lunes, 23 de septiembre de 2013

Sheila y yo, ante el Código de Trabajo

Sheila trabaja en un viejo establecimiento que hasta hace poco exhibía una tosca pintura mural con las banderas entrelazadas de Cuba y la URSS. Meses después de borradas la hoz y el martillo apareció ella, recién egresada del Instituto de Economía de Sagua la Grande.  Es discreta, una mujer que no quiere atraer la atención. En esta pequeña ciudad abundan transexuales y transgéneros; una bodeguera tan ensimismada, entonces, no debería sorprender a nadie. Algunos transeúntes, no obstante, se detienen a mirarla y cuestionan su presencia tras el mostrador: ya han visto a mujeres semejantes, pero jamás empleadas por el Estado. Ella les parece una extravagante.

La bodega queda frente a la emisora. Me contaron que una colega mía, discriminada a su turno por pertenecer a otras minorías, se escandalizó ante la ostentación que hace Sheila de su identidad de género: ¡no sé cómo le permiten a ese muchacho que se vista así para trabajar! Alguien replicó, por fortuna, en defensa de la bodeguera.

Después de aquel incidente hablé con Sheila para indagar sobre sus conflictos como mujer transexual y trabajadora. Ella me refirió, sin exaltarse, que la Empresa de Comercio y Gastronomía cuestionó el derecho de manifestar su identidad. En la reunión donde se debatió el asunto, por supuesto, Sheila no pudo defenderse. La administradora, su jefa inmediata, asumió la representación de la trabajadora. Para apuntalar la defensa no pudo invocar ninguna ley, pues hasta ahora ninguna legislación protege a Sheila. Citó los tímidos pronunciamientos políticos, mencionó gestos amables del Estado hacia las personas trans y enarcó la insuficiente gestión del CENESEX con Mariela Castro a la cabeza. Estas razones salvaron el derecho de Sheila a su condición femenina en el espacio laboral.

Cuando estudiaba no tuvo ningún defensor: la escuela, con fuerza de chantaje, hasta le prohibió dejarse el cabello largo. La muchacha no pudo acudir a nadie. Ningún “educador” de la enseñanza general parece conocer siquiera qué es la identidad de género; en la educación superior, según me consta por mi novio y sus amigos, cunden la homofobia y la transfobia. Sheila se considera afortunada: concluyó la enseñanza técnica. La mayoría de las trans que conozco han sido acosadas en las escuelas, no consiguieron culminar ningún nivel profesional, y algunas se dedican hoy a la prostitución. Todas carecen de recursos verbales y jurídicos para defender su transgeneridad. Ni siquiera las favorece la perspectiva patologizante del sistema de salud cubano: no tienen acceso a consultas especializadas ni a cirugías. Sólo los pequeños grupos que apadrina el CENESEX gozan de estas opciones. La Habana, por desgracia, está muy lejos. Sheila se hormona por su cuenta, con pastillas anticonceptivas que expende cualquier farmacia. Así construye precariamente senos y cuerpo femenino, con riesgo para la salud.

La semana pasada discutimos aquí el anteproyecto de Ley del Código de Trabajo, y anoté al margen del documento varias modificaciones. Una de ellas, por supuesto, atañe al artículo 2, inciso a):

toda mujer u hombre en condiciones de trabajar, sin distinción de raza, color de la piel, sexo, religión, opinión política, origen nacional o social, y de cualquier otra lesiva a la dignidad humana, tiene derecho a obtener un empleo con el cual pueda contribuir a los fines de la sociedad y a la satisfacción de sus necesidades y las de su familia, […]

En coincidencia con otros activistas LGBT, sugerí que se explicitara la prohibición de discriminar por orientación sexual, identidad de género y seropositividad al VIH. Acompañé mi propuesta con una reflexión sobre nuestra odiosa historia de discriminaciones y atropellos contra personas homosexuales, transexuales y seropositivas. La mayor parte de mis compañeros respaldó mi solicitud. Unos pocos consideraron que la mención de “sexo” era suficiente, y eso me obligó a explicar la distinción entre sexo y género, e incluso la irrebatible afirmación de Judith Butler de que sexo, en el discurso histórico de Occidente, siempre ha sido sexo generizado.

Cuando mencioné a Sheila la oportunidad de protección que podría ofrecerle el nuevo código, ya era tarde. Se discutió en la Empresa de Comercio, y ella no supo que dejaba pasar un recurso para protegerse. He ahí el límite supremo de violencia: no nos creemos con derecho a defendernos. Ella no arguyó, impedida de hacerlo, simbólicamente violentada diría Pierre Bourdieu; yo hablé a mi turno por ambos.

 

martes, 20 de agosto de 2013

Hallazgos del último vecino


Desde que vivo solo he hecho varios descubrimientos. Algunos sonríen cuando enumero mis hallazgos, pues les parecen circunstancias cotidianas. Sea, reconozco que he sido hasta ahora un torremarfilista típico: si observé y juzgué los trasiegos cotidianos, lo hice con vocación de costumbrista.  De súbito he transitado de etnógrafo a etnografiable, y el cambio de perspectiva me aturde todavía.

Descubrí, por ejemplo, que para mudarte debes tener un par de amigos fornidos. Si nunca los tuviste, deberás reunir mucho dinero y persuadir a algunos vecinos para que carguen tus efectos hasta la nueva casa. El pago y la persuasión resultan aquí necesidades complementarias: nadie se dedica, profesionalmente, a las mudanzas. Hay que pagar y convencer de tu urgencia. Heme aquí, propietario hace dos meses, y no consigo que me suban el refrigerador hasta la buhardilla…

Mi siguiente descubrimiento es trágico: comemos arroz todos los días, pero los establecimientos no lo venden siempre. Hay que hacer provisiones. ¿Venden arroz? ¡Corre, entonces! No importa que descarguen un camión, la gente agotará las provisiones en pocas horas. La precaución de abastecerse sirve para todos los productos, pero el caso del arroz es preocupante: es el único alimento imprescindible. Leí recientemente que cada cubano consume un promedio de 70 kilogramos al año. Lo decían con orgullo, como si se tratara de una señal de holgura en los hogares.

Descubrí, además, que me asusta comprar carne. En primer lugar, la libra de cerdo cuesta veinticinco pesos, y esa cifra rebasa ampliamente mi jornal. Encima, está pautado que te roben una porción. Y lo peor: se corre el riesgo de que la vendan en mal estado, pues en Cuba las carnes se exhiben a la intemperie, en una tarima.  Mi papá, un anciano sagaz, con gran experiencia en sortear el peligro de las carnes, compró esta semana varias libras de cerdo podrido. Por fuera se veía sano; al primer tajo, apestó…

Para realizar las reparaciones que urgen a la casa funcionan las mismas reglas que enumeré arriba, al juzgar la dificultad de mudarse. Mis puertas están destartaladas y tengo la friolera de seis, todas bien altas, con lucetas y el antiguo diseño de persianas y postigos que aquí llamaron “carpintería francesa”. Estas encantadoras puertas casi tienen un siglo y se sostienen con esfuerzo. Cuatro fueron clausuradas con tablas y dejan pasar un poco de agua si llueve sobre ellas. Dos carpinteros creen que el trabajo es engorroso y declinaron asumirlo. Otros no gustan de remendar y estarían dispuestos a fabricarme puertas nuevas a un precio exorbitante, si les abono un adelanto para comprar la madera y otros enseres. Dejaría las puertas así, hasta hallar una oferta mejor, pero me preocupan los ciclones, así que echaré mano a unos ahorros y haré arreglar un par de las más endebles…

Mis padres insisten en que se puede vivir con doscientos pesos a la semana, pero no consigo que compartan el algoritmo. Renuncié a comer fuera siquiera una vez al mes, y compro los alimentos más baratos. Me haré vegetariano a la larga. Por lo pronto proyecto sustituir frijoles por chícharos, a ver si el salario dura un poco más y puedo soportar otros pagos necesarios.

Mi último descubrimiento es el más sorprendente: desde mi balcón nada se parece al mundo de los pedestres. La ciudad se violenta en líneas apretadas y reduce sus dimensiones. Con la gente pasa lo mismo: exhiben las narices y los vientres con un atrevimiento horizontal que ellos mismos no sospechan.

martes, 30 de julio de 2013

Hacia la buhardilla




Llegar hasta mi nueva casa obliga a un viaje de ochenta y dos escalones. La subida me recuerda la escalera terrorífica de algún thriller de la década de 1940. El edificio parece un sitio apropiado para el crimen: una reja sórdida sustituye al antiguo pasamano, el trasiego ha gastado los peldaños de mármol, la sordidez de los pasillos instaura una atmósfera gótica…

Por lo demás, el edificio es muy pacífico. Casi nunca me tropiezo con algún vecino. Antier subían dos señoras extraordinarias: la mayor llevaba un atuendo decimonónico; la segunda, todavía más exótica, hacía ondear los flecos de un turbante. Viven, al parecer, en el primer piso. 


El vestíbulo es altísimo y remontarlo ya obliga a un esfuerzo. No he contado los descansos tan largos que obligan efectivamente a descansar antes de continuar el ascenso. Toda la escalera posee unos ventanales desarticulados que permiten observar la ciudad. A cada peldaño corresponde un ángulo más vertical y la consiguiente línea de azoteas que revela la altura.


La mayoría de los vecinos vive a puertas cerradas, excepto unas mujeres del segundo piso, anhelosas de espacio o simplemente acaloradas. Me he prohibido escudriñar salones ajenos, pero es inevitable enterarse de los hábitos de quienes viven sin cerrojos: a ellas, por ejemplo, les gusta dormir la siesta en el suelo. Al lado vive un perro y acostumbra a ladrar cuando alguien pasa.


Como en la pensión Vauquer que describió Balzac, el piso más alto estaba reservado –y sigue estándolo de algún modo- a los más pobres. Ahí vivo. Hay un espacio claustral y más allá se abren dos pasillos, uno de ellos sinuoso. Por esa ruta llego a casa gracias a un recurso propio de ciertos cuentos populares: ante cualquier encrucijada, tomo la izquierda.


En el apartamento contiguo, una señora y su hija se ciñen a un espacio reducidísimo: una habitación y la correspondiente barbacoa. A veces me obligan a apretarme también, como hoy, cuando ocuparon el pasillo para teñirse, por turno, el cabello. Pasé entre un peine y los rizos amenazantes.



Una puerta más lejos vive Pepita, una pelirroja falsa; se le atribuyen grandes pasiones. Lo mismo me dicen de una anciana de asentaderas monumentales, Fefa Mellado. ¿Por qué es famosa? –pregunté a un amigo-. ¡Por alegre! –contestó-. Antaño dedicaban versos humorísticos a su imponente andar, y hoy se afirma que debe al esfuerzo de las escaleras la maravilla de sus piernas.


Me refieren otras intimidades del edificio que no me atrevo a corroborar: que si la señora de la barbacoa habla mal de Pepita y la hija no puede tener marido por lo reducido de la casa; que si la Mellado, airada, ha agarrotado a Pepita contra las paredes del pasillo sórdido y la pelirroja se ha escurrido como la sanguijuela que es… Nada he presenciado hasta ahora. El edificio es apacible, salvo por la anciana que regaña al nieto y lo persigue con un cinto por el claustro. El niño se llama Yoelvis, y me dejó en la puerta una invitación para asistir a la inauguración de su biblioteca. La redacción y la ortografía eran impecables.

Desde la azotea, la ciudad se recoloca, acerca o aleja impresiones a voluntad. Por las noches se encienden las luces de la Calzada de Barker, que algunos asumen como la ruta para huir de la decadencia; para mí, en cambio, es el Camino de la Costa, por donde llegaban forasteros en el siglo XIX.

Me gusta servir la comida en el único balcón que puedo abrir y ejercitarme en la reconstrucción imaginaria de la ciudad y la buhardilla: dónde pondré un cuadro y una araña de cristal y un fumadero de opio y la ruta de las hormigas sobre mis platos y la señal de la meta del viaje en las cuentas oscuras de un bombo de la vieja charada china.

sábado, 6 de julio de 2013

Un vate


La condición poética estuvo asociada a la facultad de profetizar. De ahí la concurrencia semántica en la palabra “vate”, que comparte la raíz latina de vaticinio, y significa, a la vez, adivino y poeta.  En la antigüedad –Platón lo aseguraba, Aristóteles desconfió- se creía que el poeta obedecía los dictados de un dios. Siglos después, tras sucesivas reformulaciones de las poéticas, ¿qué hemos venido a considerar de las profecías sino su carácter de poemas? Nostradamus, grave y terrorífico, también es poeta, acaso apenas poeta –como si la poesía no fuera milagro suficiente-.

El pasado mes –he aquí la noticia que justifica las consideraciones anteriores- consagré mi don de vate con un augurio de origen poético que se ha cumplido. Veamos los antecedentes.

Hace un lustro imaginé a mi tía abuela Lydia González Toledo, al lado mío, escudriñando las nubes desde la azotea de un edificio sagüero inaugurado en 1920, La Villa de París. Nunca conocí a Lydia, pues murió antes de que terminara aquella década. Pude suponerla acodada en el portal o vagando por el patio de la casa de mis abuelos; extrañamente se me apareció en otra parte.

Dos años después, el sujeto de un poema en prosa –alter ego mío evidente- volvía a referirse al edificio y  comentaba la posibilidad de vivir allí, en La Villa de París:

Iba a mudarse contigo, ¿a la Villa de París? Eso queríamos instituir, ¿socorros mutuos? Y no pensábamos en Francia, sino en el edificio donde hubo una sedería oscura, un fumadero de opio, una botella de ajenjo. 

Y ahora resulta que sin proponérmelo, sin buscar ningún cumplimiento, por azar, me he mudado. Comprar un diminuto apartamento ahí era tan improbable como vivir en Pueblo Nuevo, Villa Alegre o Resulta. Para mayor acierto, la foto que ilustra el vaticinio muestra una sección de la esquina donde vivo ahora. Todos mis balcones estaban ahí, prefigurados. 

Una advertencia: no me pidan profecías. Busquen mis poemas descosidos, eludan la brevedad y falta de imaginación de mis versos, y anden atentos.
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Foto: Sagua la Grande desde mi balcón.

domingo, 30 de junio de 2013

El regreso al Capitolio


Eusebio Leal delira. Dijo, en una entrevista con el diario Juventud Rebelde, que el Capitolio de La Habana “se convirtió en un símbolo de la República ideal”. ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Qué república?

Hace varios meses, numerosos cubanos nos sorprendimos ante la peregrina decisión de restituir al capitolio la sede del parlamento. La idea de tal retorno, que Leal atribuye a Raúl Castro en persona, es muy frívola y acaso irresponsable. Por una parte, la Asamblea Nacional es unicameral y no podría sesionar, a causa de la falta de espacio, en ninguno de los hemiciclos capitolinos. Por otro lado, ¿es posible enajenarse del verdadero simbolismo del edificio?

El ideal republicano que encarna el capitolio es el sueño megalómano de Gerardo Machado. Es el ideal de la república plattista y machadista que quiso dinamitar la Revolución del 30, lamentablemente malograda. No hay más ideales ahí. El difamado Jorge Mañach, mi coterráneo, decía que en el Salón de los Pasos Perdidos habíamos extraviado un paso ilustre, el paso de Martí.

No han pasado tantos años desde que visité por primera vez el capitolio, y el edificio no me agradó. Desde la solidez abacial de la salida trasera hasta la suntuosidad versallesca de los salones principales, los fastos del capitolio se me presentaron como la engañosa puesta en escena de una república fallida. El Ángel Rebelde de los jardines es un intruso. ¿Cómo explicar, salvo por el egoísmo y la hipocresía, que una nación paupérrima inauguró y continuó levantando semejante palacio en medio de la crisis económica y financiera de 1929?

El Capitolio Nacional es una antigualla; como tal merece la restauración y la sobrevida. Si es una ilusión óptica, un diamante falso, el escenario de las más ridículas y solemnes comparsas republicanas, entonces, por mal ejemplo, debe perdurar.  Sólo para museo sirve. Suponer que sería la sede adecuada para el parlamento implica un insulto, no para nuestra Asamblea Nacional unánime e inverosímil sino para el parlamento que queremos tener.

La reivindicación simbólica del capitolio me obliga a conjeturar qué se pretende en Cuba, qué rumbos políticos anuncia este retorno de un hijo pródigo. La neoburguesía emergente, la segregación socioeconómica que significa la doble moneda, la retirada del Estado en beneficio de especuladores y explotadores en ciernes, el surgimiento de impuestos inconciliables con los bajos salarios, la imposibilidad de constituir una sociedad civil heterogénea… todos los avisos que advierto a la vera del camino parecen conducir al capitolio.  Viajamos hacia el punto cero de las rutas nacionales. Al cero de altos quilates.

El nuevo discurso ahistórico de Eusebio Leal (“los edificios no son culpables de lo que ocurre en ellos”; “hay un momento en el que se hace un punto final y se comienza la historia”) contrasta a las claras con la vehemencia historicista de la Revolución. Probablemente este súbito ahistoricismo sea compatible con la vocación del anticuario: todo lo viejo es lindo. Hoy recogemos, por decreto, los muebles dispersos del capitolio;  mañana -¿pronto?- tendremos que recoger el mobiliario útil de la genuina Revolución de los comienzos. Algunos se encogen de hombros ante el retorno y asumen la permuta como un asunto doméstico, sin notar que se trata de un problema discursivo. La mudanza de sede y de discurso resulta sintomática si revisamos la trayectoria de un país que ahora pretende rediseñarse.

El regreso al capitolio aspira acaso a la legitimación ritual de un parlamento que se reúne un par de veces al año y sólo refrenda, jamás legisla. Si es así, debieron encargarse un edificio nuevo –de puntal bajo, con tejas criollas- o reunirse a la sombra de un palmar y empezar a discutir en serio a partir de ahora.

martes, 28 de mayo de 2013

La familia invisible


Carlos Alejandro y yo somos una familia invisible. El Estado desconoce nuestro vínculo; sus padres y los míos, aunque saben que somos una pareja, nos niegan la condición de familia. A un año y medio de habernos unido, estas enemistades tácitas podrían resultarnos indiferentes, pues la invisibilidad que nos adjudican no consigue debilitar la voluntad de andar juntos. Ante el velo echado sobre los cuerpos y el proyecto de vida en común, la respuesta más elemental sería encogernos de hombros. Una familia, podríamos pensar, se constituye en una entidad tan monolítica que parece por momentos indestructible. Se quebraría desde dentro –continúa el argumento consolador-, pero ninguna influencia externa puede socavarla. Lamentablemente Carlos Alejandro y yo, además de invisibles, también somos una familia agredida. Ante la urgencia del reclamo y la necesidad de discurrir con tino, sin el lastre de la ira, solemos olvidar que la negación de un derecho es una agresión, un gesto beligerante.

A menudo me atormentan contingencias amenazadoras para mi familia. Si Carlos Alejandro enfermara, ¿no tienen sus padres potestad para impedirme al acceso al hospital o a cualquier decisión relacionada con el tratamiento médico?  Si yo muriera, ¿no impedirán mis padres que él acceda a algunos de los bienes que le corresponden?

Hasta aquí he supuesto circunstancias extremas. Mi familia invisible resulta agredida también en la cotidianidad: por besarnos fuimos expulsados hace unos meses del monumento de la Loma del Capiro. Aquí hay niños, ¡vayan a otra parte! –dijo el custodio-. Otras parejas afectuosas no fueron molestadas. Eran las privilegiadas familias que el Estado reconoce y la sociedad alienta.

Mi padre considera que Carlos Alejandro y yo no somos una familia, encarnamos más bien –expresó sin un temblor en la voz- una amenaza para la verdadera familia. Mi madre supuestamente acepta nuestro vínculo como legítimo, pero en la práctica lo asume con menos seriedad que los matrimonios de mis hermanos. Nunca nos convidan a las reuniones hogareñas ni a los paseos familiares, incluso estuvieron a punto de despojarme del derecho a la herencia de mi abuela. Así me han negado el reconocimiento que la mayoría recibe desde la constitución de su familia.

El Estado, históricamente homófobo, no acaba de fijar en las leyes su tímido posicionamiento a favor de los derechos LGBT. Demasiado comprometidos con instituciones estatales, los activistas llevan sus banderas a las calles de algunas ciudades y a los campos deportivos, pero no se atreven a ponerlas ante el parlamento moroso que ignora, y por consiguiente agrede, a nuestras familias. Un derecho demorado, decía el lúcido Martin Luther King, es un derecho negado. Los poderes confían en que toleraremos la tardanza y aguardaremos mejores tiempos para disfrutar de la gracia que quizás nos otorguen. Esperan de nosotros una docilidad incompatible con las tradiciones cubanas.

Por defender, desde este blog, mi derecho a formar una familia, he tenido que soportar la suspicacia de burócratas políticos y periodísticos. Sutiles amenazas de ostracismo me llegan cada vez que reincido en la defensa de mi familia y mis derechos. Han ocasionado, sin querer, el efecto contraproducente: cada reflexión sobre el tema adquiere, sin proponérmelo, el tono de una acusación. La gente que no me  perdona esta resistencia es incapaz de encararme y discutir conmigo la pertinencia de mi reclamo. Son contrarrevolucionarios en el sentido neto del término: no admiten, en lo que perjudica a los poderes, que alguien arguya y denuncie, siquiera sea con el universal derecho de defender a su familia de la invisibilidad.

Estuve hace unos meses en Ecuador. Un amigo me convidó a un coloquio acerca de la despenalización de la homosexualidad en ese país, hoy mismo favorecido por su pueblo con una de las constituciones más avanzadas de América Latina. Eché de menos que instituciones como el CENESEX, historiadores y activistas LGBT cubanos no sólo hayan eludido cualquier investigación seria sobre las UMAP, sino que tampoco hayan convocado ningún debate público para examinar la trayectoria de la homofobia de Estado en Cuba. Diseñar eficazmente la campaña por los derechos civiles de las minorías sexuales obliga a conocer cómo ha evolucionado la represión y qué mecanismos permitieron la derogación de la penalización. Sorprende que nadie se interese por historiar esas batallas. A la fiscal que me acompañó en un reciente programa radial sonaba mal que yo hablara del tema. Penalizar es un término demasiado fuerte, dijo. Ante estas reticencias es muy difícil llevar adelante una campaña eficaz. Apenas podremos plantar la bandera del arcoiris en el juego de pelota.

El último recurso de la homofobia, el postrer y desesperado expediente, es que ya no existe la discriminación, o al menos que no es tan relevante como para obligar a tanta “exhibición” de las personas LGBT. Cercanos a cierta ideología burguesa, los últimos homófobos  se disfrazan de progresistas y dicen admitir a los homosexuales siempre que sean discretos. Lo siento, señores compañeros. No los complaceremos. Nuestra familia invisible sí es revolucionaria.

lunes, 13 de mayo de 2013

Silvia



Silvia tenía una mano incompleta. ¿La izquierda? El antebrazo acababa en un muñón cónico rematado por un incipiente dedo. La mano de mi tía abuela era una verdadera pezuña.

Casi no recuerdo los modales de Silvia. Vivió con nosotros sólo hasta finales de la década de 1980, poco después mis padres se mudaron y llevaron consigo a América, la menor. El resto de las hermanas solteras de mi abuelo, todas octogenarias, pactaron recluirse en un asilo. Allá íbamos a verlas. Nos recibían en el jardín para impedir que los viejos nos besaran.

Se me ocurre que Silvia Valentina González Toledo nació en noviembre, pues el tres de ese mes la Iglesia festeja a Santa Silvia de Roma o acaso de Sicilia, la madre de San Gregorio Magno. Mi tía debió nacer en la primera década del siglo XX, en algún paraje rural. Fue madre de los sobrinos y escolta de los santos. La evocan con una alcancía y una imagen de altar a cuestas, ceñido el santo a su cuerpo maduro gracias al brazo del muñón, solicitando limosna para alguna cofradía. El catolicismo de Silvia tenía visos medievales: llegó a sugerir, por fe en los curas, que los adolescentes de la familia –mi padre y su hermana- huyeran de Cuba en la estampida de la Operación Peter Pan. Hasta un arresto le acarreó su devoción en los disturbios entre católicos y comunistas.

Durante la República mi tía abuela desempeñó un cargo menor en el ayuntamiento. Me cuentan, sin aclarar el porqué, que recibió durante algún tiempo una de aquellas botellas republicanas, una prebenda obsequiosa. No sé cómo se portó durante los episodios trágicos de la época. En su condición de transeúnte inveterada y escolta sacra no descarto que Silvia haya marchado contra los tiranos, compelida por las muchedumbres. Al menos dio fe de una épica familiar: se decía descendiente de un mambí muerto en los campos cuando la guerra de 1895.   

Guardo unas fotos que muestran a Silvia ocultando la pezuña en la palma de su única mano. El escamoteo del muñón, decidido a no revelarse a la posteridad, corrobora que ella vivió inconforme con la presunta imperfección, aunque siempre destacó por su eficiencia en las labores domésticas, incluso en las tareas que requerían el uso de la mano ausente. Nadie sugirió jamás que hubiera abrazado la suerte de la solterona por causa de aquella manquedad. Mis tías abuelas pactaron una soltería misteriosa, inexplicable para la lógica de mi siglo, que no fue el suyo; ellas se formaron según los moldes del siglo diecinueve. Ninguna protestó el celibato. América, la tardía casada, celebró sus nupcias cuando quiso, con más de setenta años.

Bien anciana, Silvia adquirió la manía de colectar objetos inservibles. Gran conmoción le ocasionó una limpieza forzosa de su habitación: sus tesoros quedaron expuestos, la despojaron de esas posesiones; yo, entonces pequeño, pude apropiarme de un par de maravillosas baratijas: una campanilla de hierro y unas tijeras con una trompeta grabada. Sendas piezas que me adjudiqué y he devuelto en algún poema.

De las facultades de Silvia recuerdo su pasión por las matemáticas, la extraordinaria precisión con que recitaba las tablas de multiplicar. Poníamos a prueba aquel don, solíamos examinarla en las cifras más dificultosas y nunca la vimos en apuros. Cuatro por seis, seis por ocho, ocho por nueve. No era muy locuaz al final de su vida, pero admitía que la probáramos, segura de atinar.  Cuatro por seis, la lozanía lejanísima. La nostalgia de una familia propia, la pezuña en el aire, fueron iguales a seis por ocho. El tesoro secreto: ocho por nueve, cifra fantástica, beso rechazado de los viejos.