lunes, 25 de marzo de 2013

Sillón de barbero

Recuerdo bien cómo, de pequeño, no gustaba de hacerme cortar el cabello y solía dilatar las visitas al barbero. Lo atribuyo al prejuicio, tan arraigado en cualquier hombre, de poner la cabeza en manos ajenas: el peligro de dar la espalda a quien sostiene tu cabeza, imaginar que las tijeras te estropean la piel. He recordado aquel miedo al hallar este sillón de barbero, que parece una máquina de tortura. Los sillones de mi infancia eran más elegantes. Las barberías decadentes conservaban entonces su mobiliario republicano, decorado con follajes gruesos.

Ante este sillón he sentido miedo de todo; han vuelto aquellos terrores antiquísimos, invencibles. Lo más trágico de este retorno acaso sea que ya no hay barbero: yo mismo me destrozo con unas tijeras negras.

En mis delirios de la duermevela soy un pequeño fracasado que se da muerte.

Confieso, lúcido ahora, que no temo darme muerte. Yo mismo quise cortarme el cabello una vez.

Hace poco hice un viaje que no he querido referir aquí. Fue un viaje a las montañas, peligrosísimo, a expensas de un cicerone perturbado que amenazaba con despeñarme. Lloviznaba y era la nube que nos envolvía; le debo gratitud por eso al infeliz guía.

La humedad de aquel viaje inhóspito todavía me cala; la disputa de ayer por causa de un intruso que no existe; el nonsense de estos días amordazados; no sé cómo articularlo todo para que yo pueda vivir sin amargura y dormir tranquilo. Por eso le dije un día a alguien que la última justificación del arte es ordenar las circunstancias e imágenes trastocadas, vertebrar relatos más o menos coherentes que alejen la certeza del galimatías, al menos por un tiempo. Por eso escucho esta noche a Gabriel Fauré y me siento a escribir en el sillón del barbero.


Cuánto necesito rematarla. A la muerte bellísima.

Para cuidar la cabeza tuya de la ciudad,
yo trazaba una orla
que era un laurel o un cardo -una corona honorable-
y no conseguía cerrar el círculo de la incompletez mía,
esa iracunda necesidad.

He roto la línea -¿porque no consigo disponer
el carácter de la orla, el adorno, la ciudad?-.

He roto el trazo
que esbozaba sobre tu cabeza destrozada
para recomponerte la buena voluntad y restituírmela.

2 comentarios:

Carlos Alejandro dijo...

Espero que el intruso no exista más, que no intentes cortarte el cabello otra vez... También sentí la humedad de aquel viaje, y aún le temo. La buena voluntad nunca cesa, solo es el silencio, la calma, la duda, hasta una dosis de odio con uno mismo. Y la esperanza de que podrías restituirla. Un beso...

◊ dissortat ◊ dijo...

Siempre tan acertado... Yo en cambio, gustaba de que me cortaran el cabello, ahora no necesito barbero, pues soy yo mismo el que con la misma cuchilla con la que me afeito la barba, me afeito la cabeza cada día.

Mi abrazo más cariñoso y cálido para sacar esa humedad de tus huesos.