viernes, 22 de julio de 2011

La tribuna vacía: ¿unión civil o matrimonio igualitario en Cuba?

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Mariela habló este mes para los españoles. En Cuba, donde muchos aguardan cada palabra suya como si fuera un oráculo, pocas veces trascienden sus declaraciones a la prensa. El tema no figura en la agenda de nuestros medios. ¿Hay algo que los españoles deban conocer antes que los cubanos?

De lo que Mariela dijo en España se infiere que hay un debate en nuestro país sobre la posibilidad de aprobar una unión civil. Si lo hay, debe estar efectuándose a puertas cerradas en algún sitio que ignoro. La mayoría de la gente desconoce qué es la unión civil y qué la diferencia del matrimonio. Me preocupa que una cuestión tan importante sea discutida sin la participación de los interesados. Este país se ha ejercitado a menudo en toda clase de debates. Recientes discusiones públicas confirman nuestra experiencia en el intercambio, la sugerencia y la reescritura.

La legitimación jurídica de las relaciones homosexuales quizás parezca un recurso trasnochado cuando el matrimonio convencional está en crisis, pero se trata de un desagravio, un gesto de justicia histórica. También puede aplicarse aquí la lógica del llamado pecado de omisión: omitir un derecho, pasarlo por alto, fingir que no hay tal, equivale a formar bando con la injusticia.

Otra cosa: siempre me ha sorprendido que Mariela sea partidaria de la unión civil en lugar del matrimonio en igualdad de condiciones. En estas declaraciones invoca a la iglesia católica y menciona “cuestiones en las que podemos ceder”. No entiendo. ¿Acaso el catolicismo no es mucho más influyente en Argentina que en Cuba? Los argentinos tienen matrimonio “igualitario”, ¿por qué nosotros, los más laicos de América Latina, debemos complacer en este punto a la Iglesia? Parece una incoherencia de Mariela. ¿Cómo negociar con una institución que hasta desaprueba el uso del condón? ¿Por qué ceder? ¿Ante quién? ¿Cuáles derecho han cedido los cubanos cuando importa hacer justicia? A estas alturas ya se lucha en los países que poseen uniones civiles para trascender este concepto. La unión civil, que parece una victoria, va siendo considerada discriminación. Por leve y sutil que parezca la distinción, cualquier discriminación es inaceptable.

Los medios internacionales han otorgado alguna promoción a la próxima boda de la cubana Wendy Iriepa, transexual. Wendy no podría casarse de haber permanecido en su condición original. La Iglesia, aunque Wendy fuese mujer y católica, tampoco procedería jamás a efectuar el matrimonio eclesiástico. Supongo que los dignatarios católicos pueden reservarse su propia versión de matrimonio, pero no tienen que influir sobre un acto civil ni Mariela debe consentirles ninguna ascendencia.

Y cuando hablo de consentimiento acaso alguien crea que delego en Mariela toda la conducción del debate. Por supuesto que no. Reconozco la influencia favorable que ha ejercido al frente del CENESEX y la paciencia con los oponentes de su proyecto. La tribuna que ocupa, de cualquier modo, está vacía sin nosotros.

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martes, 19 de julio de 2011

La voz sale del plexo

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Me ronda todavía la advertencia que Rilke hizo a Kappus: creer que se podría vivir sin escribir basta para abandonar la escritura. Nunca transcurre un año sin que vuelva a preocuparme: ¿he de escribir?

Los textos surgen erráticos y el estilo -en pugna consigo- unas veces viene escueto y otras profuso, en aluviones contrarios. Esa colisión debería engendrar un hijo de las aguas, pero a menudo se resuelve en una quietud oscura.

La posesión de una pequeña verdad no es suficiente. Expresarla requiere un algoritmo desconocido. ¿Quién puede asistirme? ¿Quién que haya encontrado su propia lógica y desee revelarla? ¿Hay tales mistagogos? Rilke descreyó, en materia de poesía, de cualquier didascalia que no fuese personal. Según esta tesis la poesía propia siempre debe bastar. ¿Pero qué hacer si, por sed de expresar, no me basta? ¿Insistir? ¿Rehacer el puzzle del poema? ¿Hasta dónde sería saludable? ¿Por qué Rimbaud dejó de escribir? ¿Hay una frontera que no se debe traspasar? Acaso hay un sitio de tal clarividencia donde la conciencia creativa se conforma con haber imaginado su hijo de aguas enfrentadas.

Encima, cada oración filtra lecturas, textos fragmentarios. Sería bueno no haber leído nunca y decir lo mío al oído de un árbol, sin confiarme al papel.

Releo estos parráfos, enfermo como estoy de sentidos tácitos, y se me antojan ingenuos y algo simples.

La bailarina Isadora aseguraba que aprendió a bailar con Nietzsche y Wagner. Quizás ella, y la señora que repasa las hojas caídas en el parque, y el viejo que habla con alguien cuando todos creen que habla solo, puedan enseñarme a escribir. Quizás el origen de la imagen inconciliable con la palabra que la designa esté en el plexo solar.
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Foto: Isadora Duncan.
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domingo, 17 de julio de 2011

Circus

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Llegaba el circo y plantaba sus toldos en una manzana yerma. Los yanquis vestían atuendos de safari. Las mujeres con pantalones cortos escandalizaban a la ciudad, acostumbrada a las faldas. Se comentaba que estos maromeros comían papas crudas en la bodega de la esquina. Las pelaban en dos cuchillazos y daban mordiscos sin más aderezo. Eran muy diestros con los cuchillos. Uno de ellos, siempre ebrio, nunca falló en el clásico número de lanzar puñales sobre una mujer aterrada. El beodo ni siquiera apuntaba, pero la hoja iba a clavarse con precisión al borde de la carne. El auditorio suspiraba.

Mi vecina menciona a algunos que esperaban la llegada del circo para conseguir trabajo. Alguien que mantuvo su contrato y siguió de gira por los pueblos de la isla -y acaso más lejos, a Tampa, Mobila y Pensacola- dijo saber ciertos secretos. La vecina, entonces pequeña, iba a las carpas con su ropa dominguera y, ávida de descubrir aquellos misterios, se adentraba en el cuarto de horrores por unos centavos. Ahí distinguió, en lo oscuro, unos esqueletos que no asustaban a nadie. Más interesante era un espectáculo que daban para hombres solos, bien entrada la. noche: un hermafrodita, a la voz de ¡masculino! o ¡femenino!, mostraba los secretos de su entrepierna. Eso lo escuchó a hurtadillas, espiando la charla de sus tíos.

En el circo se jugaba a echar monedas sobre un abigarrado repertorio de vajilla. Si acertabas, el plato era tuyo. Mucha calderilla cayó fuera o saltó de los cuencos y no hubo premio. Los más hábiles mojaban sus reales con saliva.

Mi papá también recuerda aquellos circos. Una vez que aceptaban –de excepción- unos tubos vacíos de cierta pasta dental como pago de la entrada, en prueba de lealtad a lejanos patrocinadores, otro niño pasó corriendo y le arrebató aquellos maltrechos pasaportes. Siempre vendían boletos de distinto color –dice mi vecina- para que nadie se sirviera del mismo dos veces. ¡Eran tan hábiles para el negocio!

En su último viaje los yanquis comieron el mismo tubérculo crudo que les apetecía. Nadie imaginó que no volverían. Aquel mismo año –continúa la vecina- unos chiquillos descubrieron un helicóptero volando sobre el solar que solía acoger al circo. Saludaron con pañuelos. Alguien creyó que eran los artistas, decididos a hacer una aparición más espectacular. El aparato aterrizó y un barbudo echó a andar. Todos le siguieron y se fueron incorporando otros hasta constituir una muchedumbre cuando llegaron al centro de la ciudad.

Camilo Cienfuegos – la señora concluye este cuento- era un hombre delgado y blanco. Como tú.
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Fotos: Sparks Circus, 1923.
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jueves, 14 de julio de 2011

La fleur que tu m’avais jetée…

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Carmen me sedujo. Su libertad le bastaba y debía servir de aviso a los que aspiraban a poseerla. Solo se le puede tener si ella consiente; jamás se ofrece por complacer. Exige que otros sacrifiquen lo suyo pero no se asume deudora de nadie.

Admiré a Carmen por este celo de sí misma. A Carmen, cuyo amor resulta tan amargo, la preferí hasta que mi naturaleza se ha revelado obsedida y castigada, tan semejante al carácter de don José.

Mimí

Mimí es mínima. Sus maneras revelan turbación y encogimiento. El poeta, decidido a seducirla, se coloca por encima. Parece que se chancea. Cuando se pregunta –retórico- “¿quién soy?”, declara su superioridad.

En ella no hay doblez. Le gustan “esas cosas que llaman poesía”. Su criterio es vacilante. Rodolfo sonríe: será suya sin esfuerzo, está ganada. Borda lirios y rosas. ¿Me comprende? –dice Mimí. Él asiente.

Luego viene el deshielo, en el relato y en la buhardilla. Ella, la mínima bordadora, aguarda por la primavera y siente que el primer sol le pertenece. Lo repite: “es mío”. Ella, la balbuceante, lo posee. Ella, que nada pretende, ha espiado el crecimiento de las rosas y lamenta que las flores que inventa no tengan olor. Es la imposibilidad del arte, que no sabe erigirse en naturaleza y naufraga en el artificio. Ella posee una genuina poética. El poeta no es él. No soy yo.

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Ilustración: The opera season. Madame Calvé as Carmen. Covent Garden.
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lunes, 11 de julio de 2011

Abur a las chinelas: palabras extraviadas

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Mientras Marcel Proust describe los giros arcaicos en la conversación de la duquesa de Guermantes, he recordado a mis tías abuelas, que no eran mujeres ilustradas pero usaban un vocabulario extraño y elegante. Aquellas palabras se me presentan asociadas a objetos extraviados de la belle époque. Algunos entendidos pretenden que el siglo XIX acabó con la I Guerra Mundial y yo también lo creo. La más joven de mis tías nació en 1912. Ellas recibieron una educación decimonónica.

Recuerdo que decían “chinelas”. Mi idea de la chinela es una chancleta de tela gruesa, cerrada por los dedos; había algunas en un armario de zapatos viejos. Para mis tías cualquier par de chancletas plásticas eran chinelas. Solían enfatizar la “ch” al decirlo: sshinelas… No he visto caminar a nadie más con la anticuada intimidad de esa palabra.

Cuando mis hermanos y yo íbamos a clases, no salíamos hacia la escuela, sino al colegio. Siempre dijeron “colegio”. Sé que el término se usa frecuentemente en otros países hispánicos. Viene del latín. Solo me parece raro que jamás dijeran “escuela”. ¿Les parecía vulgar?

Por último, tengo nítida memoria de que acostumbraban a decir “esencia” por “perfume”. ¿”Perfume” es una palabra muy francesa? Una fragancia casi diluida de una antigua “esencia” conservo en un frasco de vidrio azul que les perteneció. Un verdadero “frasco de esencia” se me presenta con un prestigio alquímico que no tiene ningún “pomo de perfume” al uso.

Hace poco conocí a una anciana que se despide diciendo “abur”. En pocos años habrá cumplido un siglo y recuerda, entre tantas estampas de la primera mitad del siglo XX, el estrepitoso paso de los tranvías. Como Marcel, yo “[…] la escuchaba casi con la tranquila despreocupación que tenemos cuando estamos solos, con los pies sobre los morillos de la chimenea, como si estuviera leyendo un libro escrito en lenguaje de otro tiempo.” Al despedirme: ¡abur!

Hay palabras que se despiden de la gente y no retornan.

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Foto: Angélica González -de blanco, a la izquierda- y unas amigas que nadie reconoce, a principios de la década de 1920.

martes, 24 de mayo de 2011

Al que sueña que le he matado

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El campo desciende hacia el flujo desnudo,
culmina la bajada con una línea abrupta;
un puente cubre esa articulación
de sendos mundos inconciliables.
La música hiela sobre el campo.

El muerto y yo -reconciliados
y ciertos camaradas-, luego
de advertir que acude una tremolina
de horas y la enemistad
se resuelve con una oración
por nuestras almas,
deliramos juntos con el postrer asentimiento.

El asesino que soñabas te ha visitado
y ya se despide.
Has tenido una muerte
de soplos apacibles y tu ánima
sigue lejos de mí, lo mismo que vivía.

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Foto: Escalinata en el río Sagua la Grande.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Moebius

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Frente a un mar interior,
y deseándole que haga reflotar
los pecios hundidos en mí
durante el retroceso –el atrás involuntario-
hacia la calma del mar de Moebius,
adonde quise fijarme tenaz
como un risco; pero es paisaje suave
–no hay rocas- y quien declina
la única planicie de una cinta
sigue el hilo de su caída infinita.

Quien crea exiguo el reino de Moebius
no decaerá –será confundido por sus filigranas-
delante de este mar que le acompaña
como la sinfonía más apacible de Mahler.

Recuerdo la falsa piedra
-una senda para nadie- y las habitaciones
que agita el terral.
Era sombrío nuestro retrato.
Aparecemos impresos sobre la humedad
que nos caló como la marea
inversa de un mar interior.