miércoles, 23 de noviembre de 2011

La revolución de Arturo

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Debí ser Arturo III. Mi abuelo se llamó Arturo, mi papá también. Conmigo abandonaron el patronímico para hacer honor a cierta moda pop. El abuelo nunca pronunció bien el nombre que me dieron: faltaba quizás la ele, acaso una vocal confundía su naturaleza abierta… No me gustaba besar a mi abuelo; su rostro me pinchaba. Me quedan pocos recuerdos de él. Vivíamos en otra ciudad cuando nos despertaron en la madrugada. El abuelo de ustedes murió –dijo Arturo II-, nos vamos a Sagua. Mi hermana, muy pequeña, vestía una saya plisada. Es lo único que recuerdo de la partida. Fue la primera vez que entramos en la funeraria.

Mi abuelo tenía fama de hombre simple. De viejo disfrutaba observar el garbo de las mujeres desde el portal para consolarse quizás de la amargura de mi abuela. Parecía desprovisto de criterios, no tenía nada que decir. Se quedaba dormido en el sillón con la charla familiar de fondo como un grato rumor; las veladas siempre acababan temprano para él.

La vida de mi abuelo fue apacible y acabó como un adagio: enrojeció de pronto, en la noche, y antes de que pidieran socorro había muerto. Hasta aquí parece una existencia demasiado anodina para merecer una reseña, pero hace un año supe algo que me ha conmocionado: sencillo como era, obediente en la vida doméstica, mi abuelo fue héroe de su pequeña revolución.

Sucedió en la década de 1950. La familia estaba arruinada. El último lienzo de tierra lo vendieron para irse a la ciudad; la zafra se portaba onerosa. Les alcanzó el dinero para construir un par de casas en unos antiguos jardines de Carmen Ribalta, la encomiada viuda de Oña. No se hallaban en los jardines de Kensington: la familia era numerosa; las casas, pequeñas. Mi abuelo, que antes trabajaba para sí mismo, se empleó en el central Santa Teresa. Pasaba el tiempo muerto en el portal, aguardando por alguna labor de ocasión. Quizás ya escrutaba a las mujeres que iban deliciosamente calladas mientras mi abuela le reñía.

El abuelo, unido a otros peones azucareros, asaltó el Sagua Yacht Club un buen día, cuando todos creían que seguía en el portal. No sé con exactitud qué reclamaban ni por qué fueron a tomar una sociedad burguesa en lugar de incinerar un cañaveral o, en el colmo de la audacia, secuestrar el penacho del ingenio y apagar una fogata que los asfixiaba. Tal vez solo tenían ganas de rendir algo. Mi abuela aseguraba que se incorporó a los revoltosos con gran ingenuidad, sin saber a dónde iba, embriagado por la humareda de aquella ínfima revolución y acuciado por una inoportuna vocación de justicia.

Los socios del Yacht Club se burlaron de los asaltantes y la ciudad se encogió de hombros. Mi abuelo estuvo preso apenas un día. Un muchacho que presenció la incursión de los guajiros, cantando su Marsellesa desafinada, lo reconoció entre las huestes y dijo para sí: ¿este qué hace aquí?

Así fue la revolución de Arturo –me contó aquel testigo, que luego se casó con mi tía-.

Mi abuelo era tan simple que se descubrió ante unas damas al entrar.

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Foto: Sagua Yacht Club.

5 comentarios:

Animal de Fondo dijo...

Como últimamente no te entiendo -como a Lezama-, paso por aquí, simple como tu abuelo. Y al entrar, me descubro también, aunque no quiero revolucionar nada en tu casa. Te extraño y también te leo.
Un abrazo, Mayke...

Maykel dijo...

Un abrazo, amigo mío...

◊ Dissortat ◊ dijo...

Humilde revolución, pero no todos pasarán por este mundo habiendo formado parte de una, aunque no sepan muy bien el sentido de ella.

Un abrazo muy fuerte

Maykel dijo...

Un abrazo para ti, Dissortat.

Lore dijo...

Bonito el blog.Los textos son agradables.Felicito tu iniciativa. Saludos.