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martes, 5 de abril de 2011

Un Juan Prim

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Aparece un advenedizo. Un nadie. ¿Quién es? Un Juan Prim. La frase era común en Cuba hace unas décadas. Se usó todavía cuando nadie recordaba al hombre que puso rey en España y quiso que los cubanos decidieran su suerte en un referendo. A los que preferían vender la isla al mejor postor respondió: Cuba no se vende, porque su venta sería la deshonra de España, y a España se la vence, pero no se la deshonra.

A Juan Prim, si advenedizo lo consideraron, fue a causa de su origen burgués. Su padre era notario. Se incorporó al ejército sin ninguna prebenda, como soldado raso. A los veintiséis años exhibía una heroica reputación y el grado de coronel. Por sus primeras victorias en Marruecos sería general.

La leyenda de Prim lo muestra condecorado por el sultán otomano en pago a su desempeño en la Guerra de Crimea, a caballo contra los beréberes en Tetuán y los Castillejos, yéndose de México para no hacerse cómplice del nacimiento de un nuevo imperio. En La Habana estuvo dos veces: al momento de conducir la expedición española a Veracruz y al regreso de aquella aventura. Por sus hazañas fue agraciado con los títulos de conde de Reus y marqués de los Castillejos, aunque tales honores no impidieron que después fuera el alma del levantamiento que derrocó a Isabel II. Esto que parece un radicalismo suyo no impidió que el general afirmara que solo habría república en España sobre su cadáver. Y así fue: Amadeo de Saboya, el rey electo por designio de Prim, llegó a Madrid para el funeral de su bienhechor. Al hombre más poderoso de España lo sorprendieron los asesinos en un callejón madrileño. No lo salvó su cota de malla. Salpicado de metralla pudo subir la escalera de su casa, pero a los pocos días se moría.

¿Cuba lloró a Prim? No hay noticias de ningún duelo ostensible, pero la muerte de un español razonable, dispuesto a conceder la independencia a la Isla, debió suscitar algún luto en los cubanos que pugnaban por la libertad. La villa de Sagua la Grande, entusiasmada con el nombramiento de Amadeo I, organizó “fiestas de carácter militaresco”(1); no se registra qué aconteció cuando se supo, un mes después, que habían matado a Prim. Los viejos planos, sin embargo, consignan que el actual barrio de Pueblo Nuevo se llamó oficialmente Tetuán en honor de la campaña africana del conde de Reus. Una de las calles llevaba el nombre de Prim. Cuando acabó la dominación española el ayuntamiento adjudicó la vía a la memoria de Ignacio Agramonte.

Muchos años después de la muerte de Prim, en la comarca del Undoso aún se recitaban los versos de un romance anónimo que lamenta el atentado y corrobora la simpatía de los cubanos por el carismático general:

Al bajar del palacio
le dijeron a Prim:
Baje usted con cuidado
que lo quieren herir.
Si me quieren herir
que me dejen hablar,
para entregar la espada
al cuartel general.
Por la calle del Turco,
allí mataron a Prim,
sentadito en su coche
con la guardia civil.
Cuatro tiros le dieron
a boca de cañón.
¿Quién sería el infame,
quién sería el traidor?
¿Quién sería el rebelde
que a mi padre mató?
Y aunque soy chiquitico
y no tengo la edad,
la muerte de mi padre,
madre, la he de vengar.(2)

Los culpables no fueron identificados. Cuando el rey prometió hacer justicia, la viuda le pidió que mirase en torno.

De Prim solo quedó en Cuba el romance y la frase que alude a cualquier sujeto desdeñable. Bizarro e inolvidable se le recordaba en Marruecos, donde los padres asustaban a sus críos avisándoles que venía Prim. Siempre bizarro aparece en las páginas de una parca biografía decimonónica(3) que refiere las hazañas del más ilustre de los advenedizos.

...

Notas:

(1) Antonio Miguel Alcover y Beltrán: Historia de la villa de Sagua la Grande y su Jurisdicción, Imprentas Unidas de La Historia y El Correo Español, Sagua la Grande, 1905, p. 240.
(2) Ana María Arissó: Estudio del folklore Sagüero, Instituto de Sagua la Grande. 1940, pág. 59.
(3) Biografía del general don Juan Prim, conde de Reus y marqués de los Castillejos, Imprenta de Marés y Compañía, Madrid, 1866.

Ilustración: General Prim, óleo de Serrano.


sábado, 5 de febrero de 2011

Joaquín Turina, un seductor malogrado

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Vino a Cuba –y a Sagua- en 1929.

La “Danza de la seducción” intenta fascinar con los arpegios desatados tras el cálculo de una pausa. Y sugestiona, pero no seduce. Turina es Falla exento de pathos. Se le recibe con desaliento, por el contraste que hace la templanza con su condición hispalense. Lo que aprendió de Vincent d’Indy no iba contra el credo de Albéniz -su buen oráculo- pero Turina asía la niebla impresionista.

Oigo la “Danza de la seducción”; al centro de sus exabruptos solo seduce el secreto de un viaje a Cuba, que a nadie ha interesado historiar. Turina no presenció la violencia del mar habanero. La inconclusa Sinfonía del Mar no se agita con los huracanes de este lado del mundo. Va, como un pozo calmo, regida por el très lent de los esbozos marinos de Debussy.

El Turina de París, convidado a la mesa de Ravel, y luego dirigiendo la orquesta de los Ballets Rusos de Diághilev, habló en La Habana del “enervamiento de un clima tropical”, argumento de cierta antropología climática en uso que sancionaba la imposibilidad de constituir en Cuba una buena orquesta. Cuando interrogó a la violista Berta Fraga sobre la música popular cubana y ella dijo “no entiendo mucho”, el silencio del compositor sugiere que le satisfizo la negación vacilante. (1) Poco entendía Berta; Turina entendió menos. Entender -como en el francés entendre- también es escuchar. El disciplinado arco de la viola no excluye la libertad de la mano sobre el pellejo del tambor.

De aquel viaje ni siquiera se ha salvado el tema de la conferencia que ofreció en unas pocas ciudades cubanas. La prensa sagüera apenas consignó el paso de “notables conferenciantes nacionales y extranjeros, entre los que se pueden citar a los Dres. Max Enriquez Ureña, Américo Castro, Jorge Mañach, Andrés Belaunde, Ramiro Guerra, Eugenio Noel y Sr. Joaquín Turina.” (2) Entre tantos doctores, un señor -un músico- que acaso tocó alguna pieza para solaz de unos burgueses de aguas calmas.

Todo lo que se sabe de aquella gira apurada por una isla de “paisaje eternamente igual” lo resumió el propio Turina en los trazos de caricatura que publicó el Boletín Musical de Córdoba: “cañas de azúcar, palmeras y, de cuando en cuando, pueblecitos a modo de factorías, con casas de madera y la familia negra a la puerta.”(3)

De la Villa del Undoso apenas advirtió generalidades, circunstancias afines a su nomenclatura de sitios impersonales:

Un ramal lleva a Sagua la Grande, a Caibarién, a San Juan de los Remedios. Son ciudades pequeñas, con su plaza central, la iglesia a un lado, el casino español a otro y, casi siempre, un parque infantil.(4)

A tan escueta crónica correspondió un silencio rotundo sobre su estancia en Cuba, una pausa de tantos años recién interrumpida con sus exabruptos calculados por la “Danza de la seducción”, que no seduce, pero sugestiona con la mano de Turina sobre la guitarra que no trajo. Se le compara con Falla –la gente común suele hallar en la comparación un asidero para los criterios peregrinos- pero su estilo es menos telúrico; es el mismo Falla, exento de pathos, la niebla sostenida por su mano monocorde.

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Notas:

(1) Joaquín Turina: Impresiones de Cuba: Pedro Sanjuán y su Orquesta, Boletín Musical, Año II, No. 16, Córdoba, Junio, 1929.
(2) Las actividades de la Hispano-Cubana de Cultura, El Liberal, Edición extra, Sagua la Grande, 1930.
(3) Joaquín Turina: Viajando por Cuba, Boletín Musical, Año II, No. 16, Córdoba, Junio, 1929.
(4) Ídem.

miércoles, 30 de junio de 2010

María de Maeztu, la maestra del sombrero caído


María venía con su sombrero caedizo, el mismo tocado de desaliño que había inspirado a Lorca aquella graciosa copla: “El sombrerito de María, dice que es moda llevarlo así, pero, en ella, diríase que se le va a caer, o que ya se le ha caído.”

Para Salvador de Madariaga, aunque no era “una beldad”, María tenía “cierto atractivo femenino”. Las damas sagüeras no lo creyeron así. La “Srta. Maeztu”[1] les pareció una mujer rara. Es cierto que llegaba precedida por su reputación de educadora formidable, discípula de Unamuno en Salamanca y amiga dilecta de Ortega y Gasset. El ideario krausista tampoco era desconocido en la Villa del Undoso, que ya había recibido, dos años antes, a los conferencistas Fernando de los Ríos y Luis Zulueta, futuros ministros de la República Española. Pero María, tan elocuente en la tribuna del teatro Principal, desconcertó al auditorio.

¿Quién había escuchado aquí una apología tan fervorosa sobre el feminismo? ¿Quién, antes que ella, había sugerido la abolición de los exámenes y los libros de texto?

María de Maeztu creía que la letra debía entrar, hasta la médula, por la sangre del maestro. Y pudo ensayar esta convicción con el programa implementado en el Instituto-Escuela de Segunda Enseñanza y en aquella utopía ecuménica que fue la Residencia de Señoritas, su proyecto favorito.

Sobre la trayectoria de María de Maeztu en Cuba como oradora de la Institución Hispanocubana de Cultura se sabe poco. El compositor Joaquín Turina, que vino con semejante itinerario en 1929, sólo refiere conferencias en La Habana, Sagua la Grande, Caibarién y Santiago de Cuba. Federico García Lorca hizo similar periplo en 1930.

En la Villa del Undoso, María visitó seguramente el Colegio Laico Martí, plantel que enorgullecía a la ciudad por su manifiesta modernidad. La imagino ahí, amable y severa, por el estrecho pasillo del aula magna, escuchando al doctor Ciro Espinosa, sobrecogido ante la sapiencia de una mujer que aspiraba a socavar cualquier dogma pedagógico.

España, que también tuvo maestros y los hizo huir, nos envió luego a Federico. Entre tantas palabras que le atribuyen los cubanos debió dedicar algunas a su predecesora: ¿Y María, esa maga, no sacó ninguna maravilla de su sombrero caído?

[1] Las actividades de la Hispano-Cubana de Cultura, en “El liberal”, Edición extraordinaria, Sagua la Grande, 1930, p. 106.

martes, 5 de mayo de 2009

Españoles de ultramar

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Recién publicaba España en sus gacetas la nueva ley, alguien pedía “el último” en la cola de los nuevos ultramarinos de La Habana. Nadie leyó la hoja donde figura, inmensa, la cifra 1936 como indicio límite para los solicitantes. La cifra de la Guerra Civil. Miles de descendientes de los emigrados a causa de la desigualdad de oportunidades en la España borbónica también solicitan reivindicarse como españoles de ultramar, nuevos indianos –esta vez sin blanca- quieren hacer el camino de retorno a la Madre Patria de donde nunca hubieran salido, a no ser por culpa del abuelo. Ya se ofrecen turnos para el 2015. Para ese momento la ley habrá perdido vigencia, pero les da igual. No importa la ley. Suponen que España hace justicia.

Algunos parientes andan repasando papeles antiguos. Está claro que el viejo embarcó en El Ferrol para el Nuevo Mundo mucho antes de la República de Azaña, y no entendía de política. Vino apenas para ver si medraba. Hizo carbón en una playita olvidada. Con el tiempo, consiguió hacerse de un bote y fue pescador como los apóstoles. Años después era dueño de una flotilla. Bendita América. Después del 59 lo entregó todo. Pudiera pensarse que despojaron, pero no; él había vivido en una choza allá en España y comprendió los nuevos tiempos que se instauraban. Nunca volvió a Galicia. Tal vez porque no le gustaba Franco, o porque le había conocido el tuétano a la isla. No se sabe.

Ahora se cambian lámparas nuevas por lámparas viejas, como en “Las mil y una noches”.

Hay gente terriblemente claustrofóbica.

domingo, 6 de julio de 2008

Poesía en la picota. Pálida sombra de la Avellaneda

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Es el tiempo el criterio definitivo del juicio. Este axioma, que se me antoja de Perogrullo, contiene una precisión inobjetable y, a la vez, una flagrante injusticia. El tiempo, a veces, se equivoca y sepulta. En estos casos, aunque tardía, siempre llega la revisión; y hay que consentir que algunas de estas revisiones marcan el tono de otra época. Verbigracia, la poesía de Sor Juana Inés de la Cruz, restituida en el siglo XX. Para decantar y pulir de lo pereceredero, sea bienvenido el tiempo; para justificar lo banal de los días que corren bajo el pretexto de actualidad y moda, sea anatema. Ante esta reflexión un poco inflamada viene a corregirme Borges con su dístico "A un poeta menor": La meta es el olvido:/ yo he llegado antes.

A Gertrudis Gómez de Avellaneda (Puerto Príncipe, 1814-Madrid, 1873) le ha correspondido un singular destino: en ningún modo olvidada, convertida en leyenda por lo novelesco de su biografía, con rango de literata mayor, se le escatiman lecturas en nuestros días; se le trata como a una antigualla. De su novela "Sab" se dice que es la primera pieza narrativa de intención abolicionista -sin constituir una obra de tesis- que se escribió en el siglo XIX; el soneto "Al partir", escrito al momento de emigrar a España, ha sido antologado entre las mejores poesías cubanas de todos los tiempos. Estas virtudes otorgadas por el tiempo y sus consecutivas revisiones, sin embargo no han bastado para garantizar lectores a la Avellaneda, y si lo avellanedino se disuelve en una retórica de sabor algo añejo en lo que concierne a su poesía, según la opinión consensuada de todos sus críticos, ¿cómo leerla sin el prejuicio de lo escrito al cabo de 135 años?

Primero escuché hablar del carácter singular de Tula, sus arrestos de mujer impetuosa y los inevitables infortunios, sin haber leído todavía sólo un verso suyo. Sus dotes poéticas han sido puestas en la picota del siglo retórico que reverenció la herencia de Meléndez y Quintana. José María Chacón y Calvo se muestra inapelable en este punto: "Es menester que se diga de una vez y con voz alta: la verdadera Avellaneda, la Avellaneda de la posteridad, está reducida a una corta serie de composiciones..." Max Henríquez Ureña, minucioso historiador de las letras cubana, es categórico: "su poesía ha envejecido con el tiempo".

La historia de la literatura, disciplina siempre errática, ha situado a la Avellaneda en un paradójico enclave: cubana por nacimiento y convicción, pero reclamada por los españoles desde Menéndez y Pelayo hasta nuestros días; romántica contumaz de la casta de Lamartine y Chateaubriand, a la vez que retórica aficionada a la pompa de Gallego y Quintana. Así se refugia la Avellaneda en un ambiguo predio literario y geográfico que casi le cuesta la posteridad, aunque las peripecias de su vida tengan rango de leyenda.

Mi interés por Tula es reciente. Apenas ha transcurrido una semana desde que encontré en la "Noche de los Libros", pequeña feria de verano que se celebra en algunas ciudades cubanas, un tomo de la célebre correspondencia de la poetisa con Ignacio de Cepeda (Cartas desde la pasión, Colección Voces, Editorial Letras Cubanas, s/a). Lo he leído con el gozo afiebrado de los descubrimientos.

Los amores de Gertrudis y Cepeda son tal vez el episodio más alto de la leyenda de Tula. En estas cartas puede beberse mejor que en "Munio Alfonso", "Espatolino" y "La baronesa de Joux" -obras famosas de la Avellaneda- lo que tiene de imperecedero el porte de esta mujer dotada para experimentarlo todo sin medianías como no lo hubiera soñado nunca, ni de pasada, Madame Staël, una de sus escritoras admiradas.

En su epistolario, pudiera parecer que Tula decae en los sitios comunes del romanticismo; si lo hace -pienso yo- es absolutamente orgánica y nunca suena a pose. Veamos un pasaje de la carta fechada en Sevilla el 15 de abril de 1840, que señala uno de los giros en el tono de la correspondencia, un ajuste de tono alusivo a los vaivenes de su relación con Cepeda:

En la separación acaso eterna a que pronto nos veremos condenados, será para mí un consuelo recibir algunas cartas de usted y dirigirle las mías; pero es preciso para que esta correspondencia esté exenta de inconvenientes determinar su naturaleza, amigo mío. Nuestras cartas serán las de dos amigos, no amigos como lo hemos sido en algún tiempo, porque aquella amistad era una dulce ilusión; la de ahora será más sólida porque no será hija del sentimiento, que antecede al amor, serálo, sí, de aquel que sobrevive a él, y que se funda precisamente sobre sus desengaños. No sé si hablaría así otra mujer en mi posición con respecto a usted; pero ya he dicho mil veces que no pienso como el común de las mujeres, y que mi modo de obrar y de sentir me pertenece exclusivamente.

Usted me ha dicho, juzgándome por ajenas opiniones, que soy inconstante, y yo, sin negar que en cierto modo merezco este nombre, me atrevo a asegurar a usted, con la franqueza que me caracteriza, que no lo he sido nunca con usted, ni podré serlo en ninguno de los afectos que justa y profundamente haya sentido mi corazón. Pero soy, como ya le he dicho a usted, incapaz de imponer cadenas al sentimiento más espontáneo y más independiente, ni de admitir como amor todavía lo que ya no es más que el esfuerzo de un corazón noble y agradecido que quiere engañarse a sí mismo. !Cuán poco me conoces, Cepeda, si has pensado un momento que podía yo imitar a aquellas que cuando cesan de ser amadas aún quieren oprimir con el peso de su cariño! Porque el amor que ya no se participa no es un bien; no, es un mal, una tiranía.

Con el espíritu de su siglo, la Avellaneda, contumaz romántica, anticipa convicciones que aún no exhibirán en su discurso escritoras muy posteriores; se convierte ella misma en heroína novelesca de raro carácter, dispuesta a encarar al hombre con una plenitud de alma que ninguno de sus amantes pudo corresponder: a todos empequeñeció su timbre lapidario y el fuego de su palabra. Hasta Martí quiso verle algo viril ("No hay mujer en Gertrudis Gómez de Avellaneda: todo anunciaba en ella un ánimo potente y viril; era su cuerpo alto y robusto, como su poesía ruda y enérgica; no tenían las ternuras miradas para sus ojos, llenos siempre de extraño fulgor y de dominio: era algo así como una nube amenazante. Más: la Avellaneda no sintió el dolor humano: era más alta y más fuerte que él; su pesar era una roca...") sin notar que aquel siglo no estaba preparado para ella, que como no la aceptaron en la Real Academia Española, tampoco podrían aceptarla como la transgresora madre soltera que fue, como la amante del ingrato Tassara y enamorada empedernida de Cepeda, los hombres que no la merecieron.

Sin menospreciar su producción teatral y novelística, en las cuales hay risa y lágrimas todavía para el que pueda separar las esencias de lo contingente, ha de quedar la Avellaneda epistológrafa, la autora de esos textos tan compenetrados con su drama y, por ende, auténticamente sobrecogedores. En cuanto a su poesía, hay páginas que se salvarán siempre, pese al juego oratorio y la estampa de ocasión. De sus cartas he tomado este soneto, destinado por ella a publicarse en "El Anfión Matritense". Lo he preferido a otras piezas más conocidas porque es muy afín a la indagación sobre el tiempo pasado y la memoria, y contiene además una hermosa apelación al olvido, cualidad tan misteriosa, al menos en poesía, como el don de recordar.

¿Serás del alma eterna compañera,

Memoria triste de fugaz ventura?

¿Por qué el recuerdo interminable dura

Si fue la dicha ráfaga ligera?...

Tú !negro olvido! que con hambre fiera

Abres para el amor tu boca oscura,

De glorias mil inmensa sepultura

Y del dolor consolación postrera;

Si a tu extenso poder ninguno asombra

Y al orbe riges con tu cetro frío,

!Ven!, que su Dios mi corazón te nombra.

Ven, y devora este fantasma impío,

De pasado placer pálida sombra,

De placer porvenir nublo sombrío.

viernes, 16 de mayo de 2008

A Isabel II: una carta de los sagüeros

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El estudio de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos ha sido etiquetado por nuestros historiadores -con algún eufemismo, por cierto- como "el diferendo". Ha durado la friolera de dos siglos y algo más.
Cuando las trece colonias todavía eran inglesas, los futuros próceres fundadores de la nación ya aludían al deseo de poseer la estratégica isla de Cuba que entonces, según el abate Raynal, "valía tanto como un Reino". Para Thomas Jefferson, por ejemplo, éramos apenas un apéndice natural del continente. Nunca se toleraría que otra potencia europea nos colocase las manos encima; mucho menos Inglaterra, la gran emperatriz de los mares. Monroe utilizó una sugerente alegoría para representar la política de su país con respecto al nuestro: Cuba, la fruta madura. Una linda imagen: la antigua gloria de España vendría residiendo en el carcomido tronco de un árbol que casi no puede sostener la jugosa pera, mientras que el Tío Sam aguarda al pie el momento de la caída para engullírsela completa. No tendrían que mover un dedo. Sólo la gravedad traería la fruta hasta sus fauces. Así, se ocuparon los taimados vecinos de sostener a España hasta su definitiva decadencia, siempre con la certidumbre de que la Isla, a la larga, maduraría para ellos en el vergel de Las Antillas. Ninguno de aquellos estadistas contó con la idea de que alguna vez pudiera surgirle a la fruta de desprenderse, sí, pero dispuesta a sembrar sus propias semillas en el lecho de este mar.
Para un país de comerciantes no había recurso más expedito que una sencilla transacción: Cuba por una bolsa, en el mundo nada hay que no tenga precio en oro bien acuñado en Norteamérica. Cien millones ofreció el presidente Polk en 1848, pero España se aferraba a su última joyita. Por los años cincuenta la situación fue otra vez favorable: en la Isla abundaban los anexionistas, gente ilustrada de casta burguesa que puso en una balanza el mantenimiento de la esclavitud y la liberalidad de la Unión en materia de comercio junto a la mano despótica del gobierno español y sus numerosas rémoras para el fomento de Cuba. Hasta los independentistas confesos anduvieron dispersos; la expedición de Narciso López en 1851 -la primera que enarboló la bandera de la estrella solitaria- fue sufragada por anexionistas. Tuvimos entonces un pensador, José Antonio Saco, que no vaciló en advertir sobre el destino de la Isla si llegara a efectuarse la anexión. Absorbida culturalmente por los Estados Unidos, no sería ya la patria de Heredia y Varela, la Cuba soñada en las utopías de tantas generaciones.
En 1858 fue Buchanan, décimo quinto presidente de los Estados Unidos, quien presentó su propuesta de adquisición, que no sería la última. España, acostumbrada a negarse, se tomaba mucho tiempo en responder la solicitud. Los anexionistas, deslumbrados otra vez, en su fuero interno se sentían ciudadanos de una flamante república esclavista, garante de la prosperidad que añoraban. Los españolistas se indignaron y algunos que no lo eran tanto, por esta vez, estuvieron del lado de España en su afán de permanecer cubanos como quería Saco.
Los sagüeros de entonces, siempre aficionados a hacerse oír, decidieron escribirle sobre el particular a la reina. Tengo que admitir que los habitantes de la villa siempre manifestaron simpatías por Isabel, tal vez porque la sentían muy cercana, desdichada como fue en tantos amores. Había algo en la hija de Fernando VII que se les antojaba muy humano. Nunca tuvo un sólo día de gloria aquí la causa carlista, hace constar el historiador Alcover. Los sagüeros escribieron una carta enardecida a su reina e imagino que en Madrid la recibieron con mucha condescendencia, con la satisfacción que debió deparar la veneración de unos súbditos ultramarinos que jamás vieron, siquiera de pasada, la carroza de la soberana. En el boato de los ministerios debieron suponerlos rústicos e ingenuos; no se les ocurrió imaginar que diez años después, pondrían la misma devoción en iniciar la Guerra de los Diez Años.
La misiva, apasionada y contundente, es en última instancia la expresión de un pueblo empeñado en conservar su nacionalidad. Hela aquí:
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Señora:

Faltaría Sagua la Grande al más grato de sus deberes si no se aprestase á hacer patente a V. M. el sentimiento de justa indignación de que se poseyera así que circuló por medio de los periódicos el mensaje del Presidente de los Estados Unidos, en que sin respeto á una Provincia Española cuyas virtudes desconoce aquel alto funcionario, se apresta a disponer de su nacionalidad intentando la adquisición de esta rica joya de vuestra Corona. Forzoso es que el orgullo nacional heredado de los que abrieron a Europa las puertas del Nuevo Mundo sea el alma de estos leales habitantes, cuando ni en el calor de mil proyectos, de mil empresas que la mano pródiga de V. M. les concede, ha podido pasar desapercibida la deshonrosa idea de que llegase á trocarse por un puñado de oro la condición altamente halagadora de súbdito español. Preciso es que ni la más remota idea del pundonor castellano se haya albergado nunca en la mente del que llegue á suponer asequible tan odiosa transacción. Este Municipio, Señora, que conoce la lealtad y decisión del pueblo cuyos intereses representa, cede hoy a las vivas instancias de sus moradores y con ellos y en público cabildo no encuentra expresiones harto significativas con que manifestar el vivo entusiasmo que les anima. Pobre y de escasa valía parangonada con el resto de esta grande antilla, su actitud sin embargo de altanero desdén ofrece una severa lección á los que en su espíritu meramente comercial, no dudan en reducir á mercancía lo más sagrado que tienen los pueblos, su nacionalidad. Era preciso que tales expresiones fuesen vertidas en el seno de una grande asamblea, por el Jefe de una gran nación para que el pueblo de Sagua se contentara sólo con rechazarlas del modo más enérgico en medio de los sentimientos de cólera y orgullo que ellas excitan. Avivada con tal motivo su acrisolada lealtad ofrece a V. M. sus intereses y sus vidas, en cambio de la conservación de esta nacionalidad, que tan efímera juzgan los que no han alcanzado á conocerla.
El Municipio y vecindario de Sagua la Grande al trasmitir á V. M. este voto general se congratula con que unida á las aclamaciones de cien pueblos llegará á los R. P. de V. M. la expresión sincera, leal y decidida de su eterna adhesión.

Sagua la Grande y Diciembre 21 de 1858.


SEÑORA
A L. R. P. de V. M.

El Teniente Gobernador, Joaquín Fernández Casariego.-El Alcalde Ordinario, Justiniano Cabrera.-El Vocal, Joquín Lavié.-Tomás Ribalta.-Guillermo de Zaldo.-Joaquín Fábregas.-José Robau.-Ramón de Iglesias.-Pedro A. Tosca.-José J. Sureda.-Wenceslao Fernández Arenas.-Francisco Fernández Arenas.-El vocal y Síndico Procurador accidental, Antonio Miguel Alcover y Jaumé.-El Secretario Contador, Manuel García Noriega.-Siguen 620 firmas.
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viernes, 11 de abril de 2008

Lorca en Sagua: un poeta ipotrocasmo (II y final anticipado)

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Grand Hotel Sagua. Aquí se hospedó Lorca, en la habitación 320, tercer piso.


Estoy obligado a poner el último punto al itinerario de Lorca en la Villa del Undoso, provisionalmente al menos. Para internarse en el pasado con fortuna hay que confiar más que en el azar o en los predecesores; es necesario encontrar la puerta y las llaves para abrirla de una vez. Cuando escribía mi introducción a la visita de Federico García Lorca a esta ciudad suponía dicho casi todo y atribuía el sentido de mi misión a comunicarlo. Luego descubrí que estaba equivocado.
Los cronistas más conocidos de la estancia del poeta en Cuba son los historiadores –y curiosamente también periodistas- Nydia Sarabia y Ciro Bianchi Ross. Ambos dedican sendos capítulos de sus libros al paso de Lorca por Sagua, con la información elemental: dónde durmió y comió, a quiénes frecuentó, cuándo impartió la conferencia "Mecánica de la poesía", etc. Los sagüeros, más privilegiados sin duda que los santiagueros, poseemos también el pequeño testimonio de Gayol Fernández, publicado en Bohemia, una crónica emotiva pero demasiado escueta para saciarnos. Hasta aquí lo que está a la vista de todos. Ahora sé que soterrado hay mucho más, el verdadero secreto de los días sagüeros de Lorca que –como corresponde a los legítimos misterios- sólo puede reconstruirse con especulaciones.

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Vestíbulo del Grand Hotel.
Esta lámpara iluminó las noches sagüeras de Lorca.
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Escaleras del Grand Hotel. Tercer piso.
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En esta ruta mía hacia 1930 di con Luis Machado Ordetx, -otro periodista- que se ha ocupado ampliamente del itinerario de Lorca por Las Villas. Luis Machado, amigo generoso con sus descubrimientos, -como corresponde a un investigador de veras honesto- me envió el capítulo dedicado a Sagua en su inédito “Fervientes corceles”. Aquí descubrí otras circunstancias muy singulares sobre la predilección de Lorca por la primera ciudad cubana que insistiera en convidarlo; entendí por qué los sagüeros no se separaron luego del poeta en su tránsito por Las Villas; imaginé, con el consentimiento del autor y sus comentarios al margen, las razones ocultas de la afiebrada estancia de Federico entre nosotros. Luis me confirmaría lo que ya empezaba a vislumbrar yo mismo: “Sagua es un misterio”. Los periódicos locales que se referían a los pormenores de la visita han desaparecido de los archivos. Las decenas de fotos que hiciera Stinglietz -fotógrafo de la sociedad sagüera- a Lorca son inhallables. Hay quién dijo haber visto el extenso fotorreportaje publicado por “La Voz de Sagua la Grande”, pero nadie sabe donde pueda estar hoy mismo. El semanario de Carnicer Torres, “El Temporal”, tampoco puede leerse ni siquiera en archivos privados. Sagua es el misterio. En Caibarién, Cienfuegos y Santa Clara, Luis Machado Ordetx halló abundantes indicios en la prensa. De Caibarién se conserva una foto de Lorca con el grumete del Yacht Club. Sagua sigue siendo el misterio. Y como una parte esencial de ese misterio parece residir en la persona de Arturo Carnicer Torres, he decidido transcribir sin omitir palabra –como insistía Emilio Roig de Leuchsenring en su comentario de Carteles a este mismo texto- “El epicentro psicógeno…”, que suscitó polémicas y opiniones antagónicas entre los intelectuales cubanos de entonces después de la entusiástica aprobación de Federico García Lorca. Helo aquí.


El epicentro psicógeno y la euforia en la rítmica lorquiana

Por A. Carnicer Torres

garcía lorca –poeta ipotrocasmo- el que ha dado un epónimo a la nueva ritma literaria, nos ha visitado no ha muchas horas, y desde el tríptico escenaril –del italiano caserón “principal”- nos dio toda la euforia de su ritmo.
su principal centro, gira en su alma, en su psiquis, preparada –véase por qué vórtice plasmático- en una clarividencia poseedora, de la nueva fase, que nos ha inoculado en su peroración literaria, la que apartándose de las medias tintas nos ha bañado de lleno en el anate substancial…
garcía lorca se revela contra el epítrope; extirpando de plano, y no admitiendo como árbitros, la introducción de ideas medievales, restadoras de fuerza a la euforia del verso preponderante que es la atención de hoy.
él –federico garcía lorca- en su romancero gitano y en sus estilísticas producciones desde occidente, ya nos indicaba la ruta como Maquiavelo que anunciaba una gran tempestad en las letras –y así yo- embebido en su nueva mecánica, le oí, le escuché encontrando en su vasto campo explicativo no a las simples luciérnagas de luces fluctitivas, sino lampos ecletantes, prepotentes focos lumínicos, cuyas proyecciones han dejado a algunos (que se precian de intelectuales) en miopía tiniebliscas.
todo lo que gravita en una técnica nueva (como no es comprensible) se adapta a la sustracción de fuerza y de calor –por consecuencia- como fenómeno físico, restándole todo esto a un cuerpo viene la inanición.
pero aquí no vendrá; pues ya todo el que lee, y escudriña, y se ha querido quitar las “escamas” de la retrogradación, con las obras surgidas por un osvaldo spengler, por un ofauder, mejerson, jean steig y otros, y los mismos de lorca tiene que convenir en que ya los versos de cadencias han pasado a las concupiscencias de la historia.
garcía lorca en la tribuna, en sus obras, ha probado ser un poeta factista –de hecho- y por añadidura eidecosustancioso- él se traspone en el magicismo dadaísta; en su mecánica él se va más allá de la literatura –la nada- garcía lorca –como josé maría carretero- en sus fenomenologías hace razonamientos intencionales; es un dialéctico y metafísico analista, está contra los paranoicos, contra esos apasionados oníricos visionarios soñadores de todas las épocas.
fui a oír en tribunicio cerco a garcía lorca, porque interpretando la vigencia de su módulo, sabía que no iba a encontrarme melismos de decadencia cansona, sino la puridad, con una fobia literaria no echada en campo desmombero, llevaba toda enfática etimología de la palabra no sobada.
en el asta de las nuevas orientaciones de letra flamea el pendón verdoso de la esperanza, y en la clepsidra del templo está ahora que los mocetones, los surgidores, limpien el cerebro de toda paranoia y digan a los vegetarianos: “aquí estamos con todo nuestro litargirio”.
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Teatro Principal -"el tríptico escenaril del italiano caserón".

Aquí ofreció Lorca su conferencia el domingo 23 de marzo de 1930.

miércoles, 26 de marzo de 2008

Lorca en Sagua: un poeta ipotrocasmo (I)


El 22 de marzo llegó Federico García Lorca. Era pequeña la maleta del poeta, viajaba muy ligero, tanto que puso los pies en el andén antes que sus acompañantes, los esposos Juan Marinello y María Josefa Vidaurreta. Sagua la Grande se jactaba -luego de cuatro o cinco insistentes telegramas de invitación- de ser la primera ciudad cubana de provincias que acogiera al poeta granadino. Apenas comenzaba la primavera de 1930, era sábado, y Lorca estaría entre nosotros hasta la medianoche del domingo. Fueron dos días de mutua revelación, un conocimiento breve pero muy hondo en la simpatía que sintieron, a primera vista, la ciudad y el poeta. Así lo evocaba, décadas después, el doctor Manuel Gayol Fernández[1]: “Federico estuvo en Sagua precedido ya entonces por la fama in crescendo de su popular Romancero gitano. Tuve el honor de presentarlo al público en nuestro antiguo Teatro Principal. Allí nos dio una esclarecedora conferencia, en tono de jovial y luminosa charla, sobre el sugestivo tema Mecánica de la poesía, con ilustraciones de sus propios versos y algunas motivaciones musicales al piano”[2]

Lorca fue hospedado por sus anfitriones en el Grand Hotel Sagua, el mismo corazón de la Villa. En la mañana del domingo, asistió a una peña en el café Ariza, y luego, por su propio deseo, salió a recorrer en compañía de sus recientes amigos sagüeros los sitios emblemáticos de la tierra del Undoso. Manino Aguilera, longevo periodista e historiador, recordaba que Lorca también viajó hasta el puerto de Isabela de Sagua[3], donde conoció nuestro litoral y probó sus ostiones, los más famosos de Cuba. Recuperar los pormenores del paso del poeta se torna muy quimérico al cabo de casi ochenta años de su fugaz estancia, pero sí consta que esta visita generó comentarios y hasta polémicas en el medio cultural cubano de entonces. Leamos lo que publicara Emilio Roig de Leuchsenring, bajo el seudónimo de El Curioso Parlanchín en la revista Carteles:
(…)
Ahora que ustedes, lectores, conocen bien al García Lorca, “amigo mío”, voy a contarles lo que le ocurrió en su reciente visita a Sagua la Grande, “lo más fenomenal”, según él, que le ha ocurrido en la vida.
Allí conocí –me dijo- el hombre más extraordinario, más genial de nuestros tiempos, y tal vez también, de todos los tiempos ¡Pero eso es poco –añadió- he tenido la gloria de que ese verdadero superhombre escribiera un juicio sobre mí, sobre mi obra poética, sobre mis conferencias, que lo considero mi verdadera y definitiva consagración! ¡El elogio más alto que de mi personalidad literaria puede haberse hecho! ¡y qué manera de comprender e interpretar el arte, la literatura, la vida! Cada palabra suya es una sentencia salomónica.
Pero… -le interrumpí- ¿quién es ese genio que así te entusiasma?
Entusiasma, no, -rectificó- eso sería poco: me enajena.
Se llama Arturo Carnicer Torres. Vive en Sagua la Grande ¡desconocido!, casi, que así es de injusta la humanidad.
Fue a mis conferencias, hablé con él varias veces. A las primeras palabras me di cuenta que había tropezado con un hombre extraordinario. Y ahora acaba de escribir en su periódico de Sagua un artículo, que aunque breve, es una verdadera obra maestra, inimitable. ¡Y pensar que está consagrado a analizar y estudiar mi obra literaria! ¡Léelo…!, y si después que lo leas, no te enajenas como yo, es porque no tienes sentimientos, o porque eres un envidioso, envidioso sí, por haber sido yo el elegido, y no tú.[4]

A Sagua la Grande vino hace un año César López -Premio Nacional de Literatura- durante su gira por la isla, cuando le dedicaron aquella edición de la feria del libro. Entonces leyó a los sagüeros este testimonio de la pasión de Lorca por un artículo de Arturo Carnicer Torres titulado "El epicentro psicógeno y la euforia en la rítmica lorquiana". Mucho polvo se ha levantado en torno a ese breve texto desde 1930 hasta nuestros días. César quería saber quién era este Carnicer, qué recuerdos suyos quedaban en la Villa del Undoso; nadie supo que responder. Ninguno -yo mismo- había oído hablar de semejante deslumbramiento de Federico García Lorca. Sólo hoy, al cabo de lecturas fragmentarias, puedo responder en parte a las preguntas que me formulé sobre el caso. Y he de revelar las respuestas aquí, en la próxima entrega.
Notas
[1] Doctor en Filosofía y Letras, autor de una apreciada “Preceptiva literaria”, en su época texto obligatorio para los estudios de bachillerato en Cuba, fue director del Instituto de Sagua la Grande.
[2] Manuel Gayol Fernández: La visita de García Lorca a Sagua, en Bohemia, No. 43, La Habana, 24 de octubre de 1986.
[3] Nydia Sarabia: Días cubanos de Lorca, Editorial Cultura Popular, La Habana, 2007, p. 51.
[4] Emilio Roig de Leuchsenring: Habladurías por el Curioso Parlanchín, Carteles, No. 17. La Habana, 27 de abril de 1930.

viernes, 14 de marzo de 2008

Una carta de María Zambrano


Entre tantas cartas de María Zambrano a Lezama decidí copiarles la penúltima. Vacilé antes de elegir pero es que, en el final de la correspondencia que ninguno de los dos podía prever, esta gravita como una urgente y a la vez premonitoria intención de decir palabras de esas que corren el riesgo de no decirse nunca. En una carta anterior, de 1958, María declara: "¿No cree Ud amigo Lezama un vicio muy español ese 'ya sabes que soy amigo tuyo, tú ya me conoces, sabes mi estimación y cariño'. Y respaldarse ahí para ahorrar toda manifestación. Siempre he sentido en modo contrario que amor, amistad, afecto, estimación, admiración, por la obra, deben ser puestos de manifiesto y no 'pudorosamente' rebajados a la categoría de lo obvio. Para mí nada extraordinario ha sido obvio nunca. Y extraordinaria es la amistad y el encontrar obras y personas, lugar también donde abrevar la sed de estimar y admirar, que en mí, a lo menos ha sido de tan constante y viva, torturante."
Juzguen ustedes mismos si fue consecuente. Aquí está la carta:

La Piece 3 de junio de 1975[1]

Mi querido José Lezama Lima

Le escribo en este viejo papel arrugado, pero de hermoso color porque lo he encontrado entre unos papeles míos de La Habana. O lo compré allí o allí llegó desde Italia. Allí ha estado y se quedó suelto como en espera de dedicación. ¿Cómo decirle cómo? Me tranquiliza el saber que en esta transparencia en que estamos como vivientes la palabra comunicativa va dejando lugar y blancura a la palabra de comunión. Hace ya tiempo o siempre en lo que usted escribe sucede, va sucediendo sin anuncio, anuncio ella misma y su cumplimiento, identidad de promesa y ser, tal como lo vi en su persona –en su presencia- en la hora de conocernos aquella noche en la Tabernita de enmedio[2]. Enmedio, y estuvo bien pues el en medio –árbol o fuente o piedra- nunca se nos revolvió ni se nos interpuso. El en medio fue siendo cada vez más para nosotros centro despejado en torno al cual tenuemente danzamos. Sí, abrazada a Araceli[3] sigo yendo y volveré cuando ya sólo pueda volver de otra manera, que espero, será la misma sólo que intangible del todo, invulnerable a la prisa, cuando la granada al fin se abra o cuando el ser como granada se abra en ofrenda que no se desparrama. Sin gravitación. Su palabra amigo Lezama, poeta, se va dando cada vez más suelta de la gravedad. Y entiendo bien, se me figura, su mención de las conversaciones de Benito o Benedetto y Escolástica, sueltos de la gravitación y de la gravedad, como las lágrimas de un llanto de gloria.
Le di en seguida a Valente su poema para que lo enviara a alguna parte y así lo hizo, a “Insula” y en seguida recibió contestación celebrando el poder publicarlo –el que les haya sido dado. Mas él me encargó y yo me añado en el ruego de que nos envíe, a él, a mí, otras cosas que Ud. Escriba: poemas o prosa, capítulos del Inferno, para que salga en revista o libro. No lo deje, si puede hacerlo.
(Me he equivocado al dar la vuelta al papel, mas persisto en mandárselo así, haré las indicaciones necesarias).
Me dijo Ud. una tarde en el jardincillo a la puerta del Lyceo, a la salida de una de mis innumerables conferencias: María, se le han puesto los ojos azules al hablar. Y Ud. no podía saber que toda mi vida quise tener los ojos azules. Y solamente Ud. los vio aquella tarde.
Al cabo de milenios, el viernes treinta di una conferencia. Fue en la cátedra de Español en la Universidad de Geneve. Fue sobre los supuestos históricos de mi introducción a “Hora de España” XXIII[4] y sobre el momento previo al 14 de abril y el mismo 14 de abril. Fui dando saltos de acróbata por lo mucho que llevaba que decir y al fin ya terminé, como pensaba, con la lectura de “Masa” de César Vallejo. El centro: Unamuno, Ortega y Machado. Todo un ayer estaba ante mí y no sentía sino a raticos estar dirigiendo mi palabra a nadie. Mas cuando lo sentía , cuando a alguien me dirigía era a Ud., José Lezama Lima. ¿Cómo si estuviera allí? No, como siempre y como ahora. Y claro que debajo del decir había oración. Y esto de la oración como lo de los ojos azules, sólo Ud., creo, lo oye y sabe. Sí, propiamente rezo un poquito, pero si pienso en seres como Uds., si escribo, si hablo aunque parezca bien lejos, estoy orando. Y sólo desde hace poco tiempo y por Araceli, esto se me va haciendo transparente, esta oración de la que salta de vez en cuando alguna palabra, como pez de las profundidades no abisales ya.
Y gracias por su vino y por el légamo. Tuvo Ud. siempre la virtud de los ínferos, lo de abajo, lo que queda, aparezca salvado sin dejar su ser. Dios se lo pague.
Con cariño, con fe en Uds. dos, un abrazo

María


[1] Son las postrimerías de la correspondencia. El poeta moriría de súbito el siguiente año, el 9 de agosto de 1976. Las notas al pie son mías. MGV)
[2] Se refiere a la Bodeguita del Medio, en La Habana Vieja. Se conocieron en 1936.
[3] Araceli Zambrano, hermana de María, su acompañante en el exilio, había muerto en 1972.
[4] En una carta anterior, María se refiere a esta revista de la España republicana, secuestrada por los militares, cuyo último número no llegó a verse, pero permaneció oculto en manos amigas.

viernes, 29 de febrero de 2008


María Zambrano, un secreto de las islas
(Sigamos hablando de España y de Cuba)


Para FMESMENOTA

Todos los iniciados tienen necesidad de una ciudad, de un lugar.
A veces les es más necesario este lugar que la palabra.
M.Z.

En una carta a Virgilio Piñera, suscitada por la la decisión del escritor cubano de marcharse a la Argentina, más vital que La Habana en sus menesteres intelectuales, María Zambrano confesaba: “Yo he preferido estas islitas sin embargo o tal vez por eso mismo, pues el mejor europeo de hoy, es decir la mejor vocación europea, creo que es la de las catacumbas, y es desde luego la que yo tengo”. María entonces ya era la peregrina, la desterrada de España, la “misionera” que conoció Medardo Vitier. La Habana, San Juan de Puerto Rico, Morelia, Roma, La Piece. España siempre a la vista, pero intocada.

La disidente alumna de Ortega establecía relaciones muy especiales con los sitios que iba habitando compulsada por el imperativo de la raíz, la voluntad sedente de tener casa y patria. La Habana fue un sitio común, en el sentido retrospectivo, para la niña mediterránea que María fue una vez, un paisaje familiar, como le revela a su amigo Lezama en una evocación del primer encuentro: “En aquel domingo que le conocí, la sentí recordándomela, creía volver a Málaga con mi padre joven vestido de blanco –de alpaca- y yo niña en un coche de caballos. Algo en el aire, en las sombras de los árboles, en el rumor del mar, en la brisa, en la sonrisa y en su misterio familiar. Y siempre pensé que al haber sido arrancada tan pronto de Andalucía tenía que darme el destino esa compensación de vivir en La Habana tanto tiempo, pues que las horas de la infancia son más lentas. Y ha sido así. En La Habana recobré mis sentidos de niña, y la cercanía del misterio, y esos sentires que eran al par del destierro y de la infancia, pues todo niño se siente desterrado. Y por eso quise sentir mi destierro allí, donde se me ha confundido con mi infancia.”

María Zambrano llegó a La Habana por primera vez en octubre de 1936, año significativo, casi tanto como el de su regreso, 1939, que marca su ausencia de España hasta 1984. Sólo en La Habana vivió 14 años y aquí asistió a la germinación de un movimiento poético sin precedentes en la Isla, un renacer de la certidumbre de la historia encarnada en la poesía, como ella supo verlo con intuición órfica, propia de los que han vuelto del “descendimiento”, según una expresión muy suya, “los ínferos”. “Yo la figura de Orfeo, -dijo María una vez- más que verla, la siento. Orfeo es el mediador con los ínferos. (…) Yo no creo que se pueda ascender sin dejar algo abajo. Por eso he aceptado el escribir, y el hablar, y el vivir la Historia.”

De su afinidad con el pensamiento de Lezama y los origenistas, esos que creyeron “en su ciudad”, María Zambrano dio fe en un ensayo de 1948 que tituló significativamente “La Cuba Secreta”, un texto que contiene una sobrecogedora declaración de apego a la isla doliente, premonición además de su emerger, resurrecta, por la virtud de la poesía:
“El instante del nacimiento nos sella para siempre, marca nuestro ser y su destino en el mundo. Mas, anterior al nacimiento ha de haber un estado de puro olvido, de puro estar yacente sin imágenes; escueta realidad carnal con una ley ya formada; ley que llamaría de las resistencias y apetencias últimas. Desnudo palpitar en la oscuridad; la memoria ancestral no ha surgido todavía, pues es la vida quien la va despertando; puro sueño del ser a solas con su cifra. Y si la patria del nacimiento nos trae el destino, la ley inmutable de la vida personal, que ha de apurarse sin descanso –todo lo que es norma, vigencia, historia-, la patria prenatal es la poesía viviente, el fundamento poético de la vida, el secreto de nuestro ser terrenal. Y así, sentí a Cuba poéticamente, no como cualidad sino como substancia misma. Cuba: substancia poética visible ya. Cuba: mi secreto.

A esto no hace falta agregar nada, la poesía fecunda la historia, “la isla dormida comienza a despertar”, como profetiza María Zambrano a raíz de la publicación de la antología de los poetas origenistas “Diez poetas cubanos. 1937-1947”.

La viajera que transitaba con su bitácora turbia de la España humeante el océano de la historia, la desterrada, fue acogida por las islas hospitalariamente y fue aquí que asistió al acto germinativo de otras mieses, que vendrían a ser nuevo pacto entre los hombres y el tiempo. Y es entonces que María guarda para después estas palabras, que suenan como dichas hoy mismo: “la verdadera historia –interrumpida siempre hasta ahora, cierto es- no se ha cumplido todavía, pues apenas estamos en su dintel”.