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Isabela de Sagua. Más imágenes de un lugar único en Cuba.
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NOTA: Fotos realizadas por el sagüero Marcelo Aday
Hace 13 horas
Dos patrias tengo yo: Cuba y la Noche.
No he podido averiguar de quién procede la primera mención que atribuye a Plácido la designación del río Sagua la Grande como “Undoso” por antonomasia entre los ríos cubanos. El adjetivo, de origen latino, se refiere a la cualidad de moverse haciendo ondas. En el léxico poético del siglo diecinueve fue asaz común usarlo para aludir a corrientes de agua. En la poesía del mismo Plácido, pródiga en ríos, aparecen el “undoso Táyaba” y el “Agabama undoso”; pero, ¿cuántas veces se refiere el poeta al río Sagua la Grande y cuáles calificativos usa? En su poema “Un sueño”, dice Plácido: “Como el Sagua sonoro, que extasiando las almas, nace entre verdes palmas y se desliza sobre arenas de oro”; en otro de sus poemas celebrados por la crítica, precisamente el que nombra su poemario de 1841, “El veguero”, la amada es “pura como los arroyos que entran bullentes en Sagua” y en la compañía del poeta ha de figurar “como del fecundo Sagua en la sonante ribera brilla la flor de majagua.” Hasta aquí los calificativos más frecuentes para referirse a nuestro río, casi siempre de índole sonora. Es en la oda dedicada a la condesa de Merlín donde Placido usa un compuesto probablemente de su cosecha que remite a la condición ondulante emparentada con el adjetivo “undoso”. Dice el poeta: “El Sagua ondisonoro que del alto Escambray nace a las plantas mostrando en sus riberas, flores tantas como arrastra en su fondo arenas de oro.” Este “ondisonoro” placidiano, es un análogo semántico del adjetivo “undísono”, propio de la retórica poética de la época, y procedente del latín: “dicho de las aguas que causan ruido con el movimiento de las ondas”. Sobre la visita a la villa que contribuiría a bautizar por su condición fluvial, se sabe por el permiso de viaje expedido en Matanzas y refrendado luego en cada una de las poblaciones donde hizo estancia el viajero, que Plácido se presentó a las autoridades de Sagua el 4 de marzo de 1843. En la exposición elevada al gobernador de Matanzas al año siguiente con el fin de obtener clemencia se refirió a su “malhadado viaje a Sagua”. Sin embargo, algunos años antes, en 1840, el poeta había hecho otro viaje similar. Fue en esta primera incursión por la comarca sagüera cuando Plácido tal vez haya conocido personalmente al trashumante Francisco Pobeda y Armenteros (1796-1881), “El Trovador Cubano”, poeta de estirpe guajira a quien se considera fundador de la tendencia criollista en el ámbito del romanticismo cubano. Lezama, en una conferencia sobre Plácido, aludía a las controversias poéticas a la usanza campesina que sostuvieron ambos poetas. Pobeda vivió casi toda la vida junto al Undoso. Murió en Sagua, el 21 de mayo de 1881.
Mientras indagaba sobre los intérpretes de “La flauta mágica” mozartiana en ocasión de su reciente estreno por el Teatro Lírico Nacional de Cuba, he descubierto el portento de una diva extraordinaria: Florence Foster Jenkins (1868-1944), la peor soprano operística de todos los tiempos. Reí al escucharla; la flagrante tomadura de pelo hace sospechar un gran sarcasmo, como si en burlar al público filisteo se esforzara la cantante. Pero el sentido de la comedia es en realidad trágico: Florence Foster creía en su papel, desconocía sus límites, padecía el espejismo megalómano del genio incomprendido; se consideraba a sí misma otra Luisa Tetrazzini. El caso a primera vista parece insólito y patético: el extravío de alguien con una voluntad infinita que ha emprendido el camino del equívoco. Después de reflexionar he venido a pensar lo contrario. Si Florence la Impostora se creyó de veras una gran artista nunca hubiera podido perdonarse sus atuendos emplumados, el halo de privilegio que atribuía al otorgamiento de invitaciones para sus conciertos, y más que todo, aquella manera suya de graznar las coloraturas de Lakmé y la Reina de la Noche. Florence Foster Jenkins perseveró en el error de desconocerse con una obsesión que me asusta. Al menos fue divertido que amara coronarse diva de ópera. Es inevitable pensar, con temor, en cada “Florence Foster” que nos obsequian hoy mismo su arte desde la oratoria, el periodismo, la literatura y la política. Para ellos, Florence la Venerable debe figurar en cada altar como diosa tutelar. 