domingo, 13 de mayo de 2012

El vuelo sobre el camino




Para Alejandro.

Conozco el camino de Santa Clara mejor que ninguno. Poseo las señas de cada árbol. Y el portón de una vieja hacienda con leones en los pilares es una de mis obsesiones de viajero. El caserío colindante se llama Tajadora; yo imaginaba de pequeño que tras las casas se escondía una máquina terrible para tajar carnes, las cuchillas como fauces de león.

El camino que me mantiene atento, sin embargo, es el que los antiguos llamaban “de la Costa”: va desde Sagua hasta el antiguo pueblo de Quemado de Güines, luego pasa el ingenio que perteneció a la familia paterna de Lezama y sigue paralelo al mar hasta Rancho Veloz y Corralillo.


La foto de arriba la hice en el camino de Isabela, frente al cementerio. ¿Alguien se descalzó para visitar las tumbas? Las auras parecían monjes en las estacas de una cerca. La lluvia les empapaba los hábitos y me parecieron respetables. Asustaba la llanura, la indefensión del paisaje contaminaba a los transeúntes. Algo paralizante tenía la estepa desnuda que no conseguía conjurarme porque yo no estaba solo. Sobreviví al campo raso porque no estaba solo y sobre el asfalto, de la mano suya, remontábamos el camino con el coraje de los que pueden volar. Recordé, en el segmento más desolado, que una vez el vuelo sobre el camino fue posible.

El marido de mi tía llevaba un apellido de reminiscencias medievales. Ballestero se apellidaba; lo imaginábamos muy bizarro, el arma en ristre, custodiando unas almenas. Aquel señor, además, era teniente. La tía lo dejó por lúbrico, condición habitual de los hombres de armas de cualquier época.

Una vez el teniente nos hizo volar. Sucedió en el camino de La Rosita, de excursión. No recuerdo a qué íbamos hasta aquel pueblo. La vía era antigua y accidentada; Ballestero manejaba un jeep. Varias cruces evocaban a los muertos cobrados por el camino. Ballestero conocía bien la ruta y nos convidó a volar: una leve altura en el camino sirvió de rampa. Agárrense bien, pidió.  Entonces remontó el montículo y nos hizo volar.

5 comentarios:

Félix dijo...

Qué de pequeños dramas esconden los cementerios de los pueblos cubanos, ¿no crees? Y luego todas esas carreteras vacías, y ese silencio en redor, y el olor a hierba quemada.

Quizás este año me deje caer por Santa Clara... Quizás. Espero no encontrarme con tantos baches. Ya he volado de verdad otras veces, así que estos vuelos terrestres son bastante incómodos.

Anónimo dijo...

Cuando leí regresé a la carretera de Isabela.
Es verdad, a veces, uno siente que puede volar sobre el camino. Gracias, Maykel, por escribir así.

◊ Dissortat ◊ dijo...

Me inquietó tu historia como si se tratase de un cuento de miedo.

Un abrazo

Maykel dijo...

Félix, ven a Sagua. Dale, estoy invitándote...

...

Un abrazo, Dissortat.

Anónimo dijo...

quien iba a decir que el muchacho, blanco de pelo negro, el de pómulos afilados, el de naricita respingada, quien iba a decir que el muchacho de cejas tupidas, el de sombra varonil marcada, el de voz grueza penetrante, quien iba a decir que el muchacho que deseaba la noche y ya la tiene, ahora deja huellas en aquel cuarto, en aquella mansión regada, criticada por todos y todas, quien iba a decir que dejaria huellas en la mansión de las sombras chinescas, en la mansión donde las bellezas, cada una tiene su nombre y su equivalente en cada mitilogía, quien iba adecir que dejaria huellas en la mansión... las dejó... y alli perdurarán para toda la vida... se lo garantiza este loco no licenciado ni ingeniero, un loco más, enamorado de la vida y fan igual que el, de la mansión envidiada...
Daisnel