Para Alejandro.
Conozco el camino de Santa Clara mejor que ninguno. Poseo las señas de cada árbol. Y el portón de una vieja hacienda con leones en los pilares es una de mis obsesiones de viajero. El caserío colindante se llama Tajadora; yo imaginaba de pequeño que tras las casas se escondía una máquina terrible para tajar carnes, las cuchillas como fauces de león.
El camino que me mantiene atento, sin embargo, es el que los antiguos llamaban “de la Costa”: va desde Sagua hasta el antiguo pueblo de Quemado de Güines, luego pasa el ingenio que perteneció a la familia paterna de Lezama y sigue paralelo al mar hasta Rancho Veloz y Corralillo.
La foto de arriba la hice en el camino de Isabela, frente al cementerio. ¿Alguien se descalzó para visitar las tumbas? Las auras parecían monjes en las estacas de una cerca. La lluvia les empapaba los hábitos y me parecieron respetables. Asustaba la llanura, la indefensión del paisaje contaminaba a los transeúntes. Algo paralizante tenía la estepa desnuda que no conseguía conjurarme porque yo no estaba solo. Sobreviví al campo raso porque no estaba solo y sobre el asfalto, de la mano suya, remontábamos el camino con el coraje de los que pueden volar. Recordé, en el segmento más desolado, que una vez el vuelo sobre el camino fue posible.
El marido de mi tía llevaba un apellido de reminiscencias medievales. Ballestero se apellidaba; lo imaginábamos muy bizarro, el arma en ristre, custodiando unas almenas. Aquel señor, además, era teniente. La tía lo dejó por lúbrico, condición habitual de los hombres de armas de cualquier época.
Una vez el teniente nos hizo volar. Sucedió en el camino de La Rosita, de excursión. No recuerdo a qué íbamos hasta aquel pueblo. La vía era antigua y accidentada; Ballestero manejaba un jeep. Varias cruces evocaban a los muertos cobrados por el camino. Ballestero conocía bien la ruta y nos convidó a volar: una leve altura en el camino sirvió de rampa. Agárrense bien, pidió. Entonces remontó el montículo y nos hizo volar.
Conozco el camino de Santa Clara mejor que ninguno. Poseo las señas de cada árbol. Y el portón de una vieja hacienda con leones en los pilares es una de mis obsesiones de viajero. El caserío colindante se llama Tajadora; yo imaginaba de pequeño que tras las casas se escondía una máquina terrible para tajar carnes, las cuchillas como fauces de león.
El camino que me mantiene atento, sin embargo, es el que los antiguos llamaban “de la Costa”: va desde Sagua hasta el antiguo pueblo de Quemado de Güines, luego pasa el ingenio que perteneció a la familia paterna de Lezama y sigue paralelo al mar hasta Rancho Veloz y Corralillo.
La foto de arriba la hice en el camino de Isabela, frente al cementerio. ¿Alguien se descalzó para visitar las tumbas? Las auras parecían monjes en las estacas de una cerca. La lluvia les empapaba los hábitos y me parecieron respetables. Asustaba la llanura, la indefensión del paisaje contaminaba a los transeúntes. Algo paralizante tenía la estepa desnuda que no conseguía conjurarme porque yo no estaba solo. Sobreviví al campo raso porque no estaba solo y sobre el asfalto, de la mano suya, remontábamos el camino con el coraje de los que pueden volar. Recordé, en el segmento más desolado, que una vez el vuelo sobre el camino fue posible.
El marido de mi tía llevaba un apellido de reminiscencias medievales. Ballestero se apellidaba; lo imaginábamos muy bizarro, el arma en ristre, custodiando unas almenas. Aquel señor, además, era teniente. La tía lo dejó por lúbrico, condición habitual de los hombres de armas de cualquier época.
Una vez el teniente nos hizo volar. Sucedió en el camino de La Rosita, de excursión. No recuerdo a qué íbamos hasta aquel pueblo. La vía era antigua y accidentada; Ballestero manejaba un jeep. Varias cruces evocaban a los muertos cobrados por el camino. Ballestero conocía bien la ruta y nos convidó a volar: una leve altura en el camino sirvió de rampa. Agárrense bien, pidió. Entonces remontó el montículo y nos hizo volar.






