viernes, 24 de diciembre de 2010

Música dormida

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Yo quería describirles cómo hago
para espiarlos desde el postigo
sin que adviertan el obsequio que me dedican.

En las madrugadas mueven
bujías en la ventana de los altos
como si tendieran una trampa para mi obsesión de ellos.

Por las falsas almenas de la casa
penetra el adagio de Samuel Barber
con la música de un animal dormido a la intemperie.

Diciéndose “aléjate, oh fantasma”
abren las puertas y reciben la verdad de golpe,
con inaudito valor, como no la soporta ningún héroe de hogaño.

Tanto coraje da miedo. ¿Qué osarían
si yo fuera música dormida? Me colocarán en el piano
hasta reducirme a misterio consabido;
luego en la intemperie insomne de sus almenas, hasta rendirme.

Yo quería describírselos -sugerirles qué hacer
conmigo, cómo exponerme al fuego
de las bujías, cómo lacerarme-
pero recelo que no aprobarán mi deseo de despertar.

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Foto: 10 de noviembre, desde el postigo.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Autorretrato con eclipse

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Miré las aguas oscuras de la taza:
un secreto humeante se resiste,
irresoluto como los brazos cruzados sobre el pecho.

Me enciendo con un rubor ajeno.
Excluido de mí,
el rojo infame va cubriéndome.

Han dispuesto una escala pesadísima
-otro palmo falta para arrimarte-,
descolorida como cualquier descenso.

Supongo que mi pecho -deshecha la cruz vacilante-
sea un buen sitio para encender un hogar
de briznas vivas y asomarte a la luna
que sobrevuela con su hechura deforme.

En el té se levanta un oleaje oscuro
que me empuja hasta la inanidad.

Te adjudico un letrero arcaizante:
La belle Angèle.

Como la dama horrible del cuadro de Gauguin
cíñete la cofia de contender y embísteme con la sombra.

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Foto: Eclipse, desde el pasillo. 21 de diciembre de 2010.

domingo, 19 de diciembre de 2010

El estertor de Klaus en el cielo helado de la casa

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El estertor de Klaus en el cielo helado de la casa
va enjugándome el frío
apurado como un sorbo perentorio.
Y el ventisquero interpuesto en el umbral
que le aguarda también
lo sugirió: que me figurase la infinita serventía
y el niño bajo la mesa, construyéndome una tienda para reposar junto a un perro de aguas,
echando una manta sobre su voz.

Iba a decirle que la belladona perdió
la virtud de adormecerte -el gesto ineluctable de callar-:
la luz que filtran las lucetas
ha enfriado el mediodía con un soplo de odio.

Oírte acaso me aliviaría de lo suyo nevando.

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Foto: Niño guajiro, camino adentro, cerca de Viana.

martes, 7 de diciembre de 2010

Sagua la Grande celebró la muerte de Maceo

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El episodio no ha sido reivindicado. Nadie lo refiere, ni siquiera como curiosidad histórica. La memoria colectiva prefiere olvidar los espectáculos de esta índole.

Sagua la Grande celebró la muerte de Antonio Maceo.

No queremos recordar que sucedió. Alcover, más cronista que historiador, sí supo que este mal ejemplo debería figurar en los anales de la ciudad.

Maceo fue un excelente militar, pero se le reconoce también como hombre honorable, delicado, incapaz de ordenar la muerte de una mujer aunque fuera una espía a sueldo de España. No recuerdo dónde leí que Julián del Casal conservaba su retrato autografiado. Ahí está la correspondencia con Martínez Campos para probar que guardaba cortesía y razones para los oponentes.

Pero Sagua la Grande celebró su muerte, y además lo consignó en un acta:

En la Villa de Sagua la Grande á los nueve días del mes de Diciembre de mil ochocientos noventa y seis, se reunieron en la Sala Capitular prévia citación y bajo la Presidencia del Sr. Alcalde Municipal D. Emilio Noriega y Gómez, los Sres. Concejales que al márgen se expresan con objeto de celebrar sesión extraordinaria para dar cuenta de una Comunicación del Excmo. Sr. General de Brigada y siendo las diez de la mañana hora señalada en la convocatoria se dió principio al acto del modo siguiente: Se dio lectura á una comunicación del Excmo. Sr. General de Brigada D. Ignacio de Montaner trasladando un telegrama del General de la División en el que participa que en combate efectuado el diez y siete(1) el corriente, cerca del ingenio Matilde provincia de la Habana, ha sido muerto el cabecilla Antonio Maceo por columna Cirujeda, y el Ayuntamiento considerando de suma importancia para la causa de nuestra Patria la muerte de ese cabecilla acordó dirigir al Excmo. Sr. General en Jefe el siguiente telegrama: “Ayuntamiento reunido sesión extraordinaria, acordó felicitar á V. E. calurosamente por nuevo triunfo alcanzado contra enemigos Patria rogándole haga extensiva esta felicitación á valiente columna Cirujeda por muerte Maceo, recibida con verdadero entusiasmo en esta Villa.” Y no habiendo más asuntos de que tratar se dio por terminado el acto &a.(2)

Hasta aquí parece apenas una zalema ante los jerarcas coloniales. Alcover, sin embargó, registró el júbilo de otros, gente llana:

Triste es decirlo, pero no fue el Ayuntamiento que presidía el obcecado Noriega el único que dió la nota discordante ante la muerte del caudillo indomable que tanto jaque dio á las más aguerridas tropas de España y á sus más expertos generales. También se celebró con júbilo la muerte del glorioso titán de la Revolución en muchos sitios y centros y no pocos tomaron fenomenales borracheras por el contento que les producía la muerte del invencible guerrillero. ¡Qué tristeza causa tener que recordar estas miserias humanas…!(3)

Sí, tristeza no sanada que vuelve. La sentí regresar cuando alguien deseó la muerte de un cubano casi exánime.

A Maceo quisieron desagraviarlo durante la República con un óleo que encargó la sociedad Unión Sagüera al pintor Manuel Mesa. Ni siquiera perdura este homenaje: el cuadro se destruyó hace muchos años. También le dedicaron un busto y una placa que han transitado por varios rincones de un parque sin hallar un sitio definitivo.

Maceo llamaron en 1899 a la antigua calle de la Estrella. No se sabe si alguien tuvo la vergüenza de evadirla en sus paseos por la ciudad.

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Notas.

(1) Error del acta.
(2) Antonio Miguel y Beltrán: Historia de la villa de Sagua la Grande y su Jurisdicción, Imprentas Unidas de La Historia y El Correo Español, Sagua la Grande, 1905, pp. 492-493.
(3) Ibídem, p. 493.


Foto: Busto de Antonio Maceo en Sagua la Grande (detalle).

domingo, 28 de noviembre de 2010

Rezaré por Jesucristo. Lo que sucedió en la reunión de los católicos de Sagua la Grande con un grupo de seropositivos al VIH.

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La noche del viernes nos convidaron a una reunión en la iglesia. Fue una emboscada: primero tuvimos que asistir a misa. Una mujer, Gloria, no aceptó arrodillarse al momento de la eucaristía. -¿Por qué, si no creo que ahí esté Dios? –y se sentó-. Yo también permanecí quieto y aproveché para examinar a los concurrentes. Había poco más de una docena de seropositivos. Algunos vinieron acompañados de su familia. Los demás eran feligreses.

La misa rebosó de alusiones: vida eterna, apocalipsis, enfermedad, conciliación. La dicción del sacerdote era pésima. Es maltés, como el halcón de Humprhey Bogart, la noticia más cercana que tenemos de esa isla. Un halcón mudo y oscuro, un cura que bisbisea la liturgia es todo lo que sabemos de Malta, cuya capital es mucho más pequeña que la ciudad del Undoso.

Conozco el ceremonial católico, pero me dio pereza responder las consabidas preguntas. Solo al final me decidí a decir “y con tu espíritu”.

Después de la misa nos invitaron a pasar a la sacristía. Un acólito ofrecía la mano en la puerta con ademán de pésame. Tomamos asiento en una mesa antigua, semejante a la que suelen adjudicarle a la Última Cena, aunque sabemos que no hubo tales muebles en aquellos días. Los que no alcanzaron asiento ocuparon butacas, e incluso un alféizar.

Los convidados conservaron la gravedad litúrgica. Parecían muy desdichados, no sé si debido al “maligno” virus en las venas o al carácter solemne del ambiente.

El cura, vacilante, encaminó su dulce retórica a una idea de unidad y conciliación con la vida, con la eternidad… El mundo no se termina aquí –repetía con su acento desastroso-. Ante la dificultad de seguir hilando en español cedió nuestra dirección espiritual a uno de sus auxiliares. –La iglesia está abierta para ustedes –comenzó-, el apoyo que no encuentren en la sociedad pueden hallarlo aquí. ¿Alguien desea compartir algo?

Nadie habló; alguien empezó a sollozar.

María Francisca, la funcionaria de Salud Pública a cargo de la atención a los seropositivos y la lucha contra el SIDA, recordó que debe su segundo nombre al seráfico santo de Asís. Se congració, efectivamente, con una monja franciscana que asintió, complacida. Pero no se detuvo, mencionó una especie de forum ocurrido en la mañana donde ella tuvo la buena idea de llevar una investigación de “un paciente” suyo. La primera pesquisa –que se sepa- emprendida por un seropositivo en pos de examinar “el problema” desde sí mismo, con la perspectiva de los afectados. Perdón, tal vez no lo dijo con esas palabras, pero no puedo reproducir el estilo de Francisca, errático y sentimental.

A este punto de la conversación tuve que intervenir. Yo soy el autor, el paciente de la enfermera franciscana, su enfermo. Mi trabajo –lo escribí hace dos años para la universidad- versa sobre la cosmovisión de las personas que viven con el VIH, la percepción distorsionada que tienen de su situación por causa de los contenidos simbólicos que la infección ha suscitado desde su origen. Ellos, expuestos al azote de los símbolos, a la enemistad íntima que auspician representaciones negativas propiciadas por los colectivos.

¿Alguien entendió? ¿Alguien añade su experiencia?

Ante el silencio ya no pude detenerme. La condescendencia que degrada, el énfasis en el desvalimiento del compadecido, me colmó. La máscara de los infelices, impedidos de mostrarse completos, se hizo añicos:

- Tengo una preocupación con respecto al rol de la Iglesia en la lucha contra el SIDA –empezé-. ¿Cómo entender que una institución pueda colaborar eficazmente si condena el uso del preservativo?

El maltés sonrió, turbado:

-La Iglesia quiere la humanización del sexo. Promover el condón no resolvería el problema, lo profundizaría. El papa –continuó trabajosamente- ha dicho que si un prostituto comienza a usar preservativos está dando un paso hacia la moralidad.

Hubo un silencio mayor, ya sepulcral. “Promover el condón profundizaría el problema”. ¿Entonces para qué trabajas tú, franciscana Francisca? Difundes condones de la muerte. ¡Qué sutileza de párroco!

Continué:

- Pienso que el primer paso para resolver todos los conflictos en torno al SIDA es el respeto y la aceptación de las diferencias sexuales. Conozco a muchos –algunos están aquí, añadí- que contrajeron el VIH porque sus familias no les proporcionaron una adecuada educación para el sexo y tuvieron que ejercerlo en sitios inadecuados, en un mundo anormal que les devastó la autoestima. La Iglesia –concluí- proscribe las uniones homosexuales y trabaja entonces contra la justicia.

Tal vez no lo dije exactamente así, pero el cura se amilanó. En su articular caótico creí escuchar “Adán y Eva”, “San Pablo”, “Palabra de Dios”… El buen auxiliar vino a socorrerlo. Ahora escuché mejor y sí entendí que dijo “desviaciones sexuales”, y también capté una frase completa: “La Iglesia no condena a las personas sino su pecado. Jamás le niega su caridad a nadie, aunque sea homosexual.”

Me levanté.

- Tengo que trabajar –me excusé-, pero antes de irme les digo que no queremos cielo ni infierno, sino cielo aquí, y esa compasión de la Iglesia que cercena nuestra humanidad no podemos aceptarla.

Dice Eric que todos me tuvieron a mal la intervención. Yo creo que María Francisca –que no cesó de tocarme la espalda mientras intercambié con el párroco- no debió aceptar la invitación de una institución que socava el trabajo de los que combaten el VIH.

Me acordé de un muerto. Le decían Chupeta y una vez dijo, con sabiduría de excéntrico: “el SIDA somos nosotros, ¿cómo combatir contra nosotros mismos?”. Nosotros, los que callamos, los que aceptamos la injusticia sin protestarla.

A la salida, aquella especie de sacristán me obsequió, otra vez, con su compasión:

- Rezaremos por ti.

Y yo por ustedes. Recordé a San Manuel Bueno, el mártir de la novela de Unamuno, y añadí, mentalmente: rezaré por ustedes, y por Jesucristo.

martes, 23 de noviembre de 2010

El divo Hipólito Lázaro

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Hipólito Lázaro (1887-1974) cantó en el teatro Santos y Artigas en 1919. El año anterior había debutado en el Metropolitan Opera House con el mismo personaje: el duque de Mantua –il Duca-, de la ópera Rigoletto. En Nueva York lo secundaron Giuseppe de Luca y María Barrientos. A su turno, el empresario Adolfo Bracale también consiguió un elenco distinguido para otra tournée cubana del divo español. En la Villa del Undoso subió a las tablas junto a Albertina Cassani –discípula de Regina Pacini- y el barítono Giuseppe Danise. Tres años antes, Lázaro probablemente estrenó en Sagua I puritani, ópera ausente de los escenarios insulares durante algunas décadas. En aquella ocasión lo acompañaba Amelita Galli Curci.

Si los sagüeros se dieron el lujo de oír en su coliseo a un tenor que fue aclamado en La Scala y en los grandes teatros europeos tuvieron que pagarlo bien. El abono era exorbitante, incluso para las butacas comunes. Además de Rigoletto, la compañía de Bracale puso La Bohème. Los anuncios se jactaban de la procedencia italiana del vestuario, la utilería y los decorados. Milano, pregonaban.

Hipólito Lázaro mencionó a Sagua en sus memorias. Acaso lo hizo también Bracale, pero no he podido consultar las suyas. El público de la ciudad no olvidó aquellas temporadas, ni siquiera cuando la ópera dejó de ser una industria tan provechosa en Cuba y los divos se marcharon para siempre. La aguja del fonógrafo Edison todavía rasguña la voz de Lázaro en un museo sagüero: “Recondita armonia”, RCA Victor; tan recóndita que ha enmudecido.

Manino Aguilera, periodista y reconocido diletante, guardó el retrato del divo con los atavíos de I puritani. La tarjeta consignaba al dorso los pormenores de las presentaciones en el teatro Santos y Artigas: sendas óperas para aplaudir a Lázaro. Giuseppe Danise, uno de los mejores barítonos de la historia, era una celebridad secundaria. Cassani ni siquiera podía medirse con la grandeza del Duca.


Manino decía que Hipólito Lázaro fue un digno rival de Caruso. Lázaro nunca se consideró tal. Él no vaciló en declarar su superioridad. Yo soy mejor que el italiano –afirmó-. Cuando volvió a España hacía furor Miguel Fleta. Se enfrentaron lazaristas y fletistas. ¿Y por qué? –insinuaba el tono de nuestro Duca-, es evidente que prevalezco sobre Fleta.

La megalomanía de Hipólito Lázaro no empañaba su cortesía con las damas. Fue así, tan galante, que enamoró a la santiaguera Juanita Almeida. La leyenda que difundieron los fanáticos del tenor, aupada por él mismo, atribuye su matrimonio cubano a un legítimo amor a primera vista. Lo confirmó su esposa en una entrevista que les hizo Nydia Sarabia. Con setenta años, el Duca seguía ufanándose de sus dotes extraordinarias:

Recuerdo que en México, en la plaza de toros, canté una vez y pedí que me quitaran los micrófonos. Cuando terminé el público me ovacionó y todo el mundo me escuchó perfectamente.(1)

La periodista viajó hasta la residencia campestre del divo y pasó una tarde con la familia. Conoció el apego de Lázaro por Cuba, su disposición a regresar siempre. Después se interesó por la vigencia de la ópera, y el cantante, poseído por su divino pasado, observó:

Hoy con la televisión, la radio y el cine los verdaderos valores de la ópera usted no sabe si son buenos o malos, pues las grabaciones son superiores. También hoy van a ver a un lindo o a una señorita con líneas más o menos pronunciadas. Figúrese usted si a mí, con esta estatura, me hubieran quitado este pecho de encima. No hubiera servido para cantar ni una sencilla romanza.(2)

Otra vez la superioridad del Duca. El aristócrata de la voz sobrehumana regresa –trepidante- para afincarse en el timbre gallardo que ensordeció en 1919 al auditorio del teatro Santos y Artigas. Sus agudos se oyen todavía en los palcos.

He pasado la tarde escuchando a Hipólito Lázaro. Me suena enfático, demasiado conciente de su grandeza, tan desmesurado en “Celeste Aida” que parece prodigarse un canto a su propia condición celestial. No obstante, estos desmayos que enturbian la vigencia de su arte no impiden que pueda aplicársele el elogio que tuvo para Titta Ruffo:

Cuando Titta Ruffo cantaba no era un río lo que saltaba de su pecho, era un torrente que estremecía a cualquiera.(3)

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Notas:

(1) Nydia Sarabia: Voces en su época, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2003, p. 75.
(2) Ídem.
(3) Ídem.

Imágenes:

El eminente tenor Hipólito Lázaro. Tarjeta con el programa de sus presentaciones en Sagua la Grande. 1919.
Amelita Galli Curci, como Violetta.
Dorso de la tarjeta promocional de la tournée del divo Hipólito Lázaro con el elenco contratado por Bracale, óperas previstas y precios del abono a las dos funciones.
Hipólito Lázaro en I puritani, de Bellini.
Gran Teatro Santos y Artigas, Céspedes y Libertadores, Sagua la Grande.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Imágenes llovidas

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Aquellas fotos se fueron con la inundación. El siglo XIX fue llovido, río abajo. Los muertos sufrieron lo que sería la muerte segunda: la muerte de la imagen. Por eso me ha sorprendido este retrato. Ellos no estaban aquí en 1894 ni en 1906. Tal vez supieron ponerse a recaudo en el piso alto, como los enfermos del hospital Pocurull, que llevaron paraguas y mantas a la azotea.

De Clara García de Bravo, fotógrafa finisecular, nunca tuve noticias. Infiero que fue una de las siete mujeres registradas en el oficio por el censo de 1899.(1) La viuda de Gregorio Casañas, fotógrafo de Máximo Gómez en Narcisa y autor de un prolijo álbum sobre la Sagua de 1902, también gobernó su propio estudio.

Los primeros que hicieron posar a los sagüeros se sirvieron del daguerrotipo. Fueron el malogrado inventor Tomás González Elías, ingenioso joven que murió de viruelas, y don Francisco Albar. Ambos gabinetes se establecieron en 1854.(2)

Dos años después nació en la jurisdicción de esta ciudad Peter Henry Emerson, artista y teórico de la fotografía naturalista. De mayor, que se sepa, no volvió a Sagua. Residió en Inglaterra y se le considera un pionero en la concepción de la fotografía como arte. Existe una correpondencia de Emerson con su familia en la Villa del Undoso que no he podido consultar. Se conserva entre los papeles del fotógrafo, en los archivos de Norfolk. La relación con su ciudad natal fue más extensa de lo que pudiéramos pensar. A su matrimonio, un periódico británico aludió a la posesión familiar en la comarca sagüera.(3)

Pascual Pérez, a quien sus contemporáneos llamaban Stieglitz, era el fotógrafo favorito de la buena sociedad republicana. Guardo fotos de mis tías abuelas con el membrete de su estudio. El Stieglitz sagüero tuvo a su cargo el desaparecido fotorreportaje dedicado a la visita de Federico García Lorca. Fernando Ortiz también le encargó después algunas estampas del cabildo Kunalumbo, ilustre remanente de la Regla de Palo Monte.

Germán Puig, fotógrafo de la genealogía de Von Gloeden, me mostró algunas fotos familiares que hizo Pascual Pérez; me contó cómo de niño corría a disputarles las revistas que publicaban fotos de las estrellas de cine a las Cabrera, las señoritas de enfrente. Ellas –Herminia, Aurora, Hortensia- eran primas de mi abuelo. Tengo una foto de Herminia coronada por una guirnalda unos años antes del nacimiento de Puig, cuando la consideraban una de las bellezas de la ciudad. Por ahí me toca el apego a las imágenes llovidas y soy otro Germán corriendo a la casa de “las hortensias”: ajusto el rostro de Garbo a los atrezzos neorrománticos de Pascual Pérez; Hedy Lamarr inventa el daguerrotipo junto al inventor picado de viruelas.

Una foto perdida voy inventando.

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Notas:

(1) War Department, Office Director Census of Cuba: Report on the census of Cuba, 1899., Government Printing Office, Washington, 1900, p. 462.

(2) Antonio Miguel Alcover y Beltrán: Historia de la Villa de Sagua la Grande y su Jurisdicción, Imprentas Unidas de La Historia y El Correo Español, Sagua la Grande, 1905, p. 143.

(3) […] Peter Henry Emerson, Esq., M.R.C.S., etc., of Clare College, Cambridge, eldest son of the late H. E. Emerson, Esq., of the La Palma Estate, Sagua, Cuba […]. American, Cuban, and colonial papers please copy. The British Medical Journal: Births, marriages, and deaths, July 2, 1881, p. 33.


miércoles, 17 de noviembre de 2010

Esteban, Oprah, un sueño quiteño

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Esteban no sabe quién es Oprah Winfrey. Ni yo lo sé.

A Esteban le gustaba Chopin. Pero solo un nocturno, el más delicado. Se sintió culpable cuando le dijeron “¡tú no conoces a Oprah!”. Me reí al oírselo referir. Se consoló cuando le dije que su interlocutora, artesana de fruslerías, tampoco sabe quiénes son Clara Barton, Helen Keller o Amelia Earhart.

Pensé en Esteban cuando alguien intentó hacerse acompañar por mí durante el último paseo de Oprah por la Casa Blanca. Una artesana de galimatías. No lo digo por la Winfrey; insisto: no la conozco. Sí quisiera saber cómo articulaba Helen Keller, cómo podía hablar en público y conquistar muchedumbres si una vez fue muda. La voz de Miss Barton era recia, a diferencia de lo que atribuye la tradición a las chismosas filantrópicas. Amelia Earhart descuidaba su dicción, imprecaba como un contramaestre ebrio precipitándose al fondo del Pacífico.

Esteban Hernández se llama una fábrica de azúcar próxima a Martí, en la carretera de Cárdenas. A Esteban, el que desconoce a Oprah, le disgusta llamarse como un central martiano -¿es el gentilicio correcto?-, como si deshonrase llevar el nombre de una ciudad o un país. Quizás mi tía abuela se enorgullecía de llamarse América. Hubo entonces quien se llamó, con exótica vocación austral, Argentina. También recuerdo a una anciana de nombre cósmico, Universo, aunque no la conocí. Esteban odia a Oprah y reniega del escueto cañaveral que lleva su nombre. Un Hernández es un fulano, por eso Esteban se mudó a Alemania y adoptó el apellido Evermann, tan distinguido a su oído latino. Tampoco sabe que es apelativo de fulanos en las ciudades hanseáticas. ¡Cómo se reiría Oprah!

Este mediodía soñé con Esteban. Los sueños de la siesta siempre son malignos.

Yo estaba en Quito. Me internaba en un edificio con sótano. La conserje acudió y le pasé un papel con las señas de R., a lápiz, con una letra desconocida. Asintió. Salí a la calle y ahí estaba R., el palíndromo, a bordo de un auto descapotable. Es extraño: tenía el cabello largo de Esteban y algo de su porte delicado, como un nocturno de Chopin. Sentí mucha desazón. Me recibió con frialdad germánica y cerró la capota de su auto. Yo sostenía mi bicicleta, vacilante, sin hallar cómo llevarla conmigo. Pensaba en la vuelta a Cuba, en la necesidad de conservar la bicicleta. No acepté el asiento junto a R. y caminé hacia la avenida. Se me ocurrió que él deseaba sentarse en la barra, apretarse contra mí y salir, como antes, loma abajo, hacia la muerte respetuosa que nos dejó ir.

Seguí a pie, por una avenida turbulenta. R. –¿o Esteban?- me seguía. Probablemente fueran ambos, vaciados en una equívoca unidad. Tropecé con la fila a la puerta de un banco. Una señora sostenía un peine parecido a un revólver. Usted me asustó –le reproché-. Ella sonrió y dijo, con expresión de sibila, “mañana espantarás”. Temí perder a R., mi único asidero en la ciudad, por eso hice las paces. Me miró desde la cara de Esteban: estás en el peor sitio –arguyó- y vives frustrado.

Una librería se anunciaba en la misma calle. Entramos. No había libros, los anaqueles estaban vacíos. Solo vendían manuales ilegibles y cestos tejidos, parecidos al que usaba mi mamá para guardar la ropa sucia.

Anoche me caí de la bicicleta. Se zafó el sillín y caí. ¡El momento de la caída es tan efímero! De pronto me vi en el suelo. En mi sueño quiteño dejé la bicicleta en la calle; si ha de matar, que mate a otro. Yo caí al fondo de un cesto tejido. ¿Y R.? No lo sé. No supe más de Esteban.

martes, 16 de noviembre de 2010

El amado inmerso

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Tras el descenso no reparamos en la gola del tiempo.
Íbanse contigo las luces húmedas del barrio inglés,
un sol ahumado por las chimeneas.
El pasamanos me dotaba de vacilación
-¡el soldado de los tableros vence!-
y el dedo turbio de la certeza
apuntaba a mi caída de alfil ceremonioso.

¿Y si no soy el bienamado tuyo a quién darme?

La carga de los dragones, delicados
caballeros de cascos lacios,
parece una escena sumergida.
Examinado desde el salón, sujetando la aridez mía,
todavía podría beberme
el vino quebrado de tus ojos.
Los dragones lloran oblicuamente sus aguas falaces,
empapan el gobelino con lluvia de nortes.

El bienamado hunde su gola bajo aguas negras.
Se oscurece la estación, oscurece bajo mi casco.

¿Si no soy el bienamado tuyo
cómo fijarme, anegado por cuáles aguas,
a la gola de otro tiempo?

Apenas asirme querría
para aguardar por el descenso y afligirte
como un soldado inmerso.

lunes, 15 de noviembre de 2010

El placer de no viajar

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Tengo el placer de no viajar.

De niño fui una vez a cayo Esquivel a bordo de una patana y recuerdo que los delfines eran menos esbeltos de lo que esperaba. Ejerzo el placer de permanecer y me excuso con el plausible argumento de las mitologías: los viajes son semejantes a la muerte.

Tengo mis flaquezas, sin embargo. A veces quiero navegar. No me excitan los aviones ni los carromatos que van a Roma. Lo mío es la navegación. Por eso jugué, dramáticamente, a hundir una barcaza de plástico en la bañadera de mi casa y coleccioné sellos marineros y me pego siempre a la costa de Isabela para ver la silueta de un barco fantasma.

Ahora estoy obsesionado con los vapores que partían de Barcelona o Nueva York y, después de hacer escalas en Canarias, Puerto Rico, Nassau o Arecibo, llegaban a La Habana, Matanzas y Sagua la Grande.

De Barcelona procedían los buques “Pinillos”, “Conde Wifredo” y “Pío IX”. Eran mixtos: llevaban velas y máquina de vapor. Los periódicos catalanes de finales del siglo XIX anunciaban las salidas:

VAPORES TRASATLÁNTICOS
de "Pinillos, Saenz y Compañía"
Para Puerto Rico, Habana, Matanzas y Sagua la Grande
Saldrá á primeros de julio el grandioso vapor de acero
de 4,5oo toneladas, 100 A. I. más deí Lloyd
Miguel M. Pinillos
Admiten carga i flete y pasajeros para dichos puntos
y también para CANARIAS.


Según algunas fuentes esta línea fue la primera naviera de España.

Otra compañía barcelonesa, la de F. Prats, con oficinas en la Rambla de Santa Mónica número 21, destinaba su vapor “Gran Antilla” al itinerario que seguía desde La Habana hasta Sagua, Caibarién y Santiago de Cuba.

Ward Line, Munson Line y Bea Bellido & Co. admitían pasajeros y carga en Nueva York para los puertos de Matanzas, Cárdenas y Sagua la Grande. También hacían escalas en México, Florida y Nassau.


La Ward y la Munson, aunque se expandieron y llegaron a servir las rutas de Montevideo y Buenos Aires, tuvieron a Cuba como un destino especial y bautizaron a sus buques –en el caso de la Ward- con nombres de puertos cubanos.

Adelfa Villar, la antigua jueza de Isabela, me señalaba hace unos años la situación exacta del desaparecido “muelle de la Munson”, que daba a la desembocadura del Undoso. La Munson Line poseía una publicación denominada “The Cuba Review & Bulletin” donde aparecieron fotos del puerto marítimo isabelino y una lista de “business firms of Sagua la Grande” que consigna a Manuel Rasco como agente de la línea de vapores.

Un volante publicitario impreso en 1888 con el título “Ward Line to the tropics” establecía la ruta de los vapores de la compañía de James Ward: Havana, Nassau, Matanzas, Cárdenas, Sagua, Santiago de Cuba and Cienfuegos…

Pasajes, menús, fotos, papeles sueltos han quedado para mostrar el lujo de los buques de la New York and Cuba Mail Steamship Company, nombre oficial de la Ward Line.

Una estampa del vapor “Conde Wifredo” en Málaga y un óleo del “Miguel M. Pinillos” me dejan imaginarlos al momento de atracar en la rada sagüera.

A mi placer de no viajar sucede entonces el hábito de desembarcar desde ningún destino, recién llegado incansable desde el ultramar de mi navegación por aguas imposibles.


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Ilustraciones:
Cartel de la Ward Line, 1883.
Emblema de la Ward Line.
Vapor Miguel M. Pinillos, óleo de J. Pineda.
Folleto de la Ward Line, 1890.
Pasaje de la Munson Line, 1906.
Vapor Cienfuegos, Ward Line.
Cartel de la Munson Line con sus destinos cubanos, 1900.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

El invierno en Cuba

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La bondad de nuestro invierno fue un recurso de reafirmación identitaria para los poetas insulares. Ahora mismo no aparece mi ejemplar de Cantos a la naturaleza cubana del siglo XIX, la antología de Samuel Feijoo donde Milanés, Pobeda y otros que no recuerdo arguyen analogías invernales que siempre favorecen a Cuba. Otras frialdades son inclementes; Cuba nunca se hiela. Milanés decía refiriéndose al invierno –cito de memoria-: ¡nada apesadumbra y todo admira! Quisiera suscribir la vieja tesis del invierno idílico que jamás azota el Bóreas –según Pobeda- pero no puedo. El frío se adelantó este año; me suspende detrás de los postigos con una grisura de fieltro gastado y húmedo.

Chicha, en el escalón de su puerta, se parece a Isaac de York. Al verla he pensado en el judío llegando al banquete de Cedric el Sajón. Parecía una alegoría del invierno -apunta Scott- cuando extendía las manos hacia la chimenea del salón grande de Rotherwood. Chicha alegoriza al invierno de Cuba, que no es el mismo que celebraban los poetas decimonónicos. Supongo que ahora sí hiela. En su abrigo raído, en su frazada rota, en su piel vieja.

A diferencia de algunos amigos odio el invierno. No siento la nostalgia del frío; prefiero el verano. La gente andaba casi desnuda, exuberantes. Ahora todo se empobrece. La elegancia de otros inviernos -el gabán y la bufanda bajo la nevada- no se conoce en Cuba. Nuestro frío empapa con su llovizna de nortes.

El invierno obliga a ostentar nuestra pobreza. Quisiera suscribir la tesis origenista de la pobreza idílica pero no hay belleza en las cobijas agujereadas ni en los impermeables rusos y alemanes del siglo pasado. Acabo de recordar una suerte de arcaísmo, huraco, que se aplicaba en mi infancia a los huecos de las colchas.

Chicha se frota las manos en ademán de sacar chispas. Cierra el gran huraco de su puerta y se calienta ejecutando una polka. Esto no será cierto, pero me consuela. Jamás he escuchado una sola pieza de su piano helado.

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Fotos: 9 de noviembre de 2010.

jueves, 4 de noviembre de 2010

El diablo de la piñata

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Esconde su faz, no mira a los ojos. Hace viento y la caja gira sobre sí misma, me burla. No puedo mirar de frente al diablo de la piñata que pende del balcón como un lastre maligno.

La cornucopia contiene la ironía de un paraíso yerto.

A mí me aterrorizan los cumpleaños. Qué miedo a tirar de los hilos y volver a casa sin un lápiz roto. Los niños se debatían en una urdimbre de brazos para arrancar un caramelo a los afortunados peleadores que ocupaban el centro, bajo la súbita y escasa lluvia de tarecos.

Qué miedo al instante que sucede al tirón de hilos. Dura hasta hoy, cuando dilucido el significado de aquellos cumpleaños dramáticos, el sentido que tenía aquel acto vertiginoso de alcanzar algo en el festín de sobrevivir donde alguien sirvió la mesa para unos pocos.

Fui un niño frágil, cansadísimo. A veces me complacía algún hallazgo, en ocasiones cruel, como el deporte de quemar hormigas, oírlas crujir en un estertor bajo la luz centuplicada de una lupa.

Mis hermanos también eran pirómanos. Bajo soles intensos aguardábamos por un verdadero incendio, que se producía a pequeña escala cuando un papel chamuscado de pronto ardía. Eran periódicos con olor de hormigas.

Yo quemaría las piñatas del mundo.

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Foto: Solís y Libertadores, 26 dde septiembre de 2010.

martes, 2 de noviembre de 2010

Un viaje posible

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Puede hacerse también una excursión a Sagua; y
como todo el curso del vapor se hace entre los cayos, la quietud del agua obvia la principal objeción de muchos a un viaje por mar: el mareo. (…) Una muy extensa sabana en las cercanías de Sagua le proporcionará también muchos agradables paseos, si es amante de las flores.

John G. Wurdemann, 1844.



Aún la Enciclopedia Británica define a Sagua la Grande como “ciudad y puerto”. No se refiere a la dársena de la Isabela, pues especifica que la Villa del Undoso posee allí su ocean port. De una edición a otra, el texto ha hecho sobrevivir al antiquísimo puerto fluvial que alguna vez recibió buques ingleses durante el siglo XIX.

Ya no existe el Muelle Real. Alexander Robertson no sabría dónde atracar. No quedan astilleros ni almacenes. Ni huelo la brea que consignó Esteban Pichardo como aroma deleitoso de las riberas.

El puerto fluvial sólo existe en el anacronismo de la Enciclopedia Británica.

Siempre he querido navegar aguas abajo. Desde el puente del Triunfo se cuentan treinta y dos sinuosos kilómetros hasta el mar. Los botes amarrados en la margen derecha, delante de los árboles que circundan la torre gótica del Sagrado Corazón, sugieren un paisaje alegre, sólo que apenas zarpan. El légamo nos ha vencido.

Según la Enciclopedia Británica, todavía puedo acompañar al doctor Wurdemann a la cabaña de una escocesa de Glasgow o Inverness, y aguardar después al pie de la gran escalinata por el vapor de la tarde.

lunes, 1 de noviembre de 2010

La escapada

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Entenderás que trenzaba
la crinolina con muy pocas hebras
y apenas gemía su laconismo
como un tejedor de capullos cerrados.
Semejante a la semilla del silencio era
su música inhóspita,
país donde nadie acude a las puertas
con un puñado de sal para el viandante ilusionado
por devolverse al amor de la propia casa.
Imagínate un oboe estentóreo y un saxo infame
como la melodía de quien colige
una traición de los suyos.
Los caballos de la escapada trajeron la bruma fría
a la intemperie callada de mi abandono.

...

Canción goliarda

Amenazadme con una canción espantosa.
Gritad los decires blancos del anochecer
malogrado por viento
de lluvias y recuerdos jubilosos que empiezan
a remontar la escalinata interrumpida por siete cerrojos.
Por piedad, ¿quién me sujeta las sienes?
¿quién embrida los agujeros de enhebrar
dolores luego de la fiesta?
Matadme con una orgía de meditaciones vacilantes
antes de que muera con mi naturaleza confinada
a un limbo de árboles tenues,
como moriría cualquier niño plúmbeo.
Castigadme después, consoladme del tedio.
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sábado, 30 de octubre de 2010

Explicándome como una liebre muerta

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La liebre que explicaba los cuadros
ha muerto.
El paisaje inerte del río haciendo torbellinos
colmó su noción del error.
Cómo envidié a los niños que trepaban hasta la cima del arco.
Su piel de tañer hasta la sordera
la cuerda que mueve a las libélulas
debió envolverme a mí, para mojarla
al fondo de la retícula abigarrada que hizo meditar
a la liebre cuando explicaba
un matiz áureo de los cuadros,
antes de callarse para morir.
Cruzábamos a hurtadillas hacia el final de la avenida.
Había un obelisco que nadie sabe si fue
un recuerdo finisecular para los transeúntes postreros,
un poste de caminos
con señales de extravío o una mentira cardinal.
Cuando abordé el puente sólo veía
el halo de nieblas que sopla
desde el erial de las riberas
para velar una campánula, flor que tañe
en mi cabeza por los animales muertos de esta noche,
hijos míos que fulgen con luces de mortandad reciente.
Ha muerto la liebre que explicaba mi estancia
al centro del puente,
bajo la niebla vacía de los arcos.
Este paisaje ya no tiene razón de hijos quietos para mí.

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Foto: Crepúsculo de las calles Ribera y Padre Varela, 26 de septiembre de 2010.

domingo, 24 de octubre de 2010

Metafísica del caminante descalzo

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Ha sido un domingo metafísico, condición que no excluye la experiencia costumbrista.

Apareció la limosnera. ¿Hay algo para San Lázaro? ¿En verdad será para él? Mi madre le alcanza dos monedas. En la bandeja hay billetes. Fueron colocados encima, como por descuido. Advertimos que se le ve muy gruesa. Diríase que bien alimentada por el Santo con jugosos mendrugos. Quizás padezca un desorden metabólico. No -rectifico ante su estampa descalza y alienada-, padece un malestar metafísico. El mismo que impelía a Norma a vender la pasta dental con un ademán de heroína operática, mientras su hija gritaba: ¡Mami, no la vendas! Retorna Norma, con su calzado plástico; la limosnera se aleja, acariciando las aldabas de todas las puertas. ¿Algo para San Lázaro? Hierve la acera bajo su peso.

Esta tarde lavé mis zapatos. Es un acto simbólico. Sirve para desembarazarme de los caminos anteriores, para desandar con pasos primigenios los mismos caminos. La biografía de un par de zapatos siempre será dramática. Son entes metafísicos que se empeñan en alcanzar el final de cualquier ruta –aun las inútiles- a costa de su despedazamiento.

Para mi confusión, noté el paradójico vínculo que emparienta a la reducida nómina de mis zapatos: no los he comprado yo. ¡Qué sorpresa! Los tenis bajos proceden de E., que los juzgó simpáticos para mí; los altos fueron solicitados por R. a unos parientes, para obsequiármelos; aquellos de cuero brasileño, algo desvaídos, y estas sandalias, provienen de la bolsa de B. De pronto me siento vulnerable, descalzo para mis propios caminos, como la limosnera de esta mañana.

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Fotos: Muro de mi casa. Limosnera dominical, frente a la ciudadela de Colón y General Lee.

viernes, 22 de octubre de 2010

¿Quién era Amélie D…?

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Vea: Amélie D...

Era hijo de unos inmigrantes de Nueva Orleáns. Sus padres, Adán Estanislao Dertez y Clara Margarita Materre, se establecieron en la villa de Sagua la Grande, donde también nació su hija María Celeste.

Los Dertez no fueron los únicos norteamericanos de origen francés que emigraron a la comarca del Undoso. Recuerdo los pormenores de la muerte de una madame Dubois, de soltera Vaugirard, viajera procedente de la Luisiana que pagó un nicho en el Cementerio Católico, mientras que el poeta Francisco Pobeda sólo alcanzó una parcela de limosnas en el antiguo camposanto. Mistress Vanderkieft, esposa del cónsul de Inglaterra y Holanda que hizo comprar en Amberes un gran óleo al artista Correns para decorar el baptisterio donde cristianaron a Amélie D…, también descendía de una familia que poseyó plantaciones en el Mississippi. Se apellidaban Someillán y Lamarlière.

Los doctores Descoust, Gallard y Brouardel, decididos a proteger la identidad del sujeto sometido al escrutinio de los tribunales parisinos en 1886, dejaron datos suficientes para identificar a Amélie D… Sagua la Grande, 12 de febrero de 1865. Una mañana en los archivos parroquiales bastó para hallarla.

Natalia Amelia Josefina Dertez vino al mundo con el auxilio de Bernardina Domínguez, la misma comadrona que presenció los nacimientos del flautista Solís, el gran Albarrán y el general Robau. También fue bautizado por Francisco Lirola. Existía una orgullosa sentencia en aquella época: Me recibió Bernardina y me bautizó el padre Lirola, ni los dioses me igualan ni mejoran. Mademoiselle Dertez no vaciló en declararlo en París.

Amélie D… recibió los nombres de sus padrinos, Natalia Lanier -¿francesa?- y José Quevedo. Al parecer, la familia siempre lo llamó Amelia. Su hermana María Celeste, de dos años, fue bautizada en la misma ocasión. Infiero que aguardaban por la madrina, que tal vez seguía en Nueva Orleáns, su tía Eufemia Materre.

¿Nunca se conoció en Sagua que Amelia Dertez era hermafrodita? ¿Nadie comentó aquí que un tribunal francés había declarado hombre, al que antes vestía ropas femeninas y luego cortejó mujeres en la Francia de la belle époque? Lirola no consignó ninguna aclaración al margen de la partida de bautismo. Si lo supo, prefirió callar. ¡Qué mala pasada que la pequeña Amelia haya resultado hombre! La Iglesia –¿Dios?- también se equivoca. Antes hubiera culpado al Maligno. Un velo –diría- cubrió mis ojos. Pero Lirola era un cura del siglo XIX, capaz de hacerse retratar de paisano, para escándalo de su sucesor, el ultramontano padre Cavaller.

¿Y qué pasó con Natalia Amelia Josefina? ¿Qué nombre adoptó al momento de su metamorfosis? ¿Siguió la suerte de Herculine Barbin?

Fatiga revisar los índices de los archivos parisinos. ¿Aparecerá algún señor Dertez, nacido en Sagua la Grande, el 12 de febrero de 1865? ¿Dónde buscar? ¿Cuáles años?

Seré paciente.

Amelia Dertez, hermafrodita, criatura extraordinaria, andrógino tropical, me convida a internarme en aquel París finisecular, me desafía a encontrar su silueta invertida en los arcos que permiten andar sobre las aguas de la perfección.

Ojalá haya resistido al deseo de hundir su levedad en esas aguas…

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Foto: Registro bautismal de Amélie D… Manuscrito de Francisco Lirola.

Anexo.

Partida de bautismo de Natalia Amelia Josefina Dertez
Archivo de la Iglesia Parroquial de la Inmaculada Concepción de Sagua la Grande.
Libro de Bautismos de Blancos, Tomo IV, folio 59, No. 101, año de 1865.

(Al margen)

N. 101.
Natalia Amelia Josefina Dertez
Leg a.

(Al centro)

Domingo veinte y cinco de Junio de mil ochocientos sesenta y cinco años: Yo D. Franco. Lirola, Cura Beneficiado por S.M. de la Yglesia Parroquial de ascenso de la Purísima Concepción de Sagua la Grande y Vicario Foraneo de ella y su jurisdicción, bauticé solemnemente y puse por nombre Natalia Amelia Josefina á una niña que nació el dia doce de Febrero del corriente año, hija legítima de D. Adan Estanislao Dertez y de Da. Clara Margarita Materre naturales de Nueva Orleans, y vecinos de esta feligresía. Abuelos paternos D. Luis Constante y Da. Celeste Cautrelle; maternos D. Juan y Da. Clara Martin. Fueron sus padrinos D. José Quevedo, y Da. Natalia Lanier, á quienes advertí el parentesco espiritual y obligaciones que contrajeron; y lo firmé=Franco. Lirola (una rúbrica)

(sic)

sábado, 16 de octubre de 2010

Clave a Martí

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Alguien cambió la cancioncita republicana que deplora la ausencia de Martí. ¿Quién? Donde nos faltaba se supone que le tenemos; donde decía que “no debió de morir” se afirma que “vuelve a vivir”. Pese a tal reescritura antónima, la gente común la considera una tonada sediciosa.

La canción, de origen al parecer ignoto, es atribuida por algunas fuentes al trovador Alberto Villalón. La versión que he escuchado, interpretada por la remota –y desconocida para mí- Lalita Salazar, comienza con una alusión al Himno de Bayamo. Su cubanidad rítmica y plañidera me ha conmovido. Sobre ingenuidades menos emotivas se erigió nuestra nacionalidad. Las palmas, por ejemplo, que no vio Heredia en los riscos del Niágara. Y a mí me gustan los parques con palmas.

Nadie que no sea cubano entendería por qué hemos deplorado obsesivamente durante los últimos ciento quince años la orfandad que nos impuso la muerte anticipada de Martí.

La utopía martiana se halla tan difundida en nuestro imaginario que retorna en cada crisis, en cada delirio; vuelve con la marea de las frustraciones y se muestra siempre como la única panacea para la desdicha de Cuba.

Oyendo a Lalita Salazar, recordé otra vez el discurso de Jorge Mañach en el Salón de los Pasos Perdidos: en medio de tanto extravío, Martí es el gran ausente. Pero su ausencia será siempre paradójica; diríase que es el ausente más recordado, el más invocado de los idos.

José Cemí, alter ego de Lezama en “Paradiso”, tropezó en el laberinto de las criaturas habaneras con un guajiro borracho que se tambaleaba de felicidad mientras decía: “estoy como lo soñó Martí”.

Ay –digo también, al ritmo gozoso de esta pequeña elegía-, él se apagó.

¿Para qué decir que le tenemos? ¿No fue él quién quiso “hombres que digan lo que piensan, y lo digan bien”?

Con mi arraigada afición elegíaca, y la ingenuidad de los que se consideran destinatarios de las cartas a María Mantilla, donde se dice que “amor es delicadeza, esperanza fina, merecimiento y respeto”, sigo repitiendo la cancioncita republicana de su ausencia:


Aquí falta, señores, una voz: (bis)
ese sinsonte cubano, ese mártir hermano
que Martí se llamó.
-
(bis)
-
Pero falta el clarín de mi Cuba,
pero falta su voz.
Él se apagó.
-
Martí no debió de morir,
ay, de morir. (bis)
-
Si fuera el maestro del día, otro gallo cantaría,
la patria se salvaría y Cuba sería feliz. (bis)
-
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Foto: Martí de Caibarién, Paseo Martí, 30 de julio de 2007

Clave a Martí, versión libre de las Hermanas Márquez


martes, 12 de octubre de 2010

Niño Rusalka

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Viene el niño de la cinta anudada al brazo,
el aficionado a las insignias,
el insolente niño que frunce sus deseos volátiles
y se refugia tras la encina.

Donde estábamos solos ya no estamos: una multitud
se deja encandilar por el orín
de los anillos devueltos.
Por cada dios
hacemos una libación a la entrada del bosque,
levantamos altares a la diestra del camino y corremos
la suerte de las estatuas en el sueño.

Donde se le ve todavía distante
ya era como Rusalka: balbuceaba sus peticiones
a la luna de Bohemia
y se condolía de nuestro estupor.

Eres el niño sedente.
Llevas la costra negra del camino en los ojos y no puedes ver la roca
al fondo del corredor;
la cinta del final es la señal
para clausurar la fatiga en este paraje turbio.

¿Quiénes son ellos, los que se tienden sobre la fuente seca
a representar las maromas de su fatiga,
niños de cuentagotas
que incitan la vuelta de las lluvias?

Se dan enteros por una moneda y la cuchilla
de separar cabezas.

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Foto: Acera colonial de Céspedes y Padre Varela.

sábado, 9 de octubre de 2010

Un texto inmaduro



En el espejo hay un adolescente. Soy yo, malgré moi.

Mi difunto profesor de geografía los llamaba “gente ce”. Son aquellos –explicaba poseído de su ingenio- cuyas edades terminan en “ce”: once, doce, trece… Gente Ce también era un club de geógrafos aficionados donde a mí me tocaba describir siempre el curso del río Sagua la Grande, desde la Sierra Alta del Agabama hasta los embalses Arroyo Grande Uno y Dos, Palmarito –que no aparecía en los mapas de la era soviética pero ya estaba por ahí, en algún lado- y Alacranes, el segundo de Cuba. (Cuando no se puede ser el primero se tiene orgullo en ser segundo; bien lo saben los sagüeros, que se jactan de vivir en la segunda ciudad de la provincia.) Tan minucioso era mi recuento –metro a metro- que el río en lugar de parecerme símbolo fluyente, como a Heráclito, sólo me devuelve una imagen adolescente. Soy Narciso, el adolescente contemplativo.

Antes a mí me encantaba enfermarme. De cualquier cosa. Si la fiebre se porta benévola se siente una calidez honda, unas ganas de ovillarse como gato, y un dolor en las articulaciones que no duele sino complace. Me han dicho que es un disparate que yo afirme que el sexo con alguna fiebre sea como un asado común que de pronto un chef genial adereza con una especia exótica. Se lo pierden. Y conste que sobre este punto se han burlado de mí algunos presuntos gourmets del sexo. En fin, que siempre he sido un adolescente afiebrado, y me encantaba enfermar para obligar a mi hermana menor a leerme algún cuento de Gianni Rodari y a fingir que era mi hermana mayor. Es que sólo tengo una hermana, ¿ya? Lo mejor de la temporada de fiebres, empero, no eran los cuentos. Mi mamá había legislado desde tiempos inmemoriales que los hijos enfermos dormirían con ella, a su cuidado. Me encantaba usar ese privilegio, casi feudal, de mudar a mi papá de cama. Soy el adolescente inveterado que hubiera querido restituir esa fenecida costumbre durante el episodio de gripe de esta semana.

Me evoco ahora en el cumpleaños de Yensy Saint Jago, codiciando los auténticos adornos de vidrio de su arbolito de navidad. Eran la moda reciente de entonces, cuando se bailaba “La Macarena”. Yensy, retadora, había colectado entre las viejas del barrio algunas bolas agrietadas en el escaparate hermético de la antinavidad. La envidiaba el adolescente envidioso, que en verdad tenía su propia cuota de adornos aportada por las abuelas. No fue culpa de él, sino de “La Macarena”: la bola insignia, al centro del matojo, se zafó de su rama. La fiesta de Yensy Sant Jago se hizo añicos. Ojalá Yensy me lea sin rencor, ahora que se hace llamar Yensy Smith y compone sus árboles con las bolas irrompibles de otra parte.

Escribo después de la medianoche; me doy ese lujo de adolescente. El espejo, entre sombras, parece un retrato animado. Soy el adolescente Dorian Gray, siempre a pesar mío. Alguien advierte un halo de este lado de la casa y viene renqueando con una linterna a recordarme que son las tres de la madrugada. Mi papá, ex profesor de ajedrez, ejerce su frustrado oficio de acomodador de sala cinematográfica. Son las tres. Lo sé: Sonia Suárez, en el pasillo de al lado, empezó a romper cocos. Quisiera poner una onomatopeya aquí, pero eso le infligiría un rasguño de rodilla adolescente al texto. Además, nadie imaginará qué se siente. Soy un adolescente de Kandahar.

Dentro de un mes –el 8 de noviembre- cumpliré veintisiete años. Ayer me dijeron que aparento menos –me lo dijo un adolescente- pero no sé si atribuirlo a mi apariencia juvenil o a ciertas circunstancias que hacen de mí un adolescente forzoso: vivir en la casa de mis padres, dormir en la cama de mi infancia, fingir que mis necesidades afectivas y eróticas no existen, etcétera…

La Sant Jago y yo planeábamos casarnos, enviar a mis padres a un asilo para ancianos prematuros, cambiar el mobiliario, hacernos llamar don y doña. Fue un delirio adolescente, previo a su investidura como señora de Smith. Planificábamos dar gritos de independencia –gritos literales- que anularan a Yara, Dolores, Baire e Ipiranga. ¡Ay Yensy, qué de gritos tardíos, qué extemporánea –y ridícula- se me torna la adolescencia inveterada…!

Amanece por fin, y me duermo en el país de los muñecos de palo con la fiebre floreciendo, a mi pesar, en la frente de mi país.

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Foto: MGV, por él mismo, en agosto de este año.

sábado, 2 de octubre de 2010

Amuletos rojos

Nadie sabe por qué se usa como protección para el mal de ojo. He indagado por una razón mitológica. ¿Qué virtud posee para conjurar envidias? Parece un amuleto de Changó.

Sigo por la calle Padre Varela. Los portales junto al río, abatidos por las aguas, fueron residencias de comerciantes y funcionarios coloniales. En la esquina estaba la primera cárcel, donde apenas hubo sitio para los traficantes de esclavos del bergantín Emperatriz, capturado por el gobernador Casariego en 1850. Una acera alta delimita el solar yermo de la antigua tenencia de gobierno. Hacia Ribera, de cara a las aguas, vivía Lavié, cónsul de Francia. Su muerte sorprende todavía: se atravesó el corazón con un compás.

Finjo interés en el paisaje fluvial; pienso que es malgastarse, pues permanece inalterado desde 1923, cuando lo describió Jorge Mañach. El propósito de observar al sesgo a la negra que toma el aire en medio de una nube de libélulas se cumple. Me interpela con naturalidad. Quiero saber si fue discípula de María Camión, pero no me atrevo a interrogarla sobre tan remota liviandad.


-Quieres ver lo que tengo –no interroga, lo manifiesta, y el ofrecimiento tienta.

Esta mujer también cuelga su cactus rojo a la vista de los transeúntes. Presume de sacerdotisa; le dice a mi amigo “no preguntes en ningún lado, tú eres hijo de Ochún”.

Un acólito nos lleva al ala más antigua del edificio. “Ellos no quieren pasar a la casa nueva”. El trono –como le dicen al altar- está dedicado a Ochún, pero incluye homenajes a Obatalá, Yemayá y Changó.

La dueña evoca al Ogún de Bienvenido García, el célebre santero blanco de Pueblo Nuevo. Habla de Kunalumbo, el cabildo congo, y de sus antiguos reyes, los Samá. No vacilo en preguntarle sobre la Regla de Palo Monte.

Habla, a borbotones, como un manantial rojo. Castiga la ambición de tantos presumidos empeñados en obtener secretos con simonía, comprándolos. Excomulga a los veleidosos de hoy, dicta admoniciones y sonríe desde su parapeto protegido por miles de amuletos.

Uso una disculpa cortés para seguir caminando.

Se me ocurre que Monsieur Lavié, asediado por los envidiosos, haya querido ahuyentarlos con el rojo de su propio corazón.

viernes, 1 de octubre de 2010

La Serafina

La oigo en las madrugadas. A esa hora tañe, funérea, como una elegía del siglo XIX. No se detiene ante los muros; penetra por las grietas de la duermevela.

La paradoja de su sonido fue advertida por viajeros eruditos: en las mañanas, dilatado su metal por la luz, suena a epigrama cenital en cada golpe de badajo.

Ramón de la Sagra la escuchó el 22 de abril de 1860:

Una sonora campana nos llamó está mañana al templo, y su sonido fué para mí también un recuerdo de una generosa amiga á quien fué aquella debida.(1)

La nueva iglesia neoclásica de la Villa de Sagua la Grande, según De la Sagra, era entonces “la más bella de su género en la Isla de Cuba”(2). Antonio Miguel Alcover, en su recuento de los benefactores de la obra, aludió a los donantes de las extraordinarias campanas:

La campana mayor, ó sea “La Serafina”, la regaló Da. Serafina Jenks de Torices. La segunda campana, fué donativo de Da. Concepción Montero de Toneu; la tercera fué obsequio de un devoto que ocultó siempre su nombre y la cuarta de D. Ignacio Larrondo. “El peso de ellas ascenderá á cuatro ó cinco mil libras y su costo no baja de $2.500”.(3)

Serafina Jenks procedía de una familia de Matanzas cuyas posesiones azucareras fueron frecuentadas por numerosos viajeros. Casó con Rafael Rodríguez Torices, anfitrión inesperado de Ramón de la Sagra durante el último viaje del coruñés enciclopédico a Cuba. En su descripción de la comarca del Undoso, De la Sagra revela el vínculo de esta familia con la Villa: Torices, capitalista recién nombrado Senador del Reino por Isabel II, integraba la Junta Directiva de la Compañía del Ferrocarril de Sagua.

Serafina quizá vino para presenciar la consagración de la nueva iglesia por Su Ilustrísima Fleix y Solans. Aquel día -19 de febrero de 1860- se develó una lápida esculpida en Nueva York donde mencionan a los dignatarios implicados en la erección de la obra maestra del estilo georgiano en Cuba. Otros fueron honrados apenas con una mención a “los piadosos esfuerzos” de “patricios y estrangeros”. Entre esos anónimos figuran algunos de los verdaderos artífices. La sucinta alusión a los patricios también incluye a Serafina Jenks.

Una olvidada colección de ditirambos de mediocre contenido poético contiene algunos obsequios rimados para doña Serafina. De cumpleaños aparece, entre condesas y marquesas, en inminente maternidad:
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Ninfa del Yumurí, yo te saludo
Del Mariano en la feliz ribera,

Donde de la salud fijó el escudo
El Dios eterno que en el cielo impera
Y á quien habla la fé con lábio mudo.

-
Yo te saludo, hermosa Serafina,
Por que de la virtud soy entusiasta,
Y al contemplarte con virtud me basta
Para elevarte á la region divina.
-
Como hija digna, de tu padre tierno
Fuiste joya riquísima y preciosa:
Hoy como amable y escelente esposa
Te señala en el mundo el dedo Eterno.
-
Mañana, madre te verás ufana
De tu pasión gozando las primicias
Y esprimiendo dulcísimas caricias,
En el fruto del amor que te engalana.(4)
-
Venida del taller de algún fundidor célebre y desconocido, La Serafina tañe con metales inauditos. Ensordecía cuando subí al campanario; no advertí que daban las doce del mediodía. Hay una escalinata que conduce al órgano, luego una estancia vacía con una claraboya oval, encima, la cámara del reloj, y una escalera de caracol se abre bajo las campanas.

Jorge Mañach, que gustaba de oír bronces en sus viajes por Europa y América, afirmó que éstos “no tienen rival”. Parece el entusiasmo de un ausente, pero sus razones no admiten réplica:

Estas campanas –escribió en 1923- no son precisamente las siempre lentas, solemnes, sonoras o monjiles de Azorín, sino que suenan hondo como una cuerda de guitarra; atropelladas como en alarma; optimistas o fúnebres; netas a veces, y a veces como si estuvieran gloriosamente rotas.(5)

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Notas:

(1) Ramón de la Sagra: Carta de Sagua la Grande, La Verdad Católica, Periódico religioso dedicado a María Santísima en el misterio de su Inmaculada Concepción, Tomo V, Imprenta del Tiempo, Habana, 1860, p. 40.

(2) Ramón de la Sagra: Historia física, económico-política, intelectual y moral de la Isla de Cuba. Relación del último viaje del autor, Librería de L. Hachette y Ca., París, 1861, p. 218.

(3) Antonio Miguel Alcover y Beltrán: Historia de la Villa de Sagua la Grande y su Jurisdicción, Imprentas Unidas de La Historia y El Correo Español, Sagua la Grande, 1905, p. 551.

(4) (Fragmento). D. Manuel Abreu: Colección de versos laudatorios, Imprenta Militar, Habana, 1860, p. 44.

(5) Jorge Mañach: Glosario, Ricardo Veloso Editor, La Habana, 1925, p. 66.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Matarile rile rile…


¿Qué decía el juego aquel de los oficios? Esta mañana, al leer el artículo sobre el apremiante tránsito de tantos insulares al trabajo por cuenta propia, constaté que este oficio de espectador callado no me agrada. Se sabe que carezco de vocación periodística, pero encima de esa ausencia haré mi propia travesura de analista trasnochado.

Veamos: ¿serán útiles tantos servicios si habrá que pagarlos, al final, con el ingreso que los asalariados perciben del Estado? ¿Qué generarán de sí mismas estas ocupaciones? En la misma línea: ¿son oficios reales u oficios de chiste?

Mi abuela ya no usa botones forrados. ¿Qué bichos trasquilar en un país sin ovejas? ¿Y adónde iría el trillador con tantos pies y tan poco camino? A no ser que todos los trillos conduzan a Roma está condenado a perderse en el espejismo de una siega…

A partir de ahora las cartománticas podrán pagar su impuesto y ejercer con derecho a jubilarse como sibilas. Se lo dije a mi tía, que siempre ha cobrado cinco pesos por vaticinio y al vez suba sus tarifas para pagar los últimos tributos oraculares.

Los instructores de prácticas deportivas enseñarán preferentemente ajedrez y otras disciplinas de la mente porque las artes marciales dañan la salud, y son los buenos los que ganan a la larga.

El desmochador de palmas volverá a instalarse en las copas, da igual si teme a las alturas, pues torres más altas han caído.

¡Tenedor de libros! ¡Oficio de matemáticos! También necesitará un buen cuchillo para trinchar.

Y las figuras de yeso, ¿por fin trascenderán a las galerías de arte como modalidad del naïf?

El eufemismo de moda, “disponibles”, no me agrada. ¿A disposición de quién?

He revisado la lista; por si me torno eufemístico, ya decidí qué oficio profesaré. Me haré dandy. Es la ocupación número ciento cincuenta y seis.

Madame –digo con gravedad engolada a la recién contratada empleada doméstica, mientras releo unos poemas del barón de Grotesquié-, hacedme planchar el frac.

...
Ver artículo y lista de oficios.

martes, 21 de septiembre de 2010

Rosalía Castro (1885-1922)

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A Rosalía Castro puede aplicársele la sentencia dedicada por Borges a un poeta menor: “eres una palabra en un índice”. Se le ha considerado poetisa, y apenas se han salvado parcos fragmentos de su prosa en una antología relegada. Se especuló sobre su parentesco con la autora de “Follas Novas” -¿sobrina o prima? ¿pariente ya lejana?- pero muy poco se sabe de su genealogía.

Rosalía Castro nació en Sagua la Grande el 19 de septiembre de 1885. Esta semana se cumplieron ciento veinticinco años de su natalicio. Murió joven, en La Habana, el 19 de noviembre de 1922.

Divaldo Salom, alias de un autor que no consiguió identificar Figarola Caneda en su “Diccionario cubano de seudónimos”, aludió al origen gallego de la escritora sagüera. En la semblanza, fechada en mayo de 1907 y publicada por “El Fígaro” habanero, el cronista se embelesaba con la modestia de Rosalía en el mejor estilo laudatorio de la prensa republicana, y elogiaba su iniciativa, condenada de antemano a causa de la indolencia insular, de perpetuar la memoria de los poetas cubanos como se disponía a hacer entonces España con Campoamor.

Este recorte de prensa, donde Rosalía Castro posó para el lente de Handel en su única fotografía conocida, lo guardaba Manino Aguilera –decano de los periodistas sagüeros- junto a una carta inédita de José María Chacón y Calvo que responde a una consulta sobre la olvidada Chalía.

Chacón, tan ocupado con Enrique Loynaz durante la década de 1920, le confesó a Manino su ignorancia acerca de la autora sagüera. ¿Quién es Rosalía Castro? ¿Cómo no la conozco, si dicen que solía publicar en la revista “Cuba y América” y en “Letras”, que tantas veces he revisado? Si el sexto conde Casa Bayona se hizo esas preguntas o simplemente atribuyó su ignorancia a los olvidos comunes de la longevidad, no lo demostró a su interlocutor epistolar. Se disculpó con aristocrática cortesía, agradeció el dato, aunque tardío, sobre la existencia de una poetisa casi ágrafa, y en el acto mudó el menester poético por el gastronómico para recordarle a Manino su promesa de enviarle un pargo de La Isabela. “Es uno de mis platos preferidos y hace mucho que no lo como” –explicaba el gran hispanista.

Chacón no probó el pargo isabelino; murió ese mismo año. Manino, que ya había hurtado de la biblioteca del Liceo el volumen XVI de la antología de José Manuel Carbonell y Rivero donde le dedican unas páginas a Rosalía Castro, no reparó en el oropel modernista de aquellas líneas sueltas que bastan para hacerle sitio a Chalía entre los poetas. Se conformó con subrayar un pasaje de analogías, escrito según la norma de cierta crítica decimónica:

Tuvo la tristeza ingénita de Mercedes Matamoros, la delicadeza de Luisa Pérez de Zambrana, la singularidad de la Avellaneda, la vibración de Dulce María Borrero, el temple de Aurelia Castillo; en una palabra, la personalidad complementaria, psicológica de nuestras escritoras; pero todo esto en su propia luz, una luz purísima y tenue, de misticismo profano, de teresismo secular, de fe propia, de ansia oculta y de susceptibilidad cristalina.

Creo que Carbonell, cuya medriocridad es proverbial pues no supo discernir entre la poesía perenne y la fruslería literaria, conoció bien a Rosalía Castro. Debió tratarla en aquellos días de medianía poética. Aquí pervive una imagen que no brotó de la retórica:

Su paso por la vida fue breve. Casi toda la existencia la consagró al magisterio y a las bellas letras, y murió como vivió, dentro de su mundo, como esos seres que llevan la casa a cuestas, mezclada por necesidad con el conjunto, pero no confundida. (…)

Como agobiada por un sueño retrospectivo o prematuro, más acá o más allá de la realidad ambiente, inspiraba la misteriosa simpatía de una princesa Carlota, superiorizada por recóndita finura del sentimiento que traducía tan bien, como una nota el timbre y la resonancia del instrumento, en sus deliciosos y exquisitos trabajos, todo sencillez y todo devoción.


El estro de Rosalía Castro, su vocación diáfana, late todavía en una página de claridad modernista, alborada de tintes art nouveau, con sensualidad de vals y profusos calificativos para la luz:

Olor de rosas tempranas y de jazmines abrileños subía por el jardín y bañaba en la onda suave de una caricia perfumada, el pequeño gabinete, alegre y coquetón como jaula de oro.

El sol penetraba en cálidos chorros de luz a través de las persianas, haciendo espejear el suelo de mármol blanco y reluciente.

De trecho en trecho, grandes manchas polícromas fingían bordar sobre el pavimento una complicada labor de argenteados reflejos.


Jirones de cielo azul anunciaban la gloria de un día esplendoroso.

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Notas.

Foto: Rosalía Castro, en “El Fígaro”, fotografiada por Handel.

La carta inédita de Chacón y Calvo a Manino Aguilera la conserva Adrián Quintero, albacea del historiador.
Los fragmentos de José Manuel Carbonell y Rosalía Castro proceden de “La prosa en Cuba”, Tomo V, Evolución de la cultura cubana (1608-1927), Vol. XVI, Edición Oficial, Imprenta de Montalvo y Cárdenas, La Habana, 1928, pp. 313-315.