sábado, 22 de enero de 2011

Como un garzón de Von Gloeden

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Como a un garzón de Von Gloeden
me convidó a descansar bajo el arco.
Entre sus piernas
el río oscurecido por legiones de ahogados
se tornaba verdoso y amable.
En Taormina,
una comarca elusiva, puedo mirar
a la otra margen, separado de la noche
por los centinelas avizorados
en las aguas verdes como sangre.
Debimos transitar por un descendimiento
para cobijarnos bajo el puente.
Sobre la cabeza, el peso
de la calzada recuerda la fatiga del verano.
Es rara paradoja el puente
donde un muchacho de Taormina
hace el signo complaciente del silencio,
desenvaina el puñal oculto
para grabar un monograma en el muro
y matar con un gesto de garzón terrible debilitado por la ira
y luego sonreír al recuerdo del último verano
con la sencillez que el verano
apenas puede inspirarle.
Un garzón de Von Gloeden
bien pudiera creerse macerado
sobre el fondo de una laguna árida
-cuerpo que no se descubre sino destrozado-
como la muerte inmisericorde
de los cuerpos devueltos por el río
al sótano de los cuerpos ausentes,
pero el garzón que he sido no piensa en mí.
Pareciera que no piensa en cómo se expone al extravío de las aguas.

Estábamos al pie del puente.
La ciudad parece un páramo
que no alcanzamos a fundar por exceso de ruina,
sitio difuso de abajo en antagónica disposición
al puente de hierro sobre nuestras cabezas.
Ahí me siento a vislumbrar
los candiles de la otra ribera.
Reclinado
en el muro del sótano
no consigo descansar.

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Foto: Von Gloeden, entre 1895 y 1900.

martes, 4 de enero de 2011

Nunca supe qué hacer con mis manos

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Nunca supe qué hacer con mis manos,
dónde ponerlas cuando parece que sobran
y pudiera colgarlas de un clavo
y dejar que se seque la lluvia
que las inunda de fervor.
En el muro aparecen perfiles verdes.
Las lucetas nevadas sugieren rostros de vidrio
que yo podría acariciar si mis manos fueran
cristales de hierba.
Pesan en los bolsillos como rocas
buenas para hundirme si me adentrara en las aguas
con ellas encima.
Crujen de tanto reposar;
al menor gesto dejan oír su fragor de ruedas rotas.
Mis manos iban sostener el principio
de un universo pero se hizo la noche
y las oscureció.

sábado, 1 de enero de 2011

Mis armas

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Es mi escudo. Me lo regala Dissortat, el senyor del Bosc de la Llarga Espera, que concibió este retrato según la idea que se ha formado de mí. No le falta nada. Ahí aparecen Cuba y la Noche, la columna que alude a La Casa donde permanezco e invento huidas siempre demoradas. La Palma Real se colocó -¿ella misma?- a la derecha, como en el escudo de Cuba, lo mismo que en el de Sagua, y esto último Dissortat no lo sabía. ¿Quién sabe -a quién he dicho nunca- cuánto me gustan los parques con palmas, como el que aparece en uno de los extraños pueblos de Eliseo Diego?

Vamos adentro: el Árbol de la Ciencia, al centro de una oscuridad, brillando como un oxímoron. En estos días de sable he querido hacerme de un saber que ha de ser, si lo conquisto, ciencia de mí mismo.

El Corazón Alado es mío. ¿Es mi corazón? Que sangre gules, que sangre humores ocres, que sangre por último aguas negras.

Creo que nací de un infinito azur, acaso el deseo de descender a campo traviesa y jurar que allá, dónde se termina la infinitud sinople, dónde no veo, está el mar.

Los lambrequines dan poca sombra. Van al viento, anunciándome que se aproxima la noche.


Descripción del escudo, por su autor:

Escudo de sable, y un árbol de la vida o de la ciencia de oro, frutado de gules y acolado de una sierpe de sinople lampasada de gules. El cantón cosido de azur, cargado de un corazón alado de oro, herido y sangrante de gules. El todo timbrado de una celada cerrada de acero, adornada de lambrequines de los esmaltes propios del blasón. El casco surmontado de un burelete de oro y azur, cimado de un creciente figurado y contornado, de plata. Trae por sostenes, a la diestra una columna de mármol al natural. A la siniestra trae una palma real frutada, también al natural. El pie, una isla de sinople puesta sobre un zócalo de plata. Por divisa trae en una cinta de plata franjada de azur y en letras de sable: «Festino mox noctis».

viernes, 24 de diciembre de 2010

Música dormida

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Yo quería describirles cómo hago
para espiarlos desde el postigo
sin que adviertan el obsequio que me dedican.

En las madrugadas mueven
bujías en la ventana de los altos
como si tendieran una trampa para mi obsesión de ellos.

Por las falsas almenas de la casa
penetra el adagio de Samuel Barber
con la música de un animal dormido a la intemperie.

Diciéndose “aléjate, oh fantasma”
abren las puertas y reciben la verdad de golpe,
con inaudito valor, como no la soporta ningún héroe de hogaño.

Tanto coraje da miedo. ¿Qué osarían
si yo fuera música dormida? Me colocarán en el piano
hasta reducirme a misterio consabido;
luego en la intemperie insomne de sus almenas, hasta rendirme.

Yo quería describírselos -sugerirles qué hacer
conmigo, cómo exponerme al fuego
de las bujías, cómo lacerarme-
pero recelo que no aprobarán mi deseo de despertar.

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Foto: 10 de noviembre, desde el postigo.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Autorretrato con eclipse

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Miré las aguas oscuras de la taza:
un secreto humeante se resiste,
irresoluto como los brazos cruzados sobre el pecho.

Me enciendo con un rubor ajeno.
Excluido de mí,
el rojo infame va cubriéndome.

Han dispuesto una escala pesadísima
-otro palmo falta para arrimarte-,
descolorida como cualquier descenso.

Supongo que mi pecho -deshecha la cruz vacilante-
sea un buen sitio para encender un hogar
de briznas vivas y asomarte a la luna
que sobrevuela con su hechura deforme.

En el té se levanta un oleaje oscuro
que me empuja hasta la inanidad.

Te adjudico un letrero arcaizante:
La belle Angèle.

Como la dama horrible del cuadro de Gauguin
cíñete la cofia de contender y embísteme con la sombra.

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Foto: Eclipse, desde el pasillo. 21 de diciembre de 2010.

domingo, 19 de diciembre de 2010

El estertor de Klaus en el cielo helado de la casa

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El estertor de Klaus en el cielo helado de la casa
va enjugándome el frío
apurado como un sorbo perentorio.
Y el ventisquero interpuesto en el umbral
que le aguarda también
lo sugirió: que me figurase la infinita serventía
y el niño bajo la mesa, construyéndome una tienda para reposar junto a un perro de aguas,
echando una manta sobre su voz.

Iba a decirle que la belladona perdió
la virtud de adormecerte -el gesto ineluctable de callar-:
la luz que filtran las lucetas
ha enfriado el mediodía con un soplo de odio.

Oírte acaso me aliviaría de lo suyo nevando.

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Foto: Niño guajiro, camino adentro, cerca de Viana.