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lunes, 6 de mayo de 2013

Un tren hacia la plusvalía


Me fui a Camagüey en tren. La aventura casi duró nueve horas en un coche precario, tercermundista. Se acentuó la noción marginal del viaje cuando pasamos frente al Monumento del Tren Blindado, sitio de peregrinación en la Santa Clara guevariana: los turistas, de seguro europeos, perdieron interés en el histórico tren que descarriló el Che y empezaron a fotografiar, en frenesí de flashes, el perfil de mi tren desbordado de pasajeros. Era un tren de estudiantes, un transporte gratuito que la universidad dispone para devolver a sus becarios a las provincias cercanas. Los europeos, sorprendidos y regocijados, seguían al dinosaurio con miradas y lentes ávidos. Me molesté. Éramos las simpáticas bestias de un zoológico humano -así nos vieron-, y algunos saludaban en respuesta a los adioses que les obsequiaron los pasajeros.  Pronto abandoné el proyecto de escribir una crónica de viaje: más allá de Sancti Spiritus casi no había pueblos, los que cruzamos eran pequeños y miserables. Recuerdo apenas un hotel ecléctico bastante grande, en ruinas frente al parque de Majagua. En Guayacanes –una aldea que desconocía- subsisten unas casas norteamericanas. Piedrecitas posee la única estación de la Cuba Railroad que perdura en el itinerario. Y no tengo nada que referir de Gaspar. Los motivos cronicables de estos pueblos no rinden más de una línea por cada uno. 

A mi regreso conté algunos incidentes del viaje a Esteban, un amigo emigrado hace pocos años a Alemania. Pensé que él pasaría el tema por alto o deploraría el atraso de nuestros medios de transporte y se limitaría a preguntarme por la salud de mi familia en Camagüey. Esteban, sin embargó, se entusiasmó con el tema ferroviario: ¿quedan trenes  en Cuba? ¿cuánto cuestan los pasajes? ¿demora el viaje? Cada pregunta me desconcertaba más. Me describió luego, con amena precisión, el confort y la puntualidad de los trenes germanos, cuyas virtudes pude recrear evocando algo que leí una vez sobre el TGV francés. La pasión ferrocarrilera de Esteban arreciaba, y yo estaba tan desconcertado que lo encaré.  ¿Y por qué te interesan tanto los trenes? –pregunté-. Su respuesta podría figurar en una antología de la enajenación, sobre todo porque viene de un cubano de mi generación, viajero de trenes precarios toda su vida, endeble viajero por naturaleza, que ha tenido que pugnar con los inconvenientes de su otredad en Alemania, pragmática locomotora europea. 

El ferrocarril –razonó Esteban- podría convertirse en un sector muy rentable, un buen destino de inversiones cuando caiga el socialismo en Cuba.

No respondí, cambié de tema. ¿Cómo argüir con mi lógica antigua, ridícula a su juicio? Me reafirmé, eso sí, en mi vocación anticapitalista. Uno de los peores mitos del capital es, precisamente, que todos pueden acceder a la riqueza. La clave para conseguirlo la disimulan hasta dónde pueden: se trata de hallar algún expediente para esquilmar al prójimo, y no suelen confesarlo. Ese método lo asumen algunos ingenuos como razón natural y ética, una buena receta para medrar. Mi viaje tercermundista por pueblos exhaustos no suscitó siquiera una reflexión pesimista o poética, sino la urgencia de reformarlo todo para obtener ganancia. ¿Cuántos más hábiles y adinerados, experimentados ya en estos lances, no aguardan la oportunidad de reconstruir el país para su provecho?

Caramba, Esteban, que la plusvalía de Marx sí existe. Prefiero tener mis manos a salvo y continuar viaje hacia las desiertas planicies.


lunes, 10 de septiembre de 2012

Maestros relojeros



Julio César y yo decidimos reparar el reloj público de la estación del ferrocarril. Julio es ingeniero civil, sabe de relojes y tiene vocación de artífice. Yo no sé nada. Hasta ignoro desde dónde fluye el tiempo. Unamuno decía que viene del mañana y deja una estela y ese fluir es la eternidad. Por eso angustian las cuentas regresivas, los relojes que restan. Sagua la Grande subsiste en una disminución de cifras, quizás todavía podamos devolverle el tiempo.

El reloj se detuvo hace más de veinte años. Me lo confirma el Jefe de Estación. Antaño estos funcionarios eran verdaderas autoridades, ahora se aburren en los andenes desiertos; nuestro jefe a menudo escudriña el frontón en busca de la campana. Los cazadores de bronce son capaces de escalar hasta allí –señala el borde de la fachada-. Julio me muestra una pieza hueca que alguien intentó quebrar. Los cazadores estuvieron aquí. 



Para llegar al reloj hay que tomar la escalera que da al andén. Arriba están desiertos los salones. Una escalera de caracol permite alcanzar el ático, la cámara del reloj. La estación posee los muros más compactos que he visto, indestructibles. Los agujeros en el suelo del ático no me dejan mirar abajo.

The Cincinnati Time Recorder Co., de Ohio, fue la relojería que fabricó el segundo reloj público de la villa. Sagua la Grande también posee un Seth Thomas –se hacía llamar “el fabricante de relojes más antiguo de América”- en la iglesia parroquial mayor.  Desconozco si otra ciudad de la región tuvo dos relojes públicos. Santa Clara, Cienfuegos, Remedios, antiguas cabeceras regionales de Las Villas, tuvieron un reloj cada una. La célebre fábrica Seth Thomas confeccionó el reloj de la estación central del ferrocarril de Nueva York. El casi centenario Thomas sagüero hace sonar las campanas de la torre en memoria de una joven de la belle époque. El esposo quiso hacerlas tañer eternamente por ambos, para probar que el tiempo no erosiona al amor. Menos novelesca es la historia del otro reloj. Adquirido acaso por la Cuban Central Railways, compañía inglesa que instaló su capital ferroviaria en Sagua la Grande, sustituyó a un mecanismo obsoleto del siglo XIX.


El pasado jueves bajamos el reloj para examinarlo a la luz. Las ruedas dentadas son un rompecabezas. Julio César lo desarmó sin tomar nota, dio garantías de su buena memoria para los mecanismos enrevesados; le tengo confianza. Mañana iremos a Isabela para conseguir el cordón de acero que sostendrá el contrapeso de la cuerda. Julio ya corrigió la deformación de la pieza dañada. Queda la limpieza de la maquinaria –mi tarea de relojero lego-, construir un péndulo de plomo y rectificar algunos ejes. En un archivo de Internet conseguí varios planos antiguos de la Cincinnati…; ojalá sean útiles.

Los relojes, meras máquinas para algunos, son metáforas del tiempo, tropos de la fugacidad; gozan de un carácter simbólico que trasciende sus cuerpos mecánicos. Julio César y yo ahora somos maestros relojeros medievales. Este reloj es un rompecabezas tropológico para mí. Estoy ceñido a la caja de sus piezas, ajustado a su condición de piedra filosofal por mis manos dentadas.


martes, 24 de julio de 2012

El Dorado



Es un sitio casi abandonado en el camino de Isabela. Por carretera no lo anuncian, en el camino de hierro subsiste un letrero: El Dorado. Aquí hubo un ingenio. No recuerdo quién era el dueño, aunque creo que el mapa de Francisco Lavallé (1840) atribuye estas tierras a Howland, un norteamericano.

Cuando se viaja en tren y aparece El Dorado, ya quedaron muy atrás los muros sobrevivientes de Júcaro, antigua posesión de los condes de Vegamar. El poema de Francisco Pobeda (1796-1881) que describe la visita de un conde a su plantación azucarera se me figura una estampa acaecida en Júcaro: llega uno de los Drake a bordo del vapor Jején, desembarca y sigue hasta su ingenio para asistir al drama narrado en el romance de Pobeda.  El ingenio Vegamar, como tantos, poseía su propio cementerio. Me prometo volver a esas ruinas.

La última vez que fui en bicicleta por la carretera de Isabela no llegué a Júcaro porque me apuraba hallar San Jorge. En algún sitio de San Jorge está la momia de Augustus Hemenway, el dueño, o de su asociado Bartlett. Hemenway solo se basta para una novela: fue marino, comerciante, hacendado y filántropo; alguna vez lo secuestraron cuando regresaba a San Jorge y pagó un rescate por su liberación; se sugiere que acabó lunático en Boston, pero consiguió salir de la casa de orates  y volvió a Sagua la Grande para morir. Reconstruir la vida de Hemenway me ha costado años. También me debo un pequeño reportaje acerca de San Jorge. Fotografié, con los dedos enfangados, la laguna donde John Russell Bartlett (1805-1886) consiguió un caracol desconocido.

Decía Ramón Roa, el secretario de Sarmiento, que la Sagua del siglo XIX era como El Dorado o California. De este El Dorado, trasunto del célebre mito de la Conquista, quedan unas letras oxidadas.

jueves, 13 de agosto de 2009

La otra Venecia

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Érase una Venecia sobre palafitos en el delta del Undoso, el río más sinuoso del Cuba. El gran río temido por sus honduras se la disputaba al mar, y no tuvo un dux que desposara al Atlántico, pero sí conoció las procesiones en bote de remos para su virgen marinera, y el rumor de los ahogados, y el temblor de los pecios, y el abrazo de los huracanes…

A la Venecia cubana se llegaba en veleros y vapores, después de atravesar una constelación de islas; se llegaba en tren desde la tierra firme por una avenida de mangles. Poco queda de veneciano a la Isabela: la vieja aduana anclada en su islote geométrico, unos pilotes carcomidos que ya no sostienen nada, algún puñado de tierra exótica descargada por las naves antiguas que no volverán a ver el faro de cayo Bahía de Cádiz ni la Boca de Maravillas.

Hay gente que hurga en la costa. Qué buscan, le pregunto a Q. Ostras, responde, y no las hallan.


Pero nos queda la tarde –respiro cuando se encienden las luces de las boyas que señalan la ruta de los barcos- y ya nunca perderemos el mar.


miércoles, 25 de marzo de 2009

Un jardín para Oscar

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Oscar no ama este nombre, como si intuyera que cada uno tiene, por algún lado, un nombre secreto, el nombre igual a la esencia que creían los nominalistas medievales, el nombre bautismal de los misterios iniciáticos: la seña que el enemigo no debe conocer, porque sería el ingrediente esencial para preparar un veneno que sí nos mata. Y ese nombre críptico que no se revela al nacimiento sino mucho después, debe cobrar materia desde lo oscuro, debe germinar desde un raro jardín nocturno, o mejor, vespertino, para que la noche vaya imponiendo otros sentidos a quien se vuelve al principio, al jardín prístino de los nombres callados de las cosas.

He de decir, antes de abrir las verjas, cuántos Oscares célebres ha habido: Matzerath, el enano por voluntad de quedar donde los demás son efímeros; Wilde, el dandy redimido por el dolor; Oscar I, muchacho francés que recibió un nombre nórdico como por capricho, sin confiar en el fatuo azar que le garantizaría los tronos de Suecia y Noruega. Matzerath hubiera preferido llamarse Rasputín. Wilde amó, delirante, el nombre de Alfred. A causa de Oscar I hubo una Oscara, que no nació princesa de Suecia y Noruega porque fue bastarda y sólo le legaron aquel nombre. Un nombre raro que ha otorgado reinos y ha hecho añicos de vitrales de iglesia; el nombre tantas veces renegado que hoy me sugiere un jardín circular, redondo como la O e infinito como una cinta de Moebius. Un jardín para Oscar; el jardín para celebrar lo que tanto nos aterra: las preguntas verdes que maduran todavía en los parterres, el tránsito hacia alguna parte, hacia un paisaje diáfano.

Como soy un jardinero mental, y no me conquista la perspectiva geométrica de un André Le Nôtre, he concebido un jardín ecléctico según el algoritmo de los extraños jardines que he recorrido, estancias configuradas por el tiempo. Por momentos pienso que a estos jardines abandonados falta algo; parecieran cubiertos por huellas de dedos que no retornan. El jardín del conde de Casa Moré, por ejemplo: nadie sabe cuándo colocaron el busto sarcástico de Dionisio con la mirada oblicua hacia una tañedora desnuda; la fuente de gusto clásico no ha tenido surtidor en años, se creería un jardín muerto, pero aquí -alivio de Isla- siempre manan aguas del cielo. En un recodo hay una estatua del conde, a su tamaño natural: era de pequeña estatura; le han roto la mano donde llevaba el pliego de las cuentas, el dedo húmedo de contar el oro. En el centro de este jardín, de frente al patio donde subsiste un monograma grabado en el suelo, debe colocarse el palomar del jardín de Juan de Dios de Oña, empinado y ojival como una capilla; la fuente de aquel jardín, semejante a una roca nunca cincelada, para contrastar con la fuente de mármol: el jardinero exquisito en la vecindad del bon sauvage; en el fondo un seto de rosas amarillas y una torre pétrea que aparece en una foto de 1902, detrás de unos jardineros atónitos.
Así Oscar y yo recibiremos otra noche.
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jueves, 1 de enero de 2009

El 1 de enero de 2009: digo amén

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Mi padre duerme sobre el sillón; ahí se balancea involuntariamente, a expensas del sopor. El mediodía cubano es el dominio natural de la Ikú, la muerte de los negros brujos, que nunca acecha en lo oscuro; sé que mata el cenit en las luminosas ínsulas.
Fue el 30 de diciembre cuando alguien me señaló el peligro de prolongar el silencio: “pensarán que estás muerto”. Yo hablo para que no suceda lo que temo, para resistir la presencia del silencio, sólo que a veces las palabras no se levantan a una voz. Los mediodías son paisajes demasiado áridos. Todo se reblandece, hasta las piedras rezuman una luz pesada; el aire se distiende; mi padre zafa el cinturón para respirar mejor mientras duerme tácitamente amedrentado. Quiero decir que el tránsito al nuevo año es ilusorio, otro pretexto para una pausa entre un letargo y un rostro indolente de otro animal letárgico.
Alguien ha definido un probable discurso mío como “hojarasca poética”. Con lo peyorativo del juicio soy feliz. Hoja soy que se desprende y por un momento oscila, sin tocar el polvo de los parques. Vivo por esos instantes; me subyuga el encanto de los ripios: disfruto plegar papeles usados, engendros caligráficos de una mano sin firmeza, impresos de epígrafes dorados que anuncian bodas y obituarios; los doblo hasta hacer pulpa de hojas amarillas. Por inexperto no hago lo mismo con mis propias palabras. Hay que saber mucho para anudar y desatar al antojo la pobreza perceptible del conjunto. Estremece pensar que sea posible y sólo he vivido un cuarto de siglo. Cuando camino por la ciudad y advierto el halo desfavorable de la luz, quisiera atenuar, oscurecer, configurarlo todo con el empolvado rojo de las tejas. Que el mundo sea monocromático y los matices sean capricho de la luz. Digo amén.
Anoche salimos a las doce y el entusiasmo de la gente parecía tan irónico como el gorro invernal que cubre la calvicie de un transeúnte rubicundo. La ciudad se ahumaba bajo la hoguera de los muñecos contrahechos que son alegorías del pasado. La gente disfruta quemar el pasado, hacer conjuros, ritos y alegorías para consolar. Los muñecos crepitaban y el pasado ascendía en la columna de humo, contumaz, invasivo como una atmósfera pestilente. Pero íbamos ligeros a calentarnos cerca del fuego. Así se experimenta el holgorio de la ciudad: un calor fácil que deja su hálito en las ropas. Digo amén.

Unas ambulancias nos obligaron a permanecer en la acera por un instante largo. Desde la portezuela alguien lanzó una felicitación sorda como una piedra que se detuvo a mis pies. Detrás, para colmo de sarcasmos, seguía el carro de la funeraria repartiendo cirios de año nuevo.

Mi amigo A., siempre hambriento de afectos esquivos, repartió cena a los perros callejeros. Por la ciudad fuimos con las bolsas repletas a festejar. Llegado el mediodía de la primera jornada, siento que ladra Cerbero en mis sienes y no tengo nada que ofrecerle más que restos, las ruinas deseables. Digo amén y aguardo la mordida.
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viernes, 17 de octubre de 2008

Bajo los puentes de otro siglo…



Bajo los puentes de otro siglo corren aguas pútridas. El Leteo convida a olvidar cada letargo soportado por estos sillares. Al atardecer he venido a mirarme bajo los arcos, a ver cómo las aguas oscuras llevan nuestra impureza a los confines del mundo. Quiero olvidarme de ti, y cruzar el puentecillo desde la comarca a tientas explorada hacia el poniente; quiero olvidar el rostro de la gente sobre los puentes, los absortos transeúntes, la vieja letárgica, las manos asidas a la baranda rota, ese gesto conmovedor de sobreviviente que –según dicen- tan bien me sienta…

Señora –una mujer, tras la verja, barre el hollín de un pequeño atrio-, ¿podemos bajar al patio?

Un seto de bambúes no deja ver el río; más allá se pierden las aguas en una línea sinuosa y verde; aguas negras. A mirar los arcos del puente hemos venido. ¿Qué tienen de singular esos pilares húmedos? Pero ella consiente.


desde la comarca a tientas explorada

Isla Verde es ninguna parte, un sitio que no existe; ni siquiera es una verdadera isla: lengua de tierra ceñida por el río, es el abrazo de un meandro. Para llegar hasta ahí levantaron un puente. Sucedió. ¿En 1823?

En la Historia de la villa de Sagua la Grande… de Alcover, no aparece más sobre el puentecillo de Isla Verde. Sólo que fue la primera obra pública. Con el tiempo, la ciudad desbordó sus ejidos, e Isla Verde quedó al centro, semejante al principio, abandonada. Nadie recuerda que aquí estuvo la casa fundacional donde celebraron misa por primera vez en 1796. El puentecillo conduce a ningún sitio: es camino de muerte que acaba frente a las aguas. Nadie lo transita; no tiene pretiles. Es un puente maldito que resiste con esa terquedad propia de las reliquias negadas a desmoronarse bajo el peso de las lianas.

Leteo convida a olvidar

Eso me ha dicho alguien: “Leteo convida a olvidar”. He pensado en lo conveniente: Leteo es un lenitivo para los despojados de la heredad, los enemigos de Mnemosyne.
El pasado es el dominio irreductible de la ficción.

Por otra parte, hay indicios que me torturan, me niegan el alivio de las aguas escanciadas por mi propia mano. La memoria es el aljibe de los siglos, donde se vierten todas las aguas; en el fondo, como polvo asentado, hay reminiscencias que han sido llamadas “intrahistóricas” por Miguel de Unamuno.

Dame de las aguas negras, para olvidarme de ti, Leteo. Para olvidarme de olvidar.

Hay indicios: en los hierros del puente, una cifra.


los absortos transeúntes

Para ir de puente a puente basta con tomar una calle: Colón, la calle de mi casa. Vivo entre dos puentes, uno de ellos sepultado bajo el pavimento: el de Isabel II; otro, eterno de ciento cincuenta años sobrevividos, es el puente del Príncipe Alfonso. Fue concluido en 1859. Al advenir la República limaron el recuerdo de Alfonso XII de la poderosa herrería; se le conoció a partir de entonces como puente de La Concordia.

Hay varios kilómetros de un puente al otro. Más allá estaba la Alameda de Cocosolo, un extinto paseo de la villa colonial. Ayer recorrí todo el camino paralelo al río.

Unos muchachos pescaban en el Undoso, donde los árboles son catedrales de hojas, según la exacta definición de José Lezama Lima.

Hasta la vecindad del puente del Príncipe Alfonso pueden verse las casas neoclásicas de pesados guardapolvos y rejas fundidas con arte. Mi calle parece infinita de puente a puente, delimitada por las aguas, entre un acto deliberado de olvido y un olvido tácito.

¿Pican los peces? ¿Hay filo en los anzuelos, carnada apetecible? ¿Es que somos buena carnada para el pez?

Un niño desconocido me pide que lo fotografíe en una de las esquinas de mi propia calle, bien lejos de mi casa: mi calle es infinita. Yo acepto. El niño sonríe, descalzo. Detrás, las rocas en un muro me sugieren que podríamos, si fuésemos lo bastante nostálgicos, venerar nuestro propio Muro de las Lamentaciones.

Seguimos: Adrián viene conmigo; él prepara un texto sobre los puentes y se ha encomendado a mí para las fotos. Ninguno de los dos imagina que yo también terminaré escribiendo sobre los puentes encima del Leteo.

ese gesto conmovedor de sobreviviente

Unos viejos me escudriñan; un perro posa despreocupado a pesar de mi contrariedad. Sobre el puente de La Concordia pienso en el cataclismo que acaecería si se quebrasen estos arcos: sólo el puente permanece: ambas mitades de la ciudad se hunden en el Leteo. Quiero suponer -proclamar- que el arco es firme, que los sillares me soportan a mí, a los viejos, a la jauría de animales en vilo sobre las aguas negras de nuestra impureza.

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domingo, 5 de octubre de 2008

El palacio de Arenas Armiñán: ¿otra historia de amor?

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Carmen se llama el fantasma, como la heroína irreductible de Merimée. La buscábamos por los balcones; creímos verla de codos en el antepecho de la torre; veníamos a mirar por el hueco de la luceta; gritábamos su nombre, lo escuchábamos retumbar en las estancias vacías; esperábamos la respuesta de la eterna cautiva; en vano esperábamos. En la oscuridad del palacio la voz se pierde como en un pozo: el secreto es insondable.

Por ahí pasábamos todos los días hacia la escuela. Hablo de sucesos que ocurrieron por 1995, en otro siglo. Surina M., una chica del vecindario, insistía en probarme su condición de iniciada en los secretos de los Arenas Armiñán; decía tener un plano del edificio; aseguraba que eran de oro macizo los aguamaniles; mentía con una veracidad en las maneras que todavía me seduce. Por esa época se habló de un desesperado robo: Marilyn, un famoso andrógino, auxiliada por dos camaradas, tal vez amantes suyos, había escalado uno de los balcones para llevarse los brillantes de doña Mercedes Arenas, la sobreviviente de la familia que todavía habitaba el palacio en un ademán postrero de eternidad. Mercedes agonizaba en su cama con baldaquino y dosel. Se habló de la restitución de las joyas, al parecer muy escasas, despojos de la añeja opulencia. Llegó a comentarse que la capitana de los ladrones ni siquiera aspiraba a revenderlas, sólo había querido poseerlas para su privado lucimiento. Muchos años después corroboré parte de la historia. Me lo contó Ñico el anticuario, heredero de los baúles naufragados; me mostró las gemas: desmontadas de su engarce y agrietadas, parecían el remanente maltrecho de una casta sin esperanza.

El palacio de Arenas Armiñán fue concluido en 1918. En el frontón ostenta la fecha. Han transcurrido noventa años. A la firma del Tratado de Versalles con la vencida Alemania del káiser Guillermo -Europa entera devastada-, Cuba conoció una inaudita prosperidad: el azúcar se pagó a precio de diamantes, la burguesía edificó mansiones eclécticas, se pusieron de moda el exotismo y las ojivas moriscas. Este es el trasfondo, lo que los historiadores saben, pero como todo palacio que respete tal condición, el de Arenas debe tener una legendaria génesis.

Fantina es la última que podría contarme. Nonagenaria, poliomielítica, con pátina de esfinge, es la única del vecindario que trató a los Arenas antes de 1930: tan vieja como el palacio mismo, muy desconfiada, me recibe detrás de un postigo colonial. Recuerdo a Fidelina Hernández Morilla, prima de mi abuela, por añadidura letrada y memoriosa: una vez me contó sobre las arenas que hicieran traer desde Arabia para el alcázar moro, sobre la probable ruina de la familia antes de la conclusión de las obras. Por ahí empiezo mi indagación. Fantina, al principio muy escueta, se dulcifica…

-Ellos pudieron concluir la casa sin que les faltara un céntimo -me asegura. Valentín Arenas negociaba con azúcar y era accionista de la banca. El hijo, nombrado Valentín, lo mismo que el padre, fundó en esta ciudad la Asociación de Caballeros Católicos de Cuba.

Entonces eran una familia católica. Fantina asiente: más que eso, fueron pilares de la Iglesia; siempre encabezaban el Corpus Christi; las hijas bordaban los estandartes de la procesión. ¿Y el origen del palacio? ¿Católicos empedernidos y aficionados al fasto? ¿Y el despiadado encierro de Carmen Arenas Armiñán? ¿Por qué? No quiero provocar a mi interlocutora; le bastaría un gesto para cerrarme el postigo en las narices. Fantina es disciplicente, agria y ermitaña. Tengo que moderarme, conquistarla. Es la última que trató a los ultramontanos Arenas Armiñán y mañana mismo podría morirse de vieja. Mi estrategia cambia: voy por un atajo: la vida de la propia Fantina. Cualquiera se deja subyugar por la posibilidad de hablar de sí mismo.

-¿Y usted, cuándo fue que vino a vivir aquí?

-En 1922 –la memoria de la vieja es un portento. Mis padres compraron esta casa y nunca he vuelto a salir de aquí –lo dice con alguna amargura-. Todavía llamaban a la calle por su nombre viejo: calle de la Cruz.

No me atrevo a preguntarle más. ¿En qué año nació? Es escabroso, me expongo a su furia: la vieja es coqueta a pesar de su tez apergaminada. Educada en antiguos usos, debe detestar la inconveniencia de que una dama sea interpelada sobre su edad. Voy al grano: los Arenas. Me valgo del personaje más anodino de la familia, doña Florinda, cuyo nombre encontré en una lista de filántropos ocupados en socorrer a los reconcentrados de 1897.

-¿Usted conoció a la señora de Arenas? Florinda, creo, se llamaba –me finjo despistado-. Fantina no vacila.

-Florinda Armiñán de Arenas –suena enfática-, a causa suya don Valentín hizo construir ese palacio.

Excelente dato acaba de revelarse. Semejante a Nabucodonosor, rey de Babilonia, Arenas erigió una extravagancia arquitectónica en honor de su esposa. Imagino un idilio, el romance arrasador culmina en la erección de un palacio. Tal vez Florinda Armiñán no fuese tan corriente como la deduje antes. Quiero saber más, pero no lo hago evidente. Estoy frente al postigo. Pudiera echar una mano por la verja y retener a la esquiva Fantina. Me domino. Pronto viene la vieja a hacerme añicos la intuición del pasado...

-Parece que doña Florinda perdió un bebé, fue un accidente.

Estoy decepcionado, no lo digo en alta voz, pero no esperaba esto. De cualquier manera, cuénteme, Fantina, cómo fue...

-La niña se ahogó, era muy pequeña -la vieja parece lamentarlo todavía, al cabo de un siglo. Don Valentín, para distraer a la señora, quiso regalarle un palacio. Y ahí está...


Lo miro. No fue precisamente la historia de amor que yo había imaginado. El palacio es una sustitución: vino a resarcir con su esplendor el vacío de una pérdida indecible. Florinda, de súbito enloquecida, madre sin objeto, tuvo que conformarse con habitar un palacio de decorados art nouveau con cenefas tan irregulares como su ánimo de aquellos días. Pero sí alentaron estos muros una historia de amor: Carmen, la prisionera, la prófuga nocturna que se descolgó por uno de los balcones; Carmen, tan vituperada, que conoció a Federico García Lorca en estos salones y tal vez le obsequió una pieza cubana en el piano Érard de la sala de estar; Carmita Arenas Armiñán, a quien el pueblo consideraba ninfómana peligrosa para los hombres.

Me atrevo a preguntar.

-Fantina -la vieja, desde su postigo entreabierto, me sonríe-, ¿y Carmen? ¿qué pasó en realidad con Carmen Arenas Armiñán?
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La serenidad es una virtud que no tengo; si lo sabré; por mi culpa, Carmen se difumina, se extingue en la mueca de Fantina. Intento persuadir con toda mi elocuencia, pero es tarde. La vieja, de un portazo, me ha dejado en la acera, de cara al zócalo. La veleta, en la esquina del palacio, está empotrada desde siempre. No sé adónde me conduce el viento. Es mediodía.
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miércoles, 6 de agosto de 2008

Sagua la Grande, Monumento Nacional

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Sagua la Grande, villa fundada oficialmente, según es tradición, el 8 de diciembre de 1812, aspira, doscientos años después de haber erigido la piedra angular de su primera iglesia, a incluirse en la selecta lista de Monumentos Nacionales de la República de Cuba. Pocos centros históricos urbanos, conjuntos arquitectónicos bastante extensos y, por consiguiente, desiguales, han conseguido la aprobación de la Comisión Nacional de Monumentos. Las siete primeras villas fundadas a raíz de la conquista en el siglo XVI, San Juan de los Remedios -la octava- y Guanabacoa, entre las más antiguas, lo han obtenido; Cienfuegos y Gibara, ciudades del siglo XIX, precedieron con éxito a la Villa del Undoso en el trasiego de expedientes, gráficos y memorias descriptivas.
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Ahora toca a la antigua villa de Sagua la Grande, consagrada como tal por Real Decreto de Isabel II, "desde ahora y para siempre jamás", persuadir con sus tesoros artísticos e históricos a la rigurosa comisión, que ya envió sus representantes la pasada semana a recorrer el centro histórico. Son 66 manzanas, cinco plazas, 118 kilómetros de vías asfaltadas; se ve que será muy ardua la tarea de los inspectores patrimoniales.
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No hay que decir que todos los sagüeros hacemos votos para que los especialistas que juzgan a la Villa, encuentren suficientes merecimientos en su añejo porte, los bastantes para concederle el galardón que vendría a reconocer su significación para la cultura nacional. Adrián Quintero, que me precedió en el deber de escribir sobre el asunto, confía en la eficacia del reconocimiento para garantizar la salvación del conjunto arquitectónico. Todos hacemos votos por Sagua. Y creemos, con Jorge Mañach (1898-1961), que la Perla del Norte seguirá siendo llamada "Tacita de Plata", por "receptiva, brillante y pulcra".
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La Comisión Nacional de Monumentos enviará sus jueces otra vez en octubre. Sagua, la neoclásica, abrirá sus verjas para ellos con el donaire de siempre; les convencerá, la Máxima, de que ningún honor le ha sido negado nunca a su flamante hospitalidad.
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viernes, 4 de abril de 2008

Otras jónicas: una capilla



En la primera lectura de Marcel Proust -inmerso para siempre ya en el placer de la reminiscencia- disfruté su pasión por las iglesias. Los vitrales de Combray, un ábside. El sueño siempre inasible de Balbec, cuyo gótico tiene algo de persa. La iglesia cubierta de hiedra que revelara luego en un paseo la marquesa de Villeparisis. Los campanarios de Martinville, el enigma de unas torres que pueden obligar - apuntándonos con el dedo- a describir su misterio; este es el germen de la búsqueda del tiempo: el imperio de unas torres, poderosas, inmensas en la lontananza; la pregunta que sugieren esas torres ante el viajero que muda de perspectiva a cada paso y las observa con fijeza.

Pero yo he tenido una fortuna que no soñó Proust, ni en sus noches más delirantes: he descubierto una iglesia.




Desconcertado lo consigno aquí, porque no pensé que pudiera disfrutar nunca -remoto casi el siglo diecinueve, época de los últimos hallazgos del hombre- esa sensación extraña y jubilosa del descubridor. Hay una iglesia en el patio. Y lo digo con el mismo asombro con que pudiera decir que un sitio desolado se torna, de repente, en posesión sagrada.
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Así sucedió: iba por una de las calles polvorientas de la periferia cuando noté un cuerpo insólito entre tantas casas de bajo puntal; un edificio ecléctico, nada majestuoso, con pórtico alzado por cuatro columnas me atrajo. Aficionado a las jónicas, me acerqué para ver los capiteles. Ni siquiera la silueta ojival de las ventanas -a la manera gótica- me sugirió que se trataba de una iglesia. Un individuo vino a preguntar si buscaba a alguien. "Sólo entré a mirar" -dije- y eso bastó. Rodeé el edificio. Había una lápida. Las columnas parecían sostener el cielo desde abajo, desde el reducido atrio. Es una iglesia, verifiqué. Quise asomarme adentro, sentí el imperativo, de mirar; ver los despojos de la antigua liturgia, tal vez un altar que permanece incólume en la sombra, a salvo del tiempo. La puerta parecía sellada desde siempre: no había cerradura. Recordé los resortes mágicos de ciertas historias para estos casos: unas palabras, la respuesta de algún enigma, un chasquido, otra esfinge. Pero no había portero, tampoco llaves. Mi interlocutor del principio también había desaparecido. Entonces descubrí un agujero, único hueco en la madera. Negro. Cósmico. Puse mi ojo, y, mientras la tiniebla empezaba a replegarse sobre los recodos más oscuros del recinto, pude descubrir -no el caos, ni el sueño de una ceremonia de reliquias vencidas por el silencio- sólo una fila, y otra, de terrible materia inmóvil y sujeta a la matemática. Me sentí profanado yo mismo: dentro de la iglesia sólo habita lo estático, la inútil acumulación, lo inerte: ya no será templo, siquiera ruina habrá, que sería sobrevivir en la dignidad de la ausencia: sólo es un almacén.
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jueves, 27 de marzo de 2008

Un árbol ha muerto


No es una foto de ocasión. Este árbol ha muerto. Antes yo venía a jugar en su único pie -cuando era mío el tiempo- y ya le notaba cierta hendidura en el tronco, como si un animal invisible empezara socavarle la raíz. Luego un huracán lo zarandeó, y parecía caerse, talado por su propio peso de árbol viejo. "Cada árbol es una catedral de hojas y cada hoja una catedral de estancias", decía Lezama, sentencioso. Hemos perdido entonces una catedral y la pérdida acaeció sin que lo notáramos, transeúntes de nuestras propias obsesiones no vimos la muerte gradual, la inclinación hacia la muerte. A las bestias heridas el hombre piadoso suele darles un tiro de gracia, pero nadie suele hacerlo con un árbol, casi nunca, salvo que sea una amenaza para el tránsito de los hombres. Yo he asistido a la muerte de este árbol; tan lenta ha sido que sólo ahora vengo a notar que ya está muerto y nadie ha salido a decirlo, ninguno de los que antes lo frecuentábamos camina luctuoso por el parque; es que ha muerto silenciosamente, como sólo los árboles saben morir. Ni siquiera el estrépito de la caída suena a exabrupto; cuando se produce el derrumbe, ya está muerto. Pero un consuelo he tenido de esta muerte: no habrá caída. Es la fortuna de morir en compañía de otros árboles. El viejo ha descendido hasta el hombro del otro pequeño que no lo dejará caer. Y descendió también muy silente, sin que su vecino lo notara; lejos de pesar como una encomienda gravosa, es una carga necesaria; es un árbol que reposa aunque haya muerto. Yo creo que los paseantes siempre urgidos por sus propios asuntos nunca sabrán que murió delante de ellos, las ramas áridas se confunden con el follaje de su protector. Y él mismo no sabrá que su agonía fue encubierta por otro, y es esbozo de un árbol agónico que nunca caerá, aunque parezca siempre que se precipita hacia la muerte. Sólo yo poseo este secreto. Sólo yo escribo el panegírico de los árboles. Sólo yo lo siento, ahora soy un árbol que ha muerto.

martes, 11 de marzo de 2008

De las ruinas. Última perspectiva: la ruina interior (III y final)

Hasta ahora me he asomado a las ruinas como un intruso, intentando escudriñarlas y compadecerlas por su condición decadente con la presunción, definitivamente inconfesada, de que no soy ruina, y las he visto como una otredad venerable, pero al fin y al cabo, de una ajena naturaleza. He sido un visitante respetuoso, pero no he sido más que un forastero. He sido un visitante de las ruinas; hoy quiero habitarlas, devolverles el hálito, saberme ruina también, cosa inerte que se resiste a la condición estática y pretende vivir todavía en el éxtasis de la ausencia
-superior aquí a la presencia, como decía María Zambrano, a quien no puedo dejar de citar en esta última estancia arruinada donde he querido evocar su nombre. Las ruinas desde adentro, desde sí mismas, vistas por sí mismas, tal vez con la naturalidad que nos está vedada a los que todavía pensamos en la pertinencia de construir, a despecho de lo perdido, para que haya ruinas en el futuro. Lo de arriba fue un hotel, antaño muy populoso, en el corazón de la Sagua republicana; lo de abajo, el palacio de Alfert, la morada de un filántropo. Lo más conmovedor de las ruinas tal vez sea que continúan asidas a su naturaleza anterior: el hotel persiste en parecer casa de paso, que acogió a muchos; el palacio casi invadido por el jardín todavía se protege con verjas de los intrusos. Mientras escribía esto recordé que en una perspectiva semejante ya se colocó alguien, que dejó hablar a las ruinas en primera persona, sin interrumpirlas, a unas ruinas especialmente amadas, las de su propia casa. Fue Dulce María Loynaz (1902-1997) y le cedo la palabra:
Lo que yo he sido está en el aire,
como vuelo de piedra si no alcancé a paloma.
En el aire, que siendo nada,
es la vida de los hombres; y también en la Epístola
que puede desposarlos ante Dios,
y me ofrece de espejo a la casada
por mi clausura de ciprés y nardo.
La Casa, soy la Casa.
Más que piedra y vallado,
más que sombra y que tierra,
más que techo y que muro,
porque soy todo eso, y soy con alma.
Decir tanto no pueden ni los hombres
flojos de cuerpo,
bien que imaginen ellos que el alma es patrimonio
particular de su heredad...
Será como ellos dicen; pero la mía es mía sola.
Y, sin embargo, pienso ahora
que tal vez ella me vino de ellos mismos
por haberme y vivirme tanto tiempo,
o por estar yo siempre tan cerca de sus almas.
Tal vez yo tenga un alma por contagio.
Y entonces, digo yo: ¿será posible
que no sientan los hombres el alma que me han dado?
¿Que no la reconozcan junto a ella,
que no vuelvan el rostro si los llama,
y siendo cosa suya les sea cosa ajena?
Últimos días de una casa, 1958 (Fragmento)

domingo, 2 de marzo de 2008

De las ruinas. Los cementerios bajo la maleza de la ciudad (II)






Ossa arida auditem verbum domine
Epígrafe en el frontón del Cementerio Católico de Sagua la Grande
(Libro de Ezequiel en La Vulgata)


En el Egipto de los faraones, según cuenta Heródoto, los muertos tenían su propio país en la ribera oeste del Nilo, la tierra de Osiris, donde se pone el sol. En Sagua los cuatro cementerios que han existido en dos siglos curiosamente fueron edificados en la misma disposición cardinal, al poniente, aunque la margen izquierda pertenece aquí a los vivos y ha sido siempre la más populosa. Se creería que fue una decisión signada por el afecto, un tácito culto a los muertos. Sin embargo, leyendo a Alcover y Beltrán (Historia de la Villa de Sagua la Grande y su Jurisdicción, volumen de 1905) nos enteramos de que los sagüeros mudaron sus antepasados cada vez más lejos hacia el oeste, precisamente porque les urgía habitar esos espacios, y los muertos tuvieron entonces que replegarse sobre la llanura, tomando distancia, trazando nuevas fronteras, plantando las cruces y epitafios donde los otros no tuvieran a la vista el testimonio de la propia extinción.

El primer cementerio estuvo según la tradición en el mismo sitio donde luego fue levantada la plaza de Isabel II, lo que sería el centro de la villa hacia 1830. El segundo, con permiso episcopal, veinte años más tarde ya venía quedando muy cerca del centro y entonces hubo que edificar un tercero, obra del gobernador Casariego, al fondo de la calzada de Concha, con nichos, pórtico, capilla y una cruz monumental. Esto acaeció hacia 1855. Aquí reposarían los fundadores sobrevivientes hasta la fecha, los famosos y los simples, y hasta algún transeúnte de paso, citado involuntariamente con la Muerte para la villa de Sagua la Grande en la segunda mitad del siglo XIX.




Los archivos parroquiales refieren el hábito de enterrar a los suicidas en las afueras, junto al camino; la prohibición inexorable de acoger judíos, musulmanes y chinos inconversos en la única tierra de los muertos. Una señora francesa de Nueva Orleans, Anaïs Bourdin, Vaugirard de soltera, consiguió nicho en los muros a la usanza del camposanto de Espada, primer cementerio moderno de Cuba; en cambio, Francisco Pobeda y Armenteros (1796-1881), fundador del romanticismo criollista, contertulio de Delmonte, sólo obtuvo unas varas de tierra, pobre poeta cuya tumba permanece perdida hasta hoy.


Unos ángeles mugrosos y la reina Oyá, dama reticente (nunca he sabido por qué la tradición afrocubana la asocia con la bondadosa Santa Teresita de Lisieux), algunos loas petró, Madame Brigitte y Baron Cimetiere, tienen dominio propio en el ecuménico territorio que es el cementerio. La ciudad de los muertos, tétrica y hacinada, siempre es hospitalaria. Thomas S. Eliot decía no saber que la muerte hubiese deshecho a tantos. Yo diría, ha socavado no sólo los cuerpos, también la memoria de los cuerpos, que es la única eternidad que hubiéramos podido desearles.

domingo, 17 de febrero de 2008

De las ruinas. La pasión por habitar una sagrada estancia (I)


La certidumbre del carácter sagrado de las ruinas me persigue desde la infancia. Con una disposición de espíritu casi romántica recuerdo la primera vez que me adelanté hasta el umbral de la iglesia gótica de mi pueblo, miré sus pequeñas gárgolas; la bóveda con nervaduras ojivales parecía tan inevitable, bien pensada, como el mismo cielo de factura divina. Luego supe de Viollet-le-Duc, sus tesis sobre el gótico, y hasta hoy siempre he creído inútil que las ruinas veneradas de Cluny puedan mostrarme algo que ya no estuviera en los muros agrietados de esta iglesia del siglo XX. El abatimiento de unos muros, la hiedra voraz sobre la desnuda piedra, la ruina física, han simbolizado el dramático fin de las empresas humanas.
Los poetas españoles que meditan sobre la sugestión de las ruinas nunca son indiferentes a su alto rango simbólico, al valor moral que siempre tienen las extinciones. Así Rodrigo Caro en su elegía “A las ruinas de Itálica”:
De su invencible gente
solo quedan memorias funerales,
donde erraron ya sombras de alto ejemplo;
este llano fue plaza; allí fue templo:
de todo apenas quedan señales.
Del gimnasio y las termas regaladas,
leves vuelan cenizas desdichadas;
las torres que desprecio al aire fueron,
a su gran pesadumbre se rindieron.
Quevedo, por su parte, añade a su percepción de las ruinas, la denuncia tácita por la decadencia, el enojo del desastre actual, una protesta:
Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes, ya desmoronados,
de la carrera de la edad cansados,
por quien caduca ya su valentía.
Las ruinas ejercieron luego verdadera obsesión sobre la mentalidad romántica, que hizo de ellas un tópico de nobleza y enigmática majestad. La ruina, que ha sido una categoría histórica para la cultura de occidente según la aguzada percepción de María Zambrano:
(...) es una esperanza aprisionada, que cuando estuvo intacto lo que ahora vemos desecho quizá no era tan presente; no había alcanzado con su presencia lo que logra con su ausencia. Y esto, que la ausencia sobrepase en intensidad y en fuerza a la presencia, es signo inequívoco de que algo haya alcanzado categoría de "ruina".

Este sábado salí por la ciudad, a contemplar sus ruinas, quevedescamente caminé por las calles próximas al río, donde los fundadores levantaron sus primeros refugios hacia 1770. Como todas las ciudades que el tiempo ha visitado, ésta tiene el cuerpo muy maltrecho. Es generosa en ruinas y ni siquiera figura todavía en la lista de sitios patrimoniales que cada día es más larga en Cuba. María Zambrano, que habitó La Habana, Roma y Morelia no hubiera desdeñado asomarse a estos salones donde crece la hierba. La filósofa que le escribía a su fraterno Lezama cómo había subido vestida de negro a la acrópolis en Atenas, "la cabeza cubierta con un velo de ceniza", supo que las ruinas se pueblan con los crepúsculos. Y que esta ausencia imposible de contener se desborda arrasadora, como el río en sus legendarias inundaciones, y así las ruinas se pueblan, gradualmente, cuando el sol desciende. Entonces entendemos los legos, en ocasiones indolentes por el hábito de transitar estas calles a diario, que las ruinas se bastan a sí mismas y no necesitan nuestra conmiseración. A la intuición de María agrego yo mi propia meditación sobre el sinsentido de renovar lo que ya fue abatido: la ruina física sólo es el síntoma visible de la ruina espiritual, de nada sirve levantar los muros de la ciudad, si ya ha envejecido demasiado para convocar nuevas fundaciones. Como decía Dulce María Loynaz: "las cosas que se mueren no se deben tocar". Sólo mirar, devotamente desde afuera, para advertir que la estancia sigue habitada en el pasado y nada altera la presencia indefinible, esa extraña abundancia, el aviso de que la poblaremos algún día tal vez con otra ausencia...