miércoles, 16 de junio de 2010

El último barco

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Lo vi este lunes, asegurado al muelle más septentrional.

La gente acudió a verlo traspasar la Boca de Maravillas y agitó los consabidos pañuelos de bienvenida.

Ha fondeado el último barco. Vino a reparar las balizas que todavía señalan las aguas por donde nadie debe navegar. Luces verdes y rojas, encendidas para disimular la ausencia de naves rumbo al último puerto.

Entramos al muelle por detrás de un tanque monumental, pintado de letreros maniqueos que consignan la estancia de otros viajeros ávidos de perpetuidad.
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Los marinos, pescadores de boyas inertes, tomaban el aire drástico desde el castillo de popa.
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El perfil del barco, a contraluz, se mostraba fantasmagórico como una silueta escenográfica.
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Por la noche ya era otro barco fantasma con luz de ojo único. Al regreso veíamos su resplandor ciclópeo de nave ausente.

El último barco fondeado en Isabela de Sagua


... las aguas por donde nadie debe navegar.


Por la noche ya era otro barco fantasma con luz de ojo único.

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viernes, 11 de junio de 2010

La tía América


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Antolina González Toledo, la tía América, nació el 12 de junio de 1912. Ese mismo día, Winston Churchill fatigaba a la Cámara de los Comunes con varios discursos acerca de la flota británica. En Chicago, mientras tanto, también nacía Carl Hovland, psicólogo que trascendería por sus contribuciones a la teoría de la comunicación. Francia lloraba a Fréderic Passy, célebre jurisconsulto condecorado con el Nobel de la Paz en 1901. Todavía los rusos tenían zar y los otomanos obedecían al sultán Mehmet V. Eran los últimos años de la belle époque.

América nunca fue tan persuasiva como el elocuente Churchill. Sus disputas acababan con los labios apretados y una coda de silencio. Sin embargo, era tan pacífica en sus relaciones domésticas como el mismo Passy. Nadie dudó de su insólito don para permanecer equilibrada con una armonía ante las influencias externas que Hovland hubiera admirado y muchos confundían con una limitación intelectual.

No sé por qué la llamaban América. Recuerdo mi confusión ante el descubrimiento de su nombre de pila. Antolina, de origen latino, contiene un símil: preciosa como una flor. Dudo que sus progenitores manejaran tales etimologías.

América, lo mismo que sus cuatro hermanas, optó por la soltería, incidente peculiar de mi familia paterna. De seis hijos, sólo mi abuelo –el único varón- casó y tuvo descendencia.

¿Por qué estas mujeres apostaron por el celibato? Nunca lo sabremos. La leyenda familiar asegura que la mayor asumió como misión el cuidado de los padres, la segunda jamás encontró un partido de su gusto, la tercera se sometió a este régimen conventual a causa de su clericalismo, la cuarta murió inesperadamente de fiebre tifoidea antes de 1930, y América, la benjamina, pese a algunas pasiones frustradas por la vigilancia de sus hermanas, también se convirtió en una señorita añeja.

Su maternidad imposible se trasladó a los sobrinos y a los hijos de los sobrinos. Casi fue una tía Tula, sin la recia agonía del personaje de Unamuno. El apego de América era intransigente e irracional. Se cuenta que una vez le retiró la palabra al profesor de música que no había aceptado a mi padre como tamborero porque carecía de oído musical.

Después del nacimiento de mi hermana, mi tía abuela se mudó con nosotros. Tenía más de setenta años, pero seguía dispuesta a ejercer su maternidad putativa. Fue entonces que protagonizó un episodio extraordinario que escandalizó a sus hermanas y conmocionó a toda la familia.

Sucedió a finales de la década de 1980. Una tarde, se presentó ante mi padre un señor octogenario, vecino del hotel Plaza. Marchante era su alias, seguramente por causa de su antiguo oficio de comerciante. Con una cortesía vetusta, se informó por la salud de cada uno, y sin vacilación reveló que venía a pedir la mano –o “la entrada”, como se decía antaño- de la señorita América González. Que lo autorizaran a visitarla era su demanda. Se consideraba un caballero y aspiraba al matrimonio. Mi padre supuso que lo hacían víctima de una broma. Usted es el jefe de la familia –insistió el viejo- y a su decisión me atengo. La “señorita González”, citada con gesto sumarísimo ante su enamorado, admitió conocerlo y aceptó la solicitud de noviazgo.

La boda de América fue sencilla, pero solemne, como correspondía a una mujer que ofrecía su castidad física y la pureza ejercida durante toda la vida. Tuvieron su luna de miel y se instalaron en la residencia del novio.

Recuerdo la habitación donde vivían, con mobiliario arcaico: una coqueta de espejo turbio, un escaparate de tres puertas y una colección de frascos vacíos con olor de perfumes evaporados en otro siglo. También cuidaban un gato, atado por una pata a la reja del balcón. Es el único gato que he visto amarrado.

Marchante, supimos luego, era una especie de inocente Barba Azul que enviudó como cinco veces. Mi tía abuela, más vigorosa que él, a su vez fue viuda. Entonces regresó con nosotros, hasta febrero de 1998, cuando murió.

De la herencia de aquel matrimonio extraordinario nos quedó una curiosa postal tejida, un par de sillones desencuadernados y el espejo de la oscuridad magna que no refleja más que sombras.

Recién devuelta a mi casa y todavía con los velos de la viudez, América me proporcionó una lección hidalga, de increíble fe en lo inmediato tangible.

Ameca –así le decíamos- ¿tú te acuerdas de Marchante?

Ca, niño –respondió con autoridad- ¡de los muertos no se habla!
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domingo, 6 de junio de 2010

Cuando fui a la casa de tablones verticales...

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Me acerqué a la casa de tablones verticales, sorprendido por su chamuscada solidez. Existen sitios que no perturban la perfección del paisaje. Nadie sabe que aquí nació Esteban Montejo, el cimarrón que dictó una novela e inspiró una ópera.

Detrás de la casa perdura la armazón oxidada del antiguo ingenio Santa Teresa. En torno al pueblo subsisten algunas fortificaciones de la última guerra colonial. Me animaría a escribir otro ubi sunt, una turbulenta elegía capaz de contener el drama de las crecidas del Undoso sobre la casa ribereña de mi abuela, donde nunca estuve.

Venir al pueblo de Sitiecito, por la ruta de los dos puentes, uno de ellos intransitable y recién decorado con artificiosas copias de Sosabravo, equivale a un lugar común.

Y anduve glacial bajo el mediodía, con ganas de difuminar el paisaje que circundaba la casa del zócalo estropeado, hasta que apareció el cordero y posé para su extraña mirada de animal sagrado.
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jueves, 3 de junio de 2010

Los tristes pináculos

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Ha caído un pájaro. Ante el luminoso fraude de los cristales no advierte cómo su imagen turbia sigue cayendo hacia el fondo. En tales honduras ha internado su canto recóndito de grácil humanidad y desde abajo fragua un ascenso oneroso hasta las sienes del árbol.

Una vez -¿en un poema modernista?- hubo un ruiseñor que se hizo añicos.

He vuelto al mapa donde fue señalado el camino de Lagunillas. La ruta de la caída atraviesa las estepas más inocentes.

Esta noche no iré.

Cerca de las encrucijadas me pierdes. Quién diría que ahí sobreviene un crujido en la sien –un derrumbe interior- y el árbol que vivía conmigo se hunde como un sueño valetudinario.

A la angustia de aguardar por ti sucedió el advenimiento de la piedad. No era compasión lo que esperabas para aquellas alas malogradas.

Ahora sé cómo remontar el hastío de los tristes pináculos.
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viernes, 28 de mayo de 2010

Fábula de amor del hombre mecánico

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El hombre mecánico se ajusta la mandíbula por las mañanas. Un golpe sobre el tornillo que sujeta las palabras le permite besarte.

Si el verbo se resiste a dejarse articular, este hombre no pierde la serenidad, tan cara a los príncipes, y se golpea con el puño la boca de hierro.

Lo que no puede ajustar con la misma rotundidad es su pensamiento mecánico: él pretende huir, ponerse a recaudo de las mañanas, internar sus maneras recias en el bosque de la noche para que tu delicadeza no lastime su mecanismo frágil.

El hombre mecánico, con sus manos de estiletes romos y la uña recortada según la moda cubista, sabe cómo quebrar sus dedos contra el hierro de la boca para alegar los consabidos terrores de hallarse contigo en el Muelle Real, bajo la lluvia, sin beber otro elíxir que aquel mar donde suele imaginarte en sucesivas devociones de su efigie.

Mary Shelley hubiese amado a este hombre.

Y quién no lo haría, cuando se le ve acarrear hacia la ciudad del sur, en su mutismo férreo, una pradera de flores cercenadas.
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martes, 18 de mayo de 2010

Martí en Dos Ríos: “¿De verdad, usted se alegra?”

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Instantes después de haber emprendido la galopada, habiendo oído Martí que yo le decía a Ángel de la Guardia:
- Por fin ha llegado el momento que tanto hemos deseado –se volvió a mí preguntándome:
- ¿De verdad, usted se alegra?
- Y como yo le contestara afirmativamente, diciéndole que iba a ser aquella mi primera prueba, repuso:
- Bueno, pórtese bien.

Manuel Piedra Martel. Mis primeros treinta años.



El 19 de mayo de 1895, al centro de todos los cumplimientos, con la guerra sobre la marcha y todos los sueños de la república asentados en el papel, Martí cabalgó hacia el torbellino de balas. Una orfandad de 115 años nos ha dejado. El día anterior, junto a las revelaciones que hizo a Manuel Mercado sobre el propósito oculto de erigir con la independencia de Cuba un valladar para la expansión imperial que amenaza a nuestra América, también había previsto su alejamiento, si en algún momento fuera menester hacerlo por el bien de la patria:

“Por mí, entiendo que no se puede guiar a un pueblo contra el alma que lo mueve, o sin ella, y sé cómo se encienden los corazones, y cómo se aprovecha para el revuelo incesante y la acometida el estado fogoso y satisfecho de los corazones. […] En mí, sólo defenderé lo que tengo yo por garantía o servicio de la Revolución. Sé desaparecer. Pero no desaparecería mi pensamiento, ni me agriaría mi oscuridad.”

Una de las pocas veces que los cubanos hemos intentado descifrar una ucronía ha sido respecto a la posibilidad de haber sido gobernados por Martí. ¿Hubiera podido conciliar las tendencias enfrentadas de la república, como hizo al preparar la guerra? ¿Aquella ley fundamental suya –el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre- era factible para un país desgarrado entre ambiciones y egoísmos? Y por último, aunque los mambises seducidos por su verbo de poeta ya lo llamaban presidente, ¿soñó Martí con gobernar alguna vez? De su última carta se infiere que confiaba en eclipsarse luego, hecho el trabajo, cumplida la faena de haber guerreado con quijotesca nobleza.

El cubano Antonio José Ponte, en la voluntad de releer al Martí histórico con objetividad cada vez más alejada del panegírico, invita a imaginar un hombrecito enfundado en un abrigo inmenso, que trasegaba por Nueva York con el cuerpo adolorido y animoso el espíritu, maestro al límite de no eludir el didactismo ni siquiera al escribir ficción o teatro. Un Martí de nulo garbo y apostura disminuida, “poco robusto”, como lo describió el sagüero Manuel Piedra Martel, que estuvo en Dos Ríos y escuchó sus últimas palabras.

Ese Martí, como el descrito por Blanca Zacharie de Baralt, que no parecía fatigado cuando se presentaba, lozano, en algún salón, a pesar de las horas dedicadas a la escritura y a la enseñanza, nunca podría devenir en tópico, ni en artículo adaptable al consumo de tirios y troyanos. El inmolado en aquel “nuevo Gólgota” que decía Piedra, también era un hombre que no quería morir ni aspiraba a gobernar, en contraste con tantos estadistas de gesto dramático y tozudez infinita.

Martí fue el que preguntó, con alguna extrañeza, antes de cargar contra las líneas enemigas: “¿de verdad, usted se alegra?”
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jueves, 13 de mayo de 2010

Adonde conduce la ceremonia de verter las aguas de la cabeza

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La azotea de esta casa vetusta suele acumular en época de lluvias un charco encima de mi habitación. El agua sobre la cabeza ya es el colmo. Como si no bastara “la maldita circunstancia del agua por todas partes”. Para evitar que esas aguas instrusas acaben por horadarnos el techo, se practica en mi familia el rito de subir, escoba en mano, a barrer las rasillas. A veces dudo sobre las razones de esta perseverante costumbre. ¿Será que hemos acabado por hallarle placer a la ceremonia de verter las aguas ociosas que se acumulan sobre la cabeza?

En uno de estos ascensos me asomé a las almenas del cható, obra del extravagante doctor Hernández. En mi calle se le conoce como “El dispensario”, y se afirma que sirvió de clínica para tísicos a principios del siglo XX.

En una entrevista que le hicieron a Manino Aguilera poco antes de su muerte, el viejo periodista aseguraba que su abuelo –el doctor Hernández- había construido el raquítico castillo a imitación de la villa de Joaquín Albarrán en Arcachón. Pero Manino tenía sus mitomanías.

Muchos años antes de que viniéramos al vecindario, el edificio ya se había convertido en una cubana ciudadela, curioso término de la arquitectura militar que alude recintos amurallados y en Cuba se adjudica a decadentes mansiones fragmentadas hasta lo infinitesimal para uso de varias familias.

En el cható de mi infancia vivían Pucha Cartapila y sus descendientes, un clan de locos que nos aterrorizaba con soliloquios monocordes. Pucha -¿de origen jamaicano?- hacía sus peticiones con una cortesía casi británica: “Míster, un peso, please…”

Los Cartapila habitaban el pabellón del centro. En la planta baja tenían una montaña de estiércol. Arriba, donde estuvo el escritorio del doctor Hernández, dormían en camas ordenadas en larga fila. Una vez, después de un hucarán, subimos a la azotea de los Cartapila para ver pasar un helicóptero que escudriñaba la inundación en el barrio de La Gloria. Fue la última vez que visité los antiguos salones privados del doctor. Al poco tiempo, los locos monocordes obtuvieron una vivienda y saquearon el cható, incluidos los horcones que sostenían los muros; el pabellón central se hundió para siempre.

Sobre todo agradecimos el traslado de Coco Cartapila, cuyo nombre de pila es Albertico Pons Luaces, uno que solía estremecernos cuando golpeaba la aldaba de mi casa. Mi papá le inculcó la dignidad de su nombre, pero la ciudadela no respetaba sus apellidos y le inventó un nuevo mote: Alberto Pon-mierda Lo-hace.

Después de tanto tiempo me he asomado a las almenas, como decía antes de la última digresión. He sopesado lo que hay detrás, un charco semejante al mío, que se evapora lentamente, pues no hay quien saque la humedad de la cabeza a los habitantes del cható.


…

Han vuelto las lluvias. Ahora mismo siento el olor del pavimento mojado. Mañana tendré que reanudar el rito. Subiré a observar el estrago de la humedad, a contener inútilmente, como fatigado Sísifo, el derrumbe de mis pretiles.
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