lunes, 19 de diciembre de 2011

Mariela Castro bajo sospecha

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Mariela Castro bajo sospecha otra vez. Ella sigue manifestando que el matrimonio entre personas del mismo sexo no es necesario en Cuba; parece creer que la aspiración de alcanzar los mismos derechos de cualquier pareja debe refrendarse fundamentalmente en el ámbito del patrimonio. Concede, sopesa las gracias que otorga, legisla desde su otredad. Pese a su profesión de fe contraria a la homofobia y al talante pugnaz que ha mostrado en estos años sigue pareciéndome demasiado prudente. ¿Quién puede liderar tales batallas por oficio o por designio, sin sentirse parte decidida, beneficiario del propósito que se quiere conseguir?

Mariela hizo sus últimas declaraciones a un periódico comunista francés. A la prensa cubana, igualmente comunista, debería interesarle el tema, que sólo atañe a Cuba. ¿La política editorial de los medios nacionales evade el asunto o es que la directora del CENESEX prefiere debatirlo en Europa para provecho intelectual de los franceses?

Siempre que analizo el liderazgo de Mariela Castro en la lucha de mi país por los derechos de las minorías sexuales planteo más preguntas que respuestas. La mediación de las iglesias quizás sea el punto más polémico. Pienso en los primeros años de la revolución cubana, cuando los progresistas de la nación se pronunciaron con vehemencia contra el racismo y a favor de la igualdad de la mujer. La norma de aquella sociedad era el racismo; la mujer ocupada en “las labores de su sexo”, como puede leerse en tantos documentos legales de la época, era lo corriente; el otro gran prejuicio, de índole política, iba contra los comunistas. Todo fue trascendido a pesar de las resistencias, los remanentes de la discriminación quedaron relegados al ámbito doméstico.

¿Por qué ahora se nos pide paciencia, tránsito gradual, persuasión inútil de instituciones intransigentes cuyos criterios en ningún caso deben influir sobre el Estado? ¿La lucha contra la homofobia se realiza por convicciones sociales y científicas o por cálculo político? ¿Accedería Mariela Castro a darme una entrevista para este blog?

Cuba está urgida de proscribir las actitudes homofóbicas que lesionan la dignidad de los agredidos y la integridad ética de los agresores. No existe, por ejemplo, ninguna estrategia efectiva para combatir la homofobia en las escuelas. ¿Hasta cuándo los niños y adolescentes cubanos seguirán desprotegidos ante los ataques verbales y no descarto que algunas veces físicos de otros condiscípulos?

Recientemente se actualizaron las disposiciones para la admisión de convivientes en las viviendas habaneras. Se exige parentesco. ¿Cómo probarlo en el caso de las parejas del mismo sexo? ¿Ya se instruyó a las instituciones responsables sobre esta posibilidad?

Es imposible evitar en estas circunstancias que las personas LGTB se sientan desprotegidas, menospreciadas, ciudadanos de segunda, y la sociedad no debe tolerarlo más. La proscripción legal de la homofobia y sus conexiones más lejanas es tan urgente como cualquiera de las actualizaciones socioeconómicas que se han promovido en estos meses. La colectividad completa, sin fisuras, sería la gran beneficiaria. El español Paco Vidarte (1970-2008) lo explicaba con argumentos irrebatibles:

[…] la homofobia, como forma sistémica de opresión, forma un entramado muy tupido con el resto de formas de opresión, está imbricado con ellas, articulado con ellas de tal modo que, si tiras de un extremo, el nudo se aprieta por el otro, y si aflojas un cabo, tensas otro. Si una mujer es maltratada, ello repercute en la homofobia de la sociedad. Si una marica es apedreada, ello repercute en el racismo de la sociedad. Si un obrero es explotado por su patrón, ello repercute en la misoginia de la sociedad. Si un negro es agredido por unos nazis, ello repercute en la transfobia de la sociedad. Si un niño es bautizado, ello repercute en la lesbofobia de la sociedad.

Cuando Mariela Castro declara, desde su rol de líder, que el matrimonio de personas del mismo sexo no es necesario y que la igualdad entre las parejas homosexuales y el resto de las parejas será efectivo sobre todo “desde el punto de vista del patrimonio”, sus palabras, que sugieren un avance, repercuten sutilmente en la pervivencia de la misoginia y del racismo. Porque los derechos deben otorgarse sin concesiones, sin atenuantes; porque no están sujetos a negociación.

Mientras en Europa leen las últimas declaraciones de Mariela he planteado –confieso que sin notarlo- las preguntas que le haré cuando ella acceda a darme una entrevista para este blog. Sus últimas manifestaciones públicas, de provecho para los franceses, me alientan: La libertad está en asumir sus responsabilidades, jugárselo el todo por el todo […]

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Con alma de mujer varon formado

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Con alma de mujer varon formado

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Toda la mañana he buscado el Diario perdido de Carlos Manuel de Céspedes. Parece haberse perdido ahora también para mí.

El cuaderno fue una especie de trofeo de guerra. Céspedes lo llevaba consigo al momento de morir. Propietarios sucesivos lo mantuvieron a la sombra hasta que Eusebio Leal obtuvo los folios y los dio a conocer.

La tragedia política de la primera guerra de independencia está consignada ahí. La amargura del presidente asediado y depuesto se descarga sobre Salvador Cisneros Betancourt, que aparece vulgar y libidinoso, aunque marqués. Un insulto peor dedica a Juan Bautista Spottorno. Después de observar que se trata un sujeto de maneras algo raras, dueño de un timbre demasiado agudo, Céspedes, refiriéndose a algún agravio recibido, ironiza: ¡Dios te lo pague, maricón!

Sé muy poco de Spottorno. Era de Trinidad y fue uno de los miembros más influyentes de la Cámara. ¿Ocupó alguno de los ministerios llamados entonces secretarías? En Lagunas de Varona lo nombraron Presidente de la República en Armas, acaso por dúctil. Regía Vicente García, que no vacilaba en rebelarse contra cualquier gobierno decidido a gobernar.

Del incidente deduzco que es bastante antigua entre nosotros la costumbre de disimular la homofobia –callarla para que su causa parezca también inexistente- y luego, ante un disgusto de cualquier índole, echarla de súbito a la cara del otro.

En vano he rastreado algún desliz homofóbico en la obra de José Martí. Solo echo de menos que no dejara margen, en el obituario dedicado a Julián del Casal, para que al menos algunos hombres también lloraran al poeta ostensiblemente homosexual. Cuando dice las mujeres lo lloran parece que nadie más tiene derecho a llorarlo. Admito que es una interpretación sutil. Muchos años antes Martí se definió a sí mismo en un poema como desventurado con alma de mujer varón formado. Esta dualidad, que alude a su delicadeza, quizás le permitió entender.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Sagua la Grande: Monumento Nacional por votación unánime

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Sagua la Grande fue declarada Monumento Nacional este lunes por votación unánime de la Comisión Nacional de Monumentos reunida en el antiguo ayuntamiento de Matanzas. La declaratoria se hizo esperar varios años. Los límites del centro histórico urbano fueron reajustados, algunos pasajes del expediente debieron reescribirse; antier se dudaba todavía de la veracidad de la noticia.

Además del valor arquitectónico de la villa, exponente valioso de las urbanizaciones del siglo XIX, importó el renombre de algunos notables que Cuba y el mundo acunaron en esta ciudad. En el reducido ámbito de las 34 manzanas del centro histórico nacieron Ramón Solís, llamado un día “el mejor flautista del mundo”; Joaquín Albarrán, uno de los padres de la urología moderna; Rodrigo Prats, gran artífice del teatro lírico cubano; Jorge Mañach, el escudero de Martí; Enrique González Mántici, compositor cerebral, innovador y cubanísimo. En las inmediaciones de la zona declarada nacieron Wifredo Lam y Antonio Machín. En algún sitio que nadie recuerda nació también Enrique Labrador Ruiz, reinventor de la narrativa cubana en el siglo XX. Sagua es la patria accidental de Peter Henry Emerson, uno de los pioneros mundiales de la fotografía artística. Y la ciudad no solo tuvo la fortuna de auspiciar nacimientos: fue el postrer paisaje de Juan Jorge Peoli, el pintor romántico, y acoge todavía en alguna parcela ignota a Francisco Pobeda y Armenteros, vate humilde que consignó el primer cielo de la poesía cubana.

Desde la zona reconocida ahora en su trascendencia, que abarca 32,07 hectáreas y posee 567 inmuebles, se extenderá la protección a otras 13 manzanas que circundan al nuevo Monumento Nacional.

Arelys Fernández, la arquitecta que dirigió el proyecto, estuvo en Matanzas y defendió la aspiración de la Villa del Undoso ante la Comisión Nacional de Monumentos. Dice Arelys que la intervención de Felicia Chateloín, profesora de la Universidad de La Habana, fue rotunda. Los comisionados votaron unánimes. Entre ellos se hallaban arquitectos tan acreditados como Daniel Taboada, Gina Reyes e Isabel Rigol.

Sagua la Grande es Monumento Nacional desde este 5 de diciembre de 2011 y yo he pensado en Joaquín Fernández Casariego (1814-1867), a quien llamaron una vez “genio protector de Sagua la Grande” y fue el visionario que nos dotó del primer alcantarillado de Cuba, y en Antonio Miguel Alcover y Beltrán (1875-1915), el tenaz cronista de la villa, sagüero trasnochado que pretendió celebrar aquí una exposición universal. He pensado en Juan Caballero, el misterioso fundador. Que este reconocimiento sea también un homenaje a ellos y a todos los que creyeron en el carácter trascendental del acto de fundar una ciudad.

Los amigos que me han frecuentado durante estos años saben del apego que siento por Sagua, conocen cómo he hurgado en su misterioso devenir y cuánto he pugnado por persuadir de que -en su aparente medianía- es un sitio de resonancias universales. Por eso entenderán que yo esté tan contento.

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Foto: Iglesia de la Inmaculada Concepción, Sagua la Grande.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Como el Nipón lejano

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Abundan las analogías temporales; la más frecuente se refiere al año de 1959. Cómo éramos antes y qué hubo después; el examen –unas veces lúcido, otras mistificador- es un tópico. Por vocación de inmanencia, yo prefiero descubrir qué permanece intocado a pesar del tiempo, qué sitios y qué gentes profesan una misteriosa actitud de eternidad.

Estuve en Isabela ayer. Entre las ruinas del puerto, al atardecer, advertí la sobrevida de una exótica semejanza. Isabela, con sus rústicas glorietas sobre el mar, se parece al Japón de las novelas de Pierre Loti.

Jorge Mañach razonaba en 1923 que una singular sensación de juguetona audacia suscitan esas estructuras a flor de agua. Sin demasiado esfuerzo imaginativo se piensa en el Nipón lejano, con sus arrozales, sus bambúes, y sus tabiques de papel. Loti, Lafcadio Hearn, Carrillo, reviven íntimamente en el recuerdo.

La gente compara para entender: países, ciudades, épocas, todo es susceptible de ser examinado a partir de semejanzas. Pienso que la analogía, sin embargo, estropea la mirada prístina. Un isabelino en Japón de seguro evocaría a Isabela de Sagua, tan desprovista de arrozales, y no se le podría tachar de inexacto.

Isabela aguarda por su Pierre Loti. Un antiguo ejemplar de Madama Crisantemo me espera en el anaquel. Solo el hombre que alza la red en la costa de Sagua no espera nada; se ignora a sí mismo. Cocinará el pescado de esta noche y descansará entre sedas.
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Fotos: Isabela de Sagua, 27 de noviembre de 2011.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

La revolución de Arturo

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Debí ser Arturo III. Mi abuelo se llamó Arturo, mi papá también. Conmigo abandonaron el patronímico para hacer honor a cierta moda pop. El abuelo nunca pronunció bien el nombre que me dieron: faltaba quizás la ele, acaso una vocal confundía su naturaleza abierta… No me gustaba besar a mi abuelo; su rostro me pinchaba. Me quedan pocos recuerdos de él. Vivíamos en otra ciudad cuando nos despertaron en la madrugada. El abuelo de ustedes murió –dijo Arturo II-, nos vamos a Sagua. Mi hermana, muy pequeña, vestía una saya plisada. Es lo único que recuerdo de la partida. Fue la primera vez que entramos en la funeraria.

Mi abuelo tenía fama de hombre simple. De viejo disfrutaba observar el garbo de las mujeres desde el portal para consolarse quizás de la amargura de mi abuela. Parecía desprovisto de criterios, no tenía nada que decir. Se quedaba dormido en el sillón con la charla familiar de fondo como un grato rumor; las veladas siempre acababan temprano para él.

La vida de mi abuelo fue apacible y acabó como un adagio: enrojeció de pronto, en la noche, y antes de que pidieran socorro había muerto. Hasta aquí parece una existencia demasiado anodina para merecer una reseña, pero hace un año supe algo que me ha conmocionado: sencillo como era, obediente en la vida doméstica, mi abuelo fue héroe de su pequeña revolución.

Sucedió en la década de 1950. La familia estaba arruinada. El último lienzo de tierra lo vendieron para irse a la ciudad; la zafra se portaba onerosa. Les alcanzó el dinero para construir un par de casas en unos antiguos jardines de Carmen Ribalta, la encomiada viuda de Oña. No se hallaban en los jardines de Kensington: la familia era numerosa; las casas, pequeñas. Mi abuelo, que antes trabajaba para sí mismo, se empleó en el central Santa Teresa. Pasaba el tiempo muerto en el portal, aguardando por alguna labor de ocasión. Quizás ya escrutaba a las mujeres que iban deliciosamente calladas mientras mi abuela le reñía.

El abuelo, unido a otros peones azucareros, asaltó el Sagua Yacht Club un buen día, cuando todos creían que seguía en el portal. No sé con exactitud qué reclamaban ni por qué fueron a tomar una sociedad burguesa en lugar de incinerar un cañaveral o, en el colmo de la audacia, secuestrar el penacho del ingenio y apagar una fogata que los asfixiaba. Tal vez solo tenían ganas de rendir algo. Mi abuela aseguraba que se incorporó a los revoltosos con gran ingenuidad, sin saber a dónde iba, embriagado por la humareda de aquella ínfima revolución y acuciado por una inoportuna vocación de justicia.

Los socios del Yacht Club se burlaron de los asaltantes y la ciudad se encogió de hombros. Mi abuelo estuvo preso apenas un día. Un muchacho que presenció la incursión de los guajiros, cantando su Marsellesa desafinada, lo reconoció entre las huestes y dijo para sí: ¿este qué hace aquí?

Así fue la revolución de Arturo –me contó aquel testigo, que luego se casó con mi tía-.

Mi abuelo era tan simple que se descubrió ante unas damas al entrar.

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Foto: Sagua Yacht Club.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Un libro intonso

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Intacto sigue -impedido de palparse-,
con la acritud de un libro intonso.

Se arropa con los paños de un muro
-va de púrpura, tremola una túnica-
y sale a pregonarse numen,
a mentir
con su verdad inaudita,
mientras los animales esquivan el rastro de su hedor.

De cuando agitaba la pernera
para aligerarse quedó un puñado de calderilla.
También dejó caer unas tijeras
con la trompeta del Juicio
grabada junto al tornillo que articula ambos filos.

Por la cisura se fue la noción de cualquier dictamen diáfano.

El clamor de la trompeta
–su verdad inaudita- me ensordeció.

Él seguía a salvo, malogrado para el mundo,
como un libro intonso.

martes, 1 de noviembre de 2011

Quasimodo ama a los hombres

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La araña desciende sobre Patsy Ruth Miller,
consigue el señuelo de su hombro.
El crimen que le cumplo me devuelve
a las calles como un vengador suyo,
pagado con su gesto de huida.

Desciendo sobre el señuelo
que me impongo
para merecer la gracia de su perdón.

Gusto de las mañanas verticales.
Cualquier albura me devuelve el placer de la sangre
vertida por mi mano
y el hervor de mi falta se despeña
y aturde.

Quasimodo ama a los hombres,
los ama y se somete a ellos.
Lo mismo que Patsy, gusta de las mañanas verticales
y danza a recaudo
-ensordecido por los badajos de su ardor-
cuando los soles de su sangre
alumbran mi crimen de no amarlo,
a él,
hermoso y asimétrico.

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Ilustración: Quasimodo, óleo de Antoine Wiertz (1806-1865)