sábado, 10 de septiembre de 2011

Tres estancias

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Recién advierto que los hombres se dejan reposar en el alud.
Sus pechos, apenas combados, deforman el muro,
se fruncen bajo la guirnalda.
Les miro con avidez. A los hombres caedizos he llevado
la petición de acogernos; el sueño de que nos hagan sitio
no consiguen cumplir.

La ruta larguísima acaba frente un portón abierto,
el preámbulo anónimo de otro sitio
que pretendemos visitar y nos recibirá forzosamente
en sus asientos de mimbre.

Porque en todos mis sueños hay caminos prolongadísimos
me extiendo sobre el camino torpe, consiento el tránsito.

…………………


Fauré es un viejecillo anticuado.
Le oigo al borde del pretil, con acentos que incitan a caer.
Y el viento, que se considera afligido,
contiene su propia refutación de alas.

Fauré, ahora vertiginoso, impugna su noción con una imagen despejada.
Sobre las pilastras, un cielo antiguo.

El cielo enmohecido por la borrasca
me lo enajena el cuerpo debajo de mí.
Y la música que le oigo, incitándome.

……….

Atiendo a la casa que nos aguarda y a sus escrituras.
Un siglo le debemos.

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Foto: Padre Varela y Luz Caballero, Sagua la Grande

martes, 23 de agosto de 2011

Cuba: un algoritmo para quedarse

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Hay una claustrofobia cubana, una especie de neurosis insular. Juan Ramón Jiménez le dijo a Lezama en el famoso coloquio que los insulares, en lugar contemplar desde la costa el paso de los barcos, deben volverse al interior. Y no se trata de renunciar al universo, la Isla también lo contiene en sus extensiones invisibles. Pero queda la fobia al aislamiento y a veces manda. Se piensa en soluciones ultramarinas, en paraísos continentales...

He hallado a muchos que no se explican mi apego a Cuba. Tampoco entienden qué hago en esta ciudad. Esperan que sea claustrofóbico y desee trascender el mar físico. Esperan que marche y yo me resisto a ausentarme.

Mi primera razón me parece trascendental: este es mi sitio especial. Asumo que es una razón afectiva y excuso a quienes no se rigen por estos afectos. Estoy arraigado como otro cuerpo del paisaje. Encima -y esto tampoco lo entienden- me apasiona la paradójica grandeza de Cuba y su infrecuente dignidad. Lo que decía Loynaz: “hay en ti la ternura de las cosas pequeñas y el señorío de las grandes cosas”.

Nada de lo que he aprendido en estos años de búsqueda de mí mismo tiene sentido en otro lado. La educación que he recibido, cuya máxima es compartir, no sirve en el capitalismo. Sería un desterrado, y yo soy un hombre incapaz de sobrevivir en un estado de ausencia de sentido. Hay lecturas que comprometen para siempre, y ya las hice.

Hasta ahora voy resultando sentencioso. El tono molestará a algunos; mi convicción parecerá otra vez ininteligible.

Un amigo muy querido recuerda una expresión campesina que le molestaba en su infancia. Era un remanente de otra Cuba. Cuando un niño tenía buen apetito comentaban: “merece vivir”. Una frase de raíz cruel, dureza de los tiempos de mis abuelos, cuando era afortunado el que hacía sobrevivir a la mitad de sus hijos. Algunos merecen la vida. ¿Y los otros? No apruebo las analogías a ultranza que hacen emular al país de hoy con el precedente. Han pasado muchos años. Sin embargo, ante el drama del mundo, ¿qué decir? Que todos puedan vivir hoy, y que eso parezca ahora mismo un don universal e inexorable, es una de las consecuencias más elementales de la Revolución. Otras revoluciones hay que ir haciendo sin extraviar los grandes hallazgos, pero solo pueden hacerse desde adentro. Quiero asistir, por eso me quedo.

Falta hablar de mi ciudad. Mi patria, en el sentido griego. Los hombres de la antigüedad usaban el nombre de la polis como apellido y signo de singularidad; como ellos, la llevo conmigo. Otra fortuna mía fue nacer en un sitio con espíritu propio. He idealizado a mi ciudad a causa de su gradual pobreza, y este servicio que le hago de reconstruirla como un enclave mágico nadie más quiere prestárselo. Complace quedarse en el sitio que otros abandonan: lo que fue consustancial a tantos va extraviándose y se torna secreto propio. Una vez dije a mi mamá: ¡todos se están yendo! Me respondió memorablemente: “cuando todos se hayan ido quedaremos nosotros: tu papá, tú y yo”.

Hay una canción de Marta Valdés que contiene la antítesis de la claustrofobia cubana. Dice: “voy a morir sin ver la nieve, pero te miro cuando llueve”. Si un día veo a Marta tendré que pagarle esa canción con un abrazo. Todos los días llueve para mí. Solo necesito hallar a alguien que me secunde y yo pueda mirar con ese estilo definitivo, como suelo enamorarme.

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Foto: Neptuno 878, La Habana. Enero de 2011.

sábado, 20 de agosto de 2011

Qué atiende, dónde sestea…

-Ocupan las aceras. Traen sillones e improvisan una tertulia al atardecer. Sucede en verano. Cuando regrese el frío las calles permanecerán desiertas.

He visto filas de sillas en las aceras en estos días; el centro de la ciudad no se salva de estas salidas. Las casas se vuelcan al camino y a la contemplación del caminante. El calor parece la causa eficiente -Aristóteles no lo desdeñaría-, la humedad de la isla obliga a orear la piel.


Vuelvo a espiar a la vecina. Venerable, ha traído un sillón pequeño. Otros se aproximan a pequeñas reuniones; ella está sola. Atiende a los transeúntes, ensimismada, como si la prisa que llevan fuera ilusoria, otra brisa que viene del sur. Alguien se preguntará qué atiende, en qué praderas sestea su demencia…

Se cree que ocupan las aceras para aliviar la canícula. A mí me parece un disculpa tácita para conciliar. El hábito de ir aprisa se fragmenta. La familia hurga en sí y en el pasado con más vocación que en otras estaciones. La anticuada teoría del trópico que enerva se torna en benéfico reconocimiento familiar.


Multiplicadlos

Compré una cesta de pescado. Hay un animal dorado. La muerte del pez es espléndida, vigilante como una vida remanente y dedicada al reposo escrutador.

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miércoles, 10 de agosto de 2011

Romeo Dionesi, niño prodigio


La luz encandilaba, el público gruñía encadenado a las butacas, pero Romeo era un gallito. No retrocedía. Tenía cinco años y ya había hecho carrera en el teatro. Pronto aprendió que una muerte resuelta y bien articulada hace las delicias de los espectadores simples. La única resurrección ocurre en la escena y puede ser gloriosa si se sabe morir.

Cuando Romeo cantaba el aria de la calumnia de Rossini parecía increpar a cierto enemigo despreciable. La gente se reía de la figura que hacía vestido con sotana y sombrero de teja. Él no entendía que pudieran reír ante palabras tan graves.

En Nueva York se criticó a Mademoiselle Aimée por incluir al pequeño Romeo en los entreactos de sus operetas: ¡no es circo, señorita! La Habana, condescendiente, le obsequió un reloj de oro y un juego de botones de perlas. En México se le compadeció por su trabajo de fantoche. Parecía un títere operático cuando repartía bendiciones en la sotana de don Basilio. Las damas se apiadaron. A todas pareció cruel que un niño tuviese que servir de diversión a los ociosos que frecuentan los teatros para ganarse la vida y mantener a su familia. Los padres de Romeo advirtieron esta compasión y le hicieron actuar en beneficio de los niños pobres, con el pretexto de conseguir que leyesen gratis un periódico para párvulos. El público no les favoreció.

Al llegar a Sagua los Dionesi habían vendido sus perlas habaneras. El signore solo conservaba su violín tramposo. La signora arrastraba un baulito con los trajes operísticos de Romeo. Antes de la función concertaron los versos de siempre. Donde antes dijo granadinas, limeñas, cariocas y porteñas, el gallito insertaría otro apelativo:

Dice el mundo, sagüeras,
que á los hombres volvéis locos;
niño soy y ya me gustan
las niñas de vuestros ojos.
Para cantaros ¡oh bellas!
mis años son poca cosa,
mas si llego á veinticinco
ya les cantaré otras coplas.

Aquella noche todos acudieron al teatro para averiguar si de veras cantaba óperas el niño que había desembarcado con sus padres, un par de bohemios italianos. El signore Pietro Dionesi aburría con su violín mediocre al principio del concierto. Florentina Morini, su mujer, pellizcaba las cuerdas de una guitarra robusta. Romeo, con traje de aldeano, cantó luego la famosa romanza de Martha, de von Flotow. Los concurrentes advirtieron que se trataba de un gallito.

Al principio de uno de aquellos desvaídos espectáculos se presentó un adolescente ante el matrimonio Dionesi. Se confesó flautista, como si revelara un pecado; era tímido. Vino empujado por su maestro, un severo catalán. Una vez, de niño, había ejecutado en público unas variaciones sobre una pieza de Donizetti. Pietro reparó en su juventud y apenas sin interrogarlo le hizo salir a la escena. Su interpretación fue portentosa. A Romeo lo recibían con risas, era una atracción menor, propia de auditorios pueblerinos, pero este joven parecía capaz de conmocionar a los diletantes más exquisitos de Europa. El signore calculó. He aquí un diamante malogrado. A la salida del teatro se hizo conducir a la casa del joven y adoptó una estudiada bonhomía, un candor de desinteresado bienhechor. Ofreció costearle estudios en Europa. Aseguró que se portaría como un padre y ante aquella gente de maneras sencillas enfatizó que semejante talento no debería malograrse. Pietro los subestimó. El progenitor del genio desconfió de la cortesía del italiano. También era músico y jamás expuso a su vástago –niño prodigio en su hora- al cruel examen de los públicos. Ninguna maña lo persuadió. Ramón Solís fue enviado al Real Conservatorio de Madrid gracias a los donativos de sus parientes y admiradores y se convirtió en uno de los flautistas más celebrados del mundo. Fue una presa arrancada a los insaciables Dionesi, que se marcharon a mostrar a Romeo ante los ingenuos de otras comarcas. El encanto del niño se agotaba; lo efímero de su éxito obligaba a trashumar.

Antonino Fabre, el gran pedagogo sagüero, creyó que Romeo Dionesi creció hasta convertirse en “uno de los primeros divos de Italia”. El antiguo prodigio jamás alcanzó tal notoriedad. Su voz se estropeó, como sucede con tanto genio precoz. De regreso a su patria se inscribió en el conservatorio de Nápoles y allí le instruyeron como compositor. Gustaba de urdir partituras de complejidad matemática: fugas y contrapuntos, que no emocionaban. También compuso una opereta de capa y espada titulada D’Artagnan. Era la reminiscencia de su niñez malograda.

Algunos años después se le vio por la antigua ruta de sus padres, acompañando a su hermana, la virtuosa violinista Giulietta Dionesi. La niña tenía diez años y se le destinó el mismo oficio de prodigio diminuto. Entonces se decía que Romeo, mentor de la pequeña, era un compositor promisorio. Casi nadie recordaba al infante que cantaba arias de ópera y esgrimía una espada de atrezzo. Los padres vivían en Livorno, desde allí gobernaban la voluntad de sus vástagos y les hacían fatigarse para pagar el alquiler de una villa frente al mar de Liguria.

Un periódico francés se refería, en las postrimerías del siglo, al intento de suicidio de un músico que se apellidaba Dionesi en un pueblo intrincado de Brasil, cerca de la frontera uruguaya. Si era Romeo y sobrevivió, no hay más noticias. No se ha confirmado que repitiese la tentativa. Acaso ahí acabó su carrera de gallito amargo que articuló con resolución las últimas palabras, para que enmudeciera la muchedumbre de simples que esa noche no acudió a presenciar su resurrección.

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Viñetas: Las cruzadas, Gustavo Doré.

domingo, 31 de julio de 2011

Narración de domingo

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El joven Eliseo Diego escribía una novela que jamás concluyó. Era noviembre y 1944. Años después murió dormido como Cayetano, uno que se adentra en un escenario provinciano y advierte la minuciosa perennidad de un pueblo. Narración de domingo escribió el poeta a la cabeza de su manuscrito. Y este domingo, contingente y providencial, supe de la muerte de Lichi –Eliseo, el hijo-, que heredó todos los pueblos extraños y quiso además concluir la saga de Cayetano adentrándose en aquellos huertos misteriosos:

Yo volví avanzada la tarde a este pueblo. Caminé de la estación a mi casa entre los sembrados geométricos de los chinos, cuyas inflexibles líneas eran las mismas de cuando me marché. (1)

La novela empieza de tarde y no acaba con el advenimiento de la noche, ni el alba le concede un desenlace luminoso. Hay sueños sin aurora y cuentos inacabados. Eliseo trashumante iba escribiendo fragmentos de su novela entre La Habana y Santiago de Cuba. En la página catorce del manuscrito aparece otro escenario: Sagua la Grande. Eliseo iba por los pueblos. El descenso de Cayetano en una estación ignota, el paisaje inamovible, la azada de los chinos que remueve los canteros de coliflores semejantes a un jardín de Le Nôtre; lo que él vio esta vez no fue la penumbra de la enorme Calzada de Jesús del Monte: Cayetano llegaba a Sagua. Está en la página catorce, pero también se declara al principio de la novela trunca y sólo puede tratarse de este pueblo.

Acudí a Lichi para saber a qué vino Cayetano, qué abuela le esperaba más allá de las líneas inalteradas de esta ciudad. Fue por marzo que pude hablarle. En esos años –dijo- papá estaba muy neurótico y se refugiaba mucho en casas de amigos o familiares, en provincia. Yo recordé “los mares de una melancolía relojera” que el propio Eliseo Alberto menciona en el prólogo destinado a esa novela maldita de los que mueren dormidos y van llegando a mi pueblo.

Sagua, “una ciudad señorial, de las más bellas” –añadió Lichi-. También prometió indagar con su hermana Fefé acerca de la estancia del poeta en la comarca del Undoso. Perdona mi silencio –se excusó-, he estado muy enfermo.

Hoy, domingo, supe que ha muerto. En un triple salto mortal -me dijo Eliseo Alberto-, decidí un juego literario: terminar esa novela de papá... Ahora la narración dominical no terminará. Por eso Cayetano sigue atravesando los huertos de chinos y su alter ego, el poeta, vuelve. Como yo vuelvo a indagar en vano sobre el secreto de su paso.

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(1) Eliseo Diego: Narración de domingo (1944-1945). Eliseo Alberto: La novela de mi padre. Prólogo. En La Isla Infinita, Revista de Poesía, Año III, Número 8, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2004, p. 12.

viernes, 29 de julio de 2011

Marx

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Un cubano residente en Alemania me comentaba ayer la paradójica conducta de aquel país, que se pronuncia y legisla contra el marxismo con energía y parece tolerar los brotes fascistas. Mi amigo no entiende, pero yo sí: el fascismo, minoritario y envilecido, jamás emergerá; Marx, el vetusto, todavía habla con una lógica influyente, capaz de poner en peligro el orden de estos mundos… Mi amigo, un poco germanizado, sostiene que ambas tendencias –fascismo y marxismo- son peligrosas y me invita a no descuidarme. Se olvida de que Marx es alemán, pero de otra familia; se olvida un poco de que somos cubanos.

Mi relación con Marx, como la de mis coetáneos, es menos íntima en comparación con las generaciones precedentes. Hubo un fervor por los hallazgos económicos y filosóficos de Marx en la época de mis abuelos y mis padres. Parecía la fórmula para entender el devenir del mundo. Por Marx llegaron a Hegel y siguieron hasta Heráclito. Por él llegaron hasta la raíz de las utopías. A mi generación correspondió otro orden, más abstruso. La plusvalía, pese a su vigencia, solo es uno de tantos mecanismos. Ya no estamos en el siglo XIX. Se ha visto que las revoluciones pueden malograrse o derrumbarse, la línea dialéctica acaso no exista. Asumida esta relativa caducidad, ¿por qué entonces los alemanes reservan su vade retro para Marx?

La conversación de ayer me recuerda la fobia marxista de hace tantos años. En Auschwitz, junto a los judíos y los homosexuales, también estuvieron los comunistas. Breivik, el que disparó sobre los jóvenes en la isla de Utoya, dijo detestar a Mahoma y a Marx, a los gays y a Fidel Castro.

Algunos que me leen invocarán a Stalin, a Ceaucescu y a Pol Pot como marxistas ejemplares. Yo prefiero a Rosa Luxemburgo. Toda teoría se expone a la distorsión, el ejemplo mayor ni siquiera es el marxismo, sino el cristianismo.

No sé si quiero ser marxista -me gustaría ser poeta- pero sé que el proyecto de Marx para este mundo es más noble que cualquier plan capitalista de hacer oro a costa de nuestra sangre. La Alemania que acoge a mi amigo, la Alemania próspera del momento, ha dicho que los países socorridos durante la crisis actual deben ceder parte de su soberanía. El origen de tal pretensión no le viene de Marx. Eso me sugiere la epojé que a veces intento cuando me acuerdo de Husserl; cuando mencionan a Marx, recuerdo a Martí, que no era marxista pero le hizo justicia:

Ved esta gran sala. Karl Marx ha muerto. Como se puso del lado de los débiles, merece honor. […] Ved esta sala: la preside, rodeado de hojas verdes, el retrato de aquel reformador ardiente, reunidor de hombres de diversos pueblos, y organizador incansable y pujante. La Internacional fue su obra: vienen a honrarlo hombres de todas las naciones. La multitud, que es de bravos braceros, cuya vista enternece y conforta, enseña más músculos que alhajas, y más caras honradas que paños sedosos. El trabajo embellece. Remoza ver a un labriego, a un herrador, o a un marinero. De manejar las fuerzas de la naturaleza, les viene ser hermosos como ellas.

Este es el lugar común donde me encuentro con el Prometeo de Tréveris.

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Ilustración: El marxismo dará salud a los enfermos. Frida Kahlo.

miércoles, 27 de julio de 2011

Libro del mes

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A la constitución cubana le faltan lectores.

Sorprendí este letrero hace unos meses en una biblioteca. Su proposición me perturbó porque alude a una afición mía. Con preámbulos más o menos poéticos, con invocaciones a Dios o sin ellas, monárquicas y republicanas, conservadoras y revolucionarias, he leído constituciones. En todos los casos fungen como declaración de principios, pocas veces son ley acatada en su totalidad. Por ese carácter de pura expresión puede considerárseles literatura. Que sean buena o mala literatura depende de los contenidos, no del estilo ni de su efectividad jurídica.

La constitución de Cuba -lo que se respeta y lo que aún permanece como proyecto bienintencionado- es una lectura recomendable para cualquier tarde, cuando arrecia el calor y uno sofocado por la sobrevida quiere leer el poema de un país.