martes, 20 de agosto de 2013

Hallazgos del último vecino


Desde que vivo solo he hecho varios descubrimientos. Algunos sonríen cuando enumero mis hallazgos, pues les parecen circunstancias cotidianas. Sea, reconozco que he sido hasta ahora un torremarfilista típico: si observé y juzgué los trasiegos cotidianos, lo hice con vocación de costumbrista.  De súbito he transitado de etnógrafo a etnografiable, y el cambio de perspectiva me aturde todavía.

Descubrí, por ejemplo, que para mudarte debes tener un par de amigos fornidos. Si nunca los tuviste, deberás reunir mucho dinero y persuadir a algunos vecinos para que carguen tus efectos hasta la nueva casa. El pago y la persuasión resultan aquí necesidades complementarias: nadie se dedica, profesionalmente, a las mudanzas. Hay que pagar y convencer de tu urgencia. Heme aquí, propietario hace dos meses, y no consigo que me suban el refrigerador hasta la buhardilla…

Mi siguiente descubrimiento es trágico: comemos arroz todos los días, pero los establecimientos no lo venden siempre. Hay que hacer provisiones. ¿Venden arroz? ¡Corre, entonces! No importa que descarguen un camión, la gente agotará las provisiones en pocas horas. La precaución de abastecerse sirve para todos los productos, pero el caso del arroz es preocupante: es el único alimento imprescindible. Leí recientemente que cada cubano consume un promedio de 70 kilogramos al año. Lo decían con orgullo, como si se tratara de una señal de holgura en los hogares.

Descubrí, además, que me asusta comprar carne. En primer lugar, la libra de cerdo cuesta veinticinco pesos, y esa cifra rebasa ampliamente mi jornal. Encima, está pautado que te roben una porción. Y lo peor: se corre el riesgo de que la vendan en mal estado, pues en Cuba las carnes se exhiben a la intemperie, en una tarima.  Mi papá, un anciano sagaz, con gran experiencia en sortear el peligro de las carnes, compró esta semana varias libras de cerdo podrido. Por fuera se veía sano; al primer tajo, apestó…

Para realizar las reparaciones que urgen a la casa funcionan las mismas reglas que enumeré arriba, al juzgar la dificultad de mudarse. Mis puertas están destartaladas y tengo la friolera de seis, todas bien altas, con lucetas y el antiguo diseño de persianas y postigos que aquí llamaron “carpintería francesa”. Estas encantadoras puertas casi tienen un siglo y se sostienen con esfuerzo. Cuatro fueron clausuradas con tablas y dejan pasar un poco de agua si llueve sobre ellas. Dos carpinteros creen que el trabajo es engorroso y declinaron asumirlo. Otros no gustan de remendar y estarían dispuestos a fabricarme puertas nuevas a un precio exorbitante, si les abono un adelanto para comprar la madera y otros enseres. Dejaría las puertas así, hasta hallar una oferta mejor, pero me preocupan los ciclones, así que echaré mano a unos ahorros y haré arreglar un par de las más endebles…

Mis padres insisten en que se puede vivir con doscientos pesos a la semana, pero no consigo que compartan el algoritmo. Renuncié a comer fuera siquiera una vez al mes, y compro los alimentos más baratos. Me haré vegetariano a la larga. Por lo pronto proyecto sustituir frijoles por chícharos, a ver si el salario dura un poco más y puedo soportar otros pagos necesarios.

Mi último descubrimiento es el más sorprendente: desde mi balcón nada se parece al mundo de los pedestres. La ciudad se violenta en líneas apretadas y reduce sus dimensiones. Con la gente pasa lo mismo: exhiben las narices y los vientres con un atrevimiento horizontal que ellos mismos no sospechan.

3 comentarios:

Gino Ginoris dijo...

Lo cotidiano en algunos casos llega a ser agotador, suerte tu escape para contarlo tan “sabrosamente”.
Me encantó

Abrazo.

◊ dissortat ◊ dijo...

Desde aquí todo me parece tan... difícil para vosotros.

¡Ojalá pronto suceda un gran cambio!

Saludos, amigo.

Maykel dijo...

Gracias a los dos.
Abrazos.