domingo, 6 de abril de 2014

Niñas


Comprábamos un vino artesanal. La niña a cargo de la venta opinaba con convicción de experta. En la familia Alba, famosa por su afición vinatera, hasta la prole fabrica sus propias bebidas. Carlos Alejandro y yo vacilábamos: él prefería el vino de piña; yo indagué por las cualidades del tinto. El vino tinto es seco –nos instruyó-. Sirve para acompañar la comida, pero no para beber con mujeres. ¿Y el rosado? –pregunté-. Lo mismo –recapituló la pequeña Alba-, no podrás tomarlo con mujeres. Compré el tinto. Carlos Alejandro optó por la piña.

Mis sobrinos jugaban con Brian en un parque; Carlos Alejandro y yo los supervisábamos. La brujería no se toca –regañó mi novio-. Todos los árboles tenían una ofrende al pie. Maniatados por la orden, los niños comenzaron a provocarse inventando motes. Mis hermanos y yo también nos divertíamos así. Estos chiquillos son mucho más originales: en lugar de dedicar los nombretes al prójimo, prefieren atribuírselos a sí mismos.

-Yo me llamo Paco.
-Y yo, Peco.
-Yo soy Pico.
-Mi nombre es Caca.
-Yo me llamo Coco.

De repente, en busca de un insulto mayor, Brian tuvo una ocurrencia perturbadora:

-¡Yo soy una niña!

Nada de lo anterior suscitó la intervención de los adultos, pero esta declaración resultó excesiva. Mis sobrinos corrieron hacia mí:

-¡Brian dijo que es una niña!

 En el comedor de la universidad había una niña, hija o nieta de alguna cocinera. Al mediodía, cuando los estudiantes se precipitaban a la barra, la pequeña ayudaba a servir las bandejas. En la fila gesticulaba O., un homosexual militante. La niña observaba al muchacho, analizaba sus modales, se contrariaba. Cuando llegó el turno de O., le dedicó un rictus de molestia. A continuación, sin reflexionar, la pequeña lanzó un insulto que la implicaba:

-Puah, pareces una niña… 

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Foto: 1 de mayo de 2013, Sagua la Grande.

martes, 1 de abril de 2014

El crimen de Adrián Abelarde




Adrián Abelarde mató y huyó. Sus víctimas dormían. La Habana, vieja y criminosa, se revolvió, calzó pantuflas, coció una tisana para calmarse. Desde la radio informó alguien con la voz de Mickey Dugan, el niño cruel: Abelarde, killer…

En verdad, la nota sólo se tornó sensacionalista al final, cuando apeló al lugar común de una justicia casi divina. La comunicación del crimen, firmada por la policía, optó por el laconismo y la asepsia; dijo tan poco que me obliga a ponerle carne a esos nombres, a reconstruir el crimen a partir de las entrelíneas. Omitir implica siempre un juicio de valor. Recuperaré por mi cuenta lo que alcance a ver, entonces. Imagino la escena en amarillo. Alumbro un poco el sitio.

Francisco José García Peña, próximo a los cincuenta años. Florencia María Machado Fernández, de la tercera edad. Víctor Manuel García Acosta, un niño. Las víctimas de Adrián Abelarde constituían una familia inusual. ¿Los adultos eran cónyuges? Quizás, aunque los estándares socioculturales cubanos desaprueban que una mujer aventaje a su marido en quince años. Víctor Manuel, García, ¿el hijo de Francisco? La verdad de esa peculiar familia no es relevante; ciñámonos a la nota elusiva.

La primera señal perturbadora fue la quietud: nada roto, nada perdido. El asesino no robó; hizo su faena y partió, como perseguido y lacerado por sí mismo. El objeto contundente que usó para matar no aparece descrito. La nota sugiere que Adrián estaba en la casa. ¿Qué hacía allí? El ciudadano –explica la policía- no trabajaba ni tenía antecedentes penales. Mantenía –dice luego- “relaciones estrechas con Francisco José García Peña”. ¿Eran parientes? ¿Amigos? Más abajo, el discurso policial ofrece una pista: el asesino confesó haber cometido un crimen pasional.

Esto del crimen pasional es un viejo recurso del ordenamiento jurídico masculino para justificar la muerte de las mujeres a manos de los maridos. Francesca de Rímini lo atestigua. Los archivos judiciales del siglo XIX, y no dudo que los del siglo XX, abundan en ejemplos: dar muerte acuciado por los celos es punible y a la vez disculpable. Una amiga y colega murió a manos de su esposo hace unos años. A once años de reclusión ascendió la condena para el asesino. Algunos indagaron por las razones para una condena tan breve; un conocedor explicó: “no es lo mismo matar a tu mujer que a una extraña”. Los redactores de la nota no debieron permitirse tal desliz: el “móvil pasional” es una frivolidad, un argumento irresponsable. 

Esta mañana muchos creían que Florencia María, a sus sesenta y cuatro años, había suscitado el crimen de Adrián Abelarde. Se les escapó el eufemismo –pálidamente amarillo, sí- que iluminaba el cariz del asunto: “mantenía relaciones estrechas con Francisco José García Peña”. Francisco y Adrián eran novios, maridos, amantes. Algo de eso. Florencia lo sabía. El asesino dormía en casa. Víctor, acaso, tenía un padre y “un tío”. La nota confía en que imaginaremos todo y que las familias homoparentales seguirán invisibles, contundidas e inertes, para que no haya compromiso de denunciar estas violencias en su dimensión más precisa, ni siquiera cuando las pautas de masculinidad sigan extendiendo su garra simbólica.

Mickey Dugan sabe poco de los sucesos de la calle Bernaza, pero sospecha que el crimen de Adrián Abelarde tuvo implicaciones de género. Empuñamos contra nosotros mismos la violencia que nos inflige la dominación masculina cuando somos incapaces de desmontarla. Las campañas de bien público, hasta ahora, sólo relacionan violencia de género con maltrato a la mujer y obvian la influencia de la cosmovisión masculina en las agresiones intragénero.

Quedan en vilo más preguntas. El asesino residía oficialmente en Camagüey pero vivía en La Habana. ¿Esta anomalía no lo habrá expuesto, a su turno, a ciertas violencias? ¿La orientación sexual condicionó su migración?

El discurso policial sugiere, elude, organiza las cláusulas: si “las relaciones estrechas” fueran mencionadas tras la anticuada alusión al crimen pasional, no sólo los sagaces sabrían que Adrián y Francisco eran una pareja. Después de rodear delicadamente las circunstancias del caso, la nota concluye con un mazazo: a Abelarde, killer, la justicia lo aplastará. La violencia de género que también afecta a los hombres, y sobre todo a las parejas del mismo sexo, no existe ni es relevante. Razonar sobre la recurrencia de estos sucesos, asumir una estrategia comunicativa razonable, importa tanto como castigar. Proponer el estereotipo del asesino insano o desalmado oscurece más el episodio.

Tanto como el crimen de la calle Bernaza me perturban los reclamos de muerte para Abelarde. Cuba, aparentemente tan apacible, confunde justicia con lapidación. Pedir a gritos la muerte -¡paredón!- es un antiguo vicio nuestro. Cuesta renunciar a la carne ajena, ya se sabe.

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Foto: Calle Bernaza en 1959.

jueves, 20 de marzo de 2014

Orbiutes


Mi hermana me comenta su última lectura: la autobiografía inédita de un viejo médico camagüeyano. El memorialista era octogenario cuando redactó sus recuerdos. La llegada de la electricidad al pueblo de Cascorro, por ejemplo, figuraba en el repaso. Un gallego instaló el dinamo, movió una palanca, se estremeció algo y hubo luz. Creí estar allí –concluyó mi hermana.

Yo también disfruto la lectura de memorias. Estimo la sobrevida del tiempo tanto como Proust. La recherche me obsede desde que era niño, cuando pedía a mi abuela que me contara algo de “los tiempos de antes”. El antes, en su carácter de incógnita certidumbre, me fascina, me incita más que el ahora.

Los viejos de la familia, afincados en su actualidad, no acostumbraban a obsequiarnos con noticias del pasado. A menudo conjeturo que habían olvidado, y recuerdo un pasaje de Cintio Vitier que se refiere a la misteriosa capacidad de olvidar. Yo, acaso a mi pesar, no consigo borrar nada. La memoria me lastra, me afinca en esta ciudad preterida, en su perturbador cementerio de imágenes. He aquí un ejemplo que sorprende a mi hermana: recuerdo inexplicablemente qué ropa llevaba ella hace casi veinticinco años, cuando nos despertaron en la madrugada para llevarnos al funeral del abuelo. No sé cómo hicimos el viaje ni cómo iba vestido yo mismo. Era invierno, no nos dejaron acercarnos al ataúd y mi hermana, muy pequeña, llevaba una saya plisada. Abundaba el rojo luctuoso, probablemente una cortina o un crespón de terciopelo, semejante al marrón de la chaqueta.

Mi hermana razonaba, con alarma, que no sabemos nada de nuestros antepasados. Retrocedemos un par de generaciones y se pierde el rastro. A diferencia del viejo doctor, nadie dejó memorias. Hay una explicación: descendemos de gente forzosamente ágrafa. Una vieja partida consigna que nuestros tatarabuelos no refrendaron con su firma el nacimiento de un hijo porque no sabían escribir. Clasifican entre la denominada “gente sin historia” que ha preocupado a los historiadores contemporáneos. Que figuren ahí, entre los anónimos, no implica que hayan vivido al margen de las vicisitudes de sus épocas. Cuando la famosa huelga del 9 de abril de 1958, mi abuela escondió a su prole bajo la cama. Ante los disturbios de la revolución antimachadista, en 1933, mi bisabuelo prohibió a sus vástagos que salieran de casa. En 1896, tras el bando de Weyler, los parientes acataron la orden letal de irse al pueblo. El sitio de nuestros antepasados –expliqué a mi hermana- fue un agujero, un escondite, un reducto intrahistórico. Los pocos que se expusieron al devenir carecían de experiencia para lidiar con la Historia y no supieron qué hacer.     

De los olvidos familiares y de los relatos sesgados, de la parcialidad de numerosos historiógrafos, hemos alcanzado una tardía y peculiar compensación: mi hermana pasó  la adolescencia coleccionando volúmenes acerca de la Segunda Guerra Mundial; yo asumí que tuve legítimos ancestros en los memoriosos Madame de Sevigné, Hans Christian Andersen, George Sand, Lola María de Ximeno y Renée Méndez-Capote. A Sand debo la recuperación de un recuerdo, una palabra: orbiute. Creí que no existía un término para aludir a las manchas que el sol deja en la vista después de haber mirado el resplandor durante un rato. Yo las veía hace muchos veranos. Me calaban, las innombradas. Existe en el Berry: orbiute. Y no es indeleble, como el recuerdo.

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La foto procede del archivo familiar. Es la moda de la década de 1920. No reconocemos a nadie.

sábado, 15 de marzo de 2014

Mi respuesta a Manuel Vázquez Seijido, asesor jurídico de CENESEX


A pesar de que mi último post sólo repetía viejos criterios míos con respecto a la gestión de CENESEX, la institución recién decidió replicarme. Enhorabuena. Me gusta discutir. Hagámoslo.

Manuel Vázquez Seijido, en su análisis ideológico -y también semántico-, me pregunta qué es una ONG de legítimo carácter LGBT y por qué responsabilicé en parte al CENESEX de la ausencia de organizaciones de esa índole en Cuba. Es fácil: la genuina naturaleza LGBT de un proyecto o institución depende, estrictamente, de la gestión autónoma, libre y militante de sus miembros. No es el caso de CENESEX, constituida por decreto y con el auspicio del Ministerio de Salud Pública. La cualidad oficial ni siquiera bastaría para descalificar a un centro de reconocida utilidad. Nadie discute su pertinencia. CENESEX sí se torna ilegítima en su pretensión de conducir -¿”acompañar”?- las luchas por los derechos sexuales, con la voluntad de ejercer el único mando. Desconfío del liderazgo excluyente de Mariela Castro. Creo en su buena voluntad, sólo no me resigno a que pontifique en nombre de un colectivo heterogéneo por definición. Han pasado varios años desde que declaré mi posición. Nunca aceptaré que la existencia de CENESEX impida el reconocimiento jurídico de otras asociaciones LGBT.

Vázquez Sejido debió resultar más diáfano aquí:

¿Usted conoce la legislación vigente en nuestro país para conformar organizaciones no gubernamentales? Habría que preguntarse en qué punto entran en colisión los intentos de formar estas organizaciones con la precitada legislación.

¿Habría que preguntarse dónde colisionamos? ¿El abogado no conoce la respuesta? Algunas leyes están muy bien escritas, pero no se cumplen.

Cuando CENESEX, en la voz de Mariela Castro, declara que los LGBT de Cuba no necesitamos insertarnos sin mediaciones en la sociedad civil, traiciona su propia causa. Declarar, ex cathedra, que nos bastaría por ahora una unión civil, implica renunciar tácitamente a la igualdad. Si CENESEX, por razones soterradas, prefiere no causar desazón a sus patrocinadores, otras organizaciones LGBT, más legítimas, deberían ocuparse de la tarea.

¿Cómo se explica Vázquez Seijido el silencio cómplice ante la homofobia del último censo? Desde mi atalaya advertí el borrón, lo estrujé y lancé al patio de CENESEX. El aviso llegó una semana antes del recuento y no hubo rectificación por parte de la ONEI. A los colegas que solicitaron un pronunciamiento a la institución dirigida por Mariela Castro, se les dijo que no habría ninguna declaración. Confirmé ahí que CENESEX no nos basta ni debemos consentirle un liderazgo excluyente.

Con respecto a la escasa difusión que ha recibido la VI Conferencia de ILGALAC y a los tropiezos para la presencia de quienes no nos adherimos a CENESEX, el jurista usa un símil infeliz:

“Las trans de mi remota ciudad, las que se prostituyen por unos pocos pesos, no saben que ILGA estará en Cuba”, dice usted, y probablemente tampoco lo sepan los mineros de Moa o los azucareros de otra provincia […]

La relación no procede: a los mineros de Moa y a los azucareros de cualquier parte no les interesa tanto la cita como a las trans de mi provincia. La Asociación de Transgéneros del Níquel o la Federación Azucarera Dulce Lujuria no existirán tampoco mientras CENESEX sea la única organización consentida por el Estado y la excusa para que no surjan otras.

Manuel Vázquez Seijido parece más aficionado a las preguntas retóricas que yo:

¿Conoce que impulsada por el CENESEX, ese al que no le deben nada “las que se procuran hormonas y esculpen sus propios cuerpos sin auxilio médico en los parajes marginales de Cuba”, se creó la Comisión Nacional de Atención Integral a Personas Transexuales en el año 2008 por la Resolución Ministerial No. 126? ¿Conoce usted que Cuba es el único país en Latinoamérica donde se garantiza el derecho a la libre expresión sexual y autonomía sobre los cuerpos de las personas transexuales? ¿Conoce usted los derechos sexuales de estas personas?

Respondo. La Comisión Nacional de Atención Integral a Personas Transexuales no funciona en los parajes marginales de la Isla. Las mujeres que requieren esa asistencia suelen vivir desempleadas y violentadas por las estructuras sociales. Las que he entrevistado optan por hormonarse sin consulta porque no tienen adónde acudir. La violencia simbólica, encima, las desarma. El discurso de Vázquez Seijido es habanerocentrista. La Habana nos queda lejos a otros.

Sigo: ni remotamente Cuba es “el único país latinoamericano donde se garantiza el derecho a la libre expresión sexual y autonomía sobre los cuerpos de las personas transexuales”. Conozco la legislación argentina. Cuba y Argentina, como dijo el impertinente de Borges una vez, son cosas muy distintas. Parece que también lo somos en materia de derechos para las trans. Cuba, como me alecciona Vázquez Seijido, consiguió gracias a CENESEX que el MININT admita fotos acordes a la identidad de género. Lo celebro. En Argentina basta con una declaración ante el Registro Civil para asumir la plenitud jurídica como hombre o mujer trans. Somos distintos. Mi interés por la cuestión jurídica también ha quedado demostrado desde el ámbito de la comunicación y el activismo LGBT.

De haber leído mi blog, el asesor jurídico sabría que estuve entre los que propusieron la alusión a la discriminación por orientación sexual e identidad de género en el nuevo Código de Trabajo. Según el texto de Vázquez Seijido, ni yo ni otros activistas propiciamos la modificación. Todo lo hizo Mariela Castro. El discurso de CENESEX, ya sabemos, está sesgado por su constreñida noción del activismo y de los liderazgos. Recuerdo al jurista, en pos de la precisión, que la cláusula se aprobó incompleta, sin aludir a la identidad de género.

La réplica que me dedica CENESEX corrobora que las sillas de la conferencia ya están separadas. Vázquez Seijido ocupará la suya. Alguna red social lo nominará. En la declaración que precede al texto del jurista figura una afirmación irresponsable o cínica: “existen variantes que las personas con menos posibilidades económicas pueden valorar”. Instrúyannos, por favor.

El activismo LGBT necesita empoderamiento, no “acompañamiento”. Al abogado se le escapa que la pugna por los derechos negados al colectivo LGBT obliga a luchar por la plenitud civil.

Disensiones aparte, CENESEX debe saber que tenemos los mismos objetivos. Urge respetarnos. El recurso apropiado para dialogar nunca debería ser la descalificación que sugerían las entrelíneas de la réplica de Manuel Vázquez Seijido. Un comentarista anónimo también me asaeteó en el blog con semejante tono, dudando de mi currículo profesional y  mi compromiso. Yo, sin ningún temblor, firmo mis opiniones e incluso mis diatribas.

Maykel González Vivero
Sagua la Grande, 15 de marzo de 2014.

miércoles, 26 de febrero de 2014

Ausente

El año pasado pugné en vano por asistir a un taller de género y comunicación. Creímos que sólo interesaría a las mujeres -explicaron mis jefes, que ya habían repartido las cinco plazas correspondientes a Radio Sagua.

En enero escribí al Instituto Internacional de Periodismo José Martí para inscribirme en un postgrado del mismo tema. Envíanos tu currículo -respondió una funcionaria-. Redacté laboriosamente un compendio que incluyó mis empresas académicas –un diplomado en literatura y género, por ejemplo-, además de una lista de los artículos que he escrito en mi perseverante activismo por los derechos LGBT en Cuba. Llené dos páginas. Después de una semana sin recibir respuesta volví a dirigirme al instituto. Iba a escribirte ahora mismo –se justificó la funcionaria- para comunicarte que sólo admitieron a tres periodistas de provincia y no estás incluido. Será para otra ocasión –concluyó-. Creí ingenuamente que no me admitían por mi condición de provinciano y repliqué: “no se preocupe por el alojamiento, yo podría conseguir un sitio en La Habana”. La funcionaria, ya impaciente, me remitió una respuesta lacónica: “no podemos admitirte esta vez”. Supe más tarde que al resto de los periodistas cubanos no les demandaron ningún currículo; encima, parece que la coordinadora del postgrado nunca recibió las dos páginas mías, según alguien averiguó.

Ayer, por último, escribí a mi amigo Francisco Rodríguez Cruz, periodista y activista LGBT, para que me asesorara en el propósito de asistir a la VI Conferencia Regional de ILGA (Asociación Internacional de Gays, Lesbianas, Bisexuales, Trans e Intersexuales). Tienes que pertenecer a alguna de las organizaciones miembros de ILGA -me informó-. Revisé la web: en Cuba sólo CENESEX y SOCUMES figuran en la membresía. De la escuetísima comunicación de Paquito inferí entonces que CENESEX repartirá a sus edecanes los escaños cubanos en la conferencia. No creo que nadie se pueda adherir voluntariamente a CENESEX, pues no es una asociación LGBT, sino una institución del Ministerio de Salud Pública. En cuanto a SOCUMES, la tengo asumida como una dependencia de CENESEX cuya influencia no trasciende el ámbito científico, posee escasa relevancia en materia de activismo e incluso se permite contradicciones cuando alude, en su Código de Ética, a conceptos tan impugnables como “la moral” y las “debilidades sexuales”. Cuando el código de SOCUMES afirma, en su artículo segundo, que el sexólogo debe proponerse “una permanente reflexión sobre sus cualidades y limitaciones o debilidades sexuales a fin de potenciar las primeras y controlar o superar las segundas de manera que no las transmita a los pacientes/clientes o educandos”, ¿a qué alude?

Revisemos: en unos sitios no me admitieron acaso por hombre y homosexual, la ausencia de otros se la debo a mi provinciana independencia. Le dije a mi novio que tengo muy mala suerte, pero al instante rectifiqué la frivolidad de esa afirmación: es el precio que pago. Los accesos son verticales. Casi nunca se demanda competencia ni activismo ni currículo; se prefieren los avales, las cartas de recomendación, las membresías…

CENESEX, que ahora administra la presencia de los cubanos en la conferencia de ILGA, es la misma institución que hace un año y medio descartó pronunciarse acerca de la homofobia del Censo de Población y Viviendas Cuba 2012. CENESEX, que muy democráticamente enlaza este blog en su sitio web, es en parte responsable de que no haya ninguna ONG cubana de legítimo carácter LGBT. Las trans de mi remota ciudad, las que se prostituyen por unos pocos pesos, no saben que ILGA estará en Cuba el próximo mayo. Las locas silbadas y agredidas que conozco no saben nada de SOCUMES. Las que se procuran hormonas y esculpen sus propios cuerpos sin auxilio médico en los parajes marginales de Cuba, no deben nada a CENESEX. Esta es la verdad: el rol de CENESEX en función del activismo LGBT ha tendido a la tácita contención, a la moderación y a la regulación, antes que al empoderamiento.

Ya Paquito me contará los pormenores de la conferencia. Estas negativas continuas sirvieron al menos para obligarme a volver al blog. Sigo en mi atalaya, ensimismado. Hoy sólo apura que me presten una grabadora para entrevistar a Daniela, la última trans agredida en las calles de Sagua la Grande. Preparo un reportaje para enviarlo a un encuentro de género y comunicación que acogerá Camagüey. Mi novio me alienta a producirlo entre ambos, aunque sea probable que sigamos ausentes…   


jueves, 10 de octubre de 2013

Luz de quinqué

Uno se pone viejo y siente nostalgia por las lucecitas. Crecí en una época oscurecida. Todo se apagaba y encendíamos algún candil, una luz pequeña que alumbrara los rostros. Mi papá entonces nos contaba las audacias de su infancia. A veces refería alguna cobardía suya para compensarnos por tanta épica. Una de esas noches leí en voz alta el pasaje donde Madame de Sevigné describe, con su exquisito ingenio, los prolijos efectos del reumatismo. Abuela se reconoció en aquel recuento de males y se dijo amiga de la Sevigné; por un momento, en aquella oscuridad atenuada por el quinqué, fue la abuela de Proust.

Mi anhelo de luces precarias es una señal de vejez. Yo he amado los candiles remotos, y ahora no me resigno a imaginar que arden sólo para mí en algún sitio trascendido. Cuando Fidelina me mostró un candelabro humilde que alguien compró durante la guerra, también deseé el humo de la batalla. Emma mencionó la luz de carburo que ardía en su casa de la loma y yo no sé qué halo tiene el carburo pero supuse una aureola de santo cuatrocentista. Me queda, única sobreviviente, la luz del quinqué. El quinqué, en pago por mi estima, me quiere. Hace más de veinte años le rocé la pantalla y me dejó el recuerdo de una flor dolorosa: la piel se abrió y luego, endurecida, torció sus pétalos oscuros.   
 
Una vez, en una casa muy antigua, me enseñaron la tubería del gas. Aquella luz apestaba, he sabido. Yo sólo la veo oler en los bulevares de Camille Pissarro, que imagino infinitamente luminosos. Otras estampas finiseculares muestran los altos focos del alumbrado de gas en Sagua. Campeaba la inundación de 1894, y supongo que andaban apagados porque la ciudad lastimada no luce ninguna sombra en esos dibujos.

Las luces perdidas alumbran la vejez inmanente. El quinqué quema su mecha y la renueva, para confusión mía.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Sólo para heterosexuales

Hostal a 150 metros -el cartel señala un callejón enfangado. Allá vamos. El camino se hace rústico y conduce a una casa que no respeta las normas del trazado urbano: cierra la perspectiva de la calle, impide cualquier adelanto a la vía precaria. Al parecer los dueños asumen que el predio nunca progresará.

-Necesitamos alquilarnos –hago evidente que somos una pareja; mi novio, aunque avisado, enrojece.

-¡Qué casualidad! –la señora sonríe-. Efectivamente alquilamos la habitación de la azotea, pero unos muchachos ya pagaron y ahora mismo fueron por sus parejas. 

No entiendo el plural, examino la construcción de los altos y se nota que sólo disponen de un cuarto. ¿Será un recurso para disuadirnos de volver, ante tantas solicitudes simultáneas?  Decido arriesgarme:

-¿Algún problema porque somos una pareja del mismo sexo?

Ella vacila, y yo, sin meditar, abandono mi papel.

-Me han dicho que ustedes no admiten homosexuales. Si es cierto, me gustaría conocer la razón. Le advierto, además, que está violando la ley. 

Acabo de equivocarme. Por desbocado he malogrado el lance. Günther Wallraff abominaría de mí. La señora me dice, después  de carraspear, que no puede explicarme nada. No desmiente que hayan negado servicio a los homosexuales, pero toca a su marido exponerme los motivos. Él se llama Hicler y acaba de salir. Se fue. Nunca está en casa. He vuelto varias veces al callejón enfangado, y hasta el niño me advierte que su padre no ha regresado y que nadie sabe cuándo vendrá a encargarse del negocio…

Supe de estas discriminaciones por Y., un amigo. Él recorrió sin éxito varios hostales de Sagua la Grande: algunos estaban ocupados, dos se negaron a admitirlo con su pareja. Conseguir un sitio adecuado para tener sexo es una empresa difícil en Cuba, donde la mayoría de los jóvenes está impedida de emanciparse de las familias. Para los homosexuales, por supuesto, resulta peor. A la estrechez física de la vivienda familiar se añaden los prejuicios. Hay que ir entonces a solares yermos o edificios ruinosos. Mi amigo, en cambio, destinó un peso convertible para obtener una habitación durante una hora; el costo superaba su jornal, y ni así pudo obtenerla.

Visité un hostal administrado por cristianos, en la calle Padre Varela, el primer sitio donde negaron el servicio a Y. Los dueños negaron haberlo rechazado por homosexual. Apelaron al mismo discurso religioso que ha devenido un lugar común: no rechazamos a las personas sino a las prácticas. Este señor, bastante nervioso, se contradijo muchas veces; dijo, con alguna heterodoxia, comprender a los homosexuales. Si no les franqueó la entrada no hay que atribuirlo a prejuicios religiosos. Me negué a admitirlos para conservar el prestigio que tengo en esta comunidad –explicó-. No sabía que estaba haciendo algo ilegal; si es así reconsideraré continuar con el negocio.

El atropello mayor, de cualquier modo, no lo cometen ellos. Desconocen la ley, ignorancia que no exime del cumplimiento pero las normas jurídicas consideran atenuante. Los que sí la conocen y tienen la obligación de hacerla cumplir me recibieron con tibieza, escucharon serenos, y me despidieron sin la voluntad de enfrentar a los infractores.

Primero me dirigí a la fiscalía. La recepción estaba vacía. Entré sin hacerme anunciar y me dirigí a una señora que ocupaba un buró. Me identifiqué y expuse el caso. Ella dijo ser Patricia, fiscal. Yo llevaba memorizado un pasaje del Código Penal. El Capítulo VIII, artículo 295.1 es categórico cuando describe el Delito contra el derecho de igualdad:

El que discrimine a otra persona o promueva o incite a la discriminación [...] incurre en sanción de privación de libertad de seis meses a dos años o multa de doscientas a quinientas cuotas o ambas.

La misma constitución desglosa las circunstancias generales donde ejercer la igualdad, y en su Capítulo VI, artículo 43, declara que

El Estado consagra el derecho conquistado por la Revolución de que los ciudadanos, sin distinción de raza, color de la piel, sexo, creencias religiosas, origen nacional y cualquier otra lesiva a la dignidad humana… se domicilian en cualquier sector, zona o barrio de las ciudades y se alojan en cualquier hotel.

Traté de persuadir a la fiscal de la gravedad de la discriminación denunciada: negar el alojamiento a una pareja por causa de la orientación sexual es un delito semejante a no admitir a otra por su condición racial. Cerrar las puertas a los homosexuales equivale a cerrarla ante los negros –enfaticé-. Patricia, imperturbable, me pidió que me calmara y acudiera a la Dirección Municipal de Vivienda, entidad que expide las licencias a esos cuentapropistas. Allí acaso podrían ofrecerme una respuesta. Ella, la fiscal, no haría nada para restituir “la legalidad quebrantada”. No lo dijo; no obstante, lo advertí al instante. Salí de la fiscalía. La funcionaria de Vivienda que debía atenderme no se encontraba. Después de varios días de acudir a la institución pude verla. Era una señora algo mayor. Escuchó mi historia con paciencia, y tan serena como la fiscal –la injusticia y la violencia no las conmocionan- me sugirió que viera a la abogada de la entidad, que trabaja en Santa Clara, a 50 kilómetros. Por esos vericuetos he transitado.

Alguien ha sugerido que esta discriminación sea propia de los hostales sagüeros. He indagado con amigos y me informaron de peculiares modos discriminatorios en otras ciudades. A uno de ellos lo admitieron en un alojamiento de Santa Clara después que los dueños hicieran una especie de junta familiar a puertas cerradas. A otro le insinuaron en Camagüey que debía pagar una tarifa mayor en razón de su sexualidad “irregular”.

Ni Europa se salva de estos episodios. He sabido que aerolíneas, restaurantes, bares, hoteles, han discriminado a parejas homosexuales casi siempre por prejuicios religiosos. En la mayoría de los casos, por fortuna, las leyes han reivindicado a los menospreciados.