplo en Santa Clara –El Mejunje- y Sagua aspira a recuperar su Paradiso perdido.

En la reunión supe que Sheila, a quien entrevisté una vez cuando se debatía el anteproyecto del Código de Trabajo, resultó despedida de la bodega por motivos relacionados con su identidad de género. Ella desistió de defenderse. El artículo que debió protegerla no lo hizo, luego de los manejos antidemocráticos de la Asamblea Nacional. A la sociedad civil correspondió llamar la atención sobre el atropello y solicitar una respuesta del parlamento. Paquito el de Cuba, en nombre de Proyecto Arcoiris, concibió la carta.

Algunos “errores” deliberados tenía el anteproyecto, como para simular una voluntad gubernamental de inclusión. La misma cláusula que una Comisión de Estilo depuró de la obligación de proteger a Sheila, consignaba en el anteproyecto la prohibición de discriminar por opiniones políticas. ¿Qué sección sindical halló atrevida la mención y propuso suprimirla? La opinión política, como la identidad de género, es una categoría subversiva que figuró para aparentar flexibilidad y acabó suprimida antes de convertirse en ley. Los cubanos –sugiere algún legislador astuto y anónimo- no queremos libertades.

Mariela Castro calificó de “tensión creativa” a la omisión de la identidad de género. El concepto, de raigambre psicológica, no consigue describir el carácter abusivo de un procedimiento que violentó la democracia y deterioró la credibilidad de una ley. Es un amable eufemismo. ¿Cómo juzgará Sheila la supresión que la desampara?

Entre el eros y el activismo de playa (II y final)


En la reciente conferencia de Ilgalac hubo un panel de participación política. Una transexual latinoamericana habló sobre el Día Internacional contra la Homofobia: “como la transexualidad continúa entre las enfermedades mentales, nosotras no tenemos nada que celebrar”. Ella debió añadir que la conmemoración de Stonewall, denominada Día Internacional del Orgullo LGBT, se presenta con matices más revolucionarios.

En Cuba –y esto no lo sabía la delegada- el activismo oficialista ha desalentado la celebración. Invocan el carácter “capitalista y mercantil” que posee en buena parte del mundo. Parece, por el contrario, que la tradición contracultural y contestaria que simboliza Stonewall agrada menos. El modelo de activismo dócil y leal al poder desestima la fecha problemática; el otro activismo la celebró precariamente, afincado en la tradición de la gente que resistió al poder y comenzó una revolución.







lunes, 2 de junio de 2014

Besos desaprobados: destruyen y retiran cartel teatral en La Habana



No sé si Rascacielos, la obra de Jazz Vilá y Marcos Díaz, seguirá presentándose en la Sala Adolfo Llauradó. Se anunció que permanecería en cartelera hasta mayo.  El plazo terminó. No duró tanto el cartel que promocionaba la pieza en Línea y G. Cuatro parejas se besaban a la vista de los transeúntes habaneros, y sólo una mereció la aprobación del público. A los pedestres les pareció que tales escenas no deberían trascender las cuatro paredes invocadas en el rótulo; no comprendieron que la intimidad de marras era una provocación, una invitación a mirar. Todos los caminos de La Habana, como se ve, no conducen al teatro. Entonces, para no ver, rayaron, despegaron e hirieron…

Hace poco una colega me comentó que no entendía el empeño de algunos activistas. Si ya no hay tanta homofobia –dijo-.  La semana me pasada, mientras yo hablaba de las implicaciones políticas del movimiento  LGBTI, otra periodista me replicó: “estás obsesionado con eso”. Por suerte conservé estas fotos, para mostrarlas a mis interlocutoras. El cartel de Rascacielos ya fue retirado, y no me aventuro a conjeturar por qué dejaron vacía la valla. ¿Para oponer un valladar a la homofobia o para evadir a tiempo el escándalo de exhibir apenas un beso incólume?

Ante los rostros zaheridos recordé la vieja receta mágica que describe James Frazer: atacar la imagen del enemigo equivale a lastimarlo en su piel. La gente primitiva mantiene esa lógica.

Nunca vi Rascacielos. Leí las reseñas. Hubiera querido ir al teatro, para confirmar que los rostros estaban intactos en alguna parte. Las cuatro paredes que los protegen, no obstante, caerán.  Cada vez me persuado de que debemos exhibirlos, exponerlos, arriesgarlos en las calles de La Habana.


martes, 13 de mayo de 2014

Entre el eros y el activismo de playa: una crónica de Varadero (I)


Pulgar arriba en la carretera para llegar a la conferencia. Pulgar otra vez alzado para regresar a casa. Dedos caídos, brazos colgando de la muesca del activismo. Estuve, no obstante, en el Varadero turístico, el corazón de la postal donde se celebró la VI Conferencia Regional de ILGALAC (Asociación Internacional de Lesbianas, Gays, Bisexuales, Trans e Intersex para América Latina y el Caribe).

Un amigo brasileño creyó hallarse en Río de Janeiro, una mexicana no distinguía a Cuba de Acapulco. Dos nicaragüenses que apenas vieron La Habana preguntaron por mi país. La Patria de la Moneda Nacional –insistieron-. Allá -señalé al sur-.

Creo –porque es absurdo- que una reunión de activistas debió celebrarse en uno de los escenarios habituales del activismo. En una ciudad provinciana y valerosa, por ejemplo. En el Camagüey abigarrado o la Santa Clara de El Mejunje, el hogar de las minorías. También La Habana, por inabarcable y distópica, hubiera resultado un escenario convincente. El Palacio de las Convenciones, sede de los grandes foros del país, pudo ofrecer un espaldarazo de legitimidad a la conferencia que Varadero acogió discretamente tras la tapia de los hoteles.  Activismo de playa.

Si algunos cubanos tuvimos difícil el acceso y debimos apelar a la botella en las carreteras y a la merienda precaria, otros latinoamericanos asumieron la empresa con coraje semejante al nuestro. Pulgar arriba siempre, en los caminos y en las butacas, salvo para consentir acríticamente.

 

Hache muda

Quise hacerme ubicuo al principio, cuando sesionaron las preconferencias. Me interesaban igualmente el encuentro de hombres gays y bisexuales que las reuniones de lesbianas y trans. Acaso para confundirme con todas las diversidades, fui a la cita de jóvenes.

La convocatoria juvenil anunciaba tres talleres, pero el último acabó incluido bíblicamente en el primero. El asunto me pareció trascendental: la participación política de la juventud latinoamericana en el movimiento LGBTI. Conducido por jóvenes cubanos y con la presencia de activistas de Nicaragua, Argentina, Jamaica y Venezuela, el debate se circunscribió a las motivaciones individuales. Vaciada de carácter político, la participación ciudadana apareció restringida a una concepción psicologista del empoderamiento. Esta posición contrastó con la del grupo de trabajo que exploró semejantes empresas participativas al día siguiente, con la moderación de Gloria Careaga y la participación de activistas de México, Argentina y Brasil. Se enfrentaron así, siquiera en la distancia, dos modelos de movilización.

La cita de jóvenes exhibió, otra vez, la tradicional prudencia cubana ante la constitución de asociaciones LGBTI y espacios para la resistencia –les llaman guetos, peyorativamente, como si estas zonas no implicaran una parada natural y conveniente en el itinerario-. La propuesta de incluir la hache de heterosexual en las siglas que identifican al movimiento –LGBTHI, quedaría- fue recibida con frialdad. Los aliados son bienvenidos –comenté a mi turno-, pero no debemos perder de vista que la heterosexualidad no alude sólo a una orientación del deseo, también implica una ideología. Y cité a las madrileñas que resignificaron el discurso imperialista del otro desconocido y peligroso para declarar, con convicción política, que “el eje del mal es heterosexual”. Situar la hache a ultranza, en lugar de propiciar diálogos efectivos con instancias dominantes, despolitizaría la lucha por la ciudadanía LGBTI –concluí-. Parece que la iniciativa de Cenesex no prosperó. Excepto en el discurso de algunos compatriotas míos, la hache continuó muda.

 

El eros del sufragio

Hallé en la conferencia de ILGALAC a muchos activistas interesados en conocer las lógicas asociativas, movilizativas y comunicativas del escenario político cubano. Más bien me hallaron ellos, y traté de dilucidarles, en pago por el interés, algunas de las singularidades de la Isla. Eran militantes con una idea libertaria del socialismo.

Otros se portaron menos solidarios, a pesar de los cometidos cívicos que asumen en sus países. Existe una hagiografía de las izquierdas latinoamericanas donde la Cuba autoritaria figura con honores de culto. Por el bien de la Causa se rinden ante el kitsch de la Gran Marcha que explicaba Milan Kundera. De esta gente, incluso de los más “incorrectos”, capaces de asumir la desobediencia civil, recibí un rictus desconfiado. Recordé entonces a Reinaldo Arenas, enfrentado alguna vez en el exilio a las izquierdas que exigen a los cubanos el abono de un sacrificio que ellas no están dispuestas a ofrecer.  

Proyecto Arcoiris –el pequeño grupo de insulares anticapitalistas e independientes-, obtuvo a última hora la membresía de ILGALAC y el derecho de votar en el plenario. Ningún extranjero imaginó la significación de aquellos votos: establecer alianzas, configurar listas electorales y finalmente ejercer un sufragio efectivo, son experiencias inusitadas en Cuba.

Experimenté el eros del sufragio, el placer sexual del voto que experimentaron una vez las añejas agitadoras.

 

Matasellos

La Carta de Cuba, el gran pronunciamiento de la conferencia, iba marcada por un matasellos rotundo: “la comunidad LGBTI latinoamericana perderá credibilidad si no se posiciona por la libertad de los Cinco, el pueblo de Cuba no nos perdonará”. En Varadero, como en el Pabellón Cuba de La Habana, pareció que la reunión de activistas iba desde el principio en pos de este corolario. Mariela Castro cerró la carta y la acuñó, después de relatar al auditorio extranjero las peripecias de los reclusos. La situación de rehén de de un contratista norteamericano también quedó expuesta en el relato, donde no faltaron consideraciones sobre “los descarados [sic] opositores cubanos”.

Algunos de los que queremos la libertad de los Cinco, creemos además que posicionarnos contra el genocidio del bloqueo no es una actitud enfrentada con la noción de respeto a las otredades ideológicas. Los activistas LGBTI de la Isla, entonces, deberíamos evitarnos la incoherencia de defender derechos sexuales enanejados de nociones políticas.

Las alusiones de la Carta de Cuba a las personas LGBTI vulneradas por la homofobia de Estado y los conflictos armados de este hemisferio, debieron completarse con un pronunciamiento acerca de la compensación que merecen las víctimas cubanas de los campos de trabajos forzados. Olvidemos ya a las UMAP -declaran tácitamente algunas instituciones y activistas-. Esa aspiración al olvido emergió un par de veces durante la cita de Varadero; los desmemoriados argumentan que el episodio está trascendido, como si los sobrevivientes exiliados no merecieran recuperar su ciudadanía extraviada y recibir una compensación siquiera moral, junto a los que prefirieron quedarse. 

 

En la costa

Mi sombrero voló a menudo, como si el torbellino del activismo quisiera lanzarlo lejos de la complacencia. Ante la costa horadada, me atravesaron las saetas del mar. El mainstream, la corriente del Golfo. Ahora, de vuelta al río, evoco el rumor del enjambre y la soledad del único pelícano de mi playa. 

domingo, 6 de abril de 2014

Niñas


Comprábamos un vino artesanal. La niña a cargo de la venta opinaba con convicción de experta. En la familia Alba, famosa por su afición vinatera, hasta la prole fabrica sus propias bebidas. Carlos Alejandro y yo vacilábamos: él prefería el vino de piña; yo indagué por las cualidades del tinto. El vino tinto es seco –nos instruyó-. Sirve para acompañar la comida, pero no para beber con mujeres. ¿Y el rosado? –pregunté-. Lo mismo –recapituló la pequeña Alba-, no podrás tomarlo con mujeres. Compré el tinto. Carlos Alejandro optó por la piña.

Mis sobrinos jugaban con Brian en un parque; Carlos Alejandro y yo los supervisábamos. La brujería no se toca –regañó mi novio-. Todos los árboles tenían una ofrende al pie. Maniatados por la orden, los niños comenzaron a provocarse inventando motes. Mis hermanos y yo también nos divertíamos así. Estos chiquillos son mucho más originales: en lugar de dedicar los nombretes al prójimo, prefieren atribuírselos a sí mismos.

-Yo me llamo Paco.
-Y yo, Peco.
-Yo soy Pico.
-Mi nombre es Caca.
-Yo me llamo Coco.

De repente, en busca de un insulto mayor, Brian tuvo una ocurrencia perturbadora:

-¡Yo soy una niña!

Nada de lo anterior suscitó la intervención de los adultos, pero esta declaración resultó excesiva. Mis sobrinos corrieron hacia mí:

-¡Brian dijo que es una niña!

 En el comedor de la universidad había una niña, hija o nieta de alguna cocinera. Al mediodía, cuando los estudiantes se precipitaban a la barra, la pequeña ayudaba a servir las bandejas. En la fila gesticulaba O., un homosexual militante. La niña observaba al muchacho, analizaba sus modales, se contrariaba. Cuando llegó el turno de O., le dedicó un rictus de molestia. A continuación, sin reflexionar, la pequeña lanzó un insulto que la implicaba:

-Puah, pareces una niña… 

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Foto: 1 de mayo de 2013, Sagua la Grande.

martes, 1 de abril de 2014

El crimen de Adrián Abelarde




Adrián Abelarde mató y huyó. Sus víctimas dormían. La Habana, vieja y criminosa, se revolvió, calzó pantuflas, coció una tisana para calmarse. Desde la radio informó alguien con la voz de Mickey Dugan, el niño cruel: Abelarde, killer…

En verdad, la nota sólo se tornó sensacionalista al final, cuando apeló al lugar común de una justicia casi divina. La comunicación del crimen, firmada por la policía, optó por el laconismo y la asepsia; dijo tan poco que me obliga a ponerle carne a esos nombres, a reconstruir el crimen a partir de las entrelíneas. Omitir implica siempre un juicio de valor. Recuperaré por mi cuenta lo que alcance a ver, entonces. Imagino la escena en amarillo. Alumbro un poco el sitio.

Francisco José García Peña, próximo a los cincuenta años. Florencia María Machado Fernández, de la tercera edad. Víctor Manuel García Acosta, un niño. Las víctimas de Adrián Abelarde constituían una familia inusual. ¿Los adultos eran cónyuges? Quizás, aunque los estándares socioculturales cubanos desaprueban que una mujer aventaje a su marido en quince años. Víctor Manuel, García, ¿el hijo de Francisco? La verdad de esa peculiar familia no es relevante; ciñámonos a la nota elusiva.

La primera señal perturbadora fue la quietud: nada roto, nada perdido. El asesino no robó; hizo su faena y partió, como perseguido y lacerado por sí mismo. El objeto contundente que usó para matar no aparece descrito. La nota sugiere que Adrián estaba en la casa. ¿Qué hacía allí? El ciudadano –explica la policía- no trabajaba ni tenía antecedentes penales. Mantenía –dice luego- “relaciones estrechas con Francisco José García Peña”. ¿Eran parientes? ¿Amigos? Más abajo, el discurso policial ofrece una pista: el asesino confesó haber cometido un crimen pasional.

Esto del crimen pasional es un viejo recurso del ordenamiento jurídico masculino para justificar la muerte de las mujeres a manos de los maridos. Francesca de Rímini lo atestigua. Los archivos judiciales del siglo XIX, y no dudo que los del siglo XX, abundan en ejemplos: dar muerte acuciado por los celos es punible y a la vez disculpable. Una amiga y colega murió a manos de su esposo hace unos años. A once años de reclusión ascendió la condena para el asesino. Algunos indagaron por las razones para una condena tan breve; un conocedor explicó: “no es lo mismo matar a tu mujer que a una extraña”. Los redactores de la nota no debieron permitirse tal desliz: el “móvil pasional” es una frivolidad, un argumento irresponsable. 

Esta mañana muchos creían que Florencia María, a sus sesenta y cuatro años, había suscitado el crimen de Adrián Abelarde. Se les escapó el eufemismo –pálidamente amarillo, sí- que iluminaba el cariz del asunto: “mantenía relaciones estrechas con Francisco José García Peña”. Francisco y Adrián eran novios, maridos, amantes. Algo de eso. Florencia lo sabía. El asesino dormía en casa. Víctor, acaso, tenía un padre y “un tío”. La nota confía en que imaginaremos todo y que las familias homoparentales seguirán invisibles, contundidas e inertes, para que no haya compromiso de denunciar estas violencias en su dimensión más precisa, ni siquiera cuando las pautas de masculinidad sigan extendiendo su garra simbólica.

Mickey Dugan sabe poco de los sucesos de la calle Bernaza, pero sospecha que el crimen de Adrián Abelarde tuvo implicaciones de género. Empuñamos contra nosotros mismos la violencia que nos inflige la dominación masculina cuando somos incapaces de desmontarla. Las campañas de bien público, hasta ahora, sólo relacionan violencia de género con maltrato a la mujer y obvian la influencia de la cosmovisión masculina en las agresiones intragénero.

Quedan en vilo más preguntas. El asesino residía oficialmente en Camagüey pero vivía en La Habana. ¿Esta anomalía no lo habrá expuesto, a su turno, a ciertas violencias? ¿La orientación sexual condicionó su migración?

El discurso policial sugiere, elude, organiza las cláusulas: si “las relaciones estrechas” fueran mencionadas tras la anticuada alusión al crimen pasional, no sólo los sagaces sabrían que Adrián y Francisco eran una pareja. Después de rodear delicadamente las circunstancias del caso, la nota concluye con un mazazo: a Abelarde, killer, la justicia lo aplastará. La violencia de género que también afecta a los hombres, y sobre todo a las parejas del mismo sexo, no existe ni es relevante. Razonar sobre la recurrencia de estos sucesos, asumir una estrategia comunicativa razonable, importa tanto como castigar. Proponer el estereotipo del asesino insano o desalmado oscurece más el episodio.

Tanto como el crimen de la calle Bernaza me perturban los reclamos de muerte para Abelarde. Cuba, aparentemente tan apacible, confunde justicia con lapidación. Pedir a gritos la muerte -¡paredón!- es un antiguo vicio nuestro. Cuesta renunciar a la carne ajena, ya se sabe.

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Foto: Calle Bernaza en 1959.

jueves, 20 de marzo de 2014

Orbiutes


Mi hermana me comenta su última lectura: la autobiografía inédita de un viejo médico camagüeyano. El memorialista era octogenario cuando redactó sus recuerdos. La llegada de la electricidad al pueblo de Cascorro, por ejemplo, figuraba en el repaso. Un gallego instaló el dinamo, movió una palanca, se estremeció algo y hubo luz. Creí estar allí –concluyó mi hermana.

Yo también disfruto la lectura de memorias. Estimo la sobrevida del tiempo tanto como Proust. La recherche me obsede desde que era niño, cuando pedía a mi abuela que me contara algo de “los tiempos de antes”. El antes, en su carácter de incógnita certidumbre, me fascina, me incita más que el ahora.

Los viejos de la familia, afincados en su actualidad, no acostumbraban a obsequiarnos con noticias del pasado. A menudo conjeturo que habían olvidado, y recuerdo un pasaje de Cintio Vitier que se refiere a la misteriosa capacidad de olvidar. Yo, acaso a mi pesar, no consigo borrar nada. La memoria me lastra, me afinca en esta ciudad preterida, en su perturbador cementerio de imágenes. He aquí un ejemplo que sorprende a mi hermana: recuerdo inexplicablemente qué ropa llevaba ella hace casi veinticinco años, cuando nos despertaron en la madrugada para llevarnos al funeral del abuelo. No sé cómo hicimos el viaje ni cómo iba vestido yo mismo. Era invierno, no nos dejaron acercarnos al ataúd y mi hermana, muy pequeña, llevaba una saya plisada. Abundaba el rojo luctuoso, probablemente una cortina o un crespón de terciopelo, semejante al marrón de la chaqueta.

Mi hermana razonaba, con alarma, que no sabemos nada de nuestros antepasados. Retrocedemos un par de generaciones y se pierde el rastro. A diferencia del viejo doctor, nadie dejó memorias. Hay una explicación: descendemos de gente forzosamente ágrafa. Una vieja partida consigna que nuestros tatarabuelos no refrendaron con su firma el nacimiento de un hijo porque no sabían escribir. Clasifican entre la denominada “gente sin historia” que ha preocupado a los historiadores contemporáneos. Que figuren ahí, entre los anónimos, no implica que hayan vivido al margen de las vicisitudes de sus épocas. Cuando la famosa huelga del 9 de abril de 1958, mi abuela escondió a su prole bajo la cama. Ante los disturbios de la revolución antimachadista, en 1933, mi bisabuelo prohibió a sus vástagos que salieran de casa. En 1896, tras el bando de Weyler, los parientes acataron la orden letal de irse al pueblo. El sitio de nuestros antepasados –expliqué a mi hermana- fue un agujero, un escondite, un reducto intrahistórico. Los pocos que se expusieron al devenir carecían de experiencia para lidiar con la Historia y no supieron qué hacer.     

De los olvidos familiares y de los relatos sesgados, de la parcialidad de numerosos historiógrafos, hemos alcanzado una tardía y peculiar compensación: mi hermana pasó  la adolescencia coleccionando volúmenes acerca de la Segunda Guerra Mundial; yo asumí que tuve legítimos ancestros en los memoriosos Madame de Sevigné, Hans Christian Andersen, George Sand, Lola María de Ximeno y Renée Méndez-Capote. A Sand debo la recuperación de un recuerdo, una palabra: orbiute. Creí que no existía un término para aludir a las manchas que el sol deja en la vista después de haber mirado el resplandor durante un rato. Yo las veía hace muchos veranos. Me calaban, las innombradas. Existe en el Berry: orbiute. Y no es indeleble, como el recuerdo.

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La foto procede del archivo familiar. Es la moda de la década de 1920. No reconocemos a nadie.