martes, 11 de marzo de 2008

De las ruinas. Última perspectiva: la ruina interior (III y final)

Hasta ahora me he asomado a las ruinas como un intruso, intentando escudriñarlas y compadecerlas por su condición decadente con la presunción, definitivamente inconfesada, de que no soy ruina, y las he visto como una otredad venerable, pero al fin y al cabo, de una ajena naturaleza. He sido un visitante respetuoso, pero no he sido más que un forastero. He sido un visitante de las ruinas; hoy quiero habitarlas, devolverles el hálito, saberme ruina también, cosa inerte que se resiste a la condición estática y pretende vivir todavía en el éxtasis de la ausencia
-superior aquí a la presencia, como decía María Zambrano, a quien no puedo dejar de citar en esta última estancia arruinada donde he querido evocar su nombre. Las ruinas desde adentro, desde sí mismas, vistas por sí mismas, tal vez con la naturalidad que nos está vedada a los que todavía pensamos en la pertinencia de construir, a despecho de lo perdido, para que haya ruinas en el futuro. Lo de arriba fue un hotel, antaño muy populoso, en el corazón de la Sagua republicana; lo de abajo, el palacio de Alfert, la morada de un filántropo. Lo más conmovedor de las ruinas tal vez sea que continúan asidas a su naturaleza anterior: el hotel persiste en parecer casa de paso, que acogió a muchos; el palacio casi invadido por el jardín todavía se protege con verjas de los intrusos. Mientras escribía esto recordé que en una perspectiva semejante ya se colocó alguien, que dejó hablar a las ruinas en primera persona, sin interrumpirlas, a unas ruinas especialmente amadas, las de su propia casa. Fue Dulce María Loynaz (1902-1997) y le cedo la palabra:
Lo que yo he sido está en el aire,
como vuelo de piedra si no alcancé a paloma.
En el aire, que siendo nada,
es la vida de los hombres; y también en la Epístola
que puede desposarlos ante Dios,
y me ofrece de espejo a la casada
por mi clausura de ciprés y nardo.
La Casa, soy la Casa.
Más que piedra y vallado,
más que sombra y que tierra,
más que techo y que muro,
porque soy todo eso, y soy con alma.
Decir tanto no pueden ni los hombres
flojos de cuerpo,
bien que imaginen ellos que el alma es patrimonio
particular de su heredad...
Será como ellos dicen; pero la mía es mía sola.
Y, sin embargo, pienso ahora
que tal vez ella me vino de ellos mismos
por haberme y vivirme tanto tiempo,
o por estar yo siempre tan cerca de sus almas.
Tal vez yo tenga un alma por contagio.
Y entonces, digo yo: ¿será posible
que no sientan los hombres el alma que me han dado?
¿Que no la reconozcan junto a ella,
que no vuelvan el rostro si los llama,
y siendo cosa suya les sea cosa ajena?
Últimos días de una casa, 1958 (Fragmento)

4 comentarios:

Libélula dijo...

Eres un gran Mago, me traes tantos recuerdos!

Mi familia materna es de la provincia de Granma, de un pueblecito intrincado, tan perdido de los mapas que le llaman "El Puntico". En mis vacaciones solíamos ir a visitar a los abuelos a su enorme rancho de madera antigua, herencia "bisabuelar", y son el mejor recuerdo que tengo de mi infancia.

Al morir mi abuela, la casa quedó abandonada, a la deriva, como aquellos barcos fantasmas.

Antes de venirme a España, fui a visitar la casa. Solo quedaban tejas dispersas, las lozas de pizarro del suelo, y ni un sólo de los enormes árboles.

El brocal del pozo lo habían despedazado para aprovechar la madera, lo mismo que los herrajes de la bañera antigua.

Lloré mucho, porque aquellas ruinas eran símbolo de los años, comprendí entonces que aún cuando me niegue a crecer del todo, "Nunca Jamás" sólo existe dentro de nosotros.

Sentado en el borde del pozo, (ahora a ras del suelo y lleno de hierbajos) copié fragmentos del mismo poema que hoy citas, "Últimos Días de una casa" y los enterré bajo una de las lozas.

Con este recuerdo, recapitulo a esta casa, a mi abuela y sus "champolas" de chirimoya y anón, a mis tardes de dar de comer a los cerdos, la incredulidad de mis primos ante mi habilidad de columpiarme descalzo entre los tamarindos.... y recapitulo a aquel niño de ciudad montado en un tren ferroso, de los que siempre llegan tarde, pero que no importaba, pues por aquel entonces no existía el tiempo.

Gracias por seguir con estas fotos y escritos.

Extraño mi isla, cuando me asomo a esta ventana la bebo toda, sin embargo cuando me asomo a esta otra ventana, la de vidrio que da a la avenida, me es tan ajena mi nueva realidad....

Libélula dijo...

P.d Gracias también por el bendito susurro en mi templo, es maravilloso.

Te dejo a cambio, otro susurro, esta vez del "Maestro".

Te bendigo,

Libélula.

Doble noche

I
La noche no logra terminar,
malhumorada permanece,
adormeciendo a los gatos y a las hojas.
Estar aprisionada entre dos globos de luces
y mantener, como una cabellera
que se esparce infinitamente,
el oscuro capote de su misterio.
La noche nos agarra un pie,
nos clava en un árbol,
cuando abrimos los ojos
ya no podemos ver al gato dormido.
El gato está escarbando la tierra,
ha fabricado un agujero húmedo.
Lo acariciamos con rapidez,
pero ha tenido tiempo para tapar
el agujero. Hace trampa
y esconde de nuevo a la noche.

Maykel González Vivero dijo...

Ese poema que enterraste, tengo la certidumbre y tú debes saberlo también, germinará; es más, pienso que ya ha germinado y no vale que te diga dónde porque sé que lo sabes por ti mismo. ¿Qué puede nacer de un poema que describe dolorosamente la muerte por fragmentación del espíritu, la elegía de una casa que se llora a sí misma por la ausencia de los hombres? ¿...?

Hace un año fui con mi tía, ausente mucho tiempo, a visitar la casa que habían tenido mis bisabuelos, donde nacieron mi abuela y sus hermanos, en las márgenes del río Sagua la Grande, cuando eran campesinos y todavía no pensaban mudarse a la ciudad. Yo nunca conocí esa casa; nunca estuve allí, pues mi bisabuela murió mucho antes de que yo naciera. Pero mientras mi tía mostraba el sitio donde estuvo alguna vez
-ahora sólo hay un huerto, muy fértil es allí la tierra de la isla- pude sentir cómo la vieja estancia germinaba dentro de mí, misteriosamente gradual, como si yo la hubiera conocido y transitado. La casa tenía una arboleda, extinta, sólo sobrevivía a la sazón un mango. Mi tía quiso fotografiarse allí, al pie del árbol, testigo de su infancia, y yo le pedí que hiciera sitio también para mí.

Desde el montículo donde estuvo la casa, se ve todavía un puente ferroviario de hierro, sobre el río, que ya cerraba la perspectiva del paisaje en los días del nacimiento de mi abuela y permanece inamovible, con cierta pose de eternidad. A los puentes siempre he querido verles algo de majestuoso y sagrado; en éste, se cruzaron aquella mañana para mí los caminos del tiempo.

Libélula, asómate a esta ventana cada vez que quieras, no olvides nunca que la isla siempre será tuya.

Maykel González Vivero dijo...

Y se me olvidaba agradecerte esta noche duplicada con gatos. Parece un cuadro nada gótico, aunque sea nocturno; es otra noche insular, un jardín invisible. Digamos ahora al unísono, tú y yo: !Qué viva el Maestro, por los siglos de los siglos!
!Y qué viva!