sábado, 8 de mayo de 2010

Discurso del loco que ve caminar a Milanés por una plaza de Matanzas

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Milanés es un hombrecito callado. Bajo el brazo trae un libro que jamás lee. Lo mismo se le ve junto a la catedral que pescando en el puente ferroviario del Yumurí. Dicen que es poeta; no lo sé. Pienso que presume cuando cruza los brazos y aparenta ensimismarse frente a la bahía. Se pone meditabundo para que lo crean loco. Por eso habla consigo, para decir verdades que sólo dejarían de castigarse en una mente arrasada por las metáforas. La única vez que lo escuché daba un sermón sobre el advenimiento de la impureza, sobre el remordimiento de besar y otras locuras. Vive ahí mismo, por Versalles. Creo que alquila una casa en alguna calle bulliciosa de aquel barrio. La gente habla de sus rarezas. Se le ha visto acuclillado frente a la estatua de Fernando VII que está en el patio del museo. Es otro fingimiento. Una noche lo apedrearon cerca del viaducto. Los muchachos creyeron que aquel hombre demacrado quería corromperlos. Eran jóvenes delincuentes de maneras poco elegantes. Milanés corrió como los gamos. Llovía. Nadie se atrevió a socorrerlo. ¡A quién importa que obsequien con piedras al poeta loco de Matanzas!

Se ha hablado bastante de un amor de Milanés. No soporto que se dejen persuadir por argumento tan fútil. El poeta suele observar los patos y se regocija cuando parecen buscar algo en el fondo del estanque. Y yo no estoy loco. Es entonces que Milanés hurga en sus bolsillos y extrae el frasco de su locura para rociarla sobre el mundo.
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miércoles, 5 de mayo de 2010

El parque donde dormía Sherwood Anderson

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Sherwood Anderson, el autor de “Winesburg, Ohio”, una de las piezas más influyentes en el puzzle de la narrativa inglesa del siglo XX, el mismo que murió en Panamá luego de tragarse un mondadientes, solía dormir en este parque, cerca de mi casa, en Sagua la Grande. Anderson durmió ahí durante mes y medio en el invierno de 1899, entre el 26 de enero y el 13 de marzo. No andaba sin blanca, ni había asientos para pasar la noche. La Plaza de la Cárcel, como se llamaba entonces el actual “Parque del Mausoleo”, fue el sitio donde plantó sus tiendas el ejército norteamericano. Era un solar yermo que sirvió a los sagüeros para campo de pelota una década antes de la ocupación militar.

El soldado Anderson, que todavía no había escrito la obra que lo haría trascender al canon literario universal, describió a Sagua en sus “Memorias” como una ciudad pequeña, de aspecto antiguo, muy pulcra, con la consabida Plaza de Armas, hotel y casino, iglesia con aspecto old yellow, y establecimientos de nombres altisonantes: "Sin Rivales", "Sin Competencia", "El Elegante," El León de Oro ". También recordaba sus largos paseos por las colinas vecinas y una romántica expedición contra bandidos.

El parque donde dormía Sherwood –frente a una antigua spanish prison que pervive como caserón ruinoso- se me figura una plaza del pueblo de Winesburg, cruzado por dos avenidas que confluyen en la cripta donde, necrófilamente, nuestros antepasados engavetaron la independencia. En Sagua -¿Ohio?- padecemos la megalomanía mesiánica de algunos habitantes de Winesburg, el mismo horror por la humanidad auténtica.

Cuando leí “Winesburg, Ohio”, extraordinario retrato de grupo en la calle principal de un pueblo arquetípico, me consideré ciudadano de un enclave semejante, otro sitio de maneras exóticas que pudiera erigirse en símbolo de nuestras verdades grotescas. La nota de contraportada de la única edición cubana que conozco, realizada en la década de 1970, alaba la perspicacia de Sherwood Anderson para advertir la angustia de los individuos asediados por una sociedad emergente que agoniza en el empeño de engendrar un mundo, pero también critica al autor su presunto desvarío al señalar una salida “irracional y mística” para los conflictos de sus personajes. El redactor de la nota, poseído por una verdad fanática a la manera que describe Sherwood en la introducción, sin querer revela su condición grotesca.

Todos los días camino por este parque, entre los muertos. Es la ruta imposible de torcer para llegar a tiempo a mi trabajo en el orwelliano Ministerio de la Verdad, según bromeaba Gino, un amigo que quiere vivir en la montaña.

Yo prefiero el mar. Mejor: las montañas frente al mar.

A veces, cuando voy por el parque y trato de adivinar dónde dormía Sherwood Anderson, siento un rumor parecido al mar, que no es más que el viento en la copa de las palmas. Pienso entonces en George Willard, periodista del Winesburg Eagle, alter ego de Anderson. Rememoro el último capítulo, cuando cierra los ojos en el tren y al abrirlos Winesburg ha quedado atrás. Pero yo sigo en Sagua, Ohio.

jueves, 25 de febrero de 2010

Nuestro Señor de las Tiñosas





Estas fotos van envejeciendo. Las hice el año pasado, por encargo de un amigo, Registrador de Bienes Patrimoniales. Siempre quise entrar a la que oficialmente fue capilla de los jesuitas establecidos en Sagua la Grande a principios del siglo XX. Al pie de una postal vieja he leído que la conocieron como Iglesia de Jesús. Su nombre más ortodoxo, que ha perdurado hasta hoy, apela al Sagrado Corazón, víscera de latido sangrante, coronada de espinas como conviene a la mística entraña del sacrificio.


Para mí siempre ha sido Nuestro Señor de las Tiñosas. En el mote hay una reminiscencia de Margarita Yourcenar, especialmente de sus “Cuentos orientales”, donde se narra la conversión de las criaturas paganas en palomas. Aquí son las auras tiñosas las favorecidas por la hospitalidad divina. No hay gárgola ni pináculo que no sea asidero de aves negras. Ni siquiera la mano que bendice escapa del oscuro homenaje.

He pensado que el gótico, con toda su verticalidad, funciona como eje perfecto para las circunvoluciones de estas criaturas proscritas. Parecen intrusas y profanas, y asombra descubrirlas en una crónica que describe el aspecto de este paraje en el lejano 1923. Pese a estas impresiones, hoy creo que debemos a las tiñosas la inserción de una torre de perfil europeo en un paisaje tan raso. El gótico se puso de moda hace cien años, como una devoción tardía a las maneras románticas. El gótico, foráneo en Cuba bajo cualquier empaque, fue el estilo escogido para la iglesia jesuita de Sagua la Grande, definitivamente sacralizada por la perseverante presencia de las auras.


Al entrar, por cierto, descubrí que también proliferan las lechuzas, tan aficionadas al templo que lo recorren a pie, como gallinas.


Con semejante bestiario digno de cualquier fábula, ¿cómo no pensar, luego de internarme en las naves, que hay un sentido oculto aquí, de reto al tiempo, al espacio y a la palabra rotunda, que hace de Nuestro Señor de las Tiñosas un sitio arraigado en un suelo quimérico, entre antagónicas perspectivas del mundo?




domingo, 31 de enero de 2010

¿Y qué piensas tú, Harvey Milk?




Después de leer las últimas declaraciones de Mariela Castro



He sentido rencor. Debo confesar que lo he soportado durante mucho tiempo, y si a veces callo y me domino, lo hago porque el encono distorsiona la precisión del discurso. Hace falta dominio propio para resultar contundente y a mí me gustaría sonar rotundo. Ahora lo intentaré.

El pasado 31 de diciembre, una vez más, fui obsequiado con el menosprecio de mi padre. Al saber que mi pareja compartiría la mesa con la familia, luego de viajar por varias provincias, apeló a un pretexto y abandonó la casa. No consintió siquiera en disimular que aceptaba nuestra presencia en la cena ecuménica del último día del año. De nuevo me percibí ilegítimo, apestado, paria. Otra vez el rencor me sacudió con su brazo de espinas.

Mi padre, según opiniones muy difundidas, es un compañero ejemplar. Participó en la zafra épica de 1970. Estuvo en Moscú y, últimamente, en Caracas. También preside un CDR, y se considera muy avezado en política mundana. Como en 1967 tenía veinte años, agrego yo, es un hijo de la generación que quiso enderezar al “hombre nuevo” en los campos de la UMAP; un homúnculo nacido en el basurero de errores alentados bajo el quinquenio gris.

Para mi padre, el término homosexual es un eufemismo que alude a “un oficio” que no le agrada. Para él, la represión contra los maricones en Cuba es una leyenda que algunos quieren enarbolar como estandarte de una mentira histórica. Fidel aseguraba lo mismo a Ignacio Ramonet:

“Le puedo garantizar que no hubo nunca persecución contra los homosexuales, ni campos de internamiento para los homosexuales.”[1]

El pintor Raúl Martínez, autor del libro de memorias más diáfano y sobrecogedor que ha escrito un cubano, me ha ilustrado sobre el asunto, desde la perspectiva de los “rehabilitados”:

“Era el año de 1965. Comenzaron los ataques y represalias contra los homosexuales, y se creó la UMAP, supuestamente un centro de rehabilitación. ­ […] Pronto descubrí que los métodos para reclutar candidatos y llevarlos hasta Camaguey, donde se hallaban los campamentos, eran totalmente criticables […] ¿Les sucedió algo, algún castigo, a los responsables que idearon y llevaron a cabo tal hazaña? […] ¿Y qué le pasó al que aprobó aquellos diabólicos planes?[2]

Aquel calvario de los internamientos y las depuraciones parece muy lejano. Vivimos días de vindicación, pudiera creerse. Transitamos hacia la superación de aquellas torceduras en el camino hacia la justicia. Complaciente solución retórica para un conflicto que ha frustrado el destino de miles; alentadora mano sobre los hombros de quienes, con inexplicable tozudez, siguen perpetuando estigmas.

Nunca he solicitado a mi padre sus opiniones sobre el trabajo de Mariela Castro. En estos días leí la última entrevista que Mariela concedió al corresponsal de la BBC en Cuba, y he confirmado todo lo que pienso acerca del liderazgo en la lucha por los derechos de los homosexuales en Cuba.

Tal vez pudiera aprovecharse su apoyo, la voluntad de colaborar, pero como designada líder -¿por quién?- de un empeño que urge de la voz de sus protagonistas, no acepto la mediación de Mariela Castro. No es más que una sutil enunciación de la incapacidad de los homosexuales para regir sus propias reivindicaciones, un paternalismo hiriente.

Mariela intenta promover en la Asamblea Nacional una reforma del Código de Familia que incluya la aceptación de las uniones homosexuales. Ahora, ella misma admite que el parlamento no ha priorizado el asunto en su agenda. Mariela, además, considera que no deben constituirse asociaciones para alentar la legalización de estos derechos. Ella lo cree contraproducente; equivaldría a “aislarse”.

¿Cuánto tendremos que esperar los cubanos de mi generación, para que los diputados cubanos –entre los cuales, seguramente, hay numerosos homosexuales- se decidan a legislar, con toda paciencia, sobre un asunto que apremia a miles que siguen padeciendo el rechazo y el estigma de la diferencia?

¿Algún artículo de nuestros códigos sanciona expresamente la discriminación por causa de la orientación sexual?

Lo pregunta alguien que se sintió ínfimo y traicionado durante años bajo el influjo de la discriminación en su propia familia. Alguien que ha edificado su autoestima sobre el conocimiento de sí mismo, sin impetrar compasión ni tolerancia. Yo aprendí que los derechos se reclaman.

¿Cómo hemos permitido que, luego de tanto silencio, se usen paternalismos y se nos declare incapaces de organizar la lucha por derechos que ya se consideran inherentes a la condición del hombre?

¿Por qué conformarnos con las congas y desfiles de banderas abigarradas que cada año se celebran, frívolamente en La Habana, con cierta hilaridad de los transeúntes?

He visto la película “Milk”, de Sean Penn. Cada causa justa, está demostrado, tiene sus mártires. Y lejos de cualquier desmesura o tono de impostada gravedad, he comparado a Harvey Milk con Mariela. Cada uno juzgue.

Hace poco, los intelectuales cubanos repudiaron una declaración sobre la presunta discriminación racial en la Isla. ¿Por qué esos mismos intelectuales no se pronuncian ante la Asamblea Nacional sobre la convicción de abolir, al menos en la ley, los prejuicios que subsisten sobre los homosexuales?

¿Por qué "el asunto" no le preocupa a la prensa, y nadie indaga sobre el destino de la iniciativa perdida en el laberinto parlamentario?

¿Por qué Mariela no concede entrevistas a los periodistas cubanos, a veces se porta reticente a dejarse interrogar por sus compatriotas, y luego accede a conversar con los foráneos?

En su entrevista con Ramonet, Fidel también declaró:

“Me gustaría pensar que la discriminación contra los homosexuales es un problema que está siendo superado, y así lo percibo. […] Viejos prejuicios y formar estrechas de pensar irán quedando atrás.[3]

Bien dicho, Comandante. Yo sé que mi padre un día tolerará mi compañía en la cena del fin de año, abrazará cálidamente a mi novio a la medianoche, y nos deseará un año feliz; lo sé, pero mientras tanto, ¿cómo aceptar que otro pelee nuestra batalla? ¿cómo permanecer sentados cuando deberíamos hacernos oír, dominado el rencor, para que la verdad no se distorsione y suene rotundo nuestro criterio?

¿Y qué piensas tú, Harvey Milk?

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Notas.

[1] Fidel Castro: Cien horas con Fidel. Conversaciones con Ignacio Ramonet, Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, La Habana, 2006, p. 253.

[2] Raúl Martínez: Yo, Publio. Artecubano-Letras Cubanas, 2008, pp. 393-407.

[3] Fidel Castro: Cien horas con Fidel. Conversaciones con Ignacio Ramonet, Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, La Habana, 2006, p. 256.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Las piedras amadas

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Estas son las piedras amadas. Esta es mi patria, el único sitio mío en una tierra tan ancha. Si un día fuera a encarnar la pena en algún muro de las lamentaciones, vendría a este muro. Si la pena me sepultara en un río, sería otro ahogado del Undoso. Cuando pienso en el gótico de las gárgolas de fauces tutelares, vengo a la Iglesia del Sagrado Corazón, donde el Señor de las Tiñosas bendice la perennidad de cada piedra. Si oigo elogios sobre la perfección de la acrópolis ateniense, vuelvo al puente del Triunfo, ahí donde se divisan las viejas casas neoclásicas tan altas y ceñidas como una acrópolis.

Esta es mi ciudad. Como decía María Zambrano de Lezama, habanero irreductible, yo he creído en ella. “Todos los iniciados tienen necesidad de una ciudad”, decía María. Ésta es la mía, y añado, con música de Marta Valdés: “Yo sé que hay en el mundo palacios y castillos, no me lo digan más; otro paisaje crece con este sol, frente a este mar.”

El mar, no importa cuál mar de un orbe salobre -el Mar por antonomasia-, todo el mar es gris como el mar de la Isabela, en cuyas oscuridades crecen los mejores ostiones del mundo.

Mañana desfilará una muchedumbre hasta la puerta de Wifredo Lam, en el antiguo barrio chino. Habrá sesión solemne de la Asamblea del Poder Popular. Dicen que Sagua la Máxima cumple 197 años. Pepe Hillo, el viejo historiador que se nos fue en 1950, lo negaría. Sagua fue pueblo de indios; aquí recibieron los siboneyes a fray Bartolomé de Las Casas. Ya tuvimos misas oficiadas en el siglo XVIII por los itinerantes curas de San Narciso de Álvarez, aquellos que cabalgaban mulas con la cruz, el hisopo y los latines. En 1812, cuando Napoleón todavía señoreaba en Europa, levantamos una iglesia gracias a don Juan Caballero, el veterano de Trafalgar que se desquitó de la derrota levantando un templo.

Mañana desfilaremos entre los iniciados que fraguan en la polis la argamasa de cada sueño. Lo haremos también por José Cabrera, el primero que erigió una escuela en 1830; por José María de los Heros, paladín silencioso de aquel emporio desde una oficina colonial; iremos, calle de Carmen Ribalta abajo, hasta la casa del pintor cubano más universal, como hubieran querido hacerlo el gobernador Casariego y la partera Bernardina, el general Robau y la morena Narcisa, la antigua esclava que salvó al caudillo cubano del veneno español.

Celebraremos este aniversario de Sagua la Grande como lo hubiera festejado Antonio Miguel Alcover, el historiador que escribió nuestro libro canónico. Por cada ausente haremos votos de eternidad para esta ciudad fluvial, de nombre tan indígena y sagrado como el de Cuba.

Otra vez oiremos la voz de Antonio Machín: “y lo mismo que nací, reposar allí quisiera”. Otra vez, como siempre, recordaremos a Albarrán, el sagüero que de no haber sucumbido a la tisis tal vez sería hoy el único cubano honrado con el Nobel. Y diremos con Jorge Mañach, el escudero de Martí: “esa es la sensación más neta que se guarda de nuestra tierra: la luz”.

Desde un tiempo imposible de fragmentar, unívoco, asistiremos también al regreso de Plácido y de la Avellaneda. Devolveremos al café Ariza el espíritu andaluz de los versos de Lorca. Iremos a ver morir sobre las tablas a Sarah Bernhardt y luego a Margarita Xirgu.

Esta es Sagua, la expedicionaria de dos siglos donde alguna vez recaló Jean Laffite, el corsario del poema de Lord Byron. Sagua, la novelesca, que también figura en textos de Víctor Hugo y Benito Pérez Galdós. Desde aquí escribió Francisco Pobeda, el viejo vate de los versos criollistas, el fundador de una escuela. Sagua, cuyo nombre también fue escrito por Martí. Sagua, que tantas veces apostó por la libertad todo el oro y toda la sangre.

Estas son las piedras amadas. Los iniciados quieren una ciudad –decía María Zambrano-, un sitio tan necesario como la palabra.

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sábado, 5 de diciembre de 2009

Madagascar, ¿estuve lejos?

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Gente que transita: una marea de bicicletas atraviesa el túnel, trenes de incierto itinerario, camiones de mudanza hacia la paz de otro sitio. Gente que escapa. Van a Madagascar.

Fui a ver la película con mis padres poco tiempo después de su estreno, acaso por 1995. Íbamos sugestionados por el título, que creímos apuntaba a peripecias de piratas en el océano Índico. El cine estaba vacío; había tres personas en la sala inmensa.

Madagascar fue impopular, imagino que a causa de su lenguaje decididamente poético. El cine cubano inmediato, salvo algunas cintas solitarias, no nos había preparado para un discurso simbólico de tanta densidad.

¿Cómo percibí la frustración de Madagascar a mis doce años? Con mucho desconcierto. El estado espiritual descrito por Fernando Pérez era tan cercano que las sutilezas sugeridas por cada imagen podían permanecer indescifradas.

Hoy he vuelto a aquel mundo finisecular. Madagascar, azarosamente, fue la película que mostró un profesor amigo a sus alumnos como obra representativa del cine cubano de los 90. Entré de polizonte a la exhibición. Madagascar, ¿estuve lejos?

Laura, una profesora universitaria, narradora y personaje, no sabe cómo se le escapa Laura, la hija, hacia una dimensión utópica, hacia un sitio amable, antagónico de la Isla lironda que le ha correspondido. Otra ínsula, Madagascar, aparece en el mapa, pero también es un sitio que no existe.

¿Cómo llegamos hasta aquí? En la biblioteca dónde se reúne la profesora con sus colegas, más bien un almacén, los libros, todos los manuales, atados en bultos amarillos, son letra muerta. Las sucesivas casas donde pretenden establecerse las tres mujeres de la familia –abuela, madre e hija- son hogares vacíos. La comunión que tienen cuando Laura intenta demostrarle a Laurita cuánto se parecen, qué pasión sienten las dos por los ratones blancos, se ha quemado con la cena, suponemos que el único pollo, y con él, la última oportunidad de conciliación.

En esas perpetuas mudanzas, también van mudándose los credos y las voluntades, en pos de la utopía inalcanzable; la madre es el juez inamovible del caos. Laurita lo mismo lleva luto por Casal y llora ante “Los niños” de Fidelio Ponce, que canta himnos en un templo protestante. El clima, hostil como la ciudad, moja a Laura cada vez que vuelve a casa, por el mismo camino. No he visto Habana más amarga que ésta, y el calificativo sirve para otras películas de Fernando Pérez.

Como no aspiro a crítico, y siento lo mismo que Rilke por la intención crítica, hasta aquí prolongo el juicio. Sólo quería decir que me puso triste, que me devolvió aquella tristeza inveterada de las utopías muertas y que las bicicletas verdes siguen transitando…
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miércoles, 2 de diciembre de 2009

Estavudina, la proscrita

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Prácticamente se proscribe la estavudina. Lo supe ayer, primero por Reuters, luego por Prensa Latina. De no ser un personaje oficinesco –a lo Pessoa- jamás lo hubiera sabido. Estavudina, según la OMS, deshace los músculos como se desintegra la piedra bajo una ácida nevada. Con el tiempo, además, pone a temblar las manos, les inserta alfilerazos y enrarece el tacto. Estavudina, la cápsula rosada y verde que he tomados dos veces al día durante los últimos cuatro años, es un veneno de colores inconvenientes. Si consigo ver al médico la semana próxima, sé que no me permitirá mudarla ahora mismo, porque estavudina es una barata panacea del tercer mundo, un veneno bienhechor que también salva.

Deliciosa paradoja: ¿qué palabra hay para nombrar lo que cura y envenena? Mentira de los evangelios que la misma fuente no haga manar antagónicas aguas. De la misma mano hemos recibido la dádiva y el tajo. No hablo de obsequios deliberados. Pienso también en “la estrella que ilumina y mata”.

Con respecto a estavudina, la proscrita, nadie desconfíe de su reto. Cuento con las neuronas que siguen alumbrando, con las piernas cada vez más angulosas, las manos para el rezo y para el golpe.

Conviene a veces digerir venenos.

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