viernes, 28 de mayo de 2010

Fábula de amor del hombre mecánico

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El hombre mecánico se ajusta la mandíbula por las mañanas. Un golpe sobre el tornillo que sujeta las palabras le permite besarte.

Si el verbo se resiste a dejarse articular, este hombre no pierde la serenidad, tan cara a los príncipes, y se golpea con el puño la boca de hierro.

Lo que no puede ajustar con la misma rotundidad es su pensamiento mecánico: él pretende huir, ponerse a recaudo de las mañanas, internar sus maneras recias en el bosque de la noche para que tu delicadeza no lastime su mecanismo frágil.

El hombre mecánico, con sus manos de estiletes romos y la uña recortada según la moda cubista, sabe cómo quebrar sus dedos contra el hierro de la boca para alegar los consabidos terrores de hallarse contigo en el Muelle Real, bajo la lluvia, sin beber otro elíxir que aquel mar donde suele imaginarte en sucesivas devociones de su efigie.

Mary Shelley hubiese amado a este hombre.

Y quién no lo haría, cuando se le ve acarrear hacia la ciudad del sur, en su mutismo férreo, una pradera de flores cercenadas.
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3 comentarios:

Dissortat dijo...

¡Qué hermoso!

Un abrazo

Gino dijo...

por qué escapar
pregunto al de hierro con misteriosos mecanismos
por qué anudar a la noche su chirriante osamenta
no importan los mares
perdonable es la falta de verbos a la luz que nace
¿es que siempre se devuelve al sur?

Anónimo dijo...

De Argent

Tan genial como siempre