viernes, 1 de octubre de 2010

La Serafina

La oigo en las madrugadas. A esa hora tañe, funérea, como una elegía del siglo XIX. No se detiene ante los muros; penetra por las grietas de la duermevela.

La paradoja de su sonido fue advertida por viajeros eruditos: en las mañanas, dilatado su metal por la luz, suena a epigrama cenital en cada golpe de badajo.

Ramón de la Sagra la escuchó el 22 de abril de 1860:

Una sonora campana nos llamó está mañana al templo, y su sonido fué para mí también un recuerdo de una generosa amiga á quien fué aquella debida.(1)

La nueva iglesia neoclásica de la Villa de Sagua la Grande, según De la Sagra, era entonces “la más bella de su género en la Isla de Cuba”(2). Antonio Miguel Alcover, en su recuento de los benefactores de la obra, aludió a los donantes de las extraordinarias campanas:

La campana mayor, ó sea “La Serafina”, la regaló Da. Serafina Jenks de Torices. La segunda campana, fué donativo de Da. Concepción Montero de Toneu; la tercera fué obsequio de un devoto que ocultó siempre su nombre y la cuarta de D. Ignacio Larrondo. “El peso de ellas ascenderá á cuatro ó cinco mil libras y su costo no baja de $2.500”.(3)

Serafina Jenks procedía de una familia de Matanzas cuyas posesiones azucareras fueron frecuentadas por numerosos viajeros. Casó con Rafael Rodríguez Torices, anfitrión inesperado de Ramón de la Sagra durante el último viaje del coruñés enciclopédico a Cuba. En su descripción de la comarca del Undoso, De la Sagra revela el vínculo de esta familia con la Villa: Torices, capitalista recién nombrado Senador del Reino por Isabel II, integraba la Junta Directiva de la Compañía del Ferrocarril de Sagua.

Serafina quizá vino para presenciar la consagración de la nueva iglesia por Su Ilustrísima Fleix y Solans. Aquel día -19 de febrero de 1860- se develó una lápida esculpida en Nueva York donde mencionan a los dignatarios implicados en la erección de la obra maestra del estilo georgiano en Cuba. Otros fueron honrados apenas con una mención a “los piadosos esfuerzos” de “patricios y estrangeros”. Entre esos anónimos figuran algunos de los verdaderos artífices. La sucinta alusión a los patricios también incluye a Serafina Jenks.

Una olvidada colección de ditirambos de mediocre contenido poético contiene algunos obsequios rimados para doña Serafina. De cumpleaños aparece, entre condesas y marquesas, en inminente maternidad:
-
Ninfa del Yumurí, yo te saludo
Del Mariano en la feliz ribera,

Donde de la salud fijó el escudo
El Dios eterno que en el cielo impera
Y á quien habla la fé con lábio mudo.

-
Yo te saludo, hermosa Serafina,
Por que de la virtud soy entusiasta,
Y al contemplarte con virtud me basta
Para elevarte á la region divina.
-
Como hija digna, de tu padre tierno
Fuiste joya riquísima y preciosa:
Hoy como amable y escelente esposa
Te señala en el mundo el dedo Eterno.
-
Mañana, madre te verás ufana
De tu pasión gozando las primicias
Y esprimiendo dulcísimas caricias,
En el fruto del amor que te engalana.(4)
-
Venida del taller de algún fundidor célebre y desconocido, La Serafina tañe con metales inauditos. Ensordecía cuando subí al campanario; no advertí que daban las doce del mediodía. Hay una escalinata que conduce al órgano, luego una estancia vacía con una claraboya oval, encima, la cámara del reloj, y una escalera de caracol se abre bajo las campanas.

Jorge Mañach, que gustaba de oír bronces en sus viajes por Europa y América, afirmó que éstos “no tienen rival”. Parece el entusiasmo de un ausente, pero sus razones no admiten réplica:

Estas campanas –escribió en 1923- no son precisamente las siempre lentas, solemnes, sonoras o monjiles de Azorín, sino que suenan hondo como una cuerda de guitarra; atropelladas como en alarma; optimistas o fúnebres; netas a veces, y a veces como si estuvieran gloriosamente rotas.(5)

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Notas:

(1) Ramón de la Sagra: Carta de Sagua la Grande, La Verdad Católica, Periódico religioso dedicado a María Santísima en el misterio de su Inmaculada Concepción, Tomo V, Imprenta del Tiempo, Habana, 1860, p. 40.

(2) Ramón de la Sagra: Historia física, económico-política, intelectual y moral de la Isla de Cuba. Relación del último viaje del autor, Librería de L. Hachette y Ca., París, 1861, p. 218.

(3) Antonio Miguel Alcover y Beltrán: Historia de la Villa de Sagua la Grande y su Jurisdicción, Imprentas Unidas de La Historia y El Correo Español, Sagua la Grande, 1905, p. 551.

(4) (Fragmento). D. Manuel Abreu: Colección de versos laudatorios, Imprenta Militar, Habana, 1860, p. 44.

(5) Jorge Mañach: Glosario, Ricardo Veloso Editor, La Habana, 1925, p. 66.

4 comentarios:

◊ Dissortat ◊ dijo...

Els sonido de las campanas siempre me ha atrapado. Allá en donde pasaba mis vacaciones y me escapo todavía, eso que en mi blog denomino "Locus Ignorabilis", vivo a los pies de la iglesia y una de las campanas lleva el nombre de Úrsula, por una tía-abuela mía. Su sonido tiene para mí algo más especial, quizá porque también es la que en el mediodía y a al final de la tarde da sus tres campanadas tocando Ánimas.

Un fuerte abrazo, Maykel

Maykel dijo...

¿Entonces tienes un sitio como el Illiers Combray de Marcel Proust?

Del camino de Swann me encanta el pasaje de los campanarios de Martinville, esa perspectiva profunda y móvil que se aleja en las curvas del camino.

¿Cómo suena la campana de tu tía abuela?

¿Es una de las lentas, sonoras y monjiles de Azorín?

Un abrazo.

◊ Dissortat ◊ dijo...

Lenta y profunda, querido Maykel... y la echo tanto de menos...

Anónimo dijo...

Os envidio, yo acostumbro ser de los que no cuestionan por el tañir de las campanas, quizas por influencia hemingwayiana, pero reconozco el encanto que ellas inspiran. Un abrazo querido Maykel, siempre admirando tus incursiones literarias que en ocasiones me tientan a ejercer mi veta de explorador.