lunes, 30 de septiembre de 2013

Sólo para heterosexuales

Hostal a 150 metros -el cartel señala un callejón enfangado. Allá vamos. El camino se hace rústico y conduce a una casa que no respeta las normas del trazado urbano: cierra la perspectiva de la calle, impide cualquier adelanto a la vía precaria. Al parecer los dueños asumen que el predio nunca progresará.

-Necesitamos alquilarnos –hago evidente que somos una pareja; mi novio, aunque avisado, enrojece.

-¡Qué casualidad! –la señora sonríe-. Efectivamente alquilamos la habitación de la azotea, pero unos muchachos ya pagaron y ahora mismo fueron por sus parejas. 

No entiendo el plural, examino la construcción de los altos y se nota que sólo disponen de un cuarto. ¿Será un recurso para disuadirnos de volver, ante tantas solicitudes simultáneas?  Decido arriesgarme:

-¿Algún problema porque somos una pareja del mismo sexo?

Ella vacila, y yo, sin meditar, abandono mi papel.

-Me han dicho que ustedes no admiten homosexuales. Si es cierto, me gustaría conocer la razón. Le advierto, además, que está violando la ley. 

Acabo de equivocarme. Por desbocado he malogrado el lance. Günther Wallraff abominaría de mí. La señora me dice, después  de carraspear, que no puede explicarme nada. No desmiente que hayan negado servicio a los homosexuales, pero toca a su marido exponerme los motivos. Él se llama Hicler y acaba de salir. Se fue. Nunca está en casa. He vuelto varias veces al callejón enfangado, y hasta el niño me advierte que su padre no ha regresado y que nadie sabe cuándo vendrá a encargarse del negocio…

Supe de estas discriminaciones por Y., un amigo. Él recorrió sin éxito varios hostales de Sagua la Grande: algunos estaban ocupados, dos se negaron a admitirlo con su pareja. Conseguir un sitio adecuado para tener sexo es una empresa difícil en Cuba, donde la mayoría de los jóvenes está impedida de emanciparse de las familias. Para los homosexuales, por supuesto, resulta peor. A la estrechez física de la vivienda familiar se añaden los prejuicios. Hay que ir entonces a solares yermos o edificios ruinosos. Mi amigo, en cambio, destinó un peso convertible para obtener una habitación durante una hora; el costo superaba su jornal, y ni así pudo obtenerla.

Visité un hostal administrado por cristianos, en la calle Padre Varela, el primer sitio donde negaron el servicio a Y. Los dueños negaron haberlo rechazado por homosexual. Apelaron al mismo discurso religioso que ha devenido un lugar común: no rechazamos a las personas sino a las prácticas. Este señor, bastante nervioso, se contradijo muchas veces; dijo, con alguna heterodoxia, comprender a los homosexuales. Si no les franqueó la entrada no hay que atribuirlo a prejuicios religiosos. Me negué a admitirlos para conservar el prestigio que tengo en esta comunidad –explicó-. No sabía que estaba haciendo algo ilegal; si es así reconsideraré continuar con el negocio.

El atropello mayor, de cualquier modo, no lo cometen ellos. Desconocen la ley, ignorancia que no exime del cumplimiento pero las normas jurídicas consideran atenuante. Los que sí la conocen y tienen la obligación de hacerla cumplir me recibieron con tibieza, escucharon serenos, y me despidieron sin la voluntad de enfrentar a los infractores.

Primero me dirigí a la fiscalía. La recepción estaba vacía. Entré sin hacerme anunciar y me dirigí a una señora que ocupaba un buró. Me identifiqué y expuse el caso. Ella dijo ser Patricia, fiscal. Yo llevaba memorizado un pasaje del Código Penal. El Capítulo VIII, artículo 295.1 es categórico cuando describe el Delito contra el derecho de igualdad:

El que discrimine a otra persona o promueva o incite a la discriminación [...] incurre en sanción de privación de libertad de seis meses a dos años o multa de doscientas a quinientas cuotas o ambas.

La misma constitución desglosa las circunstancias generales donde ejercer la igualdad, y en su Capítulo VI, artículo 43, declara que

El Estado consagra el derecho conquistado por la Revolución de que los ciudadanos, sin distinción de raza, color de la piel, sexo, creencias religiosas, origen nacional y cualquier otra lesiva a la dignidad humana… se domicilian en cualquier sector, zona o barrio de las ciudades y se alojan en cualquier hotel.

Traté de persuadir a la fiscal de la gravedad de la discriminación denunciada: negar el alojamiento a una pareja por causa de la orientación sexual es un delito semejante a no admitir a otra por su condición racial. Cerrar las puertas a los homosexuales equivale a cerrarla ante los negros –enfaticé-. Patricia, imperturbable, me pidió que me calmara y acudiera a la Dirección Municipal de Vivienda, entidad que expide las licencias a esos cuentapropistas. Allí acaso podrían ofrecerme una respuesta. Ella, la fiscal, no haría nada para restituir “la legalidad quebrantada”. No lo dijo; no obstante, lo advertí al instante. Salí de la fiscalía. La funcionaria de Vivienda que debía atenderme no se encontraba. Después de varios días de acudir a la institución pude verla. Era una señora algo mayor. Escuchó mi historia con paciencia, y tan serena como la fiscal –la injusticia y la violencia no las conmocionan- me sugirió que viera a la abogada de la entidad, que trabaja en Santa Clara, a 50 kilómetros. Por esos vericuetos he transitado.

Alguien ha sugerido que esta discriminación sea propia de los hostales sagüeros. He indagado con amigos y me informaron de peculiares modos discriminatorios en otras ciudades. A uno de ellos lo admitieron en un alojamiento de Santa Clara después que los dueños hicieran una especie de junta familiar a puertas cerradas. A otro le insinuaron en Camagüey que debía pagar una tarifa mayor en razón de su sexualidad “irregular”.

Ni Europa se salva de estos episodios. He sabido que aerolíneas, restaurantes, bares, hoteles, han discriminado a parejas homosexuales casi siempre por prejuicios religiosos. En la mayoría de los casos, por fortuna, las leyes han reivindicado a los menospreciados.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Marino Murillo y los viejos de mi país

El aspecto de Marino Murillo incrementa la molestia que ocasionan tantos reclamos suyos de ahorro y laboriosidad. Si el mismo razonamiento fuera presentado por un sujeto magro, bien enteco, la estampa sería coherente. Cuando regaña a los cubanos por los desajustes que otros causaron, Murillo pierde de vista su cuerpo mórbido, olvida su carne indolente de tecnócrata, no advierte que ese porte voluminoso deteriora la credibilidad de su discurso…

Y esta vez ha ido demasiado lejos: anunció que pretenden cobrar la estancia y los servicios de hogares de ancianos y casas de abuelos. Un amigo mío, periodista muy ecuánime, me confesó que hubiera preferido no enterarse. A Murillo no le tembló la voz al avisarnos ni a Leticia Martínez le tembló la mano al escribirlo. Mi amigo explica, con penetración descarnada, que todos los periodistas no somos iguales.

A mí me obsesiona la situación de los viejos de mi país. Reciben atención médica gratuita, pero sus reducidos presupuestos no alcanzan para comprar medicinas y alimentos. Nuestros ancianos se jubilan con pensiones irrisorias, insuficientes para resistir el encarecimiento de la vida. Los que no reciben una remesa suelen ir un poco andrajosos, con ropas que compraron antes de la caída de la URSS. Huelen mal aunque sean aseados, pues no consiguen costear el precio de los cosméticos indispensables.

Cuba está llenándose de mendigos, y la mayoría son viejos. Murillo, acaso por grueso, no conoce las calles de La Habana. La mendicidad, a estas alturas, no sólo prospera en la capital: Santa Clara, Camagüey y Sagua la Grande, las ciudades que conozco mejor, van configurando su propia Corte de los Milagros hugoliana.

Mi papá tiene 66 años y se jubiló después de trabajar desde principios de la década de 1960. Era un adolescente cuando lo emplearon como recadero de una bodega. Con mucho esfuerzo consiguió hacerse profesor y se siente en deuda con la Revolución, como tantos hombres y mujeres de su generación.  Su esfuerzo fue “premiado” con una pensión de 305 pesos, unos 12 CUC. Y yo no puedo socorrerlo con nada. El salario, por más que me castigue escribiendo impertinencias, es insuficiente para costear mis propios alimentos. Todos los meses lidio con un déficit, pese a mi frugalidad. Ojalá mi padre nunca tenga que acudir a una de esas instituciones, generosas y mal servidas hoy, acaso costosas mañana.

¿Quién supone Murillo que pagará? ¿Los ancianos raídos o sus familias abrumadas? ¿Quién pagará?

Una parte de Cuba está endureciéndose. Murillo, el tecnócrata, no sólo pierde de vista la incoherencia del cuerpo mórbido con el discurso: se arriesga peligrosamente a poner al Estado por encima de la gente, a convertirlo en absoluto, en el bien fundamental que debemos proteger en detrimento de nosotros mismos. Hace, con gran torpeza, una pésima jugada política. Ese “socialismo” -digámoslo ya- no es el socialismo libertario e inclusivo que proyectamos una vez y hoy seguimos deseando. Cuando Murillo y sus cofrades afirman que reformaremos el país sin tocar su esencia noble, tengo que dudar. Las reformas van salvando al Estado en sus urgencias económicas, pero nos hunden moralmente cada vez.

Raúl hablaba con preocupación de la baja natalidad. En evidente paradoja, el anteproyecto del Código de Trabajo reduce los beneficios laborales a la maternidad. ¿Cómo conciliar estas circunstancias? Aguardemos a la redacción final de la ley para saber qué resolvieron sobre otros desamparos legislados. En algunos aspectos, el documento encarna un retroceso.

Han pasado algunos meses desde que di con un viejo mendicante y trastornado en la plaza principal de Sagua la Grande. El anciano, indignado, cuestionó la lógica de honrar a Maceo con una corona de flores al pie de un busto mientras tantos se debaten por los alimentos. Gritaba: ¡ese bronce no siente nada! Estaba muy molesto: ¡si Martí renace se muere! La escena perturbaba por su carácter destemplado. El reclamo era grotesco y sobrecogedor sobre todo porque los transeúntes lo tomaban por loco y él tenía razón.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Sheila y yo, ante el Código de Trabajo

Sheila trabaja en un viejo establecimiento que hasta hace poco exhibía una tosca pintura mural con las banderas entrelazadas de Cuba y la URSS. Meses después de borradas la hoz y el martillo apareció ella, recién egresada del Instituto de Economía de Sagua la Grande.  Es discreta, una mujer que no quiere atraer la atención. En esta pequeña ciudad abundan transexuales y transgéneros; una bodeguera tan ensimismada, entonces, no debería sorprender a nadie. Algunos transeúntes, no obstante, se detienen a mirarla y cuestionan su presencia tras el mostrador: ya han visto a mujeres semejantes, pero jamás empleadas por el Estado. Ella les parece una extravagante.

La bodega queda frente a la emisora. Me contaron que una colega mía, discriminada a su turno por pertenecer a otras minorías, se escandalizó ante la ostentación que hace Sheila de su identidad de género: ¡no sé cómo le permiten a ese muchacho que se vista así para trabajar! Alguien replicó, por fortuna, en defensa de la bodeguera.

Después de aquel incidente hablé con Sheila para indagar sobre sus conflictos como mujer transexual y trabajadora. Ella me refirió, sin exaltarse, que la Empresa de Comercio y Gastronomía cuestionó el derecho de manifestar su identidad. En la reunión donde se debatió el asunto, por supuesto, Sheila no pudo defenderse. La administradora, su jefa inmediata, asumió la representación de la trabajadora. Para apuntalar la defensa no pudo invocar ninguna ley, pues hasta ahora ninguna legislación protege a Sheila. Citó los tímidos pronunciamientos políticos, mencionó gestos amables del Estado hacia las personas trans y enarcó la insuficiente gestión del CENESEX con Mariela Castro a la cabeza. Estas razones salvaron el derecho de Sheila a su condición femenina en el espacio laboral.

Cuando estudiaba no tuvo ningún defensor: la escuela, con fuerza de chantaje, hasta le prohibió dejarse el cabello largo. La muchacha no pudo acudir a nadie. Ningún “educador” de la enseñanza general parece conocer siquiera qué es la identidad de género; en la educación superior, según me consta por mi novio y sus amigos, cunden la homofobia y la transfobia. Sheila se considera afortunada: concluyó la enseñanza técnica. La mayoría de las trans que conozco han sido acosadas en las escuelas, no consiguieron culminar ningún nivel profesional, y algunas se dedican hoy a la prostitución. Todas carecen de recursos verbales y jurídicos para defender su transgeneridad. Ni siquiera las favorece la perspectiva patologizante del sistema de salud cubano: no tienen acceso a consultas especializadas ni a cirugías. Sólo los pequeños grupos que apadrina el CENESEX gozan de estas opciones. La Habana, por desgracia, está muy lejos. Sheila se hormona por su cuenta, con pastillas anticonceptivas que expende cualquier farmacia. Así construye precariamente senos y cuerpo femenino, con riesgo para la salud.

La semana pasada discutimos aquí el anteproyecto de Ley del Código de Trabajo, y anoté al margen del documento varias modificaciones. Una de ellas, por supuesto, atañe al artículo 2, inciso a):

toda mujer u hombre en condiciones de trabajar, sin distinción de raza, color de la piel, sexo, religión, opinión política, origen nacional o social, y de cualquier otra lesiva a la dignidad humana, tiene derecho a obtener un empleo con el cual pueda contribuir a los fines de la sociedad y a la satisfacción de sus necesidades y las de su familia, […]

En coincidencia con otros activistas LGBT, sugerí que se explicitara la prohibición de discriminar por orientación sexual, identidad de género y seropositividad al VIH. Acompañé mi propuesta con una reflexión sobre nuestra odiosa historia de discriminaciones y atropellos contra personas homosexuales, transexuales y seropositivas. La mayor parte de mis compañeros respaldó mi solicitud. Unos pocos consideraron que la mención de “sexo” era suficiente, y eso me obligó a explicar la distinción entre sexo y género, e incluso la irrebatible afirmación de Judith Butler de que sexo, en el discurso histórico de Occidente, siempre ha sido sexo generizado.

Cuando mencioné a Sheila la oportunidad de protección que podría ofrecerle el nuevo código, ya era tarde. Se discutió en la Empresa de Comercio, y ella no supo que dejaba pasar un recurso para protegerse. He ahí el límite supremo de violencia: no nos creemos con derecho a defendernos. Ella no arguyó, impedida de hacerlo, simbólicamente violentada diría Pierre Bourdieu; yo hablé a mi turno por ambos.

 

martes, 20 de agosto de 2013

Hallazgos del último vecino


Desde que vivo solo he hecho varios descubrimientos. Algunos sonríen cuando enumero mis hallazgos, pues les parecen circunstancias cotidianas. Sea, reconozco que he sido hasta ahora un torremarfilista típico: si observé y juzgué los trasiegos cotidianos, lo hice con vocación de costumbrista.  De súbito he transitado de etnógrafo a etnografiable, y el cambio de perspectiva me aturde todavía.

Descubrí, por ejemplo, que para mudarte debes tener un par de amigos fornidos. Si nunca los tuviste, deberás reunir mucho dinero y persuadir a algunos vecinos para que carguen tus efectos hasta la nueva casa. El pago y la persuasión resultan aquí necesidades complementarias: nadie se dedica, profesionalmente, a las mudanzas. Hay que pagar y convencer de tu urgencia. Heme aquí, propietario hace dos meses, y no consigo que me suban el refrigerador hasta la buhardilla…

Mi siguiente descubrimiento es trágico: comemos arroz todos los días, pero los establecimientos no lo venden siempre. Hay que hacer provisiones. ¿Venden arroz? ¡Corre, entonces! No importa que descarguen un camión, la gente agotará las provisiones en pocas horas. La precaución de abastecerse sirve para todos los productos, pero el caso del arroz es preocupante: es el único alimento imprescindible. Leí recientemente que cada cubano consume un promedio de 70 kilogramos al año. Lo decían con orgullo, como si se tratara de una señal de holgura en los hogares.

Descubrí, además, que me asusta comprar carne. En primer lugar, la libra de cerdo cuesta veinticinco pesos, y esa cifra rebasa ampliamente mi jornal. Encima, está pautado que te roben una porción. Y lo peor: se corre el riesgo de que la vendan en mal estado, pues en Cuba las carnes se exhiben a la intemperie, en una tarima.  Mi papá, un anciano sagaz, con gran experiencia en sortear el peligro de las carnes, compró esta semana varias libras de cerdo podrido. Por fuera se veía sano; al primer tajo, apestó…

Para realizar las reparaciones que urgen a la casa funcionan las mismas reglas que enumeré arriba, al juzgar la dificultad de mudarse. Mis puertas están destartaladas y tengo la friolera de seis, todas bien altas, con lucetas y el antiguo diseño de persianas y postigos que aquí llamaron “carpintería francesa”. Estas encantadoras puertas casi tienen un siglo y se sostienen con esfuerzo. Cuatro fueron clausuradas con tablas y dejan pasar un poco de agua si llueve sobre ellas. Dos carpinteros creen que el trabajo es engorroso y declinaron asumirlo. Otros no gustan de remendar y estarían dispuestos a fabricarme puertas nuevas a un precio exorbitante, si les abono un adelanto para comprar la madera y otros enseres. Dejaría las puertas así, hasta hallar una oferta mejor, pero me preocupan los ciclones, así que echaré mano a unos ahorros y haré arreglar un par de las más endebles…

Mis padres insisten en que se puede vivir con doscientos pesos a la semana, pero no consigo que compartan el algoritmo. Renuncié a comer fuera siquiera una vez al mes, y compro los alimentos más baratos. Me haré vegetariano a la larga. Por lo pronto proyecto sustituir frijoles por chícharos, a ver si el salario dura un poco más y puedo soportar otros pagos necesarios.

Mi último descubrimiento es el más sorprendente: desde mi balcón nada se parece al mundo de los pedestres. La ciudad se violenta en líneas apretadas y reduce sus dimensiones. Con la gente pasa lo mismo: exhiben las narices y los vientres con un atrevimiento horizontal que ellos mismos no sospechan.

martes, 30 de julio de 2013

Hacia la buhardilla




Llegar hasta mi nueva casa obliga a un viaje de ochenta y dos escalones. La subida me recuerda la escalera terrorífica de algún thriller de la década de 1940. El edificio parece un sitio apropiado para el crimen: una reja sórdida sustituye al antiguo pasamano, el trasiego ha gastado los peldaños de mármol, la sordidez de los pasillos instaura una atmósfera gótica…

Por lo demás, el edificio es muy pacífico. Casi nunca me tropiezo con algún vecino. Antier subían dos señoras extraordinarias: la mayor llevaba un atuendo decimonónico; la segunda, todavía más exótica, hacía ondear los flecos de un turbante. Viven, al parecer, en el primer piso. 


El vestíbulo es altísimo y remontarlo ya obliga a un esfuerzo. No he contado los descansos tan largos que obligan efectivamente a descansar antes de continuar el ascenso. Toda la escalera posee unos ventanales desarticulados que permiten observar la ciudad. A cada peldaño corresponde un ángulo más vertical y la consiguiente línea de azoteas que revela la altura.


La mayoría de los vecinos vive a puertas cerradas, excepto unas mujeres del segundo piso, anhelosas de espacio o simplemente acaloradas. Me he prohibido escudriñar salones ajenos, pero es inevitable enterarse de los hábitos de quienes viven sin cerrojos: a ellas, por ejemplo, les gusta dormir la siesta en el suelo. Al lado vive un perro y acostumbra a ladrar cuando alguien pasa.


Como en la pensión Vauquer que describió Balzac, el piso más alto estaba reservado –y sigue estándolo de algún modo- a los más pobres. Ahí vivo. Hay un espacio claustral y más allá se abren dos pasillos, uno de ellos sinuoso. Por esa ruta llego a casa gracias a un recurso propio de ciertos cuentos populares: ante cualquier encrucijada, tomo la izquierda.


En el apartamento contiguo, una señora y su hija se ciñen a un espacio reducidísimo: una habitación y la correspondiente barbacoa. A veces me obligan a apretarme también, como hoy, cuando ocuparon el pasillo para teñirse, por turno, el cabello. Pasé entre un peine y los rizos amenazantes.



Una puerta más lejos vive Pepita, una pelirroja falsa; se le atribuyen grandes pasiones. Lo mismo me dicen de una anciana de asentaderas monumentales, Fefa Mellado. ¿Por qué es famosa? –pregunté a un amigo-. ¡Por alegre! –contestó-. Antaño dedicaban versos humorísticos a su imponente andar, y hoy se afirma que debe al esfuerzo de las escaleras la maravilla de sus piernas.


Me refieren otras intimidades del edificio que no me atrevo a corroborar: que si la señora de la barbacoa habla mal de Pepita y la hija no puede tener marido por lo reducido de la casa; que si la Mellado, airada, ha agarrotado a Pepita contra las paredes del pasillo sórdido y la pelirroja se ha escurrido como la sanguijuela que es… Nada he presenciado hasta ahora. El edificio es apacible, salvo por la anciana que regaña al nieto y lo persigue con un cinto por el claustro. El niño se llama Yoelvis, y me dejó en la puerta una invitación para asistir a la inauguración de su biblioteca. La redacción y la ortografía eran impecables.

Desde la azotea, la ciudad se recoloca, acerca o aleja impresiones a voluntad. Por las noches se encienden las luces de la Calzada de Barker, que algunos asumen como la ruta para huir de la decadencia; para mí, en cambio, es el Camino de la Costa, por donde llegaban forasteros en el siglo XIX.

Me gusta servir la comida en el único balcón que puedo abrir y ejercitarme en la reconstrucción imaginaria de la ciudad y la buhardilla: dónde pondré un cuadro y una araña de cristal y un fumadero de opio y la ruta de las hormigas sobre mis platos y la señal de la meta del viaje en las cuentas oscuras de un bombo de la vieja charada china.

sábado, 6 de julio de 2013

Un vate


La condición poética estuvo asociada a la facultad de profetizar. De ahí la concurrencia semántica en la palabra “vate”, que comparte la raíz latina de vaticinio, y significa, a la vez, adivino y poeta.  En la antigüedad –Platón lo aseguraba, Aristóteles desconfió- se creía que el poeta obedecía los dictados de un dios. Siglos después, tras sucesivas reformulaciones de las poéticas, ¿qué hemos venido a considerar de las profecías sino su carácter de poemas? Nostradamus, grave y terrorífico, también es poeta, acaso apenas poeta –como si la poesía no fuera milagro suficiente-.

El pasado mes –he aquí la noticia que justifica las consideraciones anteriores- consagré mi don de vate con un augurio de origen poético que se ha cumplido. Veamos los antecedentes.

Hace un lustro imaginé a mi tía abuela Lydia González Toledo, al lado mío, escudriñando las nubes desde la azotea de un edificio sagüero inaugurado en 1920, La Villa de París. Nunca conocí a Lydia, pues murió antes de que terminara aquella década. Pude suponerla acodada en el portal o vagando por el patio de la casa de mis abuelos; extrañamente se me apareció en otra parte.

Dos años después, el sujeto de un poema en prosa –alter ego mío evidente- volvía a referirse al edificio y  comentaba la posibilidad de vivir allí, en La Villa de París:

Iba a mudarse contigo, ¿a la Villa de París? Eso queríamos instituir, ¿socorros mutuos? Y no pensábamos en Francia, sino en el edificio donde hubo una sedería oscura, un fumadero de opio, una botella de ajenjo. 

Y ahora resulta que sin proponérmelo, sin buscar ningún cumplimiento, por azar, me he mudado. Comprar un diminuto apartamento ahí era tan improbable como vivir en Pueblo Nuevo, Villa Alegre o Resulta. Para mayor acierto, la foto que ilustra el vaticinio muestra una sección de la esquina donde vivo ahora. Todos mis balcones estaban ahí, prefigurados. 

Una advertencia: no me pidan profecías. Busquen mis poemas descosidos, eludan la brevedad y falta de imaginación de mis versos, y anden atentos.
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Foto: Sagua la Grande desde mi balcón.

domingo, 30 de junio de 2013

El regreso al Capitolio


Eusebio Leal delira. Dijo, en una entrevista con el diario Juventud Rebelde, que el Capitolio de La Habana “se convirtió en un símbolo de la República ideal”. ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Qué república?

Hace varios meses, numerosos cubanos nos sorprendimos ante la peregrina decisión de restituir al capitolio la sede del parlamento. La idea de tal retorno, que Leal atribuye a Raúl Castro en persona, es muy frívola y acaso irresponsable. Por una parte, la Asamblea Nacional es unicameral y no podría sesionar, a causa de la falta de espacio, en ninguno de los hemiciclos capitolinos. Por otro lado, ¿es posible enajenarse del verdadero simbolismo del edificio?

El ideal republicano que encarna el capitolio es el sueño megalómano de Gerardo Machado. Es el ideal de la república plattista y machadista que quiso dinamitar la Revolución del 30, lamentablemente malograda. No hay más ideales ahí. El difamado Jorge Mañach, mi coterráneo, decía que en el Salón de los Pasos Perdidos habíamos extraviado un paso ilustre, el paso de Martí.

No han pasado tantos años desde que visité por primera vez el capitolio, y el edificio no me agradó. Desde la solidez abacial de la salida trasera hasta la suntuosidad versallesca de los salones principales, los fastos del capitolio se me presentaron como la engañosa puesta en escena de una república fallida. El Ángel Rebelde de los jardines es un intruso. ¿Cómo explicar, salvo por el egoísmo y la hipocresía, que una nación paupérrima inauguró y continuó levantando semejante palacio en medio de la crisis económica y financiera de 1929?

El Capitolio Nacional es una antigualla; como tal merece la restauración y la sobrevida. Si es una ilusión óptica, un diamante falso, el escenario de las más ridículas y solemnes comparsas republicanas, entonces, por mal ejemplo, debe perdurar.  Sólo para museo sirve. Suponer que sería la sede adecuada para el parlamento implica un insulto, no para nuestra Asamblea Nacional unánime e inverosímil sino para el parlamento que queremos tener.

La reivindicación simbólica del capitolio me obliga a conjeturar qué se pretende en Cuba, qué rumbos políticos anuncia este retorno de un hijo pródigo. La neoburguesía emergente, la segregación socioeconómica que significa la doble moneda, la retirada del Estado en beneficio de especuladores y explotadores en ciernes, el surgimiento de impuestos inconciliables con los bajos salarios, la imposibilidad de constituir una sociedad civil heterogénea… todos los avisos que advierto a la vera del camino parecen conducir al capitolio.  Viajamos hacia el punto cero de las rutas nacionales. Al cero de altos quilates.

El nuevo discurso ahistórico de Eusebio Leal (“los edificios no son culpables de lo que ocurre en ellos”; “hay un momento en el que se hace un punto final y se comienza la historia”) contrasta a las claras con la vehemencia historicista de la Revolución. Probablemente este súbito ahistoricismo sea compatible con la vocación del anticuario: todo lo viejo es lindo. Hoy recogemos, por decreto, los muebles dispersos del capitolio;  mañana -¿pronto?- tendremos que recoger el mobiliario útil de la genuina Revolución de los comienzos. Algunos se encogen de hombros ante el retorno y asumen la permuta como un asunto doméstico, sin notar que se trata de un problema discursivo. La mudanza de sede y de discurso resulta sintomática si revisamos la trayectoria de un país que ahora pretende rediseñarse.

El regreso al capitolio aspira acaso a la legitimación ritual de un parlamento que se reúne un par de veces al año y sólo refrenda, jamás legisla. Si es así, debieron encargarse un edificio nuevo –de puntal bajo, con tejas criollas- o reunirse a la sombra de un palmar y empezar a discutir en serio a partir de ahora.