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lunes, 23 de septiembre de 2013

Sheila y yo, ante el Código de Trabajo

Sheila trabaja en un viejo establecimiento que hasta hace poco exhibía una tosca pintura mural con las banderas entrelazadas de Cuba y la URSS. Meses después de borradas la hoz y el martillo apareció ella, recién egresada del Instituto de Economía de Sagua la Grande.  Es discreta, una mujer que no quiere atraer la atención. En esta pequeña ciudad abundan transexuales y transgéneros; una bodeguera tan ensimismada, entonces, no debería sorprender a nadie. Algunos transeúntes, no obstante, se detienen a mirarla y cuestionan su presencia tras el mostrador: ya han visto a mujeres semejantes, pero jamás empleadas por el Estado. Ella les parece una extravagante.

La bodega queda frente a la emisora. Me contaron que una colega mía, discriminada a su turno por pertenecer a otras minorías, se escandalizó ante la ostentación que hace Sheila de su identidad de género: ¡no sé cómo le permiten a ese muchacho que se vista así para trabajar! Alguien replicó, por fortuna, en defensa de la bodeguera.

Después de aquel incidente hablé con Sheila para indagar sobre sus conflictos como mujer transexual y trabajadora. Ella me refirió, sin exaltarse, que la Empresa de Comercio y Gastronomía cuestionó el derecho de manifestar su identidad. En la reunión donde se debatió el asunto, por supuesto, Sheila no pudo defenderse. La administradora, su jefa inmediata, asumió la representación de la trabajadora. Para apuntalar la defensa no pudo invocar ninguna ley, pues hasta ahora ninguna legislación protege a Sheila. Citó los tímidos pronunciamientos políticos, mencionó gestos amables del Estado hacia las personas trans y enarcó la insuficiente gestión del CENESEX con Mariela Castro a la cabeza. Estas razones salvaron el derecho de Sheila a su condición femenina en el espacio laboral.

Cuando estudiaba no tuvo ningún defensor: la escuela, con fuerza de chantaje, hasta le prohibió dejarse el cabello largo. La muchacha no pudo acudir a nadie. Ningún “educador” de la enseñanza general parece conocer siquiera qué es la identidad de género; en la educación superior, según me consta por mi novio y sus amigos, cunden la homofobia y la transfobia. Sheila se considera afortunada: concluyó la enseñanza técnica. La mayoría de las trans que conozco han sido acosadas en las escuelas, no consiguieron culminar ningún nivel profesional, y algunas se dedican hoy a la prostitución. Todas carecen de recursos verbales y jurídicos para defender su transgeneridad. Ni siquiera las favorece la perspectiva patologizante del sistema de salud cubano: no tienen acceso a consultas especializadas ni a cirugías. Sólo los pequeños grupos que apadrina el CENESEX gozan de estas opciones. La Habana, por desgracia, está muy lejos. Sheila se hormona por su cuenta, con pastillas anticonceptivas que expende cualquier farmacia. Así construye precariamente senos y cuerpo femenino, con riesgo para la salud.

La semana pasada discutimos aquí el anteproyecto de Ley del Código de Trabajo, y anoté al margen del documento varias modificaciones. Una de ellas, por supuesto, atañe al artículo 2, inciso a):

toda mujer u hombre en condiciones de trabajar, sin distinción de raza, color de la piel, sexo, religión, opinión política, origen nacional o social, y de cualquier otra lesiva a la dignidad humana, tiene derecho a obtener un empleo con el cual pueda contribuir a los fines de la sociedad y a la satisfacción de sus necesidades y las de su familia, […]

En coincidencia con otros activistas LGBT, sugerí que se explicitara la prohibición de discriminar por orientación sexual, identidad de género y seropositividad al VIH. Acompañé mi propuesta con una reflexión sobre nuestra odiosa historia de discriminaciones y atropellos contra personas homosexuales, transexuales y seropositivas. La mayor parte de mis compañeros respaldó mi solicitud. Unos pocos consideraron que la mención de “sexo” era suficiente, y eso me obligó a explicar la distinción entre sexo y género, e incluso la irrebatible afirmación de Judith Butler de que sexo, en el discurso histórico de Occidente, siempre ha sido sexo generizado.

Cuando mencioné a Sheila la oportunidad de protección que podría ofrecerle el nuevo código, ya era tarde. Se discutió en la Empresa de Comercio, y ella no supo que dejaba pasar un recurso para protegerse. He ahí el límite supremo de violencia: no nos creemos con derecho a defendernos. Ella no arguyó, impedida de hacerlo, simbólicamente violentada diría Pierre Bourdieu; yo hablé a mi turno por ambos.

 

lunes, 13 de mayo de 2013

Silvia



Silvia tenía una mano incompleta. ¿La izquierda? El antebrazo acababa en un muñón cónico rematado por un incipiente dedo. La mano de mi tía abuela era una verdadera pezuña.

Casi no recuerdo los modales de Silvia. Vivió con nosotros sólo hasta finales de la década de 1980, poco después mis padres se mudaron y llevaron consigo a América, la menor. El resto de las hermanas solteras de mi abuelo, todas octogenarias, pactaron recluirse en un asilo. Allá íbamos a verlas. Nos recibían en el jardín para impedir que los viejos nos besaran.

Se me ocurre que Silvia Valentina González Toledo nació en noviembre, pues el tres de ese mes la Iglesia festeja a Santa Silvia de Roma o acaso de Sicilia, la madre de San Gregorio Magno. Mi tía debió nacer en la primera década del siglo XX, en algún paraje rural. Fue madre de los sobrinos y escolta de los santos. La evocan con una alcancía y una imagen de altar a cuestas, ceñido el santo a su cuerpo maduro gracias al brazo del muñón, solicitando limosna para alguna cofradía. El catolicismo de Silvia tenía visos medievales: llegó a sugerir, por fe en los curas, que los adolescentes de la familia –mi padre y su hermana- huyeran de Cuba en la estampida de la Operación Peter Pan. Hasta un arresto le acarreó su devoción en los disturbios entre católicos y comunistas.

Durante la República mi tía abuela desempeñó un cargo menor en el ayuntamiento. Me cuentan, sin aclarar el porqué, que recibió durante algún tiempo una de aquellas botellas republicanas, una prebenda obsequiosa. No sé cómo se portó durante los episodios trágicos de la época. En su condición de transeúnte inveterada y escolta sacra no descarto que Silvia haya marchado contra los tiranos, compelida por las muchedumbres. Al menos dio fe de una épica familiar: se decía descendiente de un mambí muerto en los campos cuando la guerra de 1895.   

Guardo unas fotos que muestran a Silvia ocultando la pezuña en la palma de su única mano. El escamoteo del muñón, decidido a no revelarse a la posteridad, corrobora que ella vivió inconforme con la presunta imperfección, aunque siempre destacó por su eficiencia en las labores domésticas, incluso en las tareas que requerían el uso de la mano ausente. Nadie sugirió jamás que hubiera abrazado la suerte de la solterona por causa de aquella manquedad. Mis tías abuelas pactaron una soltería misteriosa, inexplicable para la lógica de mi siglo, que no fue el suyo; ellas se formaron según los moldes del siglo diecinueve. Ninguna protestó el celibato. América, la tardía casada, celebró sus nupcias cuando quiso, con más de setenta años.

Bien anciana, Silvia adquirió la manía de colectar objetos inservibles. Gran conmoción le ocasionó una limpieza forzosa de su habitación: sus tesoros quedaron expuestos, la despojaron de esas posesiones; yo, entonces pequeño, pude apropiarme de un par de maravillosas baratijas: una campanilla de hierro y unas tijeras con una trompeta grabada. Sendas piezas que me adjudiqué y he devuelto en algún poema.

De las facultades de Silvia recuerdo su pasión por las matemáticas, la extraordinaria precisión con que recitaba las tablas de multiplicar. Poníamos a prueba aquel don, solíamos examinarla en las cifras más dificultosas y nunca la vimos en apuros. Cuatro por seis, seis por ocho, ocho por nueve. No era muy locuaz al final de su vida, pero admitía que la probáramos, segura de atinar.  Cuatro por seis, la lozanía lejanísima. La nostalgia de una familia propia, la pezuña en el aire, fueron iguales a seis por ocho. El tesoro secreto: ocho por nueve, cifra fantástica, beso rechazado de los viejos.

jueves, 27 de diciembre de 2012

Robert de Montesquiou: Bajo la lana violeta




Bajo la lana violeta es mi versión de un soneto de Robert de Montesquiou (1855-1921). Acometí la empresa para ejercitar el francés que voy olvidando; acaso lo hice porque no conozco otra traducción española; quizás –y esta razón me parece más decisiva- porque los sutiles modales del conde de Montesquiou-Fésenzac me incitaron conocerle, a causa de su alter ego proustiano, el barón de Charlus. Dicen que Montesquiou, esteta, amante desolado de Gabriel Yturri, es a un tiempo el Des Esseintes de la célebre novela de Huysmans y el conde de Muzaret que urdió Jean Lorrain en la también famosa Monsieur de Phocas. No he leído -a mi pesar- a Huysmans ni a Lorrain, pero sí he tratado al barón de Charlus y no me sorprendió hallar su poesía: desde la primera lectura se me antojaron versos conocidos.

A menudo, sin proponérmelo, parezco un sobreviviente del simbolismo. Lo mismo que Robert de Montesquiou soy un poeta menor. No vacilé entonces en desmenuzar el soneto, como el conde no dudó en ir con sus poemas al salón de Mallarmé y al lecho de enfermo de mi querido Marcel Schwob.   

Sous les villosités violettes

Sous les villosités violettes des tartres
Les blancs Olympiens ont pris des tons caducs.
Et, des arbres sans sève, et des plantes sans sucs
L'automne qui descend les vêt comme de martres.

L'ombre et la vétusté les rouillent de leurs dartres,
Ces dieux à qui les rois voulaient des airs de ducs ;
Et le soleil mourant qui fuse sur les stucs
Y verse les joyaux des verrières de Chartres.

Le Ciel est tout en fleurs, l'occident tout en fruits ;
On dirait des éclairs forgés avec des bruits,
Des bouches de clairons et des rayons d'épées.

L'horizon est vraiment historique ce soir...
Car dans le panier d'or du couchant on croit voir
Tomber des grains saignants faits de têtes coupées!

Bajo la lana violeta

Bajo la lana violeta de los tártaros
Los blancos de Olympia han adquirido un tono caduco.
Y de los árboles sin savia y las plantas sin jugo
Desciende el otoño para vestirles como martas.

La sombra y la vetustez enmohecen los empeines
De esos dioses a quienes los reyes presumían aires ducales;
Y el sol agonizante que arde sobre los estucos
Les dibuja las joyas de los vitrales de Chartres.

El cielo ha florecido, el occidente fruteció;
Diríanse relámpagos forjados con bramidos,
Bocas de clarines y destellos de espadas.

El horizonte parece de veras histórico esta tarde… 
¡Pues del cesto de oro del poniente se derraman
granos sangrientos como cabezas cortadas!

miércoles, 10 de agosto de 2011

Romeo Dionesi, niño prodigio


La luz encandilaba, el público gruñía encadenado a las butacas, pero Romeo era un gallito. No retrocedía. Tenía cinco años y ya había hecho carrera en el teatro. Pronto aprendió que una muerte resuelta y bien articulada hace las delicias de los espectadores simples. La única resurrección ocurre en la escena y puede ser gloriosa si se sabe morir.

Cuando Romeo cantaba el aria de la calumnia de Rossini parecía increpar a cierto enemigo despreciable. La gente se reía de la figura que hacía vestido con sotana y sombrero de teja. Él no entendía que pudieran reír ante palabras tan graves.

En Nueva York se criticó a Mademoiselle Aimée por incluir al pequeño Romeo en los entreactos de sus operetas: ¡no es circo, señorita! La Habana, condescendiente, le obsequió un reloj de oro y un juego de botones de perlas. En México se le compadeció por su trabajo de fantoche. Parecía un títere operático cuando repartía bendiciones en la sotana de don Basilio. Las damas se apiadaron. A todas pareció cruel que un niño tuviese que servir de diversión a los ociosos que frecuentan los teatros para ganarse la vida y mantener a su familia. Los padres de Romeo advirtieron esta compasión y le hicieron actuar en beneficio de los niños pobres, con el pretexto de conseguir que leyesen gratis un periódico para párvulos. El público no les favoreció.

Al llegar a Sagua los Dionesi habían vendido sus perlas habaneras. El signore solo conservaba su violín tramposo. La signora arrastraba un baulito con los trajes operísticos de Romeo. Antes de la función concertaron los versos de siempre. Donde antes dijo granadinas, limeñas, cariocas y porteñas, el gallito insertaría otro apelativo:

Dice el mundo, sagüeras,
que á los hombres volvéis locos;
niño soy y ya me gustan
las niñas de vuestros ojos.
Para cantaros ¡oh bellas!
mis años son poca cosa,
mas si llego á veinticinco
ya les cantaré otras coplas.

Aquella noche todos acudieron al teatro para averiguar si de veras cantaba óperas el niño que había desembarcado con sus padres, un par de bohemios italianos. El signore Pietro Dionesi aburría con su violín mediocre al principio del concierto. Florentina Morini, su mujer, pellizcaba las cuerdas de una guitarra robusta. Romeo, con traje de aldeano, cantó luego la famosa romanza de Martha, de von Flotow. Los concurrentes advirtieron que se trataba de un gallito.

Al principio de uno de aquellos desvaídos espectáculos se presentó un adolescente ante el matrimonio Dionesi. Se confesó flautista, como si revelara un pecado; era tímido. Vino empujado por su maestro, un severo catalán. Una vez, de niño, había ejecutado en público unas variaciones sobre una pieza de Donizetti. Pietro reparó en su juventud y apenas sin interrogarlo le hizo salir a la escena. Su interpretación fue portentosa. A Romeo lo recibían con risas, era una atracción menor, propia de auditorios pueblerinos, pero este joven parecía capaz de conmocionar a los diletantes más exquisitos de Europa. El signore calculó. He aquí un diamante malogrado. A la salida del teatro se hizo conducir a la casa del joven y adoptó una estudiada bonhomía, un candor de desinteresado bienhechor. Ofreció costearle estudios en Europa. Aseguró que se portaría como un padre y ante aquella gente de maneras sencillas enfatizó que semejante talento no debería malograrse. Pietro los subestimó. El progenitor del genio desconfió de la cortesía del italiano. También era músico y jamás expuso a su vástago –niño prodigio en su hora- al cruel examen de los públicos. Ninguna maña lo persuadió. Ramón Solís fue enviado al Real Conservatorio de Madrid gracias a los donativos de sus parientes y admiradores y se convirtió en uno de los flautistas más celebrados del mundo. Fue una presa arrancada a los insaciables Dionesi, que se marcharon a mostrar a Romeo ante los ingenuos de otras comarcas. El encanto del niño se agotaba; lo efímero de su éxito obligaba a trashumar.

Antonino Fabre, el gran pedagogo sagüero, creyó que Romeo Dionesi creció hasta convertirse en “uno de los primeros divos de Italia”. El antiguo prodigio jamás alcanzó tal notoriedad. Su voz se estropeó, como sucede con tanto genio precoz. De regreso a su patria se inscribió en el conservatorio de Nápoles y allí le instruyeron como compositor. Gustaba de urdir partituras de complejidad matemática: fugas y contrapuntos, que no emocionaban. También compuso una opereta de capa y espada titulada D’Artagnan. Era la reminiscencia de su niñez malograda.

Algunos años después se le vio por la antigua ruta de sus padres, acompañando a su hermana, la virtuosa violinista Giulietta Dionesi. La niña tenía diez años y se le destinó el mismo oficio de prodigio diminuto. Entonces se decía que Romeo, mentor de la pequeña, era un compositor promisorio. Casi nadie recordaba al infante que cantaba arias de ópera y esgrimía una espada de atrezzo. Los padres vivían en Livorno, desde allí gobernaban la voluntad de sus vástagos y les hacían fatigarse para pagar el alquiler de una villa frente al mar de Liguria.

Un periódico francés se refería, en las postrimerías del siglo, al intento de suicidio de un músico que se apellidaba Dionesi en un pueblo intrincado de Brasil, cerca de la frontera uruguaya. Si era Romeo y sobrevivió, no hay más noticias. No se ha confirmado que repitiese la tentativa. Acaso ahí acabó su carrera de gallito amargo que articuló con resolución las últimas palabras, para que enmudeciera la muchedumbre de simples que esa noche no acudió a presenciar su resurrección.

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Viñetas: Las cruzadas, Gustavo Doré.

viernes, 22 de octubre de 2010

¿Quién era Amélie D…?

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Vea: Amélie D...

Era hijo de unos inmigrantes de Nueva Orleáns. Sus padres, Adán Estanislao Dertez y Clara Margarita Materre, se establecieron en la villa de Sagua la Grande, donde también nació su hija María Celeste.

Los Dertez no fueron los únicos norteamericanos de origen francés que emigraron a la comarca del Undoso. Recuerdo los pormenores de la muerte de una madame Dubois, de soltera Vaugirard, viajera procedente de la Luisiana que pagó un nicho en el Cementerio Católico, mientras que el poeta Francisco Pobeda sólo alcanzó una parcela de limosnas en el antiguo camposanto. Mistress Vanderkieft, esposa del cónsul de Inglaterra y Holanda que hizo comprar en Amberes un gran óleo al artista Correns para decorar el baptisterio donde cristianaron a Amélie D…, también descendía de una familia que poseyó plantaciones en el Mississippi. Se apellidaban Someillán y Lamarlière.

Los doctores Descoust, Gallard y Brouardel, decididos a proteger la identidad del sujeto sometido al escrutinio de los tribunales parisinos en 1886, dejaron datos suficientes para identificar a Amélie D… Sagua la Grande, 12 de febrero de 1865. Una mañana en los archivos parroquiales bastó para hallarla.

Natalia Amelia Josefina Dertez vino al mundo con el auxilio de Bernardina Domínguez, la misma comadrona que presenció los nacimientos del flautista Solís, el gran Albarrán y el general Robau. También fue bautizado por Francisco Lirola. Existía una orgullosa sentencia en aquella época: Me recibió Bernardina y me bautizó el padre Lirola, ni los dioses me igualan ni mejoran. Mademoiselle Dertez no vaciló en declararlo en París.

Amélie D… recibió los nombres de sus padrinos, Natalia Lanier -¿francesa?- y José Quevedo. Al parecer, la familia siempre lo llamó Amelia. Su hermana María Celeste, de dos años, fue bautizada en la misma ocasión. Infiero que aguardaban por la madrina, que tal vez seguía en Nueva Orleáns, su tía Eufemia Materre.

¿Nunca se conoció en Sagua que Amelia Dertez era hermafrodita? ¿Nadie comentó aquí que un tribunal francés había declarado hombre, al que antes vestía ropas femeninas y luego cortejó mujeres en la Francia de la belle époque? Lirola no consignó ninguna aclaración al margen de la partida de bautismo. Si lo supo, prefirió callar. ¡Qué mala pasada que la pequeña Amelia haya resultado hombre! La Iglesia –¿Dios?- también se equivoca. Antes hubiera culpado al Maligno. Un velo –diría- cubrió mis ojos. Pero Lirola era un cura del siglo XIX, capaz de hacerse retratar de paisano, para escándalo de su sucesor, el ultramontano padre Cavaller.

¿Y qué pasó con Natalia Amelia Josefina? ¿Qué nombre adoptó al momento de su metamorfosis? ¿Siguió la suerte de Herculine Barbin?

Fatiga revisar los índices de los archivos parisinos. ¿Aparecerá algún señor Dertez, nacido en Sagua la Grande, el 12 de febrero de 1865? ¿Dónde buscar? ¿Cuáles años?

Seré paciente.

Amelia Dertez, hermafrodita, criatura extraordinaria, andrógino tropical, me convida a internarme en aquel París finisecular, me desafía a encontrar su silueta invertida en los arcos que permiten andar sobre las aguas de la perfección.

Ojalá haya resistido al deseo de hundir su levedad en esas aguas…

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Foto: Registro bautismal de Amélie D… Manuscrito de Francisco Lirola.

Anexo.

Partida de bautismo de Natalia Amelia Josefina Dertez
Archivo de la Iglesia Parroquial de la Inmaculada Concepción de Sagua la Grande.
Libro de Bautismos de Blancos, Tomo IV, folio 59, No. 101, año de 1865.

(Al margen)

N. 101.
Natalia Amelia Josefina Dertez
Leg a.

(Al centro)

Domingo veinte y cinco de Junio de mil ochocientos sesenta y cinco años: Yo D. Franco. Lirola, Cura Beneficiado por S.M. de la Yglesia Parroquial de ascenso de la Purísima Concepción de Sagua la Grande y Vicario Foraneo de ella y su jurisdicción, bauticé solemnemente y puse por nombre Natalia Amelia Josefina á una niña que nació el dia doce de Febrero del corriente año, hija legítima de D. Adan Estanislao Dertez y de Da. Clara Margarita Materre naturales de Nueva Orleans, y vecinos de esta feligresía. Abuelos paternos D. Luis Constante y Da. Celeste Cautrelle; maternos D. Juan y Da. Clara Martin. Fueron sus padrinos D. José Quevedo, y Da. Natalia Lanier, á quienes advertí el parentesco espiritual y obligaciones que contrajeron; y lo firmé=Franco. Lirola (una rúbrica)

(sic)

viernes, 1 de octubre de 2010

La Serafina

La oigo en las madrugadas. A esa hora tañe, funérea, como una elegía del siglo XIX. No se detiene ante los muros; penetra por las grietas de la duermevela.

La paradoja de su sonido fue advertida por viajeros eruditos: en las mañanas, dilatado su metal por la luz, suena a epigrama cenital en cada golpe de badajo.

Ramón de la Sagra la escuchó el 22 de abril de 1860:

Una sonora campana nos llamó está mañana al templo, y su sonido fué para mí también un recuerdo de una generosa amiga á quien fué aquella debida.(1)

La nueva iglesia neoclásica de la Villa de Sagua la Grande, según De la Sagra, era entonces “la más bella de su género en la Isla de Cuba”(2). Antonio Miguel Alcover, en su recuento de los benefactores de la obra, aludió a los donantes de las extraordinarias campanas:

La campana mayor, ó sea “La Serafina”, la regaló Da. Serafina Jenks de Torices. La segunda campana, fué donativo de Da. Concepción Montero de Toneu; la tercera fué obsequio de un devoto que ocultó siempre su nombre y la cuarta de D. Ignacio Larrondo. “El peso de ellas ascenderá á cuatro ó cinco mil libras y su costo no baja de $2.500”.(3)

Serafina Jenks procedía de una familia de Matanzas cuyas posesiones azucareras fueron frecuentadas por numerosos viajeros. Casó con Rafael Rodríguez Torices, anfitrión inesperado de Ramón de la Sagra durante el último viaje del coruñés enciclopédico a Cuba. En su descripción de la comarca del Undoso, De la Sagra revela el vínculo de esta familia con la Villa: Torices, capitalista recién nombrado Senador del Reino por Isabel II, integraba la Junta Directiva de la Compañía del Ferrocarril de Sagua.

Serafina quizá vino para presenciar la consagración de la nueva iglesia por Su Ilustrísima Fleix y Solans. Aquel día -19 de febrero de 1860- se develó una lápida esculpida en Nueva York donde mencionan a los dignatarios implicados en la erección de la obra maestra del estilo georgiano en Cuba. Otros fueron honrados apenas con una mención a “los piadosos esfuerzos” de “patricios y estrangeros”. Entre esos anónimos figuran algunos de los verdaderos artífices. La sucinta alusión a los patricios también incluye a Serafina Jenks.

Una olvidada colección de ditirambos de mediocre contenido poético contiene algunos obsequios rimados para doña Serafina. De cumpleaños aparece, entre condesas y marquesas, en inminente maternidad:
-
Ninfa del Yumurí, yo te saludo
Del Mariano en la feliz ribera,

Donde de la salud fijó el escudo
El Dios eterno que en el cielo impera
Y á quien habla la fé con lábio mudo.

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Yo te saludo, hermosa Serafina,
Por que de la virtud soy entusiasta,
Y al contemplarte con virtud me basta
Para elevarte á la region divina.
-
Como hija digna, de tu padre tierno
Fuiste joya riquísima y preciosa:
Hoy como amable y escelente esposa
Te señala en el mundo el dedo Eterno.
-
Mañana, madre te verás ufana
De tu pasión gozando las primicias
Y esprimiendo dulcísimas caricias,
En el fruto del amor que te engalana.(4)
-
Venida del taller de algún fundidor célebre y desconocido, La Serafina tañe con metales inauditos. Ensordecía cuando subí al campanario; no advertí que daban las doce del mediodía. Hay una escalinata que conduce al órgano, luego una estancia vacía con una claraboya oval, encima, la cámara del reloj, y una escalera de caracol se abre bajo las campanas.

Jorge Mañach, que gustaba de oír bronces en sus viajes por Europa y América, afirmó que éstos “no tienen rival”. Parece el entusiasmo de un ausente, pero sus razones no admiten réplica:

Estas campanas –escribió en 1923- no son precisamente las siempre lentas, solemnes, sonoras o monjiles de Azorín, sino que suenan hondo como una cuerda de guitarra; atropelladas como en alarma; optimistas o fúnebres; netas a veces, y a veces como si estuvieran gloriosamente rotas.(5)

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Notas:

(1) Ramón de la Sagra: Carta de Sagua la Grande, La Verdad Católica, Periódico religioso dedicado a María Santísima en el misterio de su Inmaculada Concepción, Tomo V, Imprenta del Tiempo, Habana, 1860, p. 40.

(2) Ramón de la Sagra: Historia física, económico-política, intelectual y moral de la Isla de Cuba. Relación del último viaje del autor, Librería de L. Hachette y Ca., París, 1861, p. 218.

(3) Antonio Miguel Alcover y Beltrán: Historia de la Villa de Sagua la Grande y su Jurisdicción, Imprentas Unidas de La Historia y El Correo Español, Sagua la Grande, 1905, p. 551.

(4) (Fragmento). D. Manuel Abreu: Colección de versos laudatorios, Imprenta Militar, Habana, 1860, p. 44.

(5) Jorge Mañach: Glosario, Ricardo Veloso Editor, La Habana, 1925, p. 66.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Amélie D...

En julio de 1886 compareció ante un tribunal francés, Amélie D…, una joven de veintiún años y talle endeble, que había nacido en la villa de Sagua la Grande, isla de Cuba. En marzo de aquel año fue examinada por el doctor Paul Descoust, y luego por el trío pericial donde figuraban los respetables Fournier, Gallard y Brouardel. Fue este último -futuro decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de París-, el compilador de las consideraciones en torno al caso de Amélie, publicadas en 1900 para ilustración de un curso de medicina legal.

Amélie D… era hermafrodita.

En la primera entrevista médica ya se vislumbró el veredicto:

Amélie D… se presenta ante nosotros bajo el traje femenino que ha llevado siempre. Su talla es de 1,53 m. (…) El aspecto general, el gesto y la manera de andar hacen sospechar fácilmente en ella un sexo diferente al que indica su vestimenta de mujer.

Amélie D… jamás ha menstruado; afirma experimentar a veces, al contacto de mujeres, erecciones seguidas de un espasmo voluptuoso (…).
-
Según esta apreciación, nada le faltaba para considerarse hombre. Pero, ¿en verdad estaba apta para desempeñarse virilmente en la Francia de la belle époque? Y lo principal: ¿cómo se asumía Amélie? ¿Hombre o mujer? ¿Es que no hay alternativa?

Así la describió Descoust, desnuda de cualquier simulación, en su sobrecogedora singularidad:

Debajo del pubis hay una pequeña verga, con 2 centímetros de extensión en estado de flacidez, terminada por un glande redondeado, (…) esta verga no presenta ni meato urinario, ni trazas de canal uretral (…).

Inmediatamente debajo de la base de esta pequeña verga, comienza una hendidura que presenta el aspecto de un orificio vulvar ordinario, aunque mucho más estrecho y mucho menos extenso. Los bordes anteriores de esta hendidura ofrecen cierta similitud con labios mayores.

(…)

El examen microscópico que hicimos del líquido blanquecino emitido por Amélie D… en el curso de sus erecciones, no nos permitió descubrir ningún espermatozoide; ese líquido, recientemente emitido, tiene una consistencia espesa; almidona el lienzo sobre el cual fue depuesto, pero es absolutamente límpido (…).
-
La ciencia decimonónica había conocido procesos semejantes. Entre los más difundidos estuvo el de Herculine Barbin, la infeliz Alexina, que fue obligada a adoptar una personalidad masculina y acabó suicidándose. Esta tarde leí sus memorias, redescubiertas un siglo después. Según Michel Foucault, Alexina gozó de los “limbos felices de una no identidad”. Su infortunio, que la obligó a asumir una masculinidad disociada de su formación como en colegios religiosos, se originó al confesar su amor por una mujer. Eso bastó para que le asignaran un rol extraño de hombre incompleto y visto bajo sospecha. Mademoiselle Barbin se convirtió en Abel. Con vacilación conmovedora, sus memorias alternan el género gramatical cuando se refiere a sí mismo/a. Al asumir el suicidio como una opción excusable para su liberación, Herculine lanzó un reto lacerante a los facultativos:

Cuando llegue ese día, algunos médicos, harán un poco de ruido alrededor de mis despojos: destrozarán todos los resortes extinguidos, traerán nuevas luces, analizarán todos los misterioso sufrimientos agolpados en un solo ser. ¡Oh, príncipes de la ciencia, químicos preclaros, cuyos nombres resuenan en el mundo, analizad pues, si es posible, todos los dolores que me han abrasado, que han devorado este corazón hasta sus últimas fibras; todas esas lágrimas ardientes que lo han ahogado, que lo han sofocado bajo opresiones salvajes!
-
¿Y Amélie, que según el último informe acudió al tribunal con hábitos masculinos, consiguió insertarse en la sociedad implacable de los normales? ¿Se hizo amar por una mujer? ¿Siguió el destino de Alexina, a quien las prostitutas abrazaban –confesaba ella misma- como a un reptil?

El hombre es una invención –razonó Foucault. Según la invención decimonónica sólo había hombres y mujeres. Los llamados “pseudohermafroditas” pertenecían necesariamente a uno de los géneros convencionales. Correspondía a los galenos identificarlo y a los tribunales su legalización. A Amélie le diagnosticaron una “hypospadias perineo-escrotal”. El criterio médico, que indujo el fallo judicial, interpretó a favor de su tesis algunos estereotipos sicológicos:

Amélie D… declara jamás haber tenido regla, añade que la presencia de mujeres le despierta deseos voluptuosos. Ella se complace en el estudio de las ciencias. Jamás ha podido atenerse a los quehaceres femeninos. Tiene un gusto vivísimo por los ejercicios corporales.

Esto fue suficiente para los magistrados del departamento del Sena. Amélie amaneció con atuendo de garzón. Tomó un coche hasta la sala del tribunal y se hizo reinscribir en los registros. Si el rumor de su conversión llegó hasta Sagua la Grande la célebre comadrona Bernardina habrá recordado el nacimiento de una niña de curiosa anatomía. El padre Lirola tal vez enmendó la partida de bautismo con alguna nota de evidente rubor. Estoy tentado a revisar el archivo parroquial para restablecer su primera identidad. Los informes publicados por Brouardel omiten cualquier dato que pudiera delatar a su paciente, excepto uno que a mí me basta: nació el 12 de febrero de 1865, en la Villa del Undoso, y fue inscripta en los registros de la iglesia de la Purísima Concepción.

¿Quién era Amélie D…? ¿Pertenecía a una ilustre familia sagüera? ¿Podría rastrearse a los protagonistas de aquel drama en las páginas de los cronistas locales? Tal vez, pero no me decido a emprender la indagación. Sería escudriñarla, otra vez, semejante a una criatura extraña, como si no bastara su turbadora belleza.

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Notas.

Ilustración: Hermafrodita fotografiado por Félix Nadar en 1860.

La traducción de los informes forenses es mía. El texto original apareció en P. Brouardel: Le mariage, nullité, divorce, grossesse, accouchement..., Cours de Medécine Légale de la Faculté de Médecine de Paris, Librairie J.-B. Baillière et Fils, París, 1900, pp. 369-371.

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Anexo.

Informe de los Sres. Alf. Fournier, Gallard, P. Brouardel.

Los infrascritos, Alf. Fournier, Gallard, P. Brouardel, comisionados por juicio de la primera cámara del Tribunal civil de primera instancia del departamento del Sena, el 16 de julio de 1886, al efecto de constatar el sexo de Natalie-Amélie-Josépha D…, dispensados del juramento, hemos procedido al examen de la antedicha.

Amélie D… nació en Sagua la Grande (isla de Cuba), el 12 de febrero de 1865. Fue registrada en la iglesia parroquial de Ascenso de la Carissima (sic) Concepción de esa ciudad, como hija legítima del Sr. D… y de la señora M…, su esposa.

Amélie D… lleva actualmente hábitos masculinos. Su talla es de 1,53 m. Tiene la marcha y el porte general de un hombre joven. Sus gestos son bruscos.

Los cabellos son escasos y cortos. La faz es huesuda. Los labios y el mentón están adornados por una barba normalmente dispuesta, bastante dura, abundante; las mejillas están cubiertas de pelos un poco más espaciados.

La voz es fuerte. El pecho está aplanado, cubierto sobre la región esternal de vellos bastante numerosos. No hay ningún saliente que recuerde senos de mujer. Bajo el pezón, la palpación no permite descubrir ninguna traza de glándula mamaria.

Los miembros superiores e inferiores están cubiertos de numeroso pelo. El codo, los brazos, los antebrazos, son los de un hombre; los músculos forman salientes muy pronunciados. La piel no está cubierta por la capa “célulo-grasienta” a la cual se deben las formas redondeadas de los miembros femeninos.

Las nalgas están bastante desarrolladas. Los muslos están algo aplanados lateralmente, no son redondeados como en la mujer. De manera general, los miembros abdominales son relativamente más pequeños que los miembros superiores.

La vejiga es estrecha, no ancha como en la mujer.

Examen de los órganos genitales.- Los vellos que cubren la región pubiana forman un triángulo que se remonta hasta el ombligo. Esta disposición es propia del sexo masculino; comúnmente, en la mujer, los vellos del pubis forman un triángulo cuya base dirigida hacia arriba suele estar completamente limitada.

La región llamada monte de Venus, saliente en la mujer, está aplanada en Amélie D…

Debajo del pubis se halla una pequeña verga con poco más de 2 centímetros; está terminada por un glande de forma redondeada. No hay depresión que represente el meato urinario, pero debajo de la verga se ve un surco netamente limitado, dirigido de atrás a adelante, ocupando el sitio de la uretra en el hombre. Este surco tiene una gran importancia, pues no se ve ninguna traza sobre el clítoris. Se prolonga por detrás hasta el orificio de una hendidura, de la que vamos a hablar. La verga y el glande están recubiertos de una funda que termina en un prepucio móvil, plegado, fácil de desplazar, y cuyos pliegues indican que, cuando esta verga rudimentaria y el glande entran en erección, alcanzan un volumen notablemente mayor.

Debajo de la verga, se halla una brida fibrosa, que rodea los bordes del surco descrito arriba y se prolonga hasta el orificio de una hendidura que presenta cierta analogía con el orificio “vulvo-vaginal” ordinario. Pero si los bordes de esa hendidura recuerdan hasta cierto punto los labios mayores, no se halla traza de labios menores; nada representa el pliegue creciente de la horquilla; no hay traza de una membrana himen ni restos (caroncules myrtiformes) que suceden a su rotura.

Esta hendidura estrecha permite, con cierta dificultad, la penetración del índice en una cavidad que alcanza alrededor de 11 centímetros de profundidad. La mucosa que tapiza esta cavidad es lisa, no se sienten los salientes rugosos de la mucosa vaginal.

Hemos tratado metódicamente de constatar, sea en el exterior, sea durante la exploración practicada en esa cavidad, sea por la palpación abdominal, la traza de un órgano genital (útero, ovario, testículo). Podemos afirmar que, ni en los pliegues inguinales, ni a lo largo del canal inguinal, ni sobre la cara anterior del recto, se siente ningún saliente, ninguna resistencia, no se provoca ningún dolor que permita sospechar la presencia de uno de esos órganos.

Sobre la pared anterior de la cavidad, a 2 centímetros aproximadamente del orificio de la hendidura, se siente una pequeña bolsa en la cual se abre el canal uretral. Debajo se halla una brida. Interrogada sobre la manera de expulsar la orina, Amélie D… declara que no hay chorro, sino una emisión diseminada, lo que se explica por la disposición misma de esa brida. Amélie D… declara jamás haber tenido regla, añade que la presencia de mujeres le despierta deseos voluptuosos. Ella se complace en el estudio de las ciencias. Jamás ha podido atenerse a los quehaceres femeninos. Tiene un gusto vivísimo por los ejercicios corporales.

Conclusiones.- 1. Amélie D… no presenta ninguno de los órganos que caracterizan al sexo femenino (útero, ovarios, mamas).

2. No se descubre la presencia de testículos, lo que permitiría afirmar que esta persona pertenece al sexo masculino.

Pero ella padece de una malformación de los órganos genitales descrita bajo el nombre de hypospadias perineo-escrotal. La autopsia de individuos que padecían esta malformación ha demostrado que pertenecían al sexo masculino. Los testículos, retenidos en la cavidad abdominal, no se desarrollan, y a menudo los canales deferentes no existen. Estos individuos son criptorquídeos: sus testículos atrofiados no secretan espermatozoides.

Estas consideraciones, extraídas de la experiencia, permiten creer que Amélie D… es un hombre.

3. Esta opinión se halla confirmada en este caso particular por el surco que se encuentra sobre la cara inferior de la verga y del glande, surco que representa una uretra masculina detenida en su desarrollo normal durante el segundo mes de vida intrauterina, y del cual no existe ninguna traza sobre el clítoris; por la ausencia de labios menores y huellas de la membrana himen.

Ella lo es, además, por el examen del resto del cuerpo: rostro, barba, cabellos, ausencia de mamas, disposición general de los vellos, forma de los miembros; por la ausencia de menstruación.

Concluimos por consiguiente que la persona nacida el 12 de febrero de 1865 en Sagua la Grande, y nombrada entonces Nathalie-Amélie-Josépha D… pertenece al sexo masculino.


jueves, 24 de junio de 2010

Mañach, en la cubanidad canónica

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“Al muchacho le pareció un Unamuno atildado, todavía joven, y sin fe.”[1] Así evocaba Cintio Vitier a Jorge Mañach en el tercer capítulo de su novela “De Peña Pobre”. Según Renée Méndez Capote, Gabriela Mistral también se ocupó en definirlo durante un almuerzo habanero que propició la analogía entre Mañach y Marinello: “Eres vacilante, y como no tienes raíces, no afincarás.”[2]

Juicios siempre definitivos correspondieron a Mañach. Criterios monolíticos que contrastan con su vocación de conciliar “intereses contrapuestos” en una Cuba demasiado escindida.

Jorge Mañach nació en 1898 y vivió hasta 1961. Estos límites cronológicos, que coinciden con el alfa y la omega de la República, lo han erigido en sucedáneo de ella misma, en intelectual modelo de una etapa que consiguió enjuiciar mejor que nadie en aquel ensayo clarividente, “Indagación del choteo”.

Jorge Luis Arcos, lejos de cualquier reducción impuesta por ortodoxias diestras o siniestras, describió su desgarramiento ideológico como una tragedia para alguien que se consideró a sí mismo conciencia de la nación:

[…] lo trágico de su destino consistió en la inadecuación entre lo ideal y lo real, entre su ideología y los cauces de la realidad.[3]

Mañach fue duro con la República –la consideró un “conato de Estado en una patria sin nación”-, pero siguió creyendo en ella. Estuvo con los jóvenes de la Protesta de los Trece, y luego se alineó con el ABC de matices fascistas. Entre los intelectuales de su generación quiso encarnar a la vanguardia y después se parapetó en su negativa de comprensión para los origenistas. Detentó ministerios y acabó exiliado al advenimiento de Batista. Aplaudió a la Revolución y renegó de ella.

Este era Mañach, ensayista orteguiano que desconfiaba de las masas y aspiraba a una evolución natural hacia cauces de mayor madurez e ilustración. En esta vocación de aleccionar fue un perfecto magíster, artífice de la Universidad del Aire, autor de unas conocidas lecciones filosóficas, forjador de un canon reflexivo de la cubanidad que negaba lo "benéfico" de la influencia norteamericana y asumía a Martí en uno de sus discursos capitolinos como el gran ausente del escenario republicano.

De aquellas vacilaciones que lo convirtieron en un “bombín de mármol”, símbolo del estatismo y la reciedumbre de ciertos vetustos intelectuales, sobreviven esos ensayos de palabra perenne donde analizaba, con una prosa de maestro, los eternos apuros de la cubanidad plena: el choteo como rasgo dominante del carácter nacional, los infortunios económicos y la frustración de las utopías libertarias.

Mañach, además, nos escribió la mejor biografía martiana. Él era un estilista y su encarnación de Martí posee vida propia. A pesar de los defectos que se le han señalado a la obra, Fernando Pérez afirma ahora mismo haber urdido su Martí cinematográfico gracias al precedente vívido de Jorge Mañach.

¿Es posible quererlo? ¿A él, que fue burgués y martiano, elitista y enemigo de los imperios, cubano graduado de Harvard y profesor en La Habana, cubano siempre, nacido en Sagua la Grande y muerto en el exilio universitario de Río Piedras, Puerto Rico, el 25 de junio de 1961?

No afincarás –profetizó la Mistral-. Pero algo de él se afinca hasta hoy. Una saeta, ya perdida, de aquella cubanidad suya que Cintio advirtió, suspendida e inexorable, en el poema titulado “Jorge Mañach”:

No sé por qué hoy aparece
ante mis ojos su figura
esbelta, escéptica, fallida
y siempre airosa sin embargo,
flexible palma de una patria
que no podía ser: tan fina,
sí, tan irónica, tan débil
en su elegante gesto, lúcido
para el dibujo y el fervor,
los relativismos y las
conciliaciones, con un fondo
de gusto amargo en la raíz.
Ciegos sus ojos para el rapto,
usted no vio lo que veíamos.
Bien, pero en sombras yo sabía,
mirándolo con hurañez,
lo que ahora llega iluminado:
Tener defectos es fatal
y nadie escapa a sus virtudes.
Tener estilo en vida y obra,
no es fácil ni difícil, es
un don extraño que usted tuvo,
Jorge Mañach, para nosotros.
Esta mañana es imposible
que usted haya muerto. Viene ágil,
sin vanguardismos ni Academias,
de dril inmaculado, laico,
maduro, juvenil, iluso,
entre sajón y catalán,
a dar su clase de Aristóteles,
y en el destello de sus lentes
hay un perfil de Cuba, único,
que al sucumbir quedó en el aire,
grabado allí, temblando, solo…

Notas.

[1] Cintio Vitier: De Peña Pobre, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1980, p. 60.

[2] Renée Méndez Capote: Amables figuras del pasado, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1981, p. 215.

[3] Jorge Luis Arcos: Tendencias diversas: J. Mañach, M. Vitier, R. Guerra, et al. Instituto de Literatura y Lingüistica “José Antonio Portuondo Valdor”: Historia de la literatura cubana, Tomo II, Letras cubanas, 2003, p. 714.

sábado, 19 de junio de 2010

El último paisaje de Juan Jorge Peoli

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Juan Jorge Peoli fue un viajero que probablemente abordó un vapor con destino a Sagua la Grande, “al pié de Wall street”[1], como pasajero de la línea neoyorkina de James Ward. Iba acompañado por su hijo Juan, que traía los lienzos y pinceles del padre a cuestas. ¿Cuántos años pasaron desde el último viaje de Peoli a su patria? Él, que prefería pintar rostros, venía a retratar el paisaje cubano como si fuera un semblante humano ataviado con palmas.

Giselle Morales me advirtió hace años sobre la existencia de un pintor romántico que murió en la Villa del Undoso por 1893. Así lo consignan las escuetas fichas del Museo Nacional de Bellas Artes, donde “La Dama del Lago”, óleo brumoso que remite al personaje del ciclo artúrico, figura como enigmático exponente de una época que no dejó epígonos.

Juan Jorge Peoli mereció la primera beca que se otorgó a un cubano para estudiar pintura en Europa. Había nacido en los Estados Unidos después que su padre participó en la Conspiración de los Soles y Rayos de Bolívar, y descendía de los Paoli de Córcega, legendarios patriotas de otra isla obsedida por la libertad. El pintor fue amigo de José Antonio Páez, Domingo Delmonte, Juan Prim y muchos famosos de su tiempo. Pero Peoli es, sobre todo, aquel manso a quien dijo el maestro Luz “que no podía sentarse a hacer libros, que son cosa fácil [...] y falta el tiempo para lo más difícil, que es hacer hombres”. El mejor retrato que le hicieran no fue obra de un pintor convencional, sino del pintor José Martí:

El arte, con haberle dado días de gloria, y ser su empleo principal, fue lo menos de él. Amó la beldad ardientemente; la respetó, y le enojaba que no la respetasen; reconocía en sí, y en todo, una realidad visible, de fácil copia, y otra espiritual, a que con callada pasión buscó color y símbolo: la fuerza, para él, residía en la gracia, y vio en el universo, aun a pleno sol, como un color nocturno; su pincel, jamás mercenario, desdeñó la fama fácil del retrato, en que sobresalía, y de sus magistrales escenas de la Naturaleza, para fijar en las luces aéreas el alma solemne que se alza de la vida, y cuajar en cuerpos leves y ondulantes la beldad creatriz que flota sobre el mundo. […] Pero de su arte mismo fue lo más bello el carácter manso y puro con que, por el amor y fuerza de él, y por la luz y dicha de su alma, pasó en salvo Peoli por las tentaciones de este mundo. Lo conoció y ahondó, puso de lado toda la impedimenta de él, con que el vulgo humano, en que entra mucho de lo que no quiere pasar por vulgo, se deshonra y aflige; y cultivó en la vida lo que tiene de sustancia y ventura, que es el decoro propio, en el trabajo continuo y la amistad sincera el alivio del dolor del hombre, el rincón de la casa, y la ciencia y fe que vienen del conocimiento y amor de la creación. El hombre, que lleva lo permanente en sí, ha de cultivar lo permanente; o se degrada, y vuelve atrás, en lo que no lo cultive.
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La familia Peoli, a la que también pertenecía Carmen Miyares, la mujer que Martí amó, todavía vive en los Estados Unidos. A ellos me dirigí en esta indagación sobre el asombroso azar que condujo a Juan Jorge a morir en Sagua. Respondió David B. Holcomb, cuyo suegro, de 84 años, todavía espera viajar a Cuba para recobrar la impronta de sus ascendientes.

Dice Holcomb que el pintor salió de Nueva York el 6 de junio para atender “la sucesión de Resulta”. Esta noticia es suficiente. El antiguo ingenio Resulta, atrapado hoy en el crecimiento de la ciudad, era propiedad de los Alfonso, familia política de Peoli. Aquí lo sorprendió una neumonía irremediable.

Juan Jorge Peoli entonces era también el viajero que pagaba su peaje en el andarivel del Undoso. Lo hacía con el pretexto de ir a Resulta, pero desde la balsa iba meditando sobre la singularidad del paisaje sagüero que intercala flamboyanes con palmas. La antítesis del Hudson, pensaba, y ya no lo obsesionaba la estatura del manzano donde lo imaginó Martí cuando conoció su partida:

Murió en el campo, silencioso y solemne, que prefería él a la ciudad fea y vana. Murió en Cuba, la tierra que amó él tanto, la tierra que le premió el mérito, y le dio mujer noble, hijos buenos, ilustres amigos. Murió como las tardes del Hudson, que se sentaba él a ver caer, desde el banco rústico de su manzano solariego, en las colinas de tiniebla y oro por donde baja majestuoso el río.

[1] De ahí salían, en semanas alternas, los buques de la Compañía de Correos de Nueva York y Cuba con destino a Matanzas, Cárdenas y Sagua. Oficina de las Repúblicas Americanas: Manual de las Repúblicas Americanas, Washington, 1891, p. 447.


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viernes, 11 de junio de 2010

La tía América


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Antolina González Toledo, la tía América, nació el 12 de junio de 1912. Ese mismo día, Winston Churchill fatigaba a la Cámara de los Comunes con varios discursos acerca de la flota británica. En Chicago, mientras tanto, también nacía Carl Hovland, psicólogo que trascendería por sus contribuciones a la teoría de la comunicación. Francia lloraba a Fréderic Passy, célebre jurisconsulto condecorado con el Nobel de la Paz en 1901. Todavía los rusos tenían zar y los otomanos obedecían al sultán Mehmet V. Eran los últimos años de la belle époque.

América nunca fue tan persuasiva como el elocuente Churchill. Sus disputas acababan con los labios apretados y una coda de silencio. Sin embargo, era tan pacífica en sus relaciones domésticas como el mismo Passy. Nadie dudó de su insólito don para permanecer equilibrada con una armonía ante las influencias externas que Hovland hubiera admirado y muchos confundían con una limitación intelectual.

No sé por qué la llamaban América. Recuerdo mi confusión ante el descubrimiento de su nombre de pila. Antolina, de origen latino, contiene un símil: preciosa como una flor. Dudo que sus progenitores manejaran tales etimologías.

América, lo mismo que sus cuatro hermanas, optó por la soltería, incidente peculiar de mi familia paterna. De seis hijos, sólo mi abuelo –el único varón- casó y tuvo descendencia.

¿Por qué estas mujeres apostaron por el celibato? Nunca lo sabremos. La leyenda familiar asegura que la mayor asumió como misión el cuidado de los padres, la segunda jamás encontró un partido de su gusto, la tercera se sometió a este régimen conventual a causa de su clericalismo, la cuarta murió inesperadamente de fiebre tifoidea antes de 1930, y América, la benjamina, pese a algunas pasiones frustradas por la vigilancia de sus hermanas, también se convirtió en una señorita añeja.

Su maternidad imposible se trasladó a los sobrinos y a los hijos de los sobrinos. Casi fue una tía Tula, sin la recia agonía del personaje de Unamuno. El apego de América era intransigente e irracional. Se cuenta que una vez le retiró la palabra al profesor de música que no había aceptado a mi padre como tamborero porque carecía de oído musical.

Después del nacimiento de mi hermana, mi tía abuela se mudó con nosotros. Tenía más de setenta años, pero seguía dispuesta a ejercer su maternidad putativa. Fue entonces que protagonizó un episodio extraordinario que escandalizó a sus hermanas y conmocionó a toda la familia.

Sucedió a finales de la década de 1980. Una tarde, se presentó ante mi padre un señor octogenario, vecino del hotel Plaza. Marchante era su alias, seguramente por causa de su antiguo oficio de comerciante. Con una cortesía vetusta, se informó por la salud de cada uno, y sin vacilación reveló que venía a pedir la mano –o “la entrada”, como se decía antaño- de la señorita América González. Que lo autorizaran a visitarla era su demanda. Se consideraba un caballero y aspiraba al matrimonio. Mi padre supuso que lo hacían víctima de una broma. Usted es el jefe de la familia –insistió el viejo- y a su decisión me atengo. La “señorita González”, citada con gesto sumarísimo ante su enamorado, admitió conocerlo y aceptó la solicitud de noviazgo.

La boda de América fue sencilla, pero solemne, como correspondía a una mujer que ofrecía su castidad física y la pureza ejercida durante toda la vida. Tuvieron su luna de miel y se instalaron en la residencia del novio.

Recuerdo la habitación donde vivían, con mobiliario arcaico: una coqueta de espejo turbio, un escaparate de tres puertas y una colección de frascos vacíos con olor de perfumes evaporados en otro siglo. También cuidaban un gato, atado por una pata a la reja del balcón. Es el único gato que he visto amarrado.

Marchante, supimos luego, era una especie de inocente Barba Azul que enviudó como cinco veces. Mi tía abuela, más vigorosa que él, a su vez fue viuda. Entonces regresó con nosotros, hasta febrero de 1998, cuando murió.

De la herencia de aquel matrimonio extraordinario nos quedó una curiosa postal tejida, un par de sillones desencuadernados y el espejo de la oscuridad magna que no refleja más que sombras.

Recién devuelta a mi casa y todavía con los velos de la viudez, América me proporcionó una lección hidalga, de increíble fe en lo inmediato tangible.

Ameca –así le decíamos- ¿tú te acuerdas de Marchante?

Ca, niño –respondió con autoridad- ¡de los muertos no se habla!
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martes, 18 de mayo de 2010

Martí en Dos Ríos: “¿De verdad, usted se alegra?”

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Instantes después de haber emprendido la galopada, habiendo oído Martí que yo le decía a Ángel de la Guardia:
- Por fin ha llegado el momento que tanto hemos deseado –se volvió a mí preguntándome:
- ¿De verdad, usted se alegra?
- Y como yo le contestara afirmativamente, diciéndole que iba a ser aquella mi primera prueba, repuso:
- Bueno, pórtese bien.

Manuel Piedra Martel. Mis primeros treinta años.



El 19 de mayo de 1895, al centro de todos los cumplimientos, con la guerra sobre la marcha y todos los sueños de la república asentados en el papel, Martí cabalgó hacia el torbellino de balas. Una orfandad de 115 años nos ha dejado. El día anterior, junto a las revelaciones que hizo a Manuel Mercado sobre el propósito oculto de erigir con la independencia de Cuba un valladar para la expansión imperial que amenaza a nuestra América, también había previsto su alejamiento, si en algún momento fuera menester hacerlo por el bien de la patria:

“Por mí, entiendo que no se puede guiar a un pueblo contra el alma que lo mueve, o sin ella, y sé cómo se encienden los corazones, y cómo se aprovecha para el revuelo incesante y la acometida el estado fogoso y satisfecho de los corazones. […] En mí, sólo defenderé lo que tengo yo por garantía o servicio de la Revolución. Sé desaparecer. Pero no desaparecería mi pensamiento, ni me agriaría mi oscuridad.”

Una de las pocas veces que los cubanos hemos intentado descifrar una ucronía ha sido respecto a la posibilidad de haber sido gobernados por Martí. ¿Hubiera podido conciliar las tendencias enfrentadas de la república, como hizo al preparar la guerra? ¿Aquella ley fundamental suya –el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre- era factible para un país desgarrado entre ambiciones y egoísmos? Y por último, aunque los mambises seducidos por su verbo de poeta ya lo llamaban presidente, ¿soñó Martí con gobernar alguna vez? De su última carta se infiere que confiaba en eclipsarse luego, hecho el trabajo, cumplida la faena de haber guerreado con quijotesca nobleza.

El cubano Antonio José Ponte, en la voluntad de releer al Martí histórico con objetividad cada vez más alejada del panegírico, invita a imaginar un hombrecito enfundado en un abrigo inmenso, que trasegaba por Nueva York con el cuerpo adolorido y animoso el espíritu, maestro al límite de no eludir el didactismo ni siquiera al escribir ficción o teatro. Un Martí de nulo garbo y apostura disminuida, “poco robusto”, como lo describió el sagüero Manuel Piedra Martel, que estuvo en Dos Ríos y escuchó sus últimas palabras.

Ese Martí, como el descrito por Blanca Zacharie de Baralt, que no parecía fatigado cuando se presentaba, lozano, en algún salón, a pesar de las horas dedicadas a la escritura y a la enseñanza, nunca podría devenir en tópico, ni en artículo adaptable al consumo de tirios y troyanos. El inmolado en aquel “nuevo Gólgota” que decía Piedra, también era un hombre que no quería morir ni aspiraba a gobernar, en contraste con tantos estadistas de gesto dramático y tozudez infinita.

Martí fue el que preguntó, con alguna extrañeza, antes de cargar contra las líneas enemigas: “¿de verdad, usted se alegra?”
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jueves, 13 de mayo de 2010

Adonde conduce la ceremonia de verter las aguas de la cabeza

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La azotea de esta casa vetusta suele acumular en época de lluvias un charco encima de mi habitación. El agua sobre la cabeza ya es el colmo. Como si no bastara “la maldita circunstancia del agua por todas partes”. Para evitar que esas aguas instrusas acaben por horadarnos el techo, se practica en mi familia el rito de subir, escoba en mano, a barrer las rasillas. A veces dudo sobre las razones de esta perseverante costumbre. ¿Será que hemos acabado por hallarle placer a la ceremonia de verter las aguas ociosas que se acumulan sobre la cabeza?

En uno de estos ascensos me asomé a las almenas del cható, obra del extravagante doctor Hernández. En mi calle se le conoce como “El dispensario”, y se afirma que sirvió de clínica para tísicos a principios del siglo XX.

En una entrevista que le hicieron a Manino Aguilera poco antes de su muerte, el viejo periodista aseguraba que su abuelo –el doctor Hernández- había construido el raquítico castillo a imitación de la villa de Joaquín Albarrán en Arcachón. Pero Manino tenía sus mitomanías.

Muchos años antes de que viniéramos al vecindario, el edificio ya se había convertido en una cubana ciudadela, curioso término de la arquitectura militar que alude recintos amurallados y en Cuba se adjudica a decadentes mansiones fragmentadas hasta lo infinitesimal para uso de varias familias.

En el cható de mi infancia vivían Pucha Cartapila y sus descendientes, un clan de locos que nos aterrorizaba con soliloquios monocordes. Pucha -¿de origen jamaicano?- hacía sus peticiones con una cortesía casi británica: “Míster, un peso, please…”

Los Cartapila habitaban el pabellón del centro. En la planta baja tenían una montaña de estiércol. Arriba, donde estuvo el escritorio del doctor Hernández, dormían en camas ordenadas en larga fila. Una vez, después de un hucarán, subimos a la azotea de los Cartapila para ver pasar un helicóptero que escudriñaba la inundación en el barrio de La Gloria. Fue la última vez que visité los antiguos salones privados del doctor. Al poco tiempo, los locos monocordes obtuvieron una vivienda y saquearon el cható, incluidos los horcones que sostenían los muros; el pabellón central se hundió para siempre.

Sobre todo agradecimos el traslado de Coco Cartapila, cuyo nombre de pila es Albertico Pons Luaces, uno que solía estremecernos cuando golpeaba la aldaba de mi casa. Mi papá le inculcó la dignidad de su nombre, pero la ciudadela no respetaba sus apellidos y le inventó un nuevo mote: Alberto Pon-mierda Lo-hace.

Después de tanto tiempo me he asomado a las almenas, como decía antes de la última digresión. He sopesado lo que hay detrás, un charco semejante al mío, que se evapora lentamente, pues no hay quien saque la humedad de la cabeza a los habitantes del cható.




Han vuelto las lluvias. Ahora mismo siento el olor del pavimento mojado. Mañana tendré que reanudar el rito. Subiré a observar el estrago de la humedad, a contener inútilmente, como fatigado Sísifo, el derrumbe de mis pretiles.
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sábado, 8 de mayo de 2010

Discurso del loco que ve caminar a Milanés por una plaza de Matanzas

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Milanés es un hombrecito callado. Bajo el brazo trae un libro que jamás lee. Lo mismo se le ve junto a la catedral que pescando en el puente ferroviario del Yumurí. Dicen que es poeta; no lo sé. Pienso que presume cuando cruza los brazos y aparenta ensimismarse frente a la bahía. Se pone meditabundo para que lo crean loco. Por eso habla consigo, para decir verdades que sólo dejarían de castigarse en una mente arrasada por las metáforas. La única vez que lo escuché daba un sermón sobre el advenimiento de la impureza, sobre el remordimiento de besar y otras locuras. Vive ahí mismo, por Versalles. Creo que alquila una casa en alguna calle bulliciosa de aquel barrio. La gente habla de sus rarezas. Se le ha visto acuclillado frente a la estatua de Fernando VII que está en el patio del museo. Es otro fingimiento. Una noche lo apedrearon cerca del viaducto. Los muchachos creyeron que aquel hombre demacrado quería corromperlos. Eran jóvenes delincuentes de maneras poco elegantes. Milanés corrió como los gamos. Llovía. Nadie se atrevió a socorrerlo. ¡A quién importa que obsequien con piedras al poeta loco de Matanzas!

Se ha hablado bastante de un amor de Milanés. No soporto que se dejen persuadir por argumento tan fútil. El poeta suele observar los patos y se regocija cuando parecen buscar algo en el fondo del estanque. Y yo no estoy loco. Es entonces que Milanés hurga en sus bolsillos y extrae el frasco de su locura para rociarla sobre el mundo.
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domingo, 12 de octubre de 2008

La pequeña mujer más triste del mundo






Podía viajar en una maleta, ir de compras dentro la cesta, escalar sólo arbolitos navideños, vivir en la casa de las muñecas: Lucía Zárate era la mujer más pequeña del mundo. Nada mínimo estuvo vedado a su dimensión de apenas cincuenta centímetros, pero le encomendaron una grande hazaña: salir de los bolsillos de su madre a los escenarios donde se triunfa a costa de cualquier expediente, donde la misma dignidad es mero recurso escénico, donde una enana triste es la muñeca que baila para el zar de Rusia, y en una aldea miserable de una isla remota irán a verla, con sus trajes domingueros, los gigantes implacables.

Así lo anunciaron los voceadores de periódicos:

-¡Desde Liliput, Lucía Zárate!
-¡Véala hoy en el teatro de Lazcano!
-¡En el coliseo de la calle Oriente, una enana!
-¡Lucía Zárate, del circo Barnum, esta noche vea a la mujer más pequeña del mundo!

Era el 2 de mayo de 1880. Ese día salió al proscenio, luego de una larga travesía de amarguras, Lucía Zárate, la mujercita de medio metro y cinco libras de cuerpo, la benjamina de toda la humanidad ínfima, ilustre huésped de la Villa de Sagua la Grande.

De los periódicos

La Srita. Lucía Zárate, la persona más pequeña y de menos peso del mundo, nació en San Carlos, pueblecillo á 6 leguas al norte de Veracruz (México) á 2 de Enero de 1864.

A su nacimiento medía 7 pulgadas, ningún hombre de ciencia la juzgó viable. Sin embargo, vivió y creció hasta la edad de ocho años, desde cuya fecha permanece en el estado actual. Es de un génio apacible: alegre y risueña siempre, gusta mucho de los niños, de los juguetes y de la música.

Jamás ha estado enferma, y ni aún el cambio de la adolescencia a la edad núbil, le originó malestar alguno. Sus padres son bien proporcionados y robustos, pesando respectivamente 180 y 160 libras.

En cuantas ciudades ha recorrido en los Estados Unidos y Méjico, se ha declarado no existir en el mundo ningún ser humano que sea más pequeño que ella, ni que aún siendo mayor esté mejor proporcionado.

¡Es lo que puede llamarse una verdadera maravilla![1]

La carrera de la estrella

A Lucía se le murió Miguel -el hermano- muy jovencito. En muchos años no podría mirarle la cara a nadie de su tamaño. A sus padres ocasionó abundantes quebraderos de cabeza. Que sobreviviese a la infancia, tan minúscula, fue un verdadero milagro. Ninguna pitonisa de su pueblo fue consultada sobre el destino de Lucía: la enana de los Zárate vivía de préstamo. ¿Quién habría de suponer, siquiera en un delirio, que se convertiría en la estrella circense mejor pagada de los Estados Unidos?

Fue la sagacidad política el detonante de la carrera de Lucía. Teodoro Dehesa, futuro gobernador de Veracruz, no cabía en el gozo del hallazgo.

-Llévenla a México –sentenció-, será famosa.

Es que Lucía Zárate, aunque nadie se lo hubiese declarado todavía, era una gloria nacional. El respetable Porfirio, que no perdía el tiempo en frivolidades, la recibió en el despacho presidencial; la hizo sentar a la mesa de palacio; mejor dicho –vale la pena dejarlo claro-, la sentó sobre la mesa y le obsequió su conversación de hombre de mundo. Lucía asentía; callaba; le costaba mucho sonreír. No lo aprendería en muchos años de estrellato circense la estrella más pequeña del mundo.

Fue un americano el que la llevó a la Feria del Centenario, en Filadelfia. Los Estados Unidos cumplían un siglo, y entre tanta euforia de máquinas y vanidades técnicas se presentaba, en su desconcertado mutismo, Lucía Zárate. Pronto se acostumbraría a ser escrutada. Cuatro años después ingresaría en el circo de Barnum.

Las fotos de la tristeza

Tomasa, la madre, tiene cara de villana. Dios la perdone: dicen que se resistió a aprobar que su hija fuese saltimbanqui de los circos yanquis. Injusto no querría parecer, pero muy bien aprovecharon estos Zárate de talla normal y buenos lomos los dineros de la enana de la casa. Un rancho en Chihuahua y otro en Veracruz. Buen saldo.

En ninguna de las fotos conocidas Lucía sonríe. Ni siquiera cuando aparece junto al General Mite. Fue una mujer triste. La propaganda la describía como una muñequita alegre. Entiendo que nadie iría nunca al teatro para ver una miniatura que se enjuga lágrimas imperceptibles, sollozando a la intemperie como una gatita desolada.

El espectáculo parecía sencillo, improvisado. Pero de seguro fue una gran actriz la pequeña Lucía Zárate. Fingirse alegre es un mérito exclusivo de los tristes. La felicidad no genera filosofías ni produce grandes artistas.

Reality show de Lucía Zárate

En aquel circo no hubo espectáculo más sobrio que este de Lucía Zárate. El gran embustero que fue P. T. Barnum –el ingenioso “creador” de la enfermera sesquicentenaria de George Washington y de la sirena de Fiji- no tuvo que mover demasiada tramoya para garantizar público a Lucía. La enana se bastaba a sí misma. Aparecía en una salita, haciendo vida hogareña con el General Mite. Otras veces, por lo grotesco del contraste, salía a la escena junto a Chang, un chino de dos metros y ademanes torpes.

Lucía, aparentemente, no interpretaba más que a la misma Lucía. Y esto es cierto: representaba a Lucía como si ésta fuese cualquier hija de vecino con apetecibles pantorrillas. En esta naturalidad –desnaturalizada- residía el éxito del reality show de Lucía Zárate.

El General Mite

Un enano de 22 pulgadas. Le atribuyen un amorío con Lucía Zárate. Fue su único partenaire simétrico. Había armonía física entre ellos. En lo del romance, sin embargo, hay mucho de mito y más de propaganda circense a la manera festinada de un Míster Barnum.

El General Mite fue desbancado de su primacía absoluta en el circo de pigmeos a raíz de la aparición de Lucía, por 1876. Compartió la escena con ella, pero nunca recuperó la condición de mimado que antes ostentaba. La gloria se la mereció Lucía. Tal vez el General Mite nunca se lo perdonó.

Por otra parte, Lucía, aunque diminuta, era una mujer entera. ¿A qué amar un enano si por todos lados había hombres? Suena monstruoso, pero el amor casi siempre descarta a los homólogos.

Sagua se regocija por Lucía



Era domingo. El día anterior desembarcó la Compañía Liliputiense de Ópera. No viajaban tan ligero como pudiera pensarse por las dimensiones del personal: Lucía venía con sus padres, alguno de sus hermanos, su asistente, unas cajas de comida tolerable para su frágil constitución, baulitos de ropas, joyas mínimas.

Don Manuel González Osma, el alcalde de turno, recibió a Lucía y a sus parientes en la casa consistorial. Fueron preparadas las mejores habitaciones del hotel Telégrafo. Sagua se regocijó con la visita de la mujer más pequeña del mundo. Lucía, que ya empezaba a acostumbrarse a la curiosidad ajena, permaneció inconmovible, siempre perpleja. En el teatro “Lazcano” tuvo su apoteosis la noche del domingo 2 de mayo de 1880: cientos de personas pugnaban por entrar. Rebosaron de oro las maletas de Barnum, algo correspondió también a la familia Zárate. Pensaron en grande, otra vez: ese mismo año se llevaron la pequeña a Europa.

Luego llegaron hasta aquí los ecos de la triunfante gira: la reina Victoria recibió a Lucía ante una escalerilla, para no violentar el ceremonial cortesano; anduvo la liliputiense por Francia e Italia; en Rusia, hizo palmotear al zar. Pasaron diez años. La novela se incrementó: hubo intentos de secuestro, viajes fatigosos por ciudades remotas. Nunca volvió a Sagua. Un día se supo -la prensa sensacional de siempre- que había muerto por accidente, en un tren varado en medio de la nieve, la mujer más pequeña del mundo. Casi nadie recordaba su nombre de pila, ni su apellido. Los memoriosos acaso reconstruyeron la silueta de una enana de nariz grande, con los ojos bien abiertos, tristes.

Lucía Zárate murió de hipotermia el 28 de enero de 1890; muy frío se le palpó el corazón bajo la muselina del traje. Hoy se sabe que los anuncios mentían, no jugaba con nadie, ni experimentó un amor verdadero por el otro pigmeo, Mite. Se sabe que vivía apretada en aquel cuerpo, que no le cabía la tristeza en ese cuerpo pequeño a la mujer más triste del mundo.

[1] Antonio Miguel Alcover y Beltrán: Historia de la Villa de Sagua la Grande y su Jurisdicción, Imprentas Unidas de La Historia y El Correo Español, Sagua la Grande, 1905, p. 313.