sábado, 25 de febrero de 2012

Un poeta uranista

-

El sillón ha sido asolado.
Recién me había levantado a causa del viento
que entra a la casa rumbo a un país blando,
toma la puerta principal
y sigue lejos, hacia los confines de la época.

La estación encubre su pésimo carácter
en los portillos:
los fragmentos mejor guardados son asolados
por un torbellino de cendales.

Admito lo que decía un uranista:
la Muerte procede del país del poeta,
le persigue desde la tierra que abandonó.

Van asolándome, pero no padezco;
la heredad sí sufre,
pues el viento hace girar sus arenas blandas.

El sillón, vacío.

Recién me había levantado a causa del paso de la Muerte.

...

El cofre musical

Me figuro un lago olvidado.
Ahí se oye la música de Bruckner,
sorda como una sonata tocada en la caverna
de Ludwig, el rey.

La marea sube como la música del mar.
Nada calma las aguas del lago
ni Anton Bruckner pasa
ahora con la suavidad del organista apacible
que remonta una barquilla en las tardes de Viena.

He creído que cierta música ha de aquietarse
amortiguada por su propio duelo inconfesado,
separada de las aguas,
como un poco de almizcle sobre un lago extraño.

La caverna que digo era un cofre de música,
un sitio diminuto y ensordecedor.

...

A Richard Wagner

Extravié un poema dedicado a Richard Wagner
que empezaba con un estertor.
Contenía apenas una línea de miedo cerval.

_______
Foto: Balcón del antiguo cuartel de caballería. Padre Varela y Luz Caballero, Sagua la Grande.

sábado, 11 de febrero de 2012

Noticias de la guerra

-

Mi tía abuela, Silvia Valentina González Toledo, aseguraba descender de un mambí que fue muerto durante la última guerra contra España. La referencia me llega muy desvaída. Mi padre asegura que se trata de Severino Toledo Jorges [sic] y añade que, en parte por su ascendencia mambisa, recibía Silvia una pensión –"una botella”- de los gobiernos republicanos. Severino está enterrado en el mausoleo de la brigada de Sagua la Grande; la gran tumba, al centro de una plaza, contiene más de un centenar de muertos. Camino por ahí para abreviar las rutas; mi antepasado mambí no se percata de mi paso.

Severino fue apenas un confidente, según reza en la placa de bronce. Fue muerto en los campos de Cuba por las revelaciones que hizo a los independentistas; se me ocurre, sin embargo, que era un hombre parco, tan escueto para hablar de sí que lo desconocemos todo de él. De Severino, el confidente, no me ha llegado ninguna confidencia.

Mi bisabuelo -se llamaba Benigno y era un buen hombre- le dijo a mi padre que los mambises pasaban por su finca y solían comer y beber un poco. Lo contó más de treinta años antes de mi nacimiento; recibí muy tarde las noticias de la guerra. Sé, aunque no lo haya precisado nadie, que los mambises siguieron frecuentando las tierras de la familia hasta el advenimiento de la reconcentración. Mi bisabuelo nunca explicó cómo sobrevivió a la hambruna.

Demasiado tarde me llegan las noticias de la guerra. Algunos remanentes sí llegué a ver, como el candelabro de bronce que guardaba Fidelina Hernández Morilla, casi prima de mi abuela. Sirvió para alumbrar las tertulias de la casa cuando la ciudad quedó a oscuras. Fidelina dijo: “este candelabro nos alumbraba en los últimos años del siglo”, y qué luz turbia advertí en la pátina de bronce… Eran los días en que Francisco de Paula Machado, alcalde autonomista de Sagua, respondió a la amenaza de la empresa del alumbrado público con estas palabras: “no puedo entregarle el dinero de los hospitales, apague usted cuando quiera”. Nadie apagó, sin embargo, aquel candelabro.

Mi último recuerdo de la guerra es muy reciente. Lo consignaré para despecho de los que suponen que la beligerancia ha terminado y que no han de llegarnos nuevas noticias. En la antigua calle de la Amistad –hoy Carmen Ribalta- me encontré a Aguedita Martín Landa, nonagenaria, gran amiga de mi abuela, nieta del alférez Landa, mambí de la brigada de Sagua la Grande. Ella puede hablarme de Robau, el general más joven y apuesto de la guerra, como si lo hubiera tratado personalmente. Esta vez íbamos por aceras distintas y Aguedita se contentó con apoyarse sobre las piernas y alzar el bastón. Entendí lo cifrado en su gesto; nos hacemos estas confidencias desde hace años. Había dicho, otra vez, ¡viva Cuba libre!

Foto: Placa de bronce en la puerta del mausoleo. La mano señala el nombre de Severino.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Cerros lejanos

-

Se tiene la certeza de los cerros imposibles,
la lejanía supone una incontinencia.

Un calar de aguas suspende la noción de lontananza,
sugiere que un crimen mío no ha sido confesado.

No podré alcanzar los cerros porque he sido incontinente.

La lejanía como una neblina
enfría los rostros de los viandantes que suben.
La lontananza los alude a ellos;
no me secundan y los cerros suponen que debo confesar.

La lluvia soplaba de un lado con una apelación desigual.
Advino la calma y alguien preguntó por un árbol,
quizás abatido por la tormenta,
que señalaba una ruta equívoca a los distraídos.

Hemos pasado junto a un árbol maligno, dije,
y lo registraron como una confesión.



Una libélula

Antes de emprender el último vuelo
aseguraba comprender
que viesen al Diablo a bordo suyo,
cabalgando sobre una laguna de bambúes
en cuyas aguas verdes silbaban sus sentencias
las ánimas perseverantes
y los corrillos del sabbat.

Y dijo antes de morirse
que atribuía a un ardite el mentado don de hablar
a las bestias que ostentaba San Francisco de Asís.

"Cierto que nos hablaba, pero nadie pudo responder
a su galimatías, más confuso que el fragor de la cabalgata luciferina."

domingo, 5 de febrero de 2012

La compañera de Sara

-

Un grupo de artistas cubanos abordó un barco militar para despedir a la trovadora que quiso permanecer inmersa en la entrada de la bahía de La Habana. Nadie habló de reposo; se dijo que Sara, en todo caso, será una centinela. La televisión cubana procuró declaraciones de los asistentes. Hablaron Amaury Pérez, Liuba María Hevia, Frank Fernández, Marta Campos; todos fueron definidos como amigos de Sara. Más tarde, una señora lanzó un jarrón de cenizas sobre la estela que dejaba la embarcación. Esperé que también la llamaran “amiga de Sara”, y admito que la televisión me sorprendió: era la “compañera de Sara González”. El periódico Granma –lo leí después- narraba cómo Diana Balboa, la que echó el jarrón de cenizas lejos de sí, “compañera de Sara” otra vez, había recibido las condolencias de Fidel Castro.

Sara González y Diana Balboa vinieron juntas a Sagua la Grande antes de que arreciara la enfermedad de la cantante. Diana construyó unos peregrinos instrumentos musicales a partir de objetos domésticos y los expuso en la galería Wifredo Lam. Sara cantó luego en el patio del antiguo palacio de Moré. Ante la televisión sagüera, Diana comentó: “me ha gustado mucho la ciudad, deberíamos quedarnos, dando conciertos, hasta que la exposición sea sustituida”. Sara respondió, en broma: “¡qué dices, se van a aburrir y acabarán botándonos de aquí!” Los sagüeros, que advirtieron la intimidad sosegada de ambas, habrán confirmado ahora que Sara González y Diana Balboa eran compañeras en la acepción postrera del término según los diccionarios canónicos.

Supongo que la mayoría de los televidentes y muchos lectores de Granma pasaron por alto esa línea, ese epíteto que me parece el primer manifiesto de su índole en los medios cubanos. Un manifiesto contra la homofobia: “la compañera de Sara”, su viuda, la mujer que la secundó en sus proyectos, la asistió en sus dolencias y cedió sus cenizas al mar. No puedo mensurar el significado de esa línea. Es una señal contundente para los escépticos; es, sobre todo, un aviso para los fóbicos que sólo admiten, con esfuerzo, el carácter absolutamente privado de estos amores.

Haber propiciado este tácito reconocimiento para las parejas del mismo sexo es quizás el último gran servicio que Sara González prestó a Cuba.

______
Foto: Sara González y Diana Balboa, después de la comparecencia de la trovadora en el programa Con dos que se quieran, de Amaury Pérez.

sábado, 28 de enero de 2012

Snuff movie

-
Alguien apaga a voluntad la luz del parque;
en su juego separa y une
los cables que cuelgan del poste.
Y la vida, atenta al deshacerse de la luz,
qué miserable parece a los que asisten
a las violentas iluminaciones.

Por mí la ciudad prescinde
de los sitios nobles
y el erial que la acompaña
adelanta hasta introducirse en el páramo interior.

Por eso han concertado mi muerte.

domingo, 22 de enero de 2012

Jorgito el prerrecluta, la enferma, el ángel…

-

Jorgito tras un árbol, con un vestido azul, ángel, mostraba sus piernas espléndidas. Así nos conocimos: medió el árbol. Yo había entrevisto a Jorgito, supe luego que éramos vecinos. Recuerdo que me observó desde la esquina una vez, sin árbol, sin ángel espléndido, con las piernas acalladas por su propio gesto azorado, y no me detuve.

Jorgito tiene ahora dieciocho años: casi es bachiller, y ya es prerrecluta, seropositivo al VIH y travesti ocasional. Su madre es amable: le permite que salga con sus vestidos en una mochila y organice espectáculos para pequeñas concurrencias en los arrabales de la ciudad. La hermana, una niña eufórica, le presta las hebillas. Vi actuar a Jorgito: "canta" perfectamente en inglés y si es menester, si los resortes dramáticos de la canción obligan, golpea el suelo.

Aquel golpear suyo se me presenta hoy como una apelación, una petición de auxilio: Jorgito, el prerrecluta, fue citado para pasar el examen que establecería su aptitud para ir al Servicio Militar Obligatorio. Está claro que el ejército jamás aceptaría a Jorgito, el seropositivo, aunque el porqué no sea explicado. Debieron molestarse también ante las maneras de Jorgito, el travesti ocasional.

Lo declararon inepto luego de la primera revisión; la burocracia militar, sin embargo, obliga a refrendar la dispensa a otras instancias: Jorgito tuvo que viajar en un ómnibus junto a otros muchachos, con un oficial al frente. Jorgito, el prerrecluta, iba avergonzado; todos insultaban a Jorgito, el travesti. A su compañero de asiento le dijeron “al fin encontraste novia”; a Jorgito, el seropositivo, también lo llamaron “enferma”. Él me asegura que el oficial no dijo nada; se toleró el acoso.

Al llegar al destino compareció ante un médico. ¿Y a ti qué te pasa?, preguntó el doctor. Mire usted mismo –el prerrecluta señaló su diagnóstico, consignado en una hoja-. ¡Cómo han pasado positivos por aquí! –comentó-. La enferma enrojeció.

Así me lo contó Jorgito, el ángel. He prescindido de la mayoría de las injurias. No entiendo por qué no hubo ninguna delicadeza para él, que esa noche no pudo dormir. Esta vez no voy a reclamar las disposiciones legales que no existen en nuestro país para proteger a los discriminados, aunque yo no comprenda cómo una sociedad que enarbola su vocación de justicia las omite hasta hoy. Estoy, por principio, contra los ejércitos; Cuba, sin embargo, necesita protegerse. Se habla del honor de servir ahí; para que sea de veras un honor, los cubanos y cubanas deben concurrir en plena igualdad.

A Jorgito, el ángel, le he dicho que la floresta lo ampara y que los árboles pugnan en las noches por custodiarle las piernas azoradas, los gestos espléndidos.

__________
Foto: Actuación de Jorgito en los arrabales de la ciudad.

jueves, 12 de enero de 2012

La abogada y el querellante: un diálogo inesperado sobre el matrimonio homosexual en Cuba

-
No recuerdo por cuál laberinto de la charla llegamos al tema. Ella es abogada; yo soy un tenaz querellante. La fiesta agonizaba –el café donde empezamos a beber fue cerrado después de la medianoche- y alucinábamos sin concierto en la sala de una casa camagüeyana.

Yo era el intruso de la reunión; los demás eran antiguos condiscípulos que se reúnen una vez al año para hacer los correspondientes recuentos. Porque se consentían los compañeros de los convidados fui admitido.

En este grupo –dijo alguien- contamos con todas las profesiones, con todos los auxilios: un par de ingenieros, una doctora, una jurista que nos defienda, una monja que rece por nosotros… Ella explicó que era apenas una abogada civilista. No se ocupa de crímenes de ninguna índole. Soy un poco aniñada –explicó-, no cumplo con las expectativas que se tienen de un penalista exitoso.

La miré mejor. No sé cómo no recuerdo quién hizo la primera pregunta. ¿Alguno reveló, a mi lado, alzando un vaso de ron, que pensaba casarse en Buenos Aires? Ya se sabe lo que “boda en Buenos Aires” quiere decir en este lado del mundo. Pero a mí no me interesa casarme allí; si fuera a casarme lo haría en Cuba, a cualquier costo.

Así fue que llegamos al tema, después de transitar un laberinto de digresiones. La abogada se asumió conservadora. Reconoció que siempre se ha manifestado contraria al matrimonio entre personas del mismo sexo e incluso ha llegado a desestimar la pertinencia de la llamada unión civil. Explícame tu perspectiva –pidió-.

Mis argumentos fueron vehementes. Hablé de la urgencia de proscribir, para salud de la sociedad, cualquier forma de discriminación. Mencioné el parentesco –y hasta la dependencia mutua- de los discursos discriminatorios, que examinan las singularidades ajenas como una otredad. Ella escuchaba, asentía, y parecía conservadora a pesar suyo. Por último exhibió lo que consideraba el último valladar: ¿y la adopción? Instituir el matrimonio equivale a autorizar la adopción. En nuestro país –proseguí- la adopción es una posibilidad remota incluso para las parejas heterosexuales. En todo caso, si llegara a admitirse para las parejas del mismo sexo, sería una opción legítima. Hablé de estadísticas, usé criterios científicos. Sé que no la persuadí completamente. Los concurrentes casi nos prohibieron continuar hablando del tema y decidimos dejarlo para otro día; luego no volvimos a vernos. Me queda, sin embargo, una certeza que antes fue conjetura: podemos dialogar, solo falta la oportunidad. Hablo de un verdadero diálogo en la sociedad. Con los condiscípulos, los irrebatibles argumentos y un vaso de ron podemos entendernos y ajustar la cosmovisión colectiva.

La abogada hizo una solicitud imperiosa: ayúdame a entender. Después de escucharme reconoció que es injusto que no haya, al menos, leyes antidiscriminatorias en Cuba, y que es inaceptable para la colectividad que cualquier minoría sea desautorizada en sus derechos elementales. También hizo una observación sabia: no se legisla sólo para refrendar lo aceptado por mayoría, lo dado, sino para legitimar un proyecto, el “deber ser” de la sociedad. Ayer leía los diarios de Lezama y hallé un pasaje que sostiene semejante tesis: Descartes creía […] en la mayor calidad de aquellos países que han tenido un Licurgo, que a priori le dictase sus leyes, más que en aquellos otros pueblos que han encontrado su legislación social después de haber construido su experiencia sobre las agitaciones de su intimidad social. Mi amiga, entonces, es cartesiana; a mí no me importa que algunos sostengan que Licurgo sólo es una leyenda.