miércoles, 22 de diciembre de 2010

Autorretrato con eclipse

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Miré las aguas oscuras de la taza:
un secreto humeante se resiste,
irresoluto como los brazos cruzados sobre el pecho.

Me enciendo con un rubor ajeno.
Excluido de mí,
el rojo infame va cubriéndome.

Han dispuesto una escala pesadísima
-otro palmo falta para arrimarte-,
descolorida como cualquier descenso.

Supongo que mi pecho -deshecha la cruz vacilante-
sea un buen sitio para encender un hogar
de briznas vivas y asomarte a la luna
que sobrevuela con su hechura deforme.

En el té se levanta un oleaje oscuro
que me empuja hasta la inanidad.

Te adjudico un letrero arcaizante:
La belle Angèle.

Como la dama horrible del cuadro de Gauguin
cíñete la cofia de contender y embísteme con la sombra.

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Foto: Eclipse, desde el pasillo. 21 de diciembre de 2010.

domingo, 19 de diciembre de 2010

El estertor de Klaus en el cielo helado de la casa

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El estertor de Klaus en el cielo helado de la casa
va enjugándome el frío
apurado como un sorbo perentorio.
Y el ventisquero interpuesto en el umbral
que le aguarda también
lo sugirió: que me figurase la infinita serventía
y el niño bajo la mesa, construyéndome una tienda para reposar junto a un perro de aguas,
echando una manta sobre su voz.

Iba a decirle que la belladona perdió
la virtud de adormecerte -el gesto ineluctable de callar-:
la luz que filtran las lucetas
ha enfriado el mediodía con un soplo de odio.

Oírte acaso me aliviaría de lo suyo nevando.

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Foto: Niño guajiro, camino adentro, cerca de Viana.

martes, 7 de diciembre de 2010

Sagua la Grande celebró la muerte de Maceo

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El episodio no ha sido reivindicado. Nadie lo refiere, ni siquiera como curiosidad histórica. La memoria colectiva prefiere olvidar los espectáculos de esta índole.

Sagua la Grande celebró la muerte de Antonio Maceo.

No queremos recordar que sucedió. Alcover, más cronista que historiador, sí supo que este mal ejemplo debería figurar en los anales de la ciudad.

Maceo fue un excelente militar, pero se le reconoce también como hombre honorable, delicado, incapaz de ordenar la muerte de una mujer aunque fuera una espía a sueldo de España. No recuerdo dónde leí que Julián del Casal conservaba su retrato autografiado. Ahí está la correspondencia con Martínez Campos para probar que guardaba cortesía y razones para los oponentes.

Pero Sagua la Grande celebró su muerte, y además lo consignó en un acta:

En la Villa de Sagua la Grande á los nueve días del mes de Diciembre de mil ochocientos noventa y seis, se reunieron en la Sala Capitular prévia citación y bajo la Presidencia del Sr. Alcalde Municipal D. Emilio Noriega y Gómez, los Sres. Concejales que al márgen se expresan con objeto de celebrar sesión extraordinaria para dar cuenta de una Comunicación del Excmo. Sr. General de Brigada y siendo las diez de la mañana hora señalada en la convocatoria se dió principio al acto del modo siguiente: Se dio lectura á una comunicación del Excmo. Sr. General de Brigada D. Ignacio de Montaner trasladando un telegrama del General de la División en el que participa que en combate efectuado el diez y siete(1) el corriente, cerca del ingenio Matilde provincia de la Habana, ha sido muerto el cabecilla Antonio Maceo por columna Cirujeda, y el Ayuntamiento considerando de suma importancia para la causa de nuestra Patria la muerte de ese cabecilla acordó dirigir al Excmo. Sr. General en Jefe el siguiente telegrama: “Ayuntamiento reunido sesión extraordinaria, acordó felicitar á V. E. calurosamente por nuevo triunfo alcanzado contra enemigos Patria rogándole haga extensiva esta felicitación á valiente columna Cirujeda por muerte Maceo, recibida con verdadero entusiasmo en esta Villa.” Y no habiendo más asuntos de que tratar se dio por terminado el acto &a.(2)

Hasta aquí parece apenas una zalema ante los jerarcas coloniales. Alcover, sin embargó, registró el júbilo de otros, gente llana:

Triste es decirlo, pero no fue el Ayuntamiento que presidía el obcecado Noriega el único que dió la nota discordante ante la muerte del caudillo indomable que tanto jaque dio á las más aguerridas tropas de España y á sus más expertos generales. También se celebró con júbilo la muerte del glorioso titán de la Revolución en muchos sitios y centros y no pocos tomaron fenomenales borracheras por el contento que les producía la muerte del invencible guerrillero. ¡Qué tristeza causa tener que recordar estas miserias humanas…!(3)

Sí, tristeza no sanada que vuelve. La sentí regresar cuando alguien deseó la muerte de un cubano casi exánime.

A Maceo quisieron desagraviarlo durante la República con un óleo que encargó la sociedad Unión Sagüera al pintor Manuel Mesa. Ni siquiera perdura este homenaje: el cuadro se destruyó hace muchos años. También le dedicaron un busto y una placa que han transitado por varios rincones de un parque sin hallar un sitio definitivo.

Maceo llamaron en 1899 a la antigua calle de la Estrella. No se sabe si alguien tuvo la vergüenza de evadirla en sus paseos por la ciudad.

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Notas.

(1) Error del acta.
(2) Antonio Miguel y Beltrán: Historia de la villa de Sagua la Grande y su Jurisdicción, Imprentas Unidas de La Historia y El Correo Español, Sagua la Grande, 1905, pp. 492-493.
(3) Ibídem, p. 493.


Foto: Busto de Antonio Maceo en Sagua la Grande (detalle).

domingo, 28 de noviembre de 2010

Rezaré por Jesucristo. Lo que sucedió en la reunión de los católicos de Sagua la Grande con un grupo de seropositivos al VIH.

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La noche del viernes nos convidaron a una reunión en la iglesia. Fue una emboscada: primero tuvimos que asistir a misa. Una mujer, Gloria, no aceptó arrodillarse al momento de la eucaristía. -¿Por qué, si no creo que ahí esté Dios? –y se sentó-. Yo también permanecí quieto y aproveché para examinar a los concurrentes. Había poco más de una docena de seropositivos. Algunos vinieron acompañados de su familia. Los demás eran feligreses.

La misa rebosó de alusiones: vida eterna, apocalipsis, enfermedad, conciliación. La dicción del sacerdote era pésima. Es maltés, como el halcón de Humprhey Bogart, la noticia más cercana que tenemos de esa isla. Un halcón mudo y oscuro, un cura que bisbisea la liturgia es todo lo que sabemos de Malta, cuya capital es mucho más pequeña que la ciudad del Undoso.

Conozco el ceremonial católico, pero me dio pereza responder las consabidas preguntas. Solo al final me decidí a decir “y con tu espíritu”.

Después de la misa nos invitaron a pasar a la sacristía. Un acólito ofrecía la mano en la puerta con ademán de pésame. Tomamos asiento en una mesa antigua, semejante a la que suelen adjudicarle a la Última Cena, aunque sabemos que no hubo tales muebles en aquellos días. Los que no alcanzaron asiento ocuparon butacas, e incluso un alféizar.

Los convidados conservaron la gravedad litúrgica. Parecían muy desdichados, no sé si debido al “maligno” virus en las venas o al carácter solemne del ambiente.

El cura, vacilante, encaminó su dulce retórica a una idea de unidad y conciliación con la vida, con la eternidad… El mundo no se termina aquí –repetía con su acento desastroso-. Ante la dificultad de seguir hilando en español cedió nuestra dirección espiritual a uno de sus auxiliares. –La iglesia está abierta para ustedes –comenzó-, el apoyo que no encuentren en la sociedad pueden hallarlo aquí. ¿Alguien desea compartir algo?

Nadie habló; alguien empezó a sollozar.

María Francisca, la funcionaria de Salud Pública a cargo de la atención a los seropositivos y la lucha contra el SIDA, recordó que debe su segundo nombre al seráfico santo de Asís. Se congració, efectivamente, con una monja franciscana que asintió, complacida. Pero no se detuvo, mencionó una especie de forum ocurrido en la mañana donde ella tuvo la buena idea de llevar una investigación de “un paciente” suyo. La primera pesquisa –que se sepa- emprendida por un seropositivo en pos de examinar “el problema” desde sí mismo, con la perspectiva de los afectados. Perdón, tal vez no lo dijo con esas palabras, pero no puedo reproducir el estilo de Francisca, errático y sentimental.

A este punto de la conversación tuve que intervenir. Yo soy el autor, el paciente de la enfermera franciscana, su enfermo. Mi trabajo –lo escribí hace dos años para la universidad- versa sobre la cosmovisión de las personas que viven con el VIH, la percepción distorsionada que tienen de su situación por causa de los contenidos simbólicos que la infección ha suscitado desde su origen. Ellos, expuestos al azote de los símbolos, a la enemistad íntima que auspician representaciones negativas propiciadas por los colectivos.

¿Alguien entendió? ¿Alguien añade su experiencia?

Ante el silencio ya no pude detenerme. La condescendencia que degrada, el énfasis en el desvalimiento del compadecido, me colmó. La máscara de los infelices, impedidos de mostrarse completos, se hizo añicos:

- Tengo una preocupación con respecto al rol de la Iglesia en la lucha contra el SIDA –empezé-. ¿Cómo entender que una institución pueda colaborar eficazmente si condena el uso del preservativo?

El maltés sonrió, turbado:

-La Iglesia quiere la humanización del sexo. Promover el condón no resolvería el problema, lo profundizaría. El papa –continuó trabajosamente- ha dicho que si un prostituto comienza a usar preservativos está dando un paso hacia la moralidad.

Hubo un silencio mayor, ya sepulcral. “Promover el condón profundizaría el problema”. ¿Entonces para qué trabajas tú, franciscana Francisca? Difundes condones de la muerte. ¡Qué sutileza de párroco!

Continué:

- Pienso que el primer paso para resolver todos los conflictos en torno al SIDA es el respeto y la aceptación de las diferencias sexuales. Conozco a muchos –algunos están aquí, añadí- que contrajeron el VIH porque sus familias no les proporcionaron una adecuada educación para el sexo y tuvieron que ejercerlo en sitios inadecuados, en un mundo anormal que les devastó la autoestima. La Iglesia –concluí- proscribe las uniones homosexuales y trabaja entonces contra la justicia.

Tal vez no lo dije exactamente así, pero el cura se amilanó. En su articular caótico creí escuchar “Adán y Eva”, “San Pablo”, “Palabra de Dios”… El buen auxiliar vino a socorrerlo. Ahora escuché mejor y sí entendí que dijo “desviaciones sexuales”, y también capté una frase completa: “La Iglesia no condena a las personas sino su pecado. Jamás le niega su caridad a nadie, aunque sea homosexual.”

Me levanté.

- Tengo que trabajar –me excusé-, pero antes de irme les digo que no queremos cielo ni infierno, sino cielo aquí, y esa compasión de la Iglesia que cercena nuestra humanidad no podemos aceptarla.

Dice Eric que todos me tuvieron a mal la intervención. Yo creo que María Francisca –que no cesó de tocarme la espalda mientras intercambié con el párroco- no debió aceptar la invitación de una institución que socava el trabajo de los que combaten el VIH.

Me acordé de un muerto. Le decían Chupeta y una vez dijo, con sabiduría de excéntrico: “el SIDA somos nosotros, ¿cómo combatir contra nosotros mismos?”. Nosotros, los que callamos, los que aceptamos la injusticia sin protestarla.

A la salida, aquella especie de sacristán me obsequió, otra vez, con su compasión:

- Rezaremos por ti.

Y yo por ustedes. Recordé a San Manuel Bueno, el mártir de la novela de Unamuno, y añadí, mentalmente: rezaré por ustedes, y por Jesucristo.

martes, 23 de noviembre de 2010

El divo Hipólito Lázaro

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Hipólito Lázaro (1887-1974) cantó en el teatro Santos y Artigas en 1919. El año anterior había debutado en el Metropolitan Opera House con el mismo personaje: el duque de Mantua –il Duca-, de la ópera Rigoletto. En Nueva York lo secundaron Giuseppe de Luca y María Barrientos. A su turno, el empresario Adolfo Bracale también consiguió un elenco distinguido para otra tournée cubana del divo español. En la Villa del Undoso subió a las tablas junto a Albertina Cassani –discípula de Regina Pacini- y el barítono Giuseppe Danise. Tres años antes, Lázaro probablemente estrenó en Sagua I puritani, ópera ausente de los escenarios insulares durante algunas décadas. En aquella ocasión lo acompañaba Amelita Galli Curci.

Si los sagüeros se dieron el lujo de oír en su coliseo a un tenor que fue aclamado en La Scala y en los grandes teatros europeos tuvieron que pagarlo bien. El abono era exorbitante, incluso para las butacas comunes. Además de Rigoletto, la compañía de Bracale puso La Bohème. Los anuncios se jactaban de la procedencia italiana del vestuario, la utilería y los decorados. Milano, pregonaban.

Hipólito Lázaro mencionó a Sagua en sus memorias. Acaso lo hizo también Bracale, pero no he podido consultar las suyas. El público de la ciudad no olvidó aquellas temporadas, ni siquiera cuando la ópera dejó de ser una industria tan provechosa en Cuba y los divos se marcharon para siempre. La aguja del fonógrafo Edison todavía rasguña la voz de Lázaro en un museo sagüero: “Recondita armonia”, RCA Victor; tan recóndita que ha enmudecido.

Manino Aguilera, periodista y reconocido diletante, guardó el retrato del divo con los atavíos de I puritani. La tarjeta consignaba al dorso los pormenores de las presentaciones en el teatro Santos y Artigas: sendas óperas para aplaudir a Lázaro. Giuseppe Danise, uno de los mejores barítonos de la historia, era una celebridad secundaria. Cassani ni siquiera podía medirse con la grandeza del Duca.


Manino decía que Hipólito Lázaro fue un digno rival de Caruso. Lázaro nunca se consideró tal. Él no vaciló en declarar su superioridad. Yo soy mejor que el italiano –afirmó-. Cuando volvió a España hacía furor Miguel Fleta. Se enfrentaron lazaristas y fletistas. ¿Y por qué? –insinuaba el tono de nuestro Duca-, es evidente que prevalezco sobre Fleta.

La megalomanía de Hipólito Lázaro no empañaba su cortesía con las damas. Fue así, tan galante, que enamoró a la santiaguera Juanita Almeida. La leyenda que difundieron los fanáticos del tenor, aupada por él mismo, atribuye su matrimonio cubano a un legítimo amor a primera vista. Lo confirmó su esposa en una entrevista que les hizo Nydia Sarabia. Con setenta años, el Duca seguía ufanándose de sus dotes extraordinarias:

Recuerdo que en México, en la plaza de toros, canté una vez y pedí que me quitaran los micrófonos. Cuando terminé el público me ovacionó y todo el mundo me escuchó perfectamente.(1)

La periodista viajó hasta la residencia campestre del divo y pasó una tarde con la familia. Conoció el apego de Lázaro por Cuba, su disposición a regresar siempre. Después se interesó por la vigencia de la ópera, y el cantante, poseído por su divino pasado, observó:

Hoy con la televisión, la radio y el cine los verdaderos valores de la ópera usted no sabe si son buenos o malos, pues las grabaciones son superiores. También hoy van a ver a un lindo o a una señorita con líneas más o menos pronunciadas. Figúrese usted si a mí, con esta estatura, me hubieran quitado este pecho de encima. No hubiera servido para cantar ni una sencilla romanza.(2)

Otra vez la superioridad del Duca. El aristócrata de la voz sobrehumana regresa –trepidante- para afincarse en el timbre gallardo que ensordeció en 1919 al auditorio del teatro Santos y Artigas. Sus agudos se oyen todavía en los palcos.

He pasado la tarde escuchando a Hipólito Lázaro. Me suena enfático, demasiado conciente de su grandeza, tan desmesurado en “Celeste Aida” que parece prodigarse un canto a su propia condición celestial. No obstante, estos desmayos que enturbian la vigencia de su arte no impiden que pueda aplicársele el elogio que tuvo para Titta Ruffo:

Cuando Titta Ruffo cantaba no era un río lo que saltaba de su pecho, era un torrente que estremecía a cualquiera.(3)

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Notas:

(1) Nydia Sarabia: Voces en su época, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2003, p. 75.
(2) Ídem.
(3) Ídem.

Imágenes:

El eminente tenor Hipólito Lázaro. Tarjeta con el programa de sus presentaciones en Sagua la Grande. 1919.
Amelita Galli Curci, como Violetta.
Dorso de la tarjeta promocional de la tournée del divo Hipólito Lázaro con el elenco contratado por Bracale, óperas previstas y precios del abono a las dos funciones.
Hipólito Lázaro en I puritani, de Bellini.
Gran Teatro Santos y Artigas, Céspedes y Libertadores, Sagua la Grande.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Imágenes llovidas

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Aquellas fotos se fueron con la inundación. El siglo XIX fue llovido, río abajo. Los muertos sufrieron lo que sería la muerte segunda: la muerte de la imagen. Por eso me ha sorprendido este retrato. Ellos no estaban aquí en 1894 ni en 1906. Tal vez supieron ponerse a recaudo en el piso alto, como los enfermos del hospital Pocurull, que llevaron paraguas y mantas a la azotea.

De Clara García de Bravo, fotógrafa finisecular, nunca tuve noticias. Infiero que fue una de las siete mujeres registradas en el oficio por el censo de 1899.(1) La viuda de Gregorio Casañas, fotógrafo de Máximo Gómez en Narcisa y autor de un prolijo álbum sobre la Sagua de 1902, también gobernó su propio estudio.

Los primeros que hicieron posar a los sagüeros se sirvieron del daguerrotipo. Fueron el malogrado inventor Tomás González Elías, ingenioso joven que murió de viruelas, y don Francisco Albar. Ambos gabinetes se establecieron en 1854.(2)

Dos años después nació en la jurisdicción de esta ciudad Peter Henry Emerson, artista y teórico de la fotografía naturalista. De mayor, que se sepa, no volvió a Sagua. Residió en Inglaterra y se le considera un pionero en la concepción de la fotografía como arte. Existe una correpondencia de Emerson con su familia en la Villa del Undoso que no he podido consultar. Se conserva entre los papeles del fotógrafo, en los archivos de Norfolk. La relación con su ciudad natal fue más extensa de lo que pudiéramos pensar. A su matrimonio, un periódico británico aludió a la posesión familiar en la comarca sagüera.(3)

Pascual Pérez, a quien sus contemporáneos llamaban Stieglitz, era el fotógrafo favorito de la buena sociedad republicana. Guardo fotos de mis tías abuelas con el membrete de su estudio. El Stieglitz sagüero tuvo a su cargo el desaparecido fotorreportaje dedicado a la visita de Federico García Lorca. Fernando Ortiz también le encargó después algunas estampas del cabildo Kunalumbo, ilustre remanente de la Regla de Palo Monte.

Germán Puig, fotógrafo de la genealogía de Von Gloeden, me mostró algunas fotos familiares que hizo Pascual Pérez; me contó cómo de niño corría a disputarles las revistas que publicaban fotos de las estrellas de cine a las Cabrera, las señoritas de enfrente. Ellas –Herminia, Aurora, Hortensia- eran primas de mi abuelo. Tengo una foto de Herminia coronada por una guirnalda unos años antes del nacimiento de Puig, cuando la consideraban una de las bellezas de la ciudad. Por ahí me toca el apego a las imágenes llovidas y soy otro Germán corriendo a la casa de “las hortensias”: ajusto el rostro de Garbo a los atrezzos neorrománticos de Pascual Pérez; Hedy Lamarr inventa el daguerrotipo junto al inventor picado de viruelas.

Una foto perdida voy inventando.

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Notas:

(1) War Department, Office Director Census of Cuba: Report on the census of Cuba, 1899., Government Printing Office, Washington, 1900, p. 462.

(2) Antonio Miguel Alcover y Beltrán: Historia de la Villa de Sagua la Grande y su Jurisdicción, Imprentas Unidas de La Historia y El Correo Español, Sagua la Grande, 1905, p. 143.

(3) […] Peter Henry Emerson, Esq., M.R.C.S., etc., of Clare College, Cambridge, eldest son of the late H. E. Emerson, Esq., of the La Palma Estate, Sagua, Cuba […]. American, Cuban, and colonial papers please copy. The British Medical Journal: Births, marriages, and deaths, July 2, 1881, p. 33.