lunes, 7 de diciembre de 2009

Las piedras amadas

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Estas son las piedras amadas. Esta es mi patria, el único sitio mío en una tierra tan ancha. Si un día fuera a encarnar la pena en algún muro de las lamentaciones, vendría a este muro. Si la pena me sepultara en un río, sería otro ahogado del Undoso. Cuando pienso en el gótico de las gárgolas de fauces tutelares, vengo a la Iglesia del Sagrado Corazón, donde el Señor de las Tiñosas bendice la perennidad de cada piedra. Si oigo elogios sobre la perfección de la acrópolis ateniense, vuelvo al puente del Triunfo, ahí donde se divisan las viejas casas neoclásicas tan altas y ceñidas como una acrópolis.

Esta es mi ciudad. Como decía María Zambrano de Lezama, habanero irreductible, yo he creído en ella. “Todos los iniciados tienen necesidad de una ciudad”, decía María. Ésta es la mía, y añado, con música de Marta Valdés: “Yo sé que hay en el mundo palacios y castillos, no me lo digan más; otro paisaje crece con este sol, frente a este mar.”

El mar, no importa cuál mar de un orbe salobre -el Mar por antonomasia-, todo el mar es gris como el mar de la Isabela, en cuyas oscuridades crecen los mejores ostiones del mundo.

Mañana desfilará una muchedumbre hasta la puerta de Wifredo Lam, en el antiguo barrio chino. Habrá sesión solemne de la Asamblea del Poder Popular. Dicen que Sagua la Máxima cumple 197 años. Pepe Hillo, el viejo historiador que se nos fue en 1950, lo negaría. Sagua fue pueblo de indios; aquí recibieron los siboneyes a fray Bartolomé de Las Casas. Ya tuvimos misas oficiadas en el siglo XVIII por los itinerantes curas de San Narciso de Álvarez, aquellos que cabalgaban mulas con la cruz, el hisopo y los latines. En 1812, cuando Napoleón todavía señoreaba en Europa, levantamos una iglesia gracias a don Juan Caballero, el veterano de Trafalgar que se desquitó de la derrota levantando un templo.

Mañana desfilaremos entre los iniciados que fraguan en la polis la argamasa de cada sueño. Lo haremos también por José Cabrera, el primero que erigió una escuela en 1830; por José María de los Heros, paladín silencioso de aquel emporio desde una oficina colonial; iremos, calle de Carmen Ribalta abajo, hasta la casa del pintor cubano más universal, como hubieran querido hacerlo el gobernador Casariego y la partera Bernardina, el general Robau y la morena Narcisa, la antigua esclava que salvó al caudillo cubano del veneno español.

Celebraremos este aniversario de Sagua la Grande como lo hubiera festejado Antonio Miguel Alcover, el historiador que escribió nuestro libro canónico. Por cada ausente haremos votos de eternidad para esta ciudad fluvial, de nombre tan indígena y sagrado como el de Cuba.

Otra vez oiremos la voz de Antonio Machín: “y lo mismo que nací, reposar allí quisiera”. Otra vez, como siempre, recordaremos a Albarrán, el sagüero que de no haber sucumbido a la tisis tal vez sería hoy el único cubano honrado con el Nobel. Y diremos con Jorge Mañach, el escudero de Martí: “esa es la sensación más neta que se guarda de nuestra tierra: la luz”.

Desde un tiempo imposible de fragmentar, unívoco, asistiremos también al regreso de Plácido y de la Avellaneda. Devolveremos al café Ariza el espíritu andaluz de los versos de Lorca. Iremos a ver morir sobre las tablas a Sarah Bernhardt y luego a Margarita Xirgu.

Esta es Sagua, la expedicionaria de dos siglos donde alguna vez recaló Jean Laffite, el corsario del poema de Lord Byron. Sagua, la novelesca, que también figura en textos de Víctor Hugo y Benito Pérez Galdós. Desde aquí escribió Francisco Pobeda, el viejo vate de los versos criollistas, el fundador de una escuela. Sagua, cuyo nombre también fue escrito por Martí. Sagua, que tantas veces apostó por la libertad todo el oro y toda la sangre.

Estas son las piedras amadas. Los iniciados quieren una ciudad –decía María Zambrano-, un sitio tan necesario como la palabra.

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sábado, 5 de diciembre de 2009

Madagascar, ¿estuve lejos?

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Gente que transita: una marea de bicicletas atraviesa el túnel, trenes de incierto itinerario, camiones de mudanza hacia la paz de otro sitio. Gente que escapa. Van a Madagascar.

Fui a ver la película con mis padres poco tiempo después de su estreno, acaso por 1995. Íbamos sugestionados por el título, que creímos apuntaba a peripecias de piratas en el océano Índico. El cine estaba vacío; había tres personas en la sala inmensa.

Madagascar fue impopular, imagino que a causa de su lenguaje decididamente poético. El cine cubano inmediato, salvo algunas cintas solitarias, no nos había preparado para un discurso simbólico de tanta densidad.

¿Cómo percibí la frustración de Madagascar a mis doce años? Con mucho desconcierto. El estado espiritual descrito por Fernando Pérez era tan cercano que las sutilezas sugeridas por cada imagen podían permanecer indescifradas.

Hoy he vuelto a aquel mundo finisecular. Madagascar, azarosamente, fue la película que mostró un profesor amigo a sus alumnos como obra representativa del cine cubano de los 90. Entré de polizonte a la exhibición. Madagascar, ¿estuve lejos?

Laura, una profesora universitaria, narradora y personaje, no sabe cómo se le escapa Laura, la hija, hacia una dimensión utópica, hacia un sitio amable, antagónico de la Isla lironda que le ha correspondido. Otra ínsula, Madagascar, aparece en el mapa, pero también es un sitio que no existe.

¿Cómo llegamos hasta aquí? En la biblioteca dónde se reúne la profesora con sus colegas, más bien un almacén, los libros, todos los manuales, atados en bultos amarillos, son letra muerta. Las sucesivas casas donde pretenden establecerse las tres mujeres de la familia –abuela, madre e hija- son hogares vacíos. La comunión que tienen cuando Laura intenta demostrarle a Laurita cuánto se parecen, qué pasión sienten las dos por los ratones blancos, se ha quemado con la cena, suponemos que el único pollo, y con él, la última oportunidad de conciliación.

En esas perpetuas mudanzas, también van mudándose los credos y las voluntades, en pos de la utopía inalcanzable; la madre es el juez inamovible del caos. Laurita lo mismo lleva luto por Casal y llora ante “Los niños” de Fidelio Ponce, que canta himnos en un templo protestante. El clima, hostil como la ciudad, moja a Laura cada vez que vuelve a casa, por el mismo camino. No he visto Habana más amarga que ésta, y el calificativo sirve para otras películas de Fernando Pérez.

Como no aspiro a crítico, y siento lo mismo que Rilke por la intención crítica, hasta aquí prolongo el juicio. Sólo quería decir que me puso triste, que me devolvió aquella tristeza inveterada de las utopías muertas y que las bicicletas verdes siguen transitando…
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miércoles, 2 de diciembre de 2009

Estavudina, la proscrita

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Prácticamente se proscribe la estavudina. Lo supe ayer, primero por Reuters, luego por Prensa Latina. De no ser un personaje oficinesco –a lo Pessoa- jamás lo hubiera sabido. Estavudina, según la OMS, deshace los músculos como se desintegra la piedra bajo una ácida nevada. Con el tiempo, además, pone a temblar las manos, les inserta alfilerazos y enrarece el tacto. Estavudina, la cápsula rosada y verde que he tomados dos veces al día durante los últimos cuatro años, es un veneno de colores inconvenientes. Si consigo ver al médico la semana próxima, sé que no me permitirá mudarla ahora mismo, porque estavudina es una barata panacea del tercer mundo, un veneno bienhechor que también salva.

Deliciosa paradoja: ¿qué palabra hay para nombrar lo que cura y envenena? Mentira de los evangelios que la misma fuente no haga manar antagónicas aguas. De la misma mano hemos recibido la dádiva y el tajo. No hablo de obsequios deliberados. Pienso también en “la estrella que ilumina y mata”.

Con respecto a estavudina, la proscrita, nadie desconfíe de su reto. Cuento con las neuronas que siguen alumbrando, con las piernas cada vez más angulosas, las manos para el rezo y para el golpe.

Conviene a veces digerir venenos.

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martes, 3 de noviembre de 2009

EL gran interregno.

He decidido escribir sobre el último interregno de este blog. Algunos han supuesto un silencio voluntario; la lejanía insular, razón que vislumbraron otros, también justificó la ausencia. Se sabe que en esta urdimbre de mundo, la Isla puede, de repente, cortar los hilos y mantener la proa hacia el Levante. Me consideraron extraviado y algunas veces recibí mensajes de los amigos. En atención a ellos, aunque ninguno haya solicitado razones, he decidido explicar los motivos de la Gran Pausa, lo que he llamado el interregno, como si ahora yo fuese un rey devuelto a su dominio legítimo.

Recientemente Animal de Fondo comentaba con lucidez a Yolanda Molina el dilema de tantos blogs cubanos escritos por encargo. Animal tiene razón, y no creo que ninguno de los propietarios de esas bitácoras miméticas lo desconozca. Sin la pasión de darse por convicción, la impersonalidad de lo consignado aleja en lugar acercar.

Este Nictálope apareció hará dos años. Yo quería un sitio para asentar mi propio canon, un pretexto para compartir mis descubrimientos. Pronto la noche y Cuba fueron urdiendo una sola hebra. Entonces el espacio suscitó sus propios asuntos. Apareció la cofradía. El soliloquio del principio, rebasado por la vocación natural de asociarnos, ha alcanzado una dimensión coral. Nunca he dicho cuánto lo agradezco.

Desde la génesis de esta cosmovisión, discreto nacimiento sin estridencias, la idea de una noche propia, sin filiaciones expresas, tuvo enemistades, con el tiempo no tan tácitas como solían presentarse. En ocasiones nadie reparaba en el errático tránsito de uno aficionado a lo invisible que se decía capaz de escrutar la noche al trasluz de su propia mirada. Hermetismo, decían con otro lenguaje; ininteligible voz. Pasé por inofensivo, rebelde sin más argumento que la voluntad de reencontrame conmigo en alguna isla de adentro. Sobreviví a las revisiones sucesivas, al sopesamiento de las imágenes y el contenido. Intenté argüir alguna vez que las ruinas, tantas veces retratadas, son una categoría filosófica.

En los últimos meses arreció la tradicional dificultad. Fui siempre un intruso en Internet. Rebasar las fronteras del dogma, siquiera virtualmente, acaba por desgastar. Fue entonces que decidí cerrar, subastar, irme a otro lado. A casa. Luego vacilé, pude volver y soporté lo insostenible de la estancia.

Recién regreso legitimado por un oficio kafkiano en el que no tengo fe. Trabajo algunas horas repasando cables de prensa y asisto al caos de todo como un espectador indolente. El resto de la jornada puedo rastrear papeles viejos sobre la Ciudad, trazos desvaídos que el tiempo sacraliza.

Sólo el entrañable acto de regresar me justifica.

Pensé titular esta entrada, irónicamente, “Un cuento alegre”, como Rubén Darío cuando relata el drama de un poeta, juguete de la corte, al final malogrado y muerto. Por Libélula desistí. Porque pidió un cuento para aliviarse las sienes y no puedo darle una roca en lugar de pan sin faltar a la devoción que me ha profesado.

Sagua la Grande, 3 de noviembre de 2009.

lunes, 26 de octubre de 2009

Yo, Capablanca. ¿Ajedrez o yaquis?

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Yo fui un pequeño Capablanca. Lo mismo que el genio aparece retratado delante de un tablero antes de cumplir los cinco años, también me hicieron la foto correspondiente con mi padre, la mano sobre un alfil, intención de jaque, la mente fragmentada en el misterio de las casillas maniqueas.

-Capablanca siempre jugaba con las blancas.

Mi hermano y yo nos disputábamos el color de nuestros reyes. A veces aceptábamos someternos al sorteo de los peones en puños cerrados que regía el padre salomónico.

“Hay que ir a la ofensiva, ocupar el centro, dominar.” En el empeño de hacernos grandes maestros, como las hermanas Polgar, mi padre agotó su don pedagógico. Creo que entonces fue cuando empezó a decepcionarse de nosotros, cuando supo, pese los enroques de su carácter, que no seríamos nada de lo que había trazado.

En mi genealogía, el ajedrez es el centro de extrañas confluencias: mi madre, experta de los escaques, se casó en 1982 con el recio profesor para engendrar meditabundos ocupantes de tres tableros. Yo, Capablanca. Mi hermano, que decía conocer la Defensa Siciliana, cuyas combinaciones no caben en dos tomos. Mi hermana, la benjamina, Niña Invicta.

En todas las ramas, la familia urdió uniones de índole ajedrecística y un imaginario que puede traducirse en notaciones algebraicas.

Ajedrez son palitos –decía mi abuela hace medio siglo.

Ajedrez es arte –proclamaba el judío Lasker.

Ajedrez eres tú, hubiera dicho el buen Bécquer de haberme conocido en los pañales de la princesa Aurora, el día que las hadas fueron a imponer dones, y se oyó la maldición de los alfiles, sacerdotes perversos, sobre las batallas que me sobrevendrían contra el Rey.

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viernes, 23 de octubre de 2009

La carta modernista

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Fantasía de primavera, Juana Borrero, 1895

Entregaron la carta en la mañana del miércoles veintiuno de octubre. El viaje tardó un trimestre, como antaño iban despacio las naves que cruzaban el Atlántico. Apareció el día que recordamos cómo fue sepultado por su propia risa Julián del Casal. Ya no se usan los manuscritos. Se sabe que murieron con el último siglo. ¿Cómo leer entonces una carta que además fue escrita sobre un papel amarillo y grueso, con una marca de agua que obliga a mirar a contraluz y una caligrafía leve, irregular, escrita en un temblor vespertino?

He recibido una carta modernista. Late ahí un amor antiguo, finisecular. La carta huele raro. ¿Qué amante prescinde, todavía hoy, de la costumbre de descifrar el olor de las cartas?

Y hay más, está el libro de Emiliano González, lo que viene a confirmar lo extemporáneo del hilo rojo que, a falta de lacre, cruza el sobre por la solapa con el fin de salvarlo de la profanación. Emiliano, neomodernista confluyente, enumera la pasión de Eleonora –su alter ego, supongo- por las ediciones raras de aquellos frágiles estetas del orientalismo y los oropeles verbales. Emiliano tiene el tino de mencionar a la vuelta de la primera página a Juana Borrero, célebre autora de cartas pintadas e ininteligibles en tinta roja de su sangre.

Noche, tres veces he leído “La habitación secreta”: la primera, por explorarle la novedad; la segunda para repasar cada brillo; la tercera, a causa del vicio de fumador de haschís que vengo padeciendo “cuando la noche sale del baño”…

Yo también guardo mis reliquias y tengo mis rarezas. Mi Omar Khayyam en pastas duras y arabescos islámicos; la única edición - Tipografía de Los Niños Huérfanos, 1893- de la traducción de una novela de George Sand que pergeñó la misteriosa Sol Doré. Ya sabes, Noche, cuánto me gustan las cubiertas art nouveau, las novelas exóticas de Pierre Loti, las sombras cayendo sobre los jardines de mármol. Y sabes que, aún ausente y olvidado en el sueño, aguardo el día de las epifanías, el momento de mirarte y sonreír porque finalmente hemos llegado…

jueves, 13 de agosto de 2009

La otra Venecia

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Érase una Venecia sobre palafitos en el delta del Undoso, el río más sinuoso del Cuba. El gran río temido por sus honduras se la disputaba al mar, y no tuvo un dux que desposara al Atlántico, pero sí conoció las procesiones en bote de remos para su virgen marinera, y el rumor de los ahogados, y el temblor de los pecios, y el abrazo de los huracanes…

A la Venecia cubana se llegaba en veleros y vapores, después de atravesar una constelación de islas; se llegaba en tren desde la tierra firme por una avenida de mangles. Poco queda de veneciano a la Isabela: la vieja aduana anclada en su islote geométrico, unos pilotes carcomidos que ya no sostienen nada, algún puñado de tierra exótica descargada por las naves antiguas que no volverán a ver el faro de cayo Bahía de Cádiz ni la Boca de Maravillas.

Hay gente que hurga en la costa. Qué buscan, le pregunto a Q. Ostras, responde, y no las hallan.


Pero nos queda la tarde –respiro cuando se encienden las luces de las boyas que señalan la ruta de los barcos- y ya nunca perderemos el mar.


viernes, 17 de julio de 2009

Cada diez en Matanzas

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En verdad escribí un texto retórico para acompañar este álbum, una crónica a la manera decimonónica, decorada con nombres de poetas antiguos como orlas; ahora, decido, tal vez con sospechosa complacencia, que el encanto de Matanzas no debe ser profanado por mis palabras después de haber suscitado tanta poesía. He optado entonces por un compilación de imágenes apresuradas, tomadas desde la ventanilla durante los escasos diez minutos que se detiene el ómnibus de Sagua en la Atenas de Cuba. De diez en diez, voy sumando años en Matanzas; voy quedándome...


¡Tierra! claman; ansiosos miramos

el confín del sereno horizonte,

y a lo lejos descúbrese un monte…

Le conozco… ¡Ojos tristes, llorad!

Heredia

(Himno del desterrado, 1825)

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Los vivientes que algún día

triscaban en tu espesura,

hoy salen como las hadas

al resplandor de la Luna.

Plácido

(Al Pan de Matanzas)


Selva, montaña, campesina sombra

cedieron a la hoz y al hacha dura,

dejando un pueblo donde muerte había.

Manzano

(A la ciudad de Matanzas

después de una larga ausencia)


¡oh, Matanzas! ciudad adorada

que en dobles corrientes el rostro te ves […]

Milanés

(De codos en el puente, 1842)


Llevad mi canto y los recuerdos míos

A la bella ciudad de los dos ríos.

Delmonte

(A Matanzas)

Te quiero porque eres triste,

triste como la tristeza

Carilda

(Canto a Matanzas)


Y el coche oscuro se ha ido!

Cintio

(De mi provincia, 1945)


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Good job, María

Puedo escribir, al fin me dejan solo. El ventilador cruje su monótona ronda, avienta los pliegues de la sábana, en vano intento disimular el calor. Lo que se me ocurre para sobrevivir a la fatiga mental que también produce la canícula es una reflexión sobre el subdesarrollo que no sé si acabará en el sarcasmo o la apología. Me entrego al placer de discurrir; con el permiso de Titón voy componiendo mis propias memorias como transpiración del cerebro caliente sobre el tegumento de la hoja.

Antier llegaron los tíos de la Florida. Se hicieron esperar tres años, respetuosos de los interdictos. Dejaron a los viejos con bastón y los hallaron a gatas; el hermano ha comenzado a perder los dientes –oh, delirio de la aprehensión- ¿por morder el aire?; los que eran adolescentes ya se aparean como animales felices: uno de ellos, cuerpo grueso de reciente padre de familia, ha traído a la esposa, y no se sabe, a causa de la hinchazón de los vientres, cuál de los dos está encinta; la pequeña también se casa en el transiberiano Camagüey con un muchacho “feo y bueno”. Esta es una característica muy propia del subdesarrollo: la predictibilidad. Después de tres años todos siguen en la misma casa, dedicados al oficio siempre noble de sobrevivir, cetrinos por la cicatriz que deja el sol. En el subdesarrollo el sol nunca broncea como en los balnearios, amarillea y cala hasta los huesos.

La tía llegó tarde. La esperábamos a las once y apareció después de la una, en la madrugada. Comentó con satisfacción que “las calles están iluminadas”, y “han arreglado algunos parques”, y por último, que “hace calor, pero no hay apagones”. La tía es una mujer de elegancia natural, vive en Miami sin saber inglés; cuando su jefa, amodorrada, le dice “good job, María”, la tía sonríe y encoje los hombros.

El tío, por su parte, es un viejo lúcido. El fragor de los años ha sido ensordecedor y ahora disfruta la felicidad de escuchar sólo lo que interesa. Diserta sobre las paradojas del desarrollo: hay cerveza pero apenas se puede beber porque, dicen, “hace daño”; cualquier acto banal puede acarrearte una demanda; los impuestos de la gente común se usan para fines sórdidos. “El capitalismo es inhumano”, sentencia el tío, “el socialismo” –añade- “es la piedra trasnochada en el moropo de un visionario”. “Fidel es un genio” –ironiza-, “ha llenado Miami de cubanos productivos y talentosos para atenuar con la plata ganada en el Norte el subdesarrollo antiguo de la Isla”. El tío conoce bien el subdesarrollo y añora la ingenuidad del bon sauvage. Los hijos, cultivados antaño en escuelitas públicas bajo el juramento de “ser como el Che”, educan hoy a sus vástagos en escuelas privadas. Los hijos le reprochan que ande sin camisa, descalzo, o que use palabras como “moropo” y otros cubanismos incomprensibles. Los nietos apenas entienden su pintoresco lenguaje. El tío, jubilado por los yanquis, quiere volver a Cuba en unos años, a morirse aquí. Hay una sutil amargura en lo que dice, en lo que bromea mientras progresa la tertulia de los cubanos de ambos lados del estrecho.

El subdesarrollo es una planta amarga, parásita, que a veces crece en el tallo de la nostalgia; el desarrollo, por su parte, no es tal más que de nombre: nunca equivale a un estado de plenitud espiritual.

Al día siguiente, el subdesarrollo todavía me duele más. Como una vena impenitente me late en la sien. En contraste, todos andan jubilosos: ha llegado el instante paroxístico de recibir los regalos, la tómbola miamense de la compasión neoburguesa hacia la parentela pobre.

La Pequeña Ingeniera, flamante casadera, modela nueve o diez blusas, propone canjes, no cesa de repetir “lindo, lindo, lindo” y “qué toque me voy a dar”, muestra los tesoros a la amiga, a la prima, y a la mejor amiga de la amiga; el Nuevo Papá se frota las manos, frota las de su esposa, frota los brazos del sillón: hay una ropa de bautismo primorosa ahí, el bebé no carecerá de nada, bendita providencia que provee…

Todos charlan, beben, sueñan.

El subdesarrollo es un éter costumbrista que calienta el moropo mío y me trastorna con “un toque” tan ambivalente que no sé si escribir una diatriba o un panegírico, pero lo escribo. Good job.

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sábado, 11 de julio de 2009

El Palacio del Segundo Cabo. Una filigrana apócrifa para Libélula.


Ha venido, Libélula, tu emisario al palacio tardo barroco, dicen que herreriano, y se ha topado en el pórtico con el indecente Fernando, alias “El Deseado”, séptimo de su nombre. De frente, es el mismo reyezuelo; de perfil, aplatanado como parece hallarse, amenaza con aligerar la vejiga delante de los viandantes; o exhibir sus reales atributos ante las risueñas habaneras que tanto nubio han contemplado ya. ¡Ridículo destino! Fijaos, Libélula mía, como sostiene este infeliz el cetro de su entrepierna bajo el mediodía insular. ¡Cuánto bochorno!

He cumplido la misión encomendada; traspuse la portada ceñida por el escudo de las Españas; me introduje en el patio, que había creído más ancho; fui a escudriñar las librerías y los almacenes. Por bagatelas venden todo, en comparación con los ducados que me exigen los libreros de la plaza. ¡Quién lo diría: vale más ahora hacerse a la costumbre áulica!

¿Raudal decíais? No he podido hallarlo. Una nariz como griega que bajaba, parsimoniosa, ¿sería la princesa Basilisa Papastamatía? Jaque mate para mí: no era la Papastamota, pero da igual, una prima que hace una sangría en su biblioteca me ha obsequiado con “Paisaje habitual”. Bebamos una copa por ella.

En el patio, a la derecha, hay algo como una lápida cuadriculada o piedra de Roseta; está borrada, nada dice. ¿Qué hacer con un texto tan reticente?

Libélula querida, de una hoja revoltosa que bajaba del cielo he hecho una lengua, digo, un barco de fuego, y lo he puesto en las aguas de la bahía. Confío en que ha de llegarte el mensaje allende el Atlántico: las piedras verdes del palacio soplan donde La Habana quiere…


jueves, 9 de julio de 2009

Por qué no me gusta el capitolio de La Habana


Tenemos capitolio. La Estatua de la República, de facciones masculinas, cuerpo griego y pose de Atenea, preside la primera estancia. A sus pies, empotrado en el mármol, se guarda el diamante que indica el principio de los caminos de la Isla. Empero, yo entré por la puerta trasera, circunstancia que siempre invierte los cristales de mirar y permite percibir cómo lo grande se torna superfluo. Por detrás, el capitolio tiene algo de monasterio en las nervaduras de la bóveda, algo de estancia sórdida que refuerzan tantos emblemas de la nación –los escudos- custodiados por el grifo, animal de uña y pico rapaz. Al centro, en una habitación ocre de estuco desvaído, hay un busto blanco, un Martí sin expresión; este es el sitio donde he experimentado la más tangible ausencia de Martí y toda la tristeza de la República.

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Una vez más he viajado para disentir. Entre tanto guajiro seducido por la majestad “reputicana” –el calificativo pertenece, creo, a la simpática Renée Méndez Capote- quise permanecer inadvertido. Ni una foto consentí, nada que parezca un souvenir costumbrista. Un amigo me llevó hasta el Ángel Rebelde de uno de los patios, pero el ángel me pareció demasiado oscuro y próximo a la cúpula.

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Tenemos un capitolio inhumano. Nótese que no he dicho sobrehumano. Sobrehumana es la acrópolis ateniense porque se sabe exacta. La reflexión me la sugiere, por supuesto, algún texto de Animal de Fondo. El capitolio de La Habana es el palacio hipertrófico del país del terrón de azúcar -la islita del corcho-, el benjamín de otra mole legislativa de Washington que según el medidor de la fatuidad es un par de metros más bajo que el nuestro. Dice el amigo que me acompaña que este Salón de los Pasos Perdidos es mucho más hermoso que el vestíbulo del capitolio norteamericano. Ha visitado ambos y me confía su preferencia por el habanero. A mí me domina el hastío de la República, el ala de los senadores y el ala de los representantes, los salones neoclasicistas para honrar a las visitas ilustres. Nunca me ha gustado el mobiliario de estilo Imperio.

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¿Acaso fue la nuestra una república como griega, capaz de encarnarse en una mujer áurea, una república de la Razón? ¿Y el grifo? ¿Por qué custodia al escudo en todos los dinteles?

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Tenemos capitolio, ¿pero tuvimos una república? A la salida, una escalinata que da vértigo me devuelve a La Habana de los pedestres.

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miércoles, 1 de julio de 2009

La aurora en la nieve

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A Ron Silver, por la certidumbre de
esta aurora entrevista hace dos siglos
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Difícilmente podrían imaginarse los tejados sagüeros cubiertos de nieve. Las nieves tropicales, como apuntaba con lucidez el escritor Roberto Fernández, son las cenizas de caña que despiden los centrales azucareros. De esa nieve negra sí pueden hablar los sagüeros de todos los tiempos. Como buenos insulares, sin embargo, en corcondancia con la obsesión por el blanco que se manifestó en nuestros poetas desde el romanticismo, la gente del Undoso hizo nevar sobre la villa, y para mayor asombro de la posteridad, consignaron la aparición de una aurora boreal.
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A mediados del siglo XIX se vendía nieve en Sagua como artículo de lujo. Sólo podían adquirirla los adinerados, pues era transportada con las consabidas pérdidas ocasionadas por el sol tropical. Cinco pesos de oro costaba la arroba de nieve. Se pagaba en oro, por blanca y por fría, para mitigar el abrasamiento de la canícula.
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Los poetas de la época hablaban del Bóreas, el viento gélido del norte, y entre tanta añoranza de nevadas y ventiscas ocurrió lo que hasta hace poco consideraba una especie de alucinación colectiva: la aurora boreal del verano de 1859. Cuentan que fue avistada por la madrugada y era un hermoso resplandor que se extendía de este a oeste sobre el cielo de la ciudad. Muchos se alarmaron, encomendaron sus almas a Dios y pensaron en el fin del mundo.
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Hace poco un astrónomo me aseguró que, si bien el fenómeno es raro en estas latitudes, no deliraban nuestros antepasados al hablar de una aurora boreal. Ya se ve cómo el deseo de paliar el calor puede producir hasta una aurora mágica, que si se sazona con la nieve de la época, pagada en oro, alcanza para crear una ilusión de frescor que dura siglo y medio .
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Se lo digo a mi astrónomo con esta fe de hombre del pasado, casi parafraseando la divisa de los marqueses de La Habana, y él me echa de menos, renuncia a los pronósticos de tormentas solares, y asiente: una buena aurora vale para toda la vida.
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sábado, 27 de junio de 2009

M y R. Año 1917.

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Leed bien ahí. ¿Acaso fue escrito para nosotros?

La costumbre común de juntar nombres en una pared, ese atavismo de los amantes, no respeta los mármoles ni la sangre blanca de los árboles. Todos aspiran a eternizarse, siquiera en unas torcidas iniciales de rara caligrafía. ¿Cómo calar la piel del tiempo? He ahí una buena materia de eternidad: los nombres en el hierro.

¡Cuánto he repasado esas iniciales durante estos años!

M y R, 1917.

No simplificaban tanto las sociedades anónimas y comanditarias de la época. Aquí mismo, en la otra acera, perdura la casa “Carlos F. Iglesias”, con los gatos en sus capiteles, guiño felino de aquel burgués asido a sus mostachos; Beguiristaín, en la esquina, es un nombre de letras blancas sobre el frontón de un edificio verde; el Armas, de balcones muy horizontales, se ve menos palaciego, casi bastardo en el corazón de la ciudad señorial. Nombres completos para vanidad de dinastías muertas.

¿Quiénes fueron M. y R.? ¿Socios, parientes, esposos? ¿Sutiles amantes? ¿Eran tan conocidos que no hizo falta completar los nombres? ¿O prefirieron dejar una señal para los entendidos del tiempo por advenir? ¿Una cifra, un indicio que para otros M. y R. tendría sentido?

Aquella noche de la botella de ron, fue entonces que nos encontramos. Era una botella elusiva; no bebimos. La juerga empezaba a caldearse con la pasión de los mosquitos. R. y yo decidimos bajar, irnos a la entraña para estar juntos. Quiero persuadirme, creer que así comenzó todo. Quiero negar toda la causalidad torpe que nos trajo aquí y creer en “una extraña lógica”. No soy un hombre tan crédulo. Sin embargo, sigo buscando a R.
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jueves, 11 de junio de 2009

Otra vez el viajero


Para ser un viajero poco dado a llevar equipajes, en las últimas semanas se me ha visto en andanzas que, a fuer de prolongarse en la emoción del conocimiento previo, son viaje infuso para mí, tan reales o irreales como cualquier partida o arribada que haya sugerido alguna vez mi lejanía.

No hablo del elemental “dejà vu”, sensación de torpe reminiscencia; hablo más bien de la naturalidad perfecta de todo, y de la incapacidad de hallar lo ignoto en un país tan largo, y especialmente de mi tenaz afecto por los objetos que el viaje va develando, siempre (re)conocidos desde la lejanía aludida; afecto por lo que reconozco como propio en este viaje de equipaje intrascendente.

Ojalá se entiendan estos apuntes, claridad mía tan oscura.

El verdadero viaje magallánico es el que emprendí hace años hacia una expresión que no accede a dárseme; un decir meridiano que anda buscándome con halo de palabra oída al azar, porque ya sé que no hay decires definitivos…

Verbigracia: me vieron frente a la estación sin trenes, ojo en ristre, haciéndole un retrato a la mujer de bronce que no sé si sea una alegoría majestuosa de Matanzas; llovía, y yo hubiese querido que la lluvia borrase el letrero del pedestal que cifraba la escena en 1883; cuando cruzábamos el San Juan recordé a Milanés –lugar común- y mi vanidad me hizo pensar que sólo yo entre los transeúntes recordaba ahora a Milanés de codos en el puente.

A La Habana se llega como a ningún lado: tanto sitio preliminar y común enrarecen el efecto de llegar: La Habana no tiene principio, de lo que se deduce que tampoco tiene final ni puedas decir jamás que alguna sea “la última casa”.

En La Habana se me vio concentrado en el empeño de fragmentar los espacios para poder entender adónde van todos, qué cuerpos difuminados ven cuando vuelven la cabeza… Sentí que yo venía de otro tiempo, igualmente frívolo pero calmo, más dado a los asentamientos y la perennidad.

Se me vio tras la estatua del Generalísimo, cerca de la capilla remanente de la antigua cárcel de Tacón. ¿Por qué -como bien observaba mi coterráneo Esteban Montejo, único cimarrón biografiado con éxito-, Máximo Gómez mira al norte y ofrece la grupa a los viandantes?

La ciudad proteica es un bosque de caducifolias; yo soy muy provinciano y mal viajero, incapaz de imaginar un destino para otra ciudad de calles circulares.

(De vuelta en la hidalga Sagua la Grande, a 11 de junio de 2009)

miércoles, 20 de mayo de 2009

El andén

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También quedo atrapado en los sitios para irse. Aferrado al borde de los fierros aguardo los trenes que no volverán. Recién acabo de descubrir esta pasión. Demasiadas miradas sobre el andén. No son los andenes del mundo, sino éste. ¿Por qué vuelvo como si esperase el tren de la medianoche? ¿A quién espero en el andén vacío? ¿Qué fragores vislumbro con la oreja pegada a la tierra? ¿Aguardo por alguien que debe llegar? ¿O son engañosos los pasos que me inducen a marcharme a cualquier parte? Hurgo en mí y en el pasado. Sólo recuerdo llegadas, multitud anónima que viene, jornaleros, dignatarios, gente respetable, vagabundos, poetas…

Jacinto Amar, el pícaro; el pequeño Lamoglia, pintor escenógrafo; Antoñica Otero, la bruja; Gertrudis, la desdichada Tula; monseñor Bernardo Piñol, arzobispo exiliado de Guatemala; White, el músico; Galli-Curci, la soprano; Gómez, el general; Federico y Gabriela… Todos vienen, descienden entre vapores, sonríen, desempacan; pero este es un sitio para irse.