
Hasta ahora me he asomado a las ruinas como un intruso, intentando escudriñarlas y compadecerlas por su condición decadente con la presunción, definitivamente inconfesada, de que no soy ruina, y las he visto como una otredad venerable, pero al fin y al cabo, de una ajena naturaleza. He sido un visitante respetuoso, pero no he sido más que un forastero. He sido un visitante de las ruinas; hoy quiero habitarlas, devolverles el hálito, saberme ruina también, cosa inerte que se resiste a la condición estática y pretende vivir todavía en el éxtasis de la ausencia
-superior aquí a la presencia, como decía María Zambrano, a quien no puedo dejar de citar en esta última estancia arruinada donde he querido evocar su nombre. Las ruinas desde adentro, desde sí mismas, vistas por sí mismas, tal vez con la naturalidad que nos está vedada a los que todavía pensamos en la pertinencia de construir, a despecho de lo perdido, para que haya ruinas en el futuro. Lo de arriba fue un hotel, antaño muy populoso, en el corazón de la Sagua republicana; lo de abajo, el palacio de Alfert, la morada de un filántropo. Lo más conmovedor de las ruinas tal vez sea que continúan asidas a su naturaleza anterior: el hotel persiste en parecer casa de paso, que acogió a muchos; el palacio casi invadido por el jardín todavía se protege con verjas de los intrusos. Mientras escribía esto recordé que en una perspectiva semejante ya se colocó alguien, que dejó hablar a las ruinas en primera persona, sin interrumpirlas, a unas ruinas especialmente amadas, las de su propia casa. Fue Dulce María Loynaz (1902-1997) y le cedo la palabra:
Lo que yo he sido está en el aire,
como vuelo de piedra si no alcancé a paloma.
En el aire, que siendo nada,
es la vida de los hombres; y también en la Epístola
que puede desposarlos ante Dios,
y me ofrece de espejo a la casada
por mi clausura de ciprés y nardo.
La Casa, soy la Casa.
Más que piedra y vallado,
más que sombra y que tierra,
más que techo y que muro,
porque soy todo eso, y soy con alma.
Decir tanto no pueden ni los hombres
flojos de cuerpo,
bien que imaginen ellos que el alma es patrimonio
particular de su heredad...
Será como ellos dicen; pero la mía es mía sola.
Y, sin embargo, pienso ahora
que tal vez ella me vino de ellos mismos
por haberme y vivirme tanto tiempo,
o por estar yo siempre tan cerca de sus almas.
Tal vez yo tenga un alma por contagio.
Y entonces, digo yo: ¿será posible
que no sientan los hombres el alma que me han dado?
¿Que no la reconozcan junto a ella,
que no vuelvan el rostro si los llama,
y siendo cosa suya les sea cosa ajena?
Últimos días de una casa, 1958 (Fragmento)