lunes, 25 de febrero de 2013

Miguel Strogoff


Hace años que no leo a Julio Verne. Carlos Alejandro, que no lo ha leído nunca, me pregunta por qué tengo tanta nostalgia de aquellas ingenuas novelas, si las erráticas peripecias del siglo XX demuestran que la realización humana no depende de la ciencia ni de las máquinas.  ¿Volverías a leerlas? –preguntó-. Es cierto: el siglo XX fue el verdadero siglo nihilista. Por eso algunos, como yo mismo, frecuentan la melancolía de no haber compartido el espíritu decimonónico, cuando todo parecía posible y se confiaba en las inexistentes verdades apodícticas. Traté de explicar a Carlos Alejandro que el Verne amigo mío ni siquiera es el profético o el envidioso de los robinsones; de todos aquellos hombres –dicen que el novelista era misógino- perdidos en mundos exóticos, el único que quise de veras fue Miguel Strogoff. Cuando iba a hablar de Miguel Strogoff apareció un taxi para Sagua, y ante la urgencia de mi viaje no pude decir más. Mi propia Siberia me aguardaba: Hatillo, Sin Nombre, Cifuentes, Sitiecito y Sagua la Grande, en lugar de Nijni-Novgorod, Krasnoyark, Omsk e Irkustk.  Porque no me resigno a la pausa que abrió ese viaje en nuestra conversación, le contaré ahora lo que sé sobre Miguel Strogoff.

Miguel Strogoff era un correo del zar. Todo empieza durante un baile áulico, en la Rusia europea. Un inglés y un francés, corresponsales extranjeros, observan la escena. Ellos son apenas un par pintoresco que servirá de recurso para aligerar las graves peripecias. En la mayoría de las novelas vernianas hay, al menos, un francés, encarnación del buen humor y la originalidad.

Para abreviar: Rusia, invadida por los kirguises y traicionada por Iván Ogareff, requiere enviar una nota al hermano del zar. Miguel Strogoff, el correo designado, debe atravesar de incógnito miles de verstas. Por el camino aparece Nadia, una joven livonia que también viaja a Irkustk para encontrar a su padre, un desterrado. Strogoff y ella deciden hacerse pasar por hermanos. Recuerdo, vagamente, a una cíngara –una gitana-, espía del traidor Ogareff. Recuerdo, con más nitidez, cómo Miguel desconoce a su madre en una taberna siberiana para no traicionar la encomienda. Mientras se adentran en Siberia aparecen los estragos de la guerra, el viaje se torna oneroso. Hay un momento en que todo parece perdido: Miguel es descubierto; la misión resulta abortada; Ogareff asume la identidad del correo para vengarse del hermano del zar.  Yo leía y luego señalaba las escalas de Strogoff en un atlas impreso en Alemania Democrática. Después de tantas aventuras, impregnado del olor de la estepa arrasada, también llegué a Irkustsk. Nunca he olvidado el nombre de esa ciudad, en las costas del lago Baikal. Miguel Strogoff, el invencible, cumple la misión, a pesar de la carta perdida y de sus ojos chamuscados por una espada ardiente.

Es probable que la causa del zar no fuera justa. He pensado que los kirguises de Feofar Khan se rebelaron con razón. Estos juicios no importan, sin embargo. El gran tema de la novela es la voluntad de Miguel, la palabra empeñada, el coraje que se impone a la derrota ya consumada y consigue rebasarla. Por eso dije, antes de tomar el taxi, que estas novelas ingenuas contribuyeron a configurarme. Porque uno se edifica volitivamente, según surgen sus devociones, y esas lecturas antiquísimas me hicieron un hombre del siglo XIX, verniano nostálgico. Creo que  pude decir todo eso antes de irme a Siberia, en el taxi. La explicación se tardó, mas hela aquí.  


sábado, 16 de febrero de 2013

Mar interior




La mayor prueba ha sido el tránsito
por la escarpada boca que se abre a un mar interior.

Me atizó la turbación de exponerte
a la pleamar que disimula las restingas
de mi carácter
y me exime de la piedad
que obsequian al súbito pez.

Llueve desde anoche sobre estas aguas miserables.

...


Túneles

Los senderos de mi ánimo
se adentran en la montaña
y conducen a los túneles desafiantes
que prometen la guerra.

Abatía recorrer mi propio extravío
hasta la sala cruenta donde un animal roe los escalones
y las luces mortecinas del mundo superior
alumbran un insulto consignado en la pared.

Las bóvedas exhalaban la húmeda prueba de la realidad.

Al fondo del corredor se articulaban
las siluetas obscenas de mi teatro de sombras.

Me detuve a verlas, remotas y ágiles,
encajadas entre sí, pues la amplitud
del túnel  alejaba mi deseo de ellas
y las desnudaba memorablemente, sin disponerme
más que a la serenidad, 
y conseguía ahuyentar así de mi ánimo
el temor de la guerra.

...

Niño feral

A menudo resurge el rictus del niño feral.

Dijo que no le tomáramos juramento:
la historia suya era terrible,
como la floresta desquiciada que le acogió
en la peor estación
supone luengos y atroces misterios. 

Se miente acaso para velar la ignominia,
pero nadie encubre la desnudez de la razón
con una invención inútil. 

Poseía manos predecibles, de palmas hoscas
y  líneas anudadas por su misantropía. 

jueves, 27 de diciembre de 2012

Robert de Montesquiou: Bajo la lana violeta




Bajo la lana violeta es mi versión de un soneto de Robert de Montesquiou (1855-1921). Acometí la empresa para ejercitar el francés que voy olvidando; acaso lo hice porque no conozco otra traducción española; quizás –y esta razón me parece más decisiva- porque los sutiles modales del conde de Montesquiou-Fésenzac me incitaron conocerle, a causa de su alter ego proustiano, el barón de Charlus. Dicen que Montesquiou, esteta, amante desolado de Gabriel Yturri, es a un tiempo el Des Esseintes de la célebre novela de Huysmans y el conde de Muzaret que urdió Jean Lorrain en la también famosa Monsieur de Phocas. No he leído -a mi pesar- a Huysmans ni a Lorrain, pero sí he tratado al barón de Charlus y no me sorprendió hallar su poesía: desde la primera lectura se me antojaron versos conocidos.

A menudo, sin proponérmelo, parezco un sobreviviente del simbolismo. Lo mismo que Robert de Montesquiou soy un poeta menor. No vacilé entonces en desmenuzar el soneto, como el conde no dudó en ir con sus poemas al salón de Mallarmé y al lecho de enfermo de mi querido Marcel Schwob.   

Sous les villosités violettes

Sous les villosités violettes des tartres
Les blancs Olympiens ont pris des tons caducs.
Et, des arbres sans sève, et des plantes sans sucs
L'automne qui descend les vêt comme de martres.

L'ombre et la vétusté les rouillent de leurs dartres,
Ces dieux à qui les rois voulaient des airs de ducs ;
Et le soleil mourant qui fuse sur les stucs
Y verse les joyaux des verrières de Chartres.

Le Ciel est tout en fleurs, l'occident tout en fruits ;
On dirait des éclairs forgés avec des bruits,
Des bouches de clairons et des rayons d'épées.

L'horizon est vraiment historique ce soir...
Car dans le panier d'or du couchant on croit voir
Tomber des grains saignants faits de têtes coupées!

Bajo la lana violeta

Bajo la lana violeta de los tártaros
Los blancos de Olympia han adquirido un tono caduco.
Y de los árboles sin savia y las plantas sin jugo
Desciende el otoño para vestirles como martas.

La sombra y la vetustez enmohecen los empeines
De esos dioses a quienes los reyes presumían aires ducales;
Y el sol agonizante que arde sobre los estucos
Les dibuja las joyas de los vitrales de Chartres.

El cielo ha florecido, el occidente fruteció;
Diríanse relámpagos forjados con bramidos,
Bocas de clarines y destellos de espadas.

El horizonte parece de veras histórico esta tarde… 
¡Pues del cesto de oro del poniente se derraman
granos sangrientos como cabezas cortadas!

domingo, 23 de diciembre de 2012

Invención de la tuba wagneriana




Invento un sonido porque no sé
cómo decir, con música nueva,
que la trompa de las antiguas orquestas no sirve
para ir de caza
ni los árboles recién germinados
serán talados nunca por mí.

Y entonces inventé la tuba wagneriana,
cuyo timbre cinegético
hará germinar un sonido nuevo
que habrá de talarme. 

De aquella música subsiste una trompa estentórea;
sus crescendos rematan a los ciervos del jardín.
A ellos, que jamás huyeron de los venablos
por simpatía de mis invenciones.

Aprehendidos en un consabido terror,
aquellos ciervos contemplan la calle desde su verja,
se internan en un campo de árboles recién germinados,
ocultos entre los brotes,
con fingida fe en la impericia de los cazadores,
gente mundana y distraída.

Un pasaje – pues esto es música programática-
recuerda las lluvias sanguinolentas, la horchata de mis aguas.

...


Absenta

A los pobres que beben una sopa de hojas
y se sacian de mi árbol más raído
obsequio con las vegetales alas del hada verde 
en un bar arcaico,
junto al río que devasta a menudo la ciudad.

Es común que me porte afectado si he bebido absenta:
me arrastran las volutas perifrásticas,
me asola el río
y semejo un árbol mendicante.

jueves, 25 de octubre de 2012

El nombre de las tierras



Lo último que se ve desde el aire es una pequeña ciudad. Cerca adiviné la chimenea de un ingenio, luego empieza el mar rotundo. Ahí acaba Cuba. Durante el resto del viaje, tras sucesivos arcoíris que hacían más patético el trayecto, regresaban a mí  las cuadrículas de esa ciudad anónima. Cuadrículas casi infinitesimales. No supe el nombre y eso me enajenó la posesión. 

Con mi querido Marcel pienso que el nombre contiene a la tierra misma, decantada de sus contingencias;  el nombre permite la propiedad y es el recurso más prístino de la poesía. Unamuno hilaba ciudades castellanas en un rosario nominal que es Castilla. La promesa de las urbes desconocidas reside en el trato previo con su nombre: cuando bajé en El Callao, antes que en el asedio, pensé en la vieja maestra sagüera célebre por su manera tácita de solicitar silencio: “recuerden que El Callao es un puerto del Perú”. Vi el puerto, parecía que el avión se precipitaba al mar, callé obediente. 

A Quito, mi destino, no le va su nombre: demasiado abrupta y prolongada para llamarse de modo tan ceñido. Merecía un sintagma extenso, agudo y acaso ampuloso, enhiesto como sus cumbres. Por eso sospecho de Quito, por causa del nombre.  Suena a despojo imperativo. 

Como estaba anunciado, las autoridades migratorias me sacudieron. Interrogaron con inquina y molestia. El resto de los extranjeros no demoraba mucho en la ventana, a mí me retenían. Cada declaración fue recibida con un rictus de desconfianza. La fórmula “Bienvenido a Ecuador” se tardó y sonó hipócrita. 

Cuando salí al aeropuerto me golpeó el vértigo. Creo que fue el soroche de los soldados de Bolívar. Me sostuve y empuñé la espada contra el soroche: aquí no aprecian el nombre de Cuba.  

Foto: Avión hacia Lima. 

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Los fragmentos del reloj




Hubo que golpear con cuidado la rueda magullada. Su análoga del mecanismo de sonería tampoco está incólume: hay que soldarla, quizás con estaño. Para que la campana del tejado confirme las horas habrá que rehacer el muelle. El resto de los fragmentos, van ajustándose solos, con un poco de aceite. Al rompecabezas del reloj faltaba la pesa de la sonería; apareció donde contábamos con ella: calzando una puerta de oficina. El cordel que sostendrá las pesas –acero trenzado- lo trajeron de los talleres ferroviarios. Es un regalo. ¿Habrá reloj? –preguntaron unos obreros que aguardaban su turno para lavarse. Julio, con las manos sucias, sacó el trozo de cordón que hallamos suelto: “necesitamos catorce metros”. ¿Y de dónde es el reloj? –se interesaron-. Americano. Pues están de suerte –sonrieron-, los “americanos” les mandaron la cuerda: tenemos bastante en los almacenes.

Quiere echar a andar –decía Julio César cuando ultimábamos ajustes-. Él presionaba una de las ruedas y la máquina movía, sin esfuerzo, un péndulo inexistente.


A péndulo corto, ritmo vertiginoso

Del péndulo sólo apareció el extremo: un plato de hierro. El brazo hubo que reconstruirlo. Julio César –desde ahora el Relojero- inventó un regulador sencillo para graduar la oscilación. Suponemos que el original era bronce, pues la pátina del bronce es naturalmente la del tiempo. Brazo de madera y llave de aluminio, sin embargo, bastarán.

El reloj reanudó su marcha este sábado. Ya cargué dos veces el serrucho hasta el ático. El transcurrir, según fórmula física o poética que acaba de ocurrírseme y hubiera gustado a Lezama, equivale a la extensión del brazo. El reloj se atrasa en su fase de prueba, como si quisiera devolvernos el pasado. Entonces un par de veces le hemos serruchado el brazo. A péndulo corto, tiempo vertiginoso –mi último axioma-. 

Todavía no lo acoplamos a la esfera de la fachada, hay que destrabar las agujas.




¿El tiempo recobrado?  

El reloj, como ciertas cosmovisiones, es binario. Posee dos estructuras complementarias: el tiempo y su expresión, fondo y forma, agujas y sonido. Se unen en el frondoso centro de ruedas superpuestas, como un mandala o un árbol del mundo.

Cada vez que el Relojero cruza el andén alguien pregunta por el reloj. Todos insisten en que la campana ha de sonar. Haremos que suene, aunque yo, el Relojerito, tenga que tirar de una cuerda. Sin la campana tendríamos un tiempo mudo, inexpresivo. Faltaría la forma del tiempo que se une a su mecanismo al centro del mandala. Me fui a una terraza para examinar la campana: ¿cómo sonará? ¿con qué ruido de árbol frondoso?


miércoles, 19 de septiembre de 2012

Dos marinas crueles





I.
Bug chaser

Antier aún no me hostigaban  los pájaros del mar. 
Reclutados en la leva de las aguas,
los pájaros azuzan al temporal
y me fastidian:
cubren  mi faz con polvo húmedo. 

En la noche la costa fue horadada:
al fondo se advierten las vísceras del litoral,
los cuerpos desarticulados por la leva de las aguas.
Mi faz, alzada y deshecha,
ha conocido la erosión del fastidio.

Ahora los hostigaré.


II.
Noctilucas

He tomado rencor a las noctilucas.
Tras imaginar cómo las destruyo
he compuesto dos crueles marinas:
la primera muestra a la tripulación enloquecida del ballenero Ann Alexander,
la segunda es una pesadilla de Melville.
En ambas aparecen las noctilucas,
luces de cariz criminoso.